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El final de las tres manolas

 

El hermanamiento entre mujeres es un rasgo bastante continuado e íntimo, por qué no decirlo, en el teatro de Federico García Lorca. Esta voluntad o necesidad es habitada desde Marianita Pineda -con las religiosas novicias de Santa María Egipcíaca- hasta Doña Rosita la soltera, la casa de Bernarda Alba y finalmente los truncados Sueños de mi Prima Aurelia. Pero es en Doña Rosita donde estacionaremos para observar detenidamente este comportamiento mayestático, de tanta honra y misericordia.

En este drama contemplamos varios grupos en tríada de mujeres jóvenes que van danzando por el escenario, con unos intereses gobernados por las ansias de conseguir matrimonio y la frustración de entonces, y consecuentemente, por obtenerlo. Las Ayolas, concretamente, se exponen a pasar necesidad, optando por invertir las pocas rentas que quedan de una economía frágil (viuda la madre, huérfanas las hijas) por seguir sentándose en una silla del paseo del salón para no escatimar en candidatos que puedan verlas y seducirlas. Contra ellas, se sitúan las Escarpini, rivales en el mismo objetivo: conseguir un marido. Y todo este senado da reunión en la casa de Doña Rosita (también huérfana, pues son sus tíos y el ama la que la crían; y en el tercer acto con la muerte del tío, arruinada la familia).

Pero entre devaneos, sueños y esperanzas están las tres manolas, alter ego de Rosita. Las famosas manolas de la calle Elvira que cruzan la Plaza Nueva para subir por el bosque de la Alhambra, las tres (o cuatro, incluyendo a Rosita) solas. Estas flamenquísimas señoritas forman imperio de libertad: disfrutan su juventud, no conocen problema alguno que las sitie o las atormente. Ellas son la Granada feliz. Porque a las manolas se las ve subir, pero nunca se sabe cuándo pueden bajar, y ahí está el verdadero interés.

ROSITA: (saliendo con risas) ¡Hasta luego!
TÍA: ¿Quién te acompaña?
ROSITA: (Asomando la cabeza) Voy con las manolas

Esta es una de las pocas veces que Rosita ríe, y con qué razón. Entonces ya estaba comprometida con su primo, el que luego la abandona a su suerte de soltera en la época, y ve truncado su futuro de formar una familia en un nuevo hogar. Esas tres manolas de su mocedad, conforme avanza la obra, quedan relegadas como el recuerdo de un tiempo remoto para Rosita. Entonces, viene el oleaje de las Escarpini y las Ayolas que ponen sobre la mesa el verdadero conflicto entre las mujeres jóvenes de la época: el casamiento. Las esperanzas de Rosita se van apagando, aunque siempre quede una llama encendida, residual, fósil: las ascuillas de una gran hoguera en la que sobrevive un hilillo de humo. Ante aquel abandono aparecen nuevamente las manolas. Ellas ya no son ellas, sino lo que queda de ellas en el recuerdo de Rosita y cómo un muchacho, hijo de una de ellas, le relata.

De las tres, la madre del muchacho murió. Una segunda, “la casada”, tiene cuatro hijos y vive en Barcelona. La tercera, no se nombra directamente, simplemente en una anécdota, cuando en carnavales el niño se pone un traje de su madre que había en el armario, su tía se puso a llorar porque le recordaba vivamente a su difunta hermana. En consiguiente, se deducen varios datos interesantes.

MUCHACHO: Pues bajaba yo muerto de risa con el vejestorio puesto, llenando todo el pasillo de la casa de olor de alcanfor, y de pronto mi tía se puso a llorar amargamente porque decía que era exactamente igual que ver a mi madre. Yo me impresioné, como es natural, y dejé el traje y el antifaz sobre mi cama.

Que el sobrino y la tía viven en la misma casa; que la madre haya tenido un desarrollo oculto trágico en cuanto a este asunto (haya tenido al hijo sin un marido oficial, haya muerto de sobreparto en función de la clandestinidad con la que haya tenido que tenerlo; incluso que siga viva, pero haya tenido que irse de la escena granadina y familiar para escapar de la situación opresiva que se cernía sobre ella). Y es que, en una sola frase, Lorca ya anticipa la vida de cada una de ellas desde un primer momento:

MANOLA 1.  (Entrando y cerrando la sombrilla.) ¡Ay!
MANOLA 2. (Igual.) ¡Ay, qué fresquito!
MANOLA 3. (Igual.) ¡Ay!
ROSITA. (Igual.) ¿Para quién son los suspiros de mis tres lindas manolas?
MANOLA 1. Para nadie.
MAMOLA 2. Para el viento.
MAMOLA 3. Para un galán que me ronda.

La Manola 1 sería la soltera que queda en escena y se conoce como la tía del muchacho. La Manola 2 podría ser la supuesta madre difunta, que no tuviera un pretendiente concreto y quisiera vivir su juventud sin escatimar en el órdago de las convicciones morales. Y la Manola 3 sería la tía casada con cuatro hijos que emigró. Como alter ego, las tres reflejan los posibles destinos a los que se habría podido enfrentar Rosita, que a la vista queda por cuál terminó por escoger. Aparece una fábula de soslayo, sin pretensiones. La breve visita del muchacho confirma el paso del tiempo y las consecuencias de las decisiones. Mientras tanto, empieza a llover para alivio de Rosita, y sale de aquel lugar del que, de algún modo, habitó las esperanzas de otra vida.

La verdadera Bernarda

 

Todo el mundo conoce a Bernarda. Agria, villana y dictadora. Es un perro guardián que no resta sueño al órdago que inflige sobre sus hijas. Posiblemente sea uno de los personajes femeninos más conocidos de la literatura española junto con la Celestina. Y desde 1499 a 1936 dista un trecho. Bernarda Alba es ejemplo de tiranía, de despótica conducta, de tradición traicionera que espanta al que la practica y somete como a un reo. Mas lejos del fortín en el que se convirtió esa casa ante las tablas de Federico, habría que revisitar la obra para reparar en que la matriarca, tras las tinieblas de su largo luto, era más mártir que verdugo, y objetar sobre las canutas que allí padecieron. 

Doña Frasquita Alba Sierra es, en efecto, el timón de este buque insignia. Fue vecina de los García Lorca en Fuentevaqueros y son muchos los elementos de la vida real que allí acontecieron que Federico pasó al teatro: el segundo marido, Pepico el de Roma, alguna de las hijas, la casa edificada a la perfección sobre el diálogo, y algunas de las circunstancias personales que esbozaban el carácter de aquellos paisanos. De alguna forma, y no muy enrevesada, el poeta y los Alba eran familia: estas cosas que pasan inequívocamente en los pueblos. Francisco e Isabel García Lorca citan a Frasquita, cada cual y bajo sus recuerdos, en sendas memorias. Incluso el final de sus días, ya que murió estando Federico en vida -22 de julio de 1924-, por lo que si hubiera querido escribir su historia al completo nada haría falta fabular. 

De ella se decía que no era desagradable, sino "muy femenina y nada estirada". Si bien es cierto que algún que otro comentario al parecer soltaba para tener la conversación controlada. Como buena latifundista y muchos labriegos a jornal, seguramente tenía amplio conocimiento de lo que pasaba en cada casa, como de su casa tenía conocimiento la tía de Federico, Matilde, que era vecina y tenían un pozo en medianería, por donde se filtraban los ecos de lo que ocurría intramuros. 

En el texto, refiriéndome al personaje y no a la persona, hay varias confesiones y confidencias sobre el pasado de Bernarda. Prudencia, la única amiga que va de visita a la casa y Bernarda agasaja para que continúe, pues le es agradable su persona y gusta de su compañía, habla sobre su marido: "ya sabes sus costumbres. Desde que se peleó con sus hermanos por la herencia no ha salido por la puerta de la calle. Pone una escalera y salta las tapias del corral", a lo que Bernarda responde: "es un verdadero hombre". Este aprecio no es algo casual si consideramos que la propia matriarca es terrateniente, viuda de dos maridos y asegurada de conflictos hereditarios a los que no se hace alusión, salvo por algún comentario de desprecio a sus cuñadas ("Esta ha salido a sus tías") Además, es Poncia la que a poco de empezar la obra avisa "Desde que murió el padre de Bernarda no han vuelto a entrar las gentes bajo estos techos. Ella no  quiere que la vean en su dominio". Continúa preguntando por su hija y el conflicto que tiene con Prudencia, a lo que replica: "una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en enemiga". Esta frase no se enfrenta con Adela, Angustias, Amelia, Magdalena o Martirio, pues de ninguna manera y ante nadie ella hablaría mal de su propia casta. Ella está hablando de sí misma. ¿Qué compromiso o sacrificio adquirió Bernarda como hija y llevó a cabo? ¿Posiblemente sus dos matrimonios pactados, que la convirtieron en latifundista? ¿Algún amor de juventud abandonado a expensas de su porvenir? 

