Mostrando entradas con la etiqueta Events. Mostrar todas las entradas

El Guadix de James A. Michener




Una vez que España vuelve a abrir sus puertas tras la autárquica posguerra, los americanos empiezan a  pulular por este Edén que tanto esplendor e idilio ofrece al Spaguetti Western. Pero no sólo es el foco del camarógrafo lo que les interesa, sino también redescubrir un país tan cercano a sus costumbres y tan intrínseco de su historia. Es el caso de James A. Michener, que después de haber sido combatiente en la segunda guerra mundial, se forjó un legado literario muy prolífero que, combinado con sus viajes alrededor del globo, darían pie a encontrar contenido para su obra, en este caso: Iberia (1968). Su presencia en España y Portugal durante la década de 1960 lo acercó a conocer la península ibérica, sus tradiciones y costumbres además de las aspiraciones, temores y realidades de aquellas personas que regentaban un país desértico en el que había más oasis que arena. 

Después de haberse alojado en el parador de San Francisco, y habiendo visitado la Alhambra y el carmen de la casa de Manuel de Falla, su siguiente destino fue "el famoso pueblo" de Guadix(1). Si bien la arquitectura troglodita de cuevas era un reclamo ambicioso para los turistas que llegaban a esta parte del mundo, y normalmente estando informados de este espectacular paisaje, el asombro que les despertaba al contemplarla era mayúsculo. No cabía descripción posible para sostener en palabras el marciano horizonte que bordeaba Guadix y sus tierras: 

Situadas en un paisaje lunar de colinas desoladas y pináculos rocosos, las casas de Guadix están excavadas en las laderas de las colinas, y cuando las chimeneas se canalizan a través de la roca sólida para que se puedan encender fuegos, son bastante cómodas. Este estilo de arquitectura ha sido adoptado en muchos países diferentes, sobre todo en el centro de Turquía, pero en Guadix hay una diferencia, porque las entradas a las cuevas han sido bellamente revocadas y decoradas con azulejos rojos, de modo que parecen las entradas a iglesias o villas de cierta importancia.(2

Pero más allá del atractivo paisajístico y la vibrante impresión que naciera en el americano encontrarse en un lugar tan llamativo como este, la razón de este viaje no fueron sus cuevas, sino la relación que la ciudad tenía con Pedro Antonio de Alarcón y El Sombrero de Tres Picos(3). En 1919 Falla estrenaría en ballet su "sombrero", y esta coincidencia era un valor añadido a la visita. Michener amaba esa composición, y justo después de haber pasado por la casa del compositor, no estaría demás poder pisar el lugar en el que el ilustre literato se inspiró para dar voz a la molinera y al corregidor. Casi cien años habían pasado desde que Alarcón escribiera sobre el tricornio, y aún llamaba la atención y avivaba el interés del público como queda comprobado con estas anotaciones. No fue aquella una buena época para la ciudad. El éxodo rural y las anteriores emigraciones a Alemania o Barcelona estaban denotando la escasez que se vivía aquí. En cambio, hablando con un accitano sobre esta situación, se podría decir que en medio de aquel panorama, Guadix era metrópolis(4), contando con autobuses y cine: "no hay dinero, pero al menos queda espíritu", confesaba este vecino sobre la privación de aquellos años. A fuerza de intromisión, estas palabras dan color a una España en blanco y negro, que por medio de las fotografías tomadas por su compañero Robert Vavra y aparecidas en su Iberia, contemplamos la grandeza presente en la adversidad de quienes en la humildad de su contorno no les evita rodearse de un halo de majestad. 


(1) Before long I was surprised to come upon the famous village of Guadix, for I had supposed that if lay farther south. 

(2) Set in a lunar landscape of bleak hills and rocky pinnacles the houses of Guadix are dug into the faces of the hills, and when chimneys are piped up through the solid rock so that fires can be lit, are quite comfortable. This style of architecture has been adopted in many different countries, most notably in central Turkey, but at Guadix there is a difference, because the doorways into the caves have been handsomely plastered and decorated with red tiles, so that they look like the entrances to churches or villas of some importance. 

(3)The reason I wanted to see Guadix had nothing to do with its architecture, handsome through that was. This was the pueblo in which Alarcón had located his short novel El sombrero de tres picos, and as I looked at the miserable economic level at which the villagers lived, I could hear the music which Falla had composed for this work and I could visualize the four leading actors in the rustic comedy, 

(4)Have you ever seen a trye back-of-the-mountain Andalusian village? I've seen Guadix. He laughed. 'That's a metropolis. They have buses and a cinema. They have no money but they do have spirit. No, I mean the really forlorn Andalucía. You haven't seen it and you can't know. 



Noviembre nuestro

Fotografía: El Costal Accitano 

 El temprano atardecer del otoño despierta de arrebol y viste el azul intenso del cielo en este tiempo en nubes malva esclarecidas por gualda que en pinceladas suaves algodonea y lividea la luz hasta que llega la penumbra del ocaso. Entonces, con la silueta del horizonte aún encendida, las farolas serpentean de naranja la matriz urbana. A esta sinfonía siempre acompaña el olor "a pueblo", el de las chimeneas y lumbres que ahuyentan el helor de las casas. Este podría ser el retrato de un noviembre nuestro. 