Bernarda orbita entre tres generaciones. Por un lado su madre, María Josefa, que a pesar de su estado mental, ella la confiesa mujer fuerte, como a su vez lo era su abuela (de donde se aprecia la inspiración o los pasos seguidos en la conducta de Bernarda) y le sirve de espejo donde reflejarse ("aunque mi madre esté loca, yo estoy con mis cinco sentidos y sé perfectamente lo que hago"); por otra, la Poncia, que es la suya propia; y en última instancia, sus hijas. Esta dinastía tiene una comandante, que ha dado orden de guardar luto de su marido, respeto a su recuerdo y a su caudal. Que nadie diga que no se lo quería. Que nadie dé a entender que Bernarda es una aprovechada. ¿Puede sentir la amenaza Bernarda que sufrió la Zapatera cuando quedó sola? En ninguna obra teatral de Lorca una mujer se levanta como villana. Todo lo contrario, el hombre es el tabú que irrumpe y trae la tragedia. En Yerma es el hijo proyectado en Juan ("¡Yo misma he matado a mi hijo"!), en Bodas es Leonardo, en Rosita el primo, en la Zapatera el Zapatero, en Marianita Pineda es Fernando, y en Bernarda es Pepe el Romano. Bernarda intenta con medidas severas someter a sus hijas para no quebrar la fortuna. En cambio no lo consigue, y es a Pepe al que dispara y maldice -no a sus hijas, ni a Poncia, ni a su madre-.

Finalmente, La Casa de Bernarda Alba podría considerarse una obra inacabada. El texto está terminado, pero no pudo subir a escena por el asesinato de Federico. Este hecho es clave, pues era en el teatro donde Lorca continuaba moldeando y dando las últimas pinceladas al texto y sus personajes. Esta etapa podría extenderse años incluso. Está claro que la Bernarda del texto tenía que ser un contrafuerte que pudiera servir para exponer al resto; una amenaza que avivara los sentimientos internos en el silencio de la casa. Si Bernarda hubiera sido más tibia, a priori no habría habido obra. Pero una vez contemplados esos matices, podría llegar la hora de desinflar la robustez con la que la acorazó. Quedaba pulirla. Bernarda de alguna forma está ausente en la obra, por eso es el personaje que necesita ser tallado. Cuando aparece es como si hubiera estado postergada en la lejanía y hubiera que explicarle la situación -en el papel de Poncia-. ¿No se suponía que era un vigilante, un guardia? Sólo existe un ambiente privado en el que conocerla, una escena que desvela al público la verdad de su bondad, de su preocupación, de sus miedos. En boca de Poncia: "Siempre has sido lista. Has visto lo malo de las gentes a cien leguas; muchas veces creí que adivinabas los pensamientos. Pero los hijos son los hijos. Ahora estás ciega". 

Bernarda destaca pues, en aquel panorama, por sus anticuadas formas de imponerse. Fue así como creció y en lo que confió. Era el mundo que entendía. El que sobrevivió. Una mirada necesaria a un siglo de ausencia, y otro tanto de inmortalidad. 


Federico García Lorca: lorquesco y lorquiano

 

La universalidad de Lorca no tiene sombra. A pesar de su repercusión y de lo que al público de a pie le consta sobre el poeta, los estudiosos de calle se acuartelan en la trilogía del campo, castrando la producción teatral de nuestro infinito Federico. 

Bodas de sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba son obras populares que han sido incluidas en los libros de colegio como parte de la literatura española obligatoria a saber, de manera elemental, pues su presencia se extiende incluso en los programas de los teatros más humildes. Son nombres que indudablemente dirigen su escenario hacia una única persona: García Lorca. Entonces es cuando prolifera el germen de lo lorquiano, en compañía de su poesía. Una España rural y auténticamente salvaje. Indómita e inmisericorde. Abominablemente sacrílega para con la libertad y los aires de cambio. Impertérrita y flagrante en sus convicciones. "No halla fuera del bien centro y reposo". El honor es una soga que cayera de las estrellas y condenara a todas las palomas en las que tome cuerpo el espíritu santo. Es un espacio ancestral que converge en amargor por la corteza verde. 

A este panorama lorquiano se suman por convicción propia dos damas que son granadinas de respeto y aplauso esmerado. En primer lugar y sin necesidad de mayor presentación, Marianita Pineda. Quien "bordara en la bandera de la libertad el amor más grande de su vida" ha creado una conexión tan aterradoramente íntima con su creador, cuya coincidencia en sus muertes presagian un duelo eterno en las dos Granadas, con casi la certeza de un siglo entre un ocaso y otro. En segundo lugar, y no menos importante, Doña Rosita la soltera, cuyo lenguaje de las flores impregna de primavera y dota del susurro siempre amable el surtidor de su fuentecilla y el candor del invernadero de aquel carmen donde el tiempo decidió parar y pasar de pronto, de buenas a primeras, en un instante. 

Pero lo Lorca no nació en un segundo. Su teatro fue un diálogo constante con él mismo. Un paseo entre personajes que emanaban de la fértil tierra, de su Fuentevaqueros. De aquel cortijal de Daimuz, y de la Huerta de San Vicente. Los dramas lorquianos tienen rostro humano porque huelen: es una mujer con mandil manchado de naranja cocinando en la lumbre; es un torrente de acequia serpenteando entre campos llenos de rocío; una puerta del corral entreabierta y unos pimientos secándose al sol. La ropa tendida sobre el romero en flor. Un mortero y dos ramas de canela. Lejos del pesar y de la tragedia subyace lo lorquesco, la faceta con gracejo que cabalga con trote amable entre la ironía y el juguete. Se elevan como torres la Zapaterita prodigiosa; Belisa en su jardín y el amor de Don Perlimplín; los títeres de Cachiporra con Rosita y el retablillo de Don Cristóbal. Una marabunta de comicidad que condimenta y sala la media luna granadina. Paseando en bicicleta Buster Keaton. Una sodoma esbozada; la plantilla de la Casa de maternidad. Una niña regando la albahaca y su príncipe preguntón: "¿Cuántas hojitas tiene la mata? ¿Cuántas estrellas el cielo? ¿Cuántos besos le diste al uvatero?" Y entreabre el telón Lola la comedianta. Aparecen las Curianitas, que aunque perdidas vagando en el anonimato del fracaso, del maleficio de la mariposa emanan. Chisporrotean los cantares de la vega de Granada. Lo lorquesco siempre está acompañado con el soniquete de una guitarra mientras lo lorquiano lo acompasa una remota campana. 

Y si por más pudiéramos añadir, Público y Así pasen cinco años se incorporan para cerrar filas a un repertorio sinfónico sinigual. A un repaso recontado y muy modesto de lo que Federico parió con sus manos. Hasta el último minuto de su vida, en la tórrida Granada del julio de la guerra, donde se iban tejiendo los Sueños de mi prima Aurelia, para poner una guinda final, discreta pero apetitosa, inacabada...porque no podía tener fin algo que sencillamente estaba empezando a crecer. 


MUJER - ¡Ay qué primor de niño! En mi pueblo no hay ninguno así ¿Cómo te llamas, hijo?
AURELIA - Díselo
CLORINDA - Anda
NIÑO - ¿Pero si te lo digo te vas?
MUJER - ¡Ay qué gracia!
AURELIA - ¡Anda! ¿Cómo te llamas?
NIÑO - Me llamo Federico García Lorca. 


Santos, ínfulas e insolaciones



A pesar de la extensa producción de la que se ha escrito sobre la guerra, aún quedan ciertos vacíos y lagunas en las que muy pocos se han sumergido. Particularmente, la guerra civil española, no deja de ser un hito en nuestra historia reciente subrayada por el fratricidio y la condena mutua entre los bandos participantes. Recordarla es volver a hablar de Franco y de la Segunda República. Y en ese fecundo camino trillado por designar una victoria moral seguimos hoy. Para dificultad, una losa de silencio enturbia la analítica y clarividencia del conflicto. Achica la dimensión y empobrece testimonios, hechos y creaciones. A día de hoy, aún, tenemos un reto importante que atender de aquel episodio. 

A los pocos días del alzamiento, se constituye la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico (por decreto del 25 de julio de 1936) con la finalidad de salvar todas aquellas obras de arte cuya integridad corriese peligro y cuyo valor supusieran un coste irreparable para el patrimonio español. De aquí nace la iniciativa de empaquetar el Museo del Prado y catalogar obras de iglesias y monasterios, trasladando las piezas a buen recaudo. María Teresa León, alfil en esta obra titánica, da testimonio en La Historia Tiene la Palabra (1944) de todas estas hazañas que parecen no haber trascendido en esa historia de rojos y fachas. Alentador, su discurso, abarca el proceso y el papel fundamental que tuvieron las juntas orquestadas desde el gobierno republicano para, pasara lo que pasara, España no perdiera ni un ápice de su patrimonio por este suceso. A la cabeza de la junta en Granada se encontraba el reconocido historiador Manuel Gómez-Moreno, cuya función no era otra que preservar y acometer la misma finalidad que sus compañeros en Madrid. Desvistiendo la leyenda del terror republicano, habría que añadir antes de continuar que Pablo Neruda en sus memorias Confieso que he vivido (1974) advierte en una visita al Palacio de Liria durante la guerra, que el edificio había sido abandonado por los Duques de Alba por motivo justificado y que los soldados habían entrado a hacer uso de las cocinas, no permitiendo el paso a nadie a ninguna sala para protección de la integridad de los bienes. Si el palacio sufrió algún desperfecto a posteriori fue a razón de las órdenes de Franco de bombardearlo. 

Decíamos, se encontraba Gómez-Moreno catalogando y registrando los bienes a salvar, que con anterioridad y por su extensa labor en el mundo del arte ya conocía. En una visita previa, en compañía del crítico e historiador Ricardo Orueta, antes de 1936 ya había documentado algunas obras de arte de imaginería religiosa de la catedral de Guadix o del convento de San Francisco donde se encontraban obras del escultor Torcuato Ruíz del Peral. La presencia de Orueta es fundamental, pues no sólo fue Director General de Bellas Artes, sino que al ser especializado en la escultura del XVI y XVII también hizo varios monográficos sobre Pedro de Mena y Gregorio Fernández, lo cual no podría estar exento del gran valor que en Guadix había sobre el barroco tardío granadino con la presencia de Ruíz del Peral y su apoteósica sillería del coro catedralicio en el templo accitano.  Una imagen de tres piezas hagiográficas atribuidas a Ruíz del Peral del archivo Gómez-Moreno dada a conocer por Antonio Cuerva recientemente, evidencian una falta de rigurosidad en la clasificación atribuida que podrían haber contribuido a este esperpento que todavía nos llega. En cualquier caso el dato más importante que aparece en la información que acompaña a esta imagen es: Destruida. Esto es, las tres obras de arte se daban por destruidas en la guerra. Insalvables. Irrecuperables. 

La iglesia de San Francisco de Guadix, fundada por la propia reina Isabel la Católica, había gozado de privilegios y atesorado patrimonio sinigual. Siendo sepulcro del ínclito Lope de Figueroa, héroe de Lepanto, las órdenes religiosas vinieron a menos con las desamortizaciones y los concordatos, llegando el convento de San Francisco anexo a la iglesia durante la guerra a ser un asilo para ancianos desamparados asistido por las hermanas religiosas de Sta Teresa Jornet. Las monjas, precavidas, escondieron las imágenes de los santos y las vírgenes en el entretecho de la iglesia, que a pesar de alguna infortuna gotera, no caerían en malas manos, ultraje o sacrilegio. Posiblemente para cuando Gómez-Moreno organizó la expedición de salvaguarda las monjas, temiendo lo peor, ya se habrían adelantado negando toda existencia de éstas a cualquier desconocido, por muy erudito que fuera. 

Por otra parte vale mencionar la falta de jerarquía eclesiástica en la diócesis de Guadix durante la guerra. El obispo -beato- Manuel Medina Olmos fue fusilado junto con el de Almería (30 de agosto 1936). Para la administración apostólica es designado el arzobispo de Granada, el Cardenal Parrado, quien ocupa el cargo vacante y en diferido hasta 1943. Ante ese panorama, añadiendo los canónigos, sacristanes y párrocos mártires, el patrimonio de la Iglesia accitana queda expuesto a cualquier interés. El que no fuera destruido por cuatro anarquistas exaltados, seguramente fue mercadeado o trasladado a otros lugares sin retorno. En cualquier caso se debería disolver la errónea opinión de asumir la destrucción de las piezas e indagar sobre si verdaderamente sucumbieron en cenizas o formaron parte de la corrupción política que imperaba entonces. Hay obras que fueron, naturalmente, destruidas como la copia de La Piedad de Miguel Ángel (restaurada por la escultora Mari Ángeles Guil Lázaro), Nuestra Señora de las Angustias, de Torcuato Ruíz del Peral (aunque reemplazada por Castillo Lastrucci, el rostro y las manos de la virgen se recuperaron, siendo una imagen de candelero bajo la advocación de los Dolores) o los santos y profetas de los púlpitos de la catedral a los que guillotinaron, a excepción de Moisés. Entonces bien, habría que preguntarse si es posible discernir entre obras destruidas (y recuperadas o restauradas, como la experiencia nos ha mostrado) o desaparecidas, robadas y distribuidas en el mercado negro. 

Afortunadamente, las tres obras que Gómez-Moreno fotografió antes de la guerra y que incluyo aún siguen siendo admiradas en nuestros días. Una suerte de la que no goza buena parte del patrimonio eclesiástico accitano, pero que todavía aguarda esperanza por resolver algún travieso traspiés de la historia. A continuación, adjunto fotografías que hice sobre los santos "destruidos" San Francisco Solano y San Buenaventura del imaginero Torcuato Ruíz del Peral y San Bernabé de Alonso de Mena, que actualmente se encuentran en la exposición permanente del Museo de la SARI Catedral de Guadix. 







La desmadrilización del arte (II)

 

No sólo el patrimonio arqueológico de nuestros museos necesitaría pasar por una fiscalización de legitimidad, sino que dentro de este terremoto ha sido el arte y las pinacotecas las que se han atrevido a romper lanzas contra la quietud y reclamar a los museos nacionales obras, que bajo alguna consideración y buena voluntad, podrían tener mayor representatividad contextual en otros lugares. 

El caso más llamativo ha sido el sugerido por Málaga de proponer que "El fusilamiento de Torrijos" (1888) pueda viajar del Museo del Prado hasta el Museo malacitano sito en el Palacio de la Aduana. El peso de esta sugerencia recae en que este hecho tuvo lugar en la playa del Perchel, y que la memoria del general Torrijos está íntimamente ligada a la ciudad. Es posible que la lucha de Torrijos por la libertad signifique para Málaga lo mismo que la Constitución de 1812 y las Cortes para Cádiz. Un símbolo de la libertad contra la depredación y corrupción política. No obstante, si se creara un precedente de este tipo, habría que hacer una remodelación masiva de todos los cuadros, guiados bajo el criterio del lugar que representen. Así Granada se llenaría de un historial de Alhambras, Sevilla de Giraldas y Córdoba de Mezquitas pintadas. 

A pesar de ello, lejos de esta idea, el cuadro que encargó hacer el gobierno a Antonio Gisbert para el Museo del Prado, no tiene ningún nexo con esta reclamación. Por el mismo motivo que Málaga hoy puede hacer dicha petición, Sagasta ya entonces dispuso sufragar con el erario público esta obra para que fuese un referente a las siguientes generaciones y jamás olvidar en recuerdo perpetuo la dignidad y sacrificio de los caídos por la libertad, quedando a la altura referencial de los "Fusilamientos del 3 de mayo" (1814) de Goya. 

En cambio, es notoria la política que el Prado ha tenido y fomentado bajo su "Prado disperso" en el que a lo largo de su historia ha cedido a instituciones provinciales y académicas la custodia de algunas de sus obras. Sirva de ejemplo, con motivo del doscientos aniversario de la pinacoteca, la Universidad de Granada hizo una exposición sobre los lienzos que el museo nacional tiene en cesión en las dependencias universitarias. Por tanto, el Museo del Prado va más allá de sus propios muros y comparte este despliegue artístico a lo ancho y largo del territorio nacional. Una medida sensata para paliar el almacenamiento congestionado que sufre y dar visibilidad a su contenido.

Sí sería fortuita la cesión del "San Francisco arrodillado en penitencia" (1664) de la accitana Mariana de la Cueva y Barradas, actualmente en los depósitos del Prado. Gracias a investigaciones y hallazgos, principalmente resueltos por Carmen Hernández Montalbán, se dató la autenticidad y origen natal de la pintora. Para el Museo del Prado esto no representa gran descubrimiento en comparación con las obras maestras de Velázquez, Murillo o Tiziano que atesora. Su calidad no deja de ser humilde, como copia de un modelo de El Greco, a expensas de que recaiga en una mujer la autoría. Una reducida lista donde cada vez van saliendo a la luz más nombres y uniéndose al club de otras grandes artistas como Lavinia Fontana, Sofonisba Anguissola o Artemisia Gentileschi. Sin embargo, para Guadix sería un privilegio poder contar con esta pieza en el futuro museo de la ciudad, fomentando el papel que representó Mariana de la Cueva y Barradas en la pintura granadina del siglo XVII y aumentando la expresión pictórica al ya vasto patrimonio accitano. 

La desmadrilización del arte (I)


 La Dama de Elche ha tambaleado el tablero político sobre su localización. La íbera señora, con casa en el Museo Arqueológico Nacional, ha sido reclamada por su ciudad natal, siendo una histórica demanda que levanta un polvorín sobre otras piezas y los enclaves en los que hoy se hallan. El caso ilicitano tiene un comportamiento propio con un final extraordinario: es hallada en trabajos agrarios, a lo que por su morfología y detalle es motivo de júbilo para los paisanos. Un francés, el arqueólogo Pierre Paris, la compra a quien la encontró y se la lleva al Louvre. Con la Segunda Guerra Mundial a cuestas, Franco maniobra con Francia su rescate y recuperación (junto con la Inmaculada de los Venerables de Murillo y el tesoro visigodo de Guarrazar), siendo devuelta al Museo del Prado. Desde que volvió, ha estado en dos ocasiones visitando su pueblo (1965 y 2006), siendo para el resto del país un referente preciado y orgullo patrio. 

Vecina y hermana suya en el MAN es la Dama de Baza. La bastetana señora fue encontrada y llevada a Madrid para exposición museística y conservación arqueológica. Entonces, el protocolo a seguir pareció ser que todo aquello encontrado se custodiara en la capital de España, albergando los museos nacionales piezas que si bien han encajado en un contexto general, se les ha arrebatado el contexto local del que partieron. Sin desmerecer la gran labor que el MAN ha llevado a cabo en cuanto a restauración y preservación de su contenido es posible que hayamos llegado a un momento óptimo de la historia en el que abrir el debate sobre la legitimidad de la localización de las obras. No era factible mantenerlas en los pequeños núcleos de procedencia pues no existían recursos que blindaran la seguridad e integridad de éstas. Además de no poder ser vistas, en aquellos años, con el mismo flujo de usuarios que en Madrid. Por lo cual ya son varios los motivos que refuerzan su ubicación en un Museo Nacional: conservación y visibilidad. Cincuenta años hace que sacaron a la Dama de Baza del cerro y las cosas han cambiado vertiginosamente: tanto Baza como Elche tienen instalaciones museísticas preparadas para albergar semejantes piezas y los medios de transporte permiten que gente de todo el mundo pueda llegar hasta dichas localidades, atraídos por su cultura e insignes Damas, y así poder favorecer a comarcas de la España vacía. 

Guadix, a día de hoy, desafortunadamente no cuenta con un museo, ni instalaciones capaces de albergar semejante responsabilidad. De ahí que el Pedestal de Isis (Museo Arqueológico de Sevilla) o la Venus de Paulenca (Museo Arqueológico de Granada) no pueden ser disfrutadas entre los vecinos ni sirven de reclamo a potenciar el ya consolidado patrimonio accitano. En cambio, en unas excavaciones apareció una cabeza de Trajano de alta calidad que fue reclamada por la administración. Gracias a la reiterada negativa del alcalde de entonces de que fuera expoliada, la cabeza aún sigue en dependencias municipales, bajo el pendón de la ciudad en el salón de plenos. Recientemente surgió una amarga incertidumbre debido a que eran muchas las nuevas piezas que se están catalogando del Teatro Romano y su posible partida creó un preocupante malestar. Sin embargo, se zanjó un compromiso por parte del consistorio y del estudio arqueológico en que el material extraído se quedará en la ciudad. Un alivio pues habiendo contenido es más fácil proveer el continente. 

Piezas tan icónicas como las citadas exigen de un estudio exhaustivo. No es cuestión de desahuciar el MAN, por el cual podemos maravillarnos de un simple vistazo por acotar en un mismo recinto a la Dama de Elche, de Baza, Oferente del Cerro de los Santos, la leona de Baena, el oso de Porcuna o el toro de Osuna. Es entonces cuando habría de permitirse dobles custodias o préstamos temporales a las ciudades de origen, como si de patentes de corso se trataran, para hacer justicia a reclamaciones legítimas de bienes arqueológicos ¿Podríamos imaginar a la Alhambra sin los leones en su patio? Si queremos fortalecer y vitalizar la España vacía, la primera medida es desmadrilizar el país y devolver por contexto y sentido cada cosa a su lugar, y el arte puede ser uno de los primeros en mostrar que es posible. 


Arte urbano sin protección

Banksy


¿Por qué necesita el arte ser protegido? Bien, a la salida de una visita al museo del Prado, Jean Cocteau y Salvador Dalí se encontraron con un grupo de periodistas. Éstos le preguntaron que, en caso de incendiarse la pinacoteca, qué salvarían. Cocteau respondió el fuego. Atónitos, tuvieron servidos el surrealismo en bandeja. Dalí respondió que el aire, y más concretamente el aire contenido en las Meninas de Velázquez, que es el aire con mayor calidad de la historia del arte. 

No se equivocaba. Puesto que la pintura no es una simple representación pictórica, sino que si su fin no es evocador, irruptor o reflexivo, resulta únicamente un decorado. Un añadido estético para acompañar la estancia. No hay cuadro en el Museo del Prado que no tenga autoridad para escupir al público una verdad a la cara. Una razón de ser. Las obras maestras no lo son sólo por su destreza. Lo son por el mensaje. El código visual que hilan para expresar conceptos y realidades con los pinceles. 

Hemos consagrado la pintura como una de las grandes damas del arte, pero en cambio existen discrepancias en su tratamiento. Escribí hace un par de años un artículo sobre mi experiencia en el Museo Abstracto Español de la Fundación Mars en Cuenca. En resumidas cuentas, allí un señor exigía ver figuración. En su imaginario no toleraba asumir que un museo de arte no tuviera "cosas bonitas". Las manchas, las masas, las irregularidades eran algo obsceno, indecoroso. Se arrojaban sobre la indecencia. En cambio, allí estábamos los tres: el señor, el cuadro (la Briggite Bardot de Antonio Saura) y yo. Está claro que el prejuicio canónico que traía de casa no lo hizo poder disfrutar de la reflexión que le ofrecieron. Un amigo afirmaba con rotundidad que a quien tenía el ojo educado a Murillo le costaba entender ver a Picasso

Y si eso ocurre sobre lienzo, nos podemos imaginar la marginación que sufren otros formatos. Ya es caduca la idea academicista de la veneración al santo óleo. Acuarela, acrílico, temple o gouache han ido efervesciendo y formando parte de obras muy destacadas. Todas ellas en cambio siguen teniendo como soporte el papel ¿Qué ocurre cuando la pintura se traslada al soporte pared? Pues, yendo los veinte mil años de Altamira por delante, que tenemos frescos tan insuperables como los de la capilla Sixtina de Miguel Ángel, o tan esenciales como las Pinturas Negras de Goya, originalmente pintadas sobre los muros de la Quinta del Sordo. E incluso dentro de este grupo nos encontramos con el miembro rebelde: el graffiti. 

La irrupción de este tipo de arte en el escenario público ya encabeza dos cosas: la accesibilidad de la cultura a un público a gran escala sin diferenciación. Y la recuperación de espacios imperceptibles, junto a la consiguiente invitación a reflexionar sobre la transformación que puede experimentar el paisaje. El lugar crea conciencia de sí mismo. El vandalismo que enmascara este tipo de actuación se desvanece cuando la obra contribuye al espacio al que se dirige. ¿En qué momento se pensó que el arte de galería es el único que puede tener valor y el de la calle no? Los galeristas salen a la calle para atraer a artistas tan renombrados como Keith Haring, Shepard Fairey o Banksy. 

La idea marcada a fuego de que el graffiti es un nombre a spray con una fuente a veces ilegible es parte del concepto clásico de su origen. Su desarrollo, mucho más plural, ha florecido espacios de grandes magnitudes en bloques visuales tan atrayentes como cualquier cuadro de Rubens o Tintoretto. No se puede entender la ciudad misma de Sao Paulo o Berlín sin este tipo de arte. Los movimientos sociales, las conquistas de derechos civiles, las reivindicaciones y manifestaciones están impresas en muros y fachadas. Es la huella de la batalla. La memoria de lo que el pueblo hace. Mientras los graffiteros son perseguidos por la administración y sancionados, se crean rutas turísticas por Madrid, Barcelona o Londres para ver las mejores muestras de su producción. Se peregrina hasta estos sitios buscando esa "ilegalidad", que no es otra cosa peligrosa que aportación de color a una pared. Localidades de la España olvidada han tomado el graffiti como bandera y se han postulado como sus defensores: Vícar (Almería) y Fanzara (Castellón) son buenos ejemplos de esta oleada de frescor y sensatez. 

Por favor, ayuntamientos ¿no creen ustedes que es mayor peligro para la vía pública aquellos que no usan mascarilla en plena pandemia o que dejan las mierdas de su perro sin recoger? Jubilen la catetez y abracen el arte. No juzguen los graffitis y mucho menos los destruyan. No es cuestión de gustar, es cuestión de entender. 

 


La fama de los humildes


Estatua ecuestre de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid (1616)


No es tiempo de estatuas grandilocuentes. Aun siendo voluminosas -Jaume Plensa- no las hay con esa majestad ecuestre y señorial, de garbo y tronío con el que se honraba en presencia del bronce a destacadas personalidades o hitos. Probablemente Mariano Benlliure fue el último de la saga en recibir encargos en la belleza. La aproximación se encuadra en la abstracción o en derretir un deshilacho corpóreo a lo Giacometti. Como adelantaba, vaya la verdad por delante, no es tiempo de estatuas grandilocuentes. 

Hay ciudades donde abundan estas esculturas, embelleciendo y a su vez dándole prestigio al lugar. Intimando consonancia y complicidad entre la persona honrada en bronce con la plaza o la calle por la que paseó en vida. En Granada, mismamente, hay una avenida -bulevar o constitución-, en la cual cada cien metros te encuentras una. Un paseo de la fama de alta alcurnia donde en un vistazo se encuentran casuales y despistados en sus quehaceres Victoria Eugenia, Manuel de Falla o San Juan de la Cruz. 

En Guadix en cambio, conocí sólamente cuatro estatuas: el Sagrado Corazón de Jesús, como suerte de Corcovado sobre el campanario; a Pedro Antonio de Alarcón en un pedestal a lo zeus, sentado presidiendo el parque que lleva su nombre; el busto de Pedro de Mendoza, natal de aquí y fundador de la ciudad de Buenos Aires en sus aires de conquista y aventura; y el Cascamorras, figura indispensable para entender el paisanaje y fiesta de interés turístico internacional. Luego se sumaron los niños de la Escolanía pastoreados por D. Carlos Ros al margen de la catedral. La última estatua que se hizo rompió filas. No fue dedicada a alguien por inteligencia o investigaciones, aunque un poso de cultura tenía. Tampoco por ser embajador o político, a pesar de gastar bastante diplomacia. Este señor que fue ubicado junto a la plaza de abastos, en el epicentro comercial accitano, era Juan Guijarro. Lo llamaban Muley. Era muy conocido por generaciones de los habitantes de Guadix. Él era parte de la cultura popular. Al único hombre con ese nombre que había leído alguna vez era el  penúltimo sultán del reino de Granada, que mandó ser enterrado en la punta más alta y por eso la cima de Sierra Nevada se llama Mulhacén -Muley Hacén-

Este paisano tenía por costumbre, y por supervivencia, asistir a todos los entierros de la ciudad. La Parca y Muley eran compañeros de oficio. Allí Muley acompañaba a los familiares, y éstos les ofrecían comida del velatorio, incluso ropa del difunto. Aunque lo primero que pedía era tabaco. Esa fue su gesta. Desconozco si haría de plañidera, pero por lo que se puede apreciar en la estatua, tenía un carisma y una templanza cuya presencia entiendo que calmara a los asistentes. Otras personas han recibido mención especial por su trayectoria en su lugar de trabajo -Pepe Poyatos en el Polideportivo o Luis Muriel en la Biblioteca- pero Muley guarda la Gran Vía de Guadix avisando de que la vida es una y él, si todavía la tuviera, iría a tu final. 

En este punto y recordando a este tipo de ilustres humildes, guardo en la recóndita memoria de mi infancia los destellos de un señor que también merece otro monumento. La gente lo llamaba el Chato -o Chato el doce, por el número de la calle donde solía estar-. Es posible que tuviera el rostro como un gato persa.  Bajito y sereno. Este señor era zapatero de la calle más castiza del pueblo. En el madrugar de los años, luchó en la clandestinidad por la democracia. En un recóndito cubículo ejercía. Un poco más grande que una cabina de teléfonos. Se decía que el alquiler y el cargo lo había heredado de su padre, que también era zapatero. Al fondo tenía cuadros al óleo pintados por él de escenas de caza y paisajes monumentales con una calidad impactante. Los ponía sobre caballetes o por el suelo apontocados en un falso mostrador que nunca usaba. Los zapatos estaban amontonados en una pila.Y a sus pies un puñado de gatos enristrados tomando el sol. Mi padre decía que llevaba las cuentas en cartón, y que cuando había hecho el cupo cerraba. No tenía horario. Ponía un cartelito a las once de la mañana de vuelvo en 5 minutos, y ya aparecía por la tarde después de la siesta. Tenía un aire bohemio y noble. No ponía una voz por encima de otra. Había majestad en aquel hombre. Era la humildad la que lo coronaba. Ahora la entrada a aquel rincón de la historia yace emparedado, sin una placa que recuerde y honre, para gloria del trabajo artesano, los buenos tiempos de Antonio Pérez, Chato el Doce. 

En algún momento los modelos dejaron de ser dioses griegos, monarcas o artistas para convertirse en vecinos o paisanos que hicieron mella en la rutina que circundaban. El azar y el consenso consistorial quisieron que siguieran con nosotros. Y ahí siguen, camuflándose entre los vivos, como bien acostumbraban. 

Isabel II, al velo del arte


TORREGGIANI, Camillo. Isabel II, velada (1855) Colección Museo del Prado

Todo el poder se ha visto envuelto en polémica. También en arte. A pesar del reinado de inestabilidad política al que se ciñó la joven reina Isabel II de España, dotó a la cultura con fuerza y variedad en algunos aspectos. Desvelamos el papel que la soberana llevó a cabo con el patrimonio de la nación y la cultura del país, poniendo en auge algunos sectores olvidados o desconocidos en España hasta el momento. 

Museo del Prado

Uno de los más grandes agradecimientos que le debemos hoy día es a la decisión tomada para con el Museo del Prado, tras una grave crisis surgida debido a la muerte de su padre, Fernando VII. Las colecciones reales, vinculadas a la corona, y recién instaladas en la pinacoteca fueron repartidas en herencia a las hijas. Esto podría suponer pérdidas irreparables de la colección, que ya había sido perjudicada anterior y notablemente por las sustracciones durante la ocupación francesa. Para encarecer más aún el riesgo, Isabel, en aquel momento, sólo tenía tres años. Una comisión paralizó la ejecución del texto testamentario hasta que la soberana fuese mayor de edad, ganando tiempo para solucionar la coyuntura. Estudiaron si las obras maestras eran un legado personal del rey con el fin de enajenar parte de él y garantizar su situación en el edificio de Villanueva. En cualquier caso se concluyó que la colección no podía dividirse ya que pertenecían a la Corona española desde hacía siglos. 

Isabel adquirió la parte de su hermana Luisa Fernanda, protegiendo así la unidad de la colección y evitando el riesgo del desmembramiento de tan incalculable tesoro. Tras la revolución de 1868, y previa abolición del patrimonio de la corona, los cuadros formaron parte de los bienes de la nación, perteneciendo desde entonces hasta hoy a todos los españoles. Aún así, una de las salas más importantes del museo que ha albergado las obras maestras de Velázquez tomó su nombre durante décadas. Actualmente las Meninas siguen presidiéndola y se llama sala 12. 

La relación que la reina cultivó con la pintura fue muy estrecha. Teniendo a los Madrazo como pintores de cámara, es una de las monarcas con más retratos y de mejor calidad. Así como desde pequeñas, Isabel y su hermana recibieron clases particulares de dibujo artístico en palacio por parte de Rosario Weiss, hijastra de Francisco de Goya y una de las pocas mujeres pintoras sobresalientes en la época. Cabe mencionar el retrato que Franz X. Winterhalter hizo de la reina y su hija la princesa de Asturias y que se ubica en el Palacio Real de Madrid. 

WINTERHALTER, Franz X. La Reina Isabel II con su hija la Princesa de Asturias (1852) Palacio Real de Madrid - detalle

Arqueología 

Siguiendo esta estela, la reina Isabel fue pionera en apoyar y financiar la restauración de las ruinas de la Alhambra. En su visita a Granada en 1862, los palacios nazaríes, expoliados décadas atrás por franceses e ingleses, estaban cerca del colapso arquitectónico. La difusión de Washinton Irving y los constantes viajeros románticos que llegaban, señalaban la ciudad nazarita como un destino exótico, milenario y místico. A partir de entonces se canalizaron las ayudas y los restauradores comenzaron una intervención orientalista que fomentaba con mayor arraigo ese imaginario inexacto, bucólico y eterno.

La gestión patrimonial del país estaba en crisis. La falta de preocupación e interés por preservarlo pareció desvanecerse poco a poco durante el reinado de Isabel. Es probable que este despertar lo forzaran tres cuestiones coetáneas: la primera, el declive continuo y el serio riesgo en el que se encontraban los monumentos; la segunda, España como el destino de viajeros europeos que consideraban el sur como un Oriente Medio seguro y de cuyo escaparate los locales podían percibir riqueza; y la tercera, el expolio sufrido por la invasión napoleónica. Tres bofetones de realidad por los que los españoles podían empezar a funcionar. Siendo así, en 1844, el general Narváez declara el primer monumento nacional de España: La catedral de León, cuya cúpula iba a precipitarse y comprometer la estabilidad del conjunto. Reconocer y rescatar algunos lugares privilegiados de la historia es una herramienta para salvaguardarlos.  

 La arqueología y el pasado histórico de España estaban teniendo más relevancia y consciencia social, hasta el punto de que la misma reina en 1867 inaugura el Museo Arqueológico Nacional, con el fin de tener un lugar en el que recopilar todos los bienes arqueológicos milenarios y poder visionar en un mismo espacio el legado de las distintas civilizaciones. Este lugar no pertenece al enclave que ocupa actual en el Paseo de Recoletos, cuyas obras empezarían en 1866 y estaría destinado como Palacio de la Biblioteca y Museos Nacionales, incluyendo en este macro-complejo la Biblioteca Nacional, el Museo del Prado (entonces Museo de la Trinidad) y el Museo Arqueológico Nacional. El lugar original en el que fueron acomodadas las colecciones del Real Gabinete de Historia Natural, las medallas y antigüedades de la Biblioteca Nacional y los restos arqueológicos de la Escuela Superior de Diplomática y la Real Academia de la Historia fue el Casino de la Reina, una casa de recreo que el ayuntamiento de Madrid había regalado a la reina Isabel de Braganza sito en la glorieta y portillo de Embajadores. 

Consecuencia del incendio del 15 de septiembre de 1890 en la Torre de Comares de la Alhambra

El Teatro Real. El teatro de la reina

El día de su decimonoveno cumpleaños, la reina había mandado preparar una sala dentro de Palacio destinada a la ópera. Las obras del viejo teatro de la plaza de Oriente estaban retrasándose debido a la falta de consenso en la financiación por parte del gobierno y a la humedad del lugar. La reina era una apasionada de la música. Su madre, la regente María Cristina, era la precursora del Conservatorio de Música. Se preocupó de que sus hijas tuvieran enseñanzas musicales dentro de palacio, especialmente de canto y de piano. Ambas hermanas incubaron este amor a la música e Isabel especialmente a la ópera. De tal forma que una vez incluso despachó a uno de sus ministros cantando. Se puso firme en cuanto a las obras y mandó que se terminaran, siendo el Teatro Real de Madrid su barco insignia. El éxito codició los espectáculos, siendo muy demandados entre el público madrileño. La reina allí vivió episodios de todo tipo. Desde el ministerio relámpago del conde de Cleonard (cuya presidencia en el gobierno duró un día, el del 19 de octubre de 1849) hasta incluso el comunicado de que su hijo el rey Alfonso XII acababa de morir. 

La reina conoció a todas las grandes sopranos, barítonos, directores de orquesta y músicos, sobresaliendo los famosos Niccolo Paganini y Franz Liszt. La pieza con la que estrenó aquellos diecinueve años fue la "Ildegonda" de Arrieta, músico que se convertiría en un gran amigo y a quien le dedicaría varias composiciones para que ella misma pudiera interpretarlas. En el palacio real existe una colección de partituras originales de Beethoven, Bellini, Donizetti, Verdi o Brahms. Su tío y suegro Francisco de Paula de Borbón era un gran barítono y tenía una de las bibliotecas musicales más grandes del país. Así como su hijo y esposo de la reina, D. Francisco de Asís, era un destacado pianista. 

Interior del Teatro Real de Madrid actualmente 

El divino joyero 

Una de las llamativas aportaciones que la reina Isabel II llevó a cabo durante todo su reinado estuvo muy ligado con su devoción. La fe de la católica soberana proveyó de un gran número de obsequios a las imágenes de la virgen y sus advocaciones bajo patronazgo de toda España. Parte de su joyero lo repartió para las coronas de muchas de ellas. Así como los mantos bordados que actualmente usan en festividades y ocasiones solemnes. De esta forma se reforzaba la unión personal entre la soberana y el culto a la virgen María. Una larga lista confecciona el número de piezas a lo ancho y largo del país. La virgen de Atocha atesora un manto cuajado en castillos y leones bordados en oro, así como dos coronas, rastrillo y halo con diamantes y topacios del Brasil; un manto a la granadina virgen de las Angustias, a la histórica y venerada virgen de la Cabeza de Andújar; a la virgen de las Huertas de Lorca; a la virgen del Carmen de Caravaca; a la virgen de las Llanos de Albacete; incluso una joya en forma de lágrima para la virgen de África en Ceuta. Pero sin lugar a dudas dentro de todos estos presentes, los más emblemáticos serían los aportados a la citada virgen de Atocha, la devoción a la virgen de los Reyes de Sevilla a la que obsequió con varios mantos y la corona de la virgen del Pilar a partir de varias joyas de la reina. 

Este discreto tesoro custodiado en altares y camarines es también parte del patrimonio que pone de relieve la labor de bordadores y orfebres para subrayar la relación de la feligresía con la divinidad: el primer museo al que asiste el público con respeto y admiración es la iglesia. Isabel II, cuyo nombre y rango lo había ocupado previamente la defensora de la fe y la unidad, tenía que responder ante una figura histórica y simbólica de fuerte calado que aún cuatrocientos años después de su muerte seguía siendo un referente en España y en la cristiandad. 

Corona de la Virgen del Pilar 


El sueño de la razón



A D. Francisco de Goya y Lucientes se le reconoce su grandeza por la vigencia de su obra. Por la capacidad de sobreponerse al estilo de su época para plasmar la agonía que le rondaba. Tuvo el acierto de retratar con la misma verdad a la familia real como a sus propios miedos. La ilustración en la que creció anteponía la razón al misticismo y devoción que consumía España en analfabetismo. Ante el abuso e insistencia de la lógica, despiertan las sombras que permanecen inherentes a la locura, que emanan de la oscuridad del alma y que visten de crueldad la realidad esquilmada. 

Comprometido como un corresponsal de guerra, empieza a empaparse del día a día de cainísmo y venganza que derrota a la humanidad. No existe misericordia entre los garrotazos. Excesos y violaciones que empobrecen. Esta rutina de desgaste moral decepciona y enferma al pintor, el cual, tres años antes de su muerte escribe una carta a su amigo Joaquín María Ferrer diciendo: "Agradézcame usted mucho estas malas letras, porque ni vista, ni pulso, ni pluma, ni tintero, todo me falta y sólo la voluntad me sobra". Es la voluntad la salvación artística de Goya, que no se pierde cuando no hay orden, sino que él sigue el dictamen de su creación. 

Goya se había envenenado con la preparación durante años del blanco albayalde con el que pintó tanto en su primera etapa. Rico en plomo, este compuesto inhalado en el proceso de majado conllevó a asentarlo en su sordera y delirio. Esto lo hizo adoptar una sensibilidad mayor, yendo más allá de lo físico, de lo carnal. Era el aura y la atmósfera. El temor y la pena. La prisión y la condena. Criticó la indolencia, la vejación con la vejez y la insultante opresión hacia las mujeres. En sus dibujos acompañó frases afiladas que punzaban en la conciencia. Ingenió pintura y literatura para hacer del arte un vehículo que pudiera hacer reflexionar a sus coetáneos. Él era la fábula, en un instante, con todas sus criaturas.

En 1815, aun habiendo pasado la depuración de Fernando VII, el rey lo jubila y lo sustituye por Vicente López. Éste revés sacudió en tormento las esperanzas de Goya por conquistar la corte, como lo había hecho con Carlos IV. Recluido en la nueva Quinta del Sordo, hace un ejercicio íntimo de pintar frescos de la propia finca por expiar o materializar sus miedos y perturbaciones. Justo a la entrada, en el recibidor, pintó a Doña Leocadia Zorrilla con mantilla, una mujer meditando enlutada sobre la muerte. Ausente, sin carácter en el rostro, pareciera un ánima que señala y augura la presencia inexcusable de la parca. Una espera fiel y constante. Un destino consciente para el maestro por su abandono y vejez para el que sólo el tiempo sería árbitro de sus últimos momentos. Cuando todo estaba hecho, las pinturas negras cobran vida. 

La segunda pintura negra es Saturno devorando a su hijo. Nace el expresionismo. Goya va más allá de toda representación. Reina el hecho, la acción. El poder ha consumido sus hijos, un mensaje político. No es algo casual. Hay una intención. Saturno con alevosía y premeditación actúa. Y todo este miedo, esta sensación amedrantada de ser castigados se ve en el resto de frescos como El Aquelarre en los que la población se reúne pavorosa enfrente del mismo mal. En cada sala del palacete existe una presencia retratada por Goya. Vigilado por sus pesadillas hasta que se exiliase a Burdeos. La razón que tanto se invocaba, idolatraba y perseguía dónde está. Dónde quedó la salvación. En la ausencia de la luz, todas las bestias impacientes salen de sus cavernas e imperan. El sueño de la razón produce monstruos. 



Las Colecciones Reales




2020 se precipita con grandes cambios. Trae consigo un futuro palpable en el que se hace posible una actualización del siglo XXI. Madrid, sin ir más lejos, metamorfoseará su imagen hacia una ciudad renovada, comprometida y consolidada de los retos que en este tiempo despiertan. A esta nueva cara, cuyo pistoletazo lo dio Manuela Carmena con la reinauguración de la Gran Vía, se unen las obras en Plaza España; la apertura del céntrico complejo Canalejas; la ampliación del Museo del Prado por Norman Foster en El Salón de Reinos; la polémica nueva intervención de las Torres Colón(Lamela, 1968) que lo convertirá en uno de los rascacielos de consumo casi nulo de España; la torre Caleido se sumará al equipo de Cuatro Torres, los rascacielos más altos de la capital; y lo más importante, el Museo de las Colecciones Reales estará a punto para abrir sus puertas. 

A los pies del Palacio Real y la catedral de la Almudena se encuentra la obra de Tuñón y Mansilla, (2016) a posteriori Tuñón y Moreno, premio FAD y de Arquitectura española en 2017. Este espacio será el responsable de custodiar la valiosísima colección perteneciente a los monarcas de las tres principales dinastías de este país: Trastámara, Habsburgo y Borbón. Patrimonio Nacional confía a este proyecto la reubicación de las grandes piezas de incalculable valor artístico que quedan dispersas por los diferentes Reales Sitios. Unificada su localización, provoca que el Museo de las Colecciones Reales sea uno de los más potentes junto con el Museo Nacional del Prado. Una inauguración muy esperada y deseada en el mundo del arte, que tras la adjudicación a Telefónica y Empty el diseño de la museografía podrá ver la luz muy pronto. 

 Entre las obras maestras más deseadas se encuentra el Políptico de Isabel la Católica (Juan de Flandes, 1504). Las tablas, a la muerte de la reina, fueron desmontadas y dispersándose durante los años entre compras y herencias. Considerado como el 'más fino y delicioso evangelio ilustrado conocido' hoy las Colecciones Reales conservan quince de ellas. La túnica de José (Velázquez, 1630), pintada en su primer viaje a Italia junto con La Fragua de Vulcano, estas dos piezas fueron a adornar el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV, hasta que este óleo fue mandado por Mariana de Austria a la muerte del rey al Real Monasterio del Escorial por su significado religioso. El manierismo y delicia del Martirio de San Mauricio y la legión tebana (El Greco, 1582), la exquisitez del Martirio de San Lorenzo (Tiziano, 1567) o la sobrecogedora Salomé con la cabeza del Bautista (Caravaggio, 1607) son parte de las grandes obras maestras que podrán ser vistas por el público en este museo. Junto a ellas, Patrimonio Nacional mantiene en depósito el Lavatorio de Tintoretto, varias obras en distintos formatos del Bosco o el Descendimiento de Van der Weyden en el Museo del Prado. Así mismo, es comprometida la elección de las piezas que irán definitivamente en el nuevo museo y cuáles seguirán imperturbables en los Reales Sitios. 

Los archivos de esta colección se extienden más allá de la pintura y la escultura. Abarca todo aquello que esté catalogado perteneciente a Patrimonio Nacional, donde figura porcelana, carruajes, relojes, mobiliario, falúas o abanicos. A destacar de la Real Armería la significativa colección de borgoñotas y armaduras del emperador Carlos V; el tapiz que representa el triptico del Jardín de las Delicias del Bosco, en mayor formato, tejido en oro, plata, seda y lana; imaginería de Mena y un crucifijo de Bernini; el cuarteto Stradivarius; o la Góndola Napolitana de Carlos II. 

El rey Juan Carlos I lega durante su reinado la parte de la colección más moderna. Alfonso Guerra mandó a Rafael Canogar encargarse de dicho proyecto, y en las últimas décadas del siglo pasado se sumaron a este histórico catálogo obras de Sempere, Chirino, Guinovart, Genovés, Muñoz, Guerrero, Saura, Barceló y el propio Canogar. La polémica se mantuvo durante años cuando el rey se encaprichó de El Atleta Cósmico (Dalí, 1960), y tras una rocambolesca batalla, pudo mantenerlo en su despacho junto a un retrato de su abuelo, Alfonso XIII. Sin embargo, las piezas más recientes en formar parte de este equipazo de sobresalientes y únicos ejemplares son el Códice del Toisón de Oro y una cómoda de Gasparini de Carlos III, que había sido sustraída durante la invasión napoleónica, y que forma juego con una gemela que tenía Patrimonio Nacional. 900.000€ invertidos para dotar del merecido y cuidadoso esplendor a este proyecto. Un apropiado despertar, sin más dilación, para subrayar el incuestionable valor y compromiso que España mantiene, al cabo de los siglos, con la cultura. 


El Sorolla escandinavo





Joaquín Sorolla y Bastida es uno de los grandes maestros pintores que ha dado la escuela española. Su nombre es sinónimo de calidad, de luz, de compromiso. El estudio que persiguió toda su vida por seguir creciendo, el derroche de amor por encontrar la verdad en el lienzo, por hallar la pincelada y el color que se acercaran a la expresión de lo que sus ojos sentían lo hicieron sublime. Era un traductor de emociones. Por su voluntad de conocer más allá, de estar en contacto con lo que en otras partes del mundo se había descubierto y acercarlo a su paleta para experimentar nociones nuevas.

Joaquín Sorolla es valenciano. No abandona jamás su Valencia natal. La lleva consigo a donde quiera que viaja. El mediterráneo es su sello de identidad. Los desnudos infantiles, las escenas de barcas y mujeres en la playa son inconfundibles. Mas estos son sólo la forma, el recipiente. Encuentra en estos motivos la fidelidad a la humildad, la serenidad o la misericordia. Pero mucho recurrido tuvo que andar para desvelar ese misterio que había sido parte de él desde siempre. A esa cara de reflejos vibrantes en el mar existe también un Sorolla de interior. Imprime el gélido aire que se mece entre las calles de Granada en invierno; asoma el sol por los patios de la Alhambra. Persigue la estela de Mariano Fortuny. Y continúa en el contraste de retratar los campos y montes castellanos.

Un año después de casarse con Clotilde viaja a Italia pensionado. Corre el año 1889 y París celebra en una Exposición Universal el centenario de la revolución francesa. Es invitado a ella por su amigo Gil Moreno. Se da entonces el contacto crucial que avivaría en él la admiración hacia los pintores daneses. Los escandinavos Kroyer, Zorn y Edelfert capitaneaban la gran exposición. Sus nombres corrían como la pólvora. Irreverentes y auténticos, rompieron las líneas establecidas para adentrarse en el estudio de la luz o en el compromiso social con largas pinceladas. Sorolla despertó en aquel instante para ser Sorolla. El continuo contacto que guardaron en las sucesivas exposiciones así como las visitas que recibió de Zorn en su casa de Madrid estrechó los lazos que el arte había creado. Ellos fueron sus referentes y sus maestros. El mar del Norte, la orilla de Skagen, había predicho las estampas que el maestro español apuntalaría en Valencia y Biarritz.

Pintar al aire libre era otra singularidad que lo dominaba. Aunque Velázquez le había sido de inspiración, el profundo entendimiento le viene también desde Dinamarca quienes habían captado la magia del sevillano y la sensibilidad que desprendía en sus lienzos. Aun así, la mala iluminación y los viejos barnices no dejaban expandir los brillos originales de las pinturas que colgaban en el Museo del Prado (las Meninas no son restauradas hasta 1984, Las Hilanderas en 1986 o La Fragua de Vulcano en 2001). De ahí que fuera sabia la decisión de pintar con la misma referencia de la naturaleza. No hay intermediarios. Son las pupilas de Sorolla el carrete continuo que filma la brillantez instantánea en las olas y en la espuma acariciando la arena. Exprime el sol de mediodía. Todo pareciera en aquel sentir abril o mayo. Ser la primavera de esplendor y gozo la que envuelve a Alfonso XIII en los jardines de la Granja de San Ildefonso (1907) o los tantos retratos al aire libre de Clotilde. Jugueteando entre los claros vestidos de lino o en la tostada piel de los chiquillos. Simpatía que también tiene su espejo en el Báltico.

Las exposiciones universales son sus clases magistrales. Gana el Grand Prix en 1900 por Triste Herencia, una combinación de impresionismo y realismo. Del mar y de la costumbre. De su compromiso social y del mar sempiterno que vela por custodiar el pensamiento y sentimiento aportado por el artista en cada lienzo. Su universalidad es notable. Sorolla no quiere reducirse ni limitarse. Sorolla quiere trascender, y lo hace. Trasciende. Encontró la verdad que buscaba en la luz. Supo identificarla y dotarla de gran humildad y honor. Vistió de gloria la pobreza. Hizo elegante la miseria.

La fundación Masaveu, la Hispanic Society de Nueva York y el Museo Sorolla de Madrid son algunos de los grandes templos custodios que atesoran gran parte de la prolífera colección del pintor valenciano. Peregrinar por estos centros de arte es un dulce camino por el que entender la complejidad y la constante superación que legó al mundo Joaquín Sorolla y Bastida, quien mira a su mar y a su gente con un recuerdo eterno a los pintores que le trajeron la luz para que él mismo brillara. 

El Prado disperso en la Universidad de Granada





El Rectorado de la Universidad de Granada, histórico edificio renacentista del Hospital Real, acoge una exposición dedicada a los fondos que el museo del Prado ha confiado durante siglo y medio en depósito a la propia universidad. Esta relación evidencia la implicación que ambas instituciones tienen con la sociedad y su compromiso con la cultura.

2019 ha visto cómo se ha engalanado la agenda del museo madrileño, sucediéndose exposiciones, conferencias y actividades de alto interés para la pinacoteca, revalidando su título como una de las mejores y más prestigiosas del mundo del arte. El motivo, su bicentenario. Precisamente, una de las decisiones que tomó el museo fue blindar la colección permanente sin cesión a otras instituciones. Es un año de descanso para los grandes maestros Velázquez, Murillo, Goya o Greco, sintiendo la falta de este último el Grand Palais de París en la gran retrospectiva que el museo del Louvre ha hecho del pintor. Por eso sorprende, aparentemente, que Granada pueda lucir una exposición de joyas artísticas con esa procedencia.

La relevancia de esta exposición recae en este diálogo, en la custodia de ese Prado disperso, llamada así a la colección nacional depositada en instituciones de toda España. Ochenta y ocho obras están en Granada (el museo de Bellas Artes tiene gran parte) y de ellas once recaen en la universidad. El rector Santiago López Argüeta solicitó en 1881, conocedor de la mala coyuntura que siempre ha recaído en las grandes pinacotecas incapaces de mostrar la totalidad de su catálogo por falta de espacio, algunos cuadros para decorar el Colegio de San Pablo, hoy facultad de Derecho. Al mes llegaron veinte cuadros, que bajo real decreto han ido redistribuyéndose por las diferentes sedes y facultades de la universidad. Con el tiempo algunas fueron devueltas, otras fueron nuevamente solicitadas por otros rectores. Las últimas llegaron con Antonio Marín Ocete.

Granada, bastión fundamental de la historia de España, se suma a los fastos del bicentenario recordando esta estrecha fraternidad con el arte que tuvo su interés en el acercamiento a los círculos de estudiantes universitarios cuando viajar a Madrid no contaba con las facilidades de nuestros días. Abre la muestra la exquisitez y simbolismo del valenciano Antonio Muñoz Degrain con su fábula de Lampecia y Febe o también conocido como la Metamorfosis de las Helíades. En esta exposición se podrán ver obras de gran relevancia como el cristo de Francisco Bayeu cuya fisonomía, en especial manos y pies, comprende un realismo sobrecogedor y un ímpetu delicado en la pasión de la crucifixión. De grandes dimensiones también es la Muerte del Príncipe de Viana de Vicente Poveda, discípulo de Federico Madrazo. Es el único de la muestra que no comparte instalaciones con el resto de la exposición, pero sí está en el mismo edificio y puede ser visitado. De inexcusable ternura y realismo, Casa de vecindad de Adela Ginés. Así como copias de originales que respaldan la trascendencia que tuvo cada representación para la ciudad como Carlos V y Felipe II o el dictamen testamental de Isabel la Católica, original de Eduardo Rosales.

El breve recorrido que ofrece la exposición es suficiente para notariar la relevancia que Granada y su universidad tienen en poder exhibir una muestra artística de estas características así como homenajear al museo nacional del Prado en su doscientos cumpleaños.




Exposición temporal
El Museo del Prado en la Universidad de Granada
13 de noviembre 2019 - 31 de enero de 2020
Sala de la Capilla, Hospital Real 
Granada

Museos franquicia





El atesoramiento de obras, su conservación y promoción son tareas fundamentales que acomete un museo. El mundo del arte está en continuo movimiento. La vertiginosa velocidad a la que avanza hace que todas las instituciones y galerías estén siempre al tanto de cambios y propuestas. Las casas de subastas y ferias asumen el papel hoy de lo que antaño realizaban las exposiciones universales. Todo está por hacer, todo está por descubrir. Estar a la altura de los tiempos es una máxima. 

El inmenso volumen de piezas que los museos conservan es inabarcable a sus limitaciones arquitectónicas. El espacio de exposición suele ser minúsculo comparado con el basto número de obras de arte custodiadas en sus almacenes. Dos de los museos españoles más importantes son conscientes de esta realidad. El Museo Nacional del Prado, de las 8.000 cuadros inventariados, sólo 1.150 están a la vista en sus salas. El proyecto aprobado para la ampliación de Norman Foster en el Salón de Reinos se espera que muchas más puedan ser expuestas. El Centro Nacional de Arte Reina Sofía cuenta con 30.000 obras, suma y sigue, teniendo el 5% expuesto. Los americanos, franceses y rusos no son menos. Y este hecho explica la motivación de difundir en otros lugares, inaugurando nuevas sedes y centros, el volumen archivado de sus colecciones.

El parisino Louvre tiene una franquicia en Lens y Abu Dhabi. De la mano, Pompidou se presenta en Metz y se cuela en Málaga. La Solomon Gunggenheim Foundation abrió en Nueva York y de allí conquistó Venecia, Bilbao, siendo doblete para Abu Dhabi. Hermitage anunció su idea de abrir una sede en Barcelona próximamente. El aplauso por esta iniciativa viene dado por la internacionalización de las ciudades donde se posan estas instituciones, bien conocidas en lo ancho y largo del mundo. Su presencia genera unas sinergias muy interesantes como dinamizadoras del turismo cultural. Incluso algunas de ellas, bien el Pompidou malagueño (De la Fuente & Malavé), bien el Guggenheim bilbaíno (Gehry) han visto experimentar en sus ciudades una imagen nueva más atractiva de renovación. Unas consecuencias más ásperas son la falta de idiosincrasia con el arte del lugar. Es un pastiche en el que la ciudadanía no se siente reflejada. No forma parte de su verdad cultural. Va al margen de sus artistas y de sus corrientes artísticas. El malacitano de toda la vida se encuentra en el Pimpi, no en el Burguer King. Ahí entra el debate de qué cara se quiere mostrar, una marca blanca de ciudad más adaptada a las previsiones del foráneo o el abanico de posibilidades con el que un lugar ajeno pueda ofrecer.

Otras muestras a caballo de museos franquicia podrían considerarse Caixa Forum, con sedes en Barcelona, Girona, Lleida, Tarragona, Zaragoza, Madrid, Valencia, Palma y Sevilla. Sus exposiciones temporales cuentan con un itinerario vertebrado por algunas de ellas. Todo ello es posible por los convenios firmados con otras grandes instituciones como el British Museum, el Louvre o el mismo Prado. El Thyssen-Bornemisza tiene su colección estatal en la capital, algunas obras en el MNAC, mientras la colección Carmen Thyssen tiene sede en Málaga, y obra hasta en Andorra. La Tate inglesa también podría incluirse en este apartado, atendiendo a que dos de los museos principales de la institución tienen sede en el propio Londres (Britain y Modern) y los otros dos en Cornwall (St Ives) y Liverpool. Todo ello es respuesta a una cuestión dada. La limitación espacial ha encontrado su solución con la expansión y nueva apertura de sedes en nuevos destinos, promoviendo valores culturales y haciendo el arte más accesible al público en cualquier parte del mundo.

Arte de mujer




El Museo Nacional del Prado, en aras de la excelencia que lo regenta, abre la puerta grande a las mujeres artistas. En esta ocasión, y en el marco de su bicentenario, las mujeres ganan el merecido protagonismo en una exposición capitaneada por dos pintoras excepcionales cuya relación con España y el Prado es estrecha: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

Rompiendo las barreras que había sobre ellas, estas pintoras consiguieron ser reconocidas por su talento y dedicación al arte, llegando Anguissola a ser pintora de cámara en la corte española de Felipe II por mediación del duque de Alba. Pero esto no es más que la punta del iceberg: la mayor de siete hermanas fue discípula de Miguel Ángel, quien la admiró y apoyó, así como siendo mencionada por Giorgio Vasari como una excelente pintora por logros propios. En España fue dama de Isabel de Valois, apasionada del dibujo. A la muerte de la reina, se convierte en tutora de las infantas. Habiendo trabajado con Sánchez Coello, el paso del tiempo desdibujó su recuerdo, atribuyéndose obras de Anguissola a éste que pasados los siglos han vuelto a llevar el nombre por derecho de su creadora.

Lavinia Fontana destacó como pintora de un primer barroco. La influencia de los Carraci fue determinante en su trayectoria, la cual ganó gran notoriedad como pintora en la corte del Papa Clemente VIII y Paulo V. Elegida miembro de la Academia de Roma, Fontana llega a pintar desnudos en gran formato para el ámbito religioso, siendo esto extraordinario para una mujer en la época. Del propio barroco nace Artemisia Gentileschi, quien desarrolló su pintura de la admiración hacia Caravaggio.  La violación sufrida por uno de los discípulos de su padre marcaron el carácter tenebrista de su pintura, reflejando este vívido sentimiento en la decapitación de Holofernes por Judit (1614-1620, Galería Uffizi) La agresividad, sensibilidad y precisión reflejada en el lienzo la han convertido en su obra maestra. El Museo Nacional del Prado conserva su Nacimiento de San Juan Bautista (1635) encargado por el virrey de Nápoles para el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV.

No será la primera vez que el Prado haga una exposición protagonizada por mujeres. Clara Peeters estrenó esta línea, siendo sus bodegones fascinación y deleite del público. La habilidad de Peeters la hacen maestra del detalle y notaria de su tiempo, constatando en las piezas cotidianas un discurso realista y cómplice. Sus reflejos la retratan, firmando su rostro contra el agravio con el que era vilipendiado el arte de las mujeres. Nuestro siglo, con firme determinación feminista, ha querido rescatar de la invisibilidad y de los almacenes la belleza que mujeres como Angelica Kauffman, Rosa Bonheur o Rosario Weiss (ahijada de Goya) demostraron en su tiempo y que el paso de éste la han barrido del lugar donde su grandeza las puso. Hoy, su pintura es analizada y reubicada, para que las futuras generaciones no duden de que un museo no es sólo sitio de hombres.

Esta iniciativa refuerza el compromiso que el Museo Nacional del Prado tiene con el arte, con su historia y con el presente. Una mirada nueva hacia el renacimiento o el barroco cuyos pinceles los toman artistas femeninas valientes que lucharon en su día por ser tan valerosas como los grandes maestros.