En los bosques de Guadix aún quedan otros espectáculos por vivir. Ya sea en el Camarate, en su bien nombrado bosque encantado, o en el castañar de la Rosandrá, nace una segunda primavera que prende de color los suspiros del buen tiempo. Adentrarse en estos rincones salvajes del entorno es abrir una puerta hacia lo desconocido. Metamorfosea por constancia cada ápice del paisaje, presentando en cada encuentro un rostro desigual. Entonces, se llena de sus gentes, que encaminados a disfrutar de sus raíces, admiran el cobijo de sus ancestros y son junto a los árboles, unos habitantes más en esta orquesta. 

Días antes de los Santos, las calles se llenan de paseantes con flores que van y vienen. Las cementerios empiezan a brotar entre las lápidas claveles, tagetes y gladiolos. Crisantemos de todos los colores se depositan en las tumbas. Es tiempo de blanquear a los difuntos. Renovarles el apresto. Algunas son centenarias, de costumbre heredada. Otras son dolorosas y muy sentidas pérdidas por las que aún, en el silencio del alma, la pena emana y riega con dulzura las flores colocadas. Noviembre empieza sus días con profundo honor y recuerdo. Un llanto inmarcesible que cala, encendiendo vivencias, rescatando pasajes de nuestra vida con aquellos con quien pudimos compartirla y a la que homenajeamos en su sepulcral retiro. 

Este año, después del pasado de ausencia por la pandemia, llega la esperada bajada de la virgen de las Angustias a la catedral para solemnidad de su setena. El alba es quizás la más cierta luz en Guadix. De la noche se va desvelando entre los altos miradores y campanarios los primeros destellos. Aún frágil, calma las calles mansamente. Los barrancos que abovedan y sitian la ciudad empiezan a esculpirse con su vetusta enjutez. Es entonces cuando el primer domingo de noviembre redoblan las campanas anunciando a la virgen en su carrera. Silencio en lo demás. Sigue el repique de nuevo. Avanza por la Gloria, envistiendo Santiago por la Zeta. Con una petalá en Peñaflor la celebran. No hay música, no hay banda. No hay protocolo ni ristras de mantillas enlutadas. 

Por Tena Sicilia, en el cruce de Tárrago-Mateos, la calle estaba quieta. El frío enmudecía. Al llegar a la acera del Dólar, todo se transformó, descendiendo por calle Ancha un torrente, dócil marabunta, como mar de pueblo imbuía. La imagen en volandas, Guadix horquillero de su madre era, que sin pereza ni lamento aguardaba paciente la madrugada para que la Señora y su Hijo, lleguen arropados bajo un cielo descubierto. Despierto en los primeros destellos y ver a la luna recién nacida, asomarse desde su cuna, y rezarle a él un Padrenuestro y a ella un Ave María. La virgen derramaba su gracia con dolor a manos-llenas, bendiciendo cada paso dado de sus romeros junto a ella. 

Así es un noviembre nuestro. Atardeceres tempranos, lumbres en guardia y una primavera que se incendia. No es casualidad que esta sea una tierra de alfareros. Donde pareciera esculpirse durante este tiempo como aquella santa ciudad de Belén, entre las almenas de su alcazaba y las luces de sus cuevas. San Torcuato obró en poner aquí la primera cruz de España, para que entre ángeles Dios pudiera bajar del cielo y sentirse como en el día de su nacimiento: en su casa. 

El volcán que no cesa

 




Que la televisión guarde un lugar de honor y adoración en el salón no es cosa menor. Llegó un momento en el que los ladrones, cuando entraban a hacer lo propio en casas ajenas, dejaron de buscar joyas a sencillamente acarrear con los televisores que hubiera. Con qué desamparo se quedaba esa familia. Era como si se hubiera ido la luz ¿Qué iban a hacer a partir de ahora? ¿¡Acaso, leer!?¿¡Hablar entre ellos!? En el mejor de los casos jugar a las cartas un rato, no mucho. Eran otros tiempos, desde luego. Entonces la programación televisiva influía en las rutinas y en las horas del sueño. Llegabas del colegio, comías con los Simpsons. A las tres, las noticias. Y en la merienda igual en Canal Sur si había acabado Contra Portada o Juan y Medio salía Bandolero. Por ese motivo ganaron fama los vídeos, porque se podía grabar en cinta y así paliar a nuestro antojo el deseo de ver lo que queríamos cuando no pudimos. 

Existía entonces una ley no escrita en la que la televisión abastecería de contenido la vida y ofrecería temas de conversación y entretenimiento abundante con el compromiso de honrarla y creerla. El crédito lo heredamos de los primeros espectadores, que en aras de la paz, crearon un producto donde se compaginaba el No-Do, Miliki y compañía, las entrevistas de Íñigo y las expediciones de Rodríguez de la Fuente. Es decir, se ejercía una profesionalidad absoluta en el que cada cual cumplía con su público la responsabilidad de acercar a los hogares la máxima decencia y dignidad de su labor. Es así, entonces cómo los grandes artífices del periodismo han ido escaseando, mediatizando en sensacionalismo y falsedad la pantalla que hoy se consume. En cualquier caso, ésta sigue infligiendo la autoridad, por no mudar la costumbre, e imponiéndose en generar opiniones y sentimientos colectivos en los masivos parroquianos. 

La fábrica de la tele genera un problema. No necesariamente ha de serlo, ni tan siquiera de incumbencia pública. Simplemente lo propone y en cierto modo obliga a que sea compartido en tertulias y comentarios de cajero o puertas de escuela. Supongamos que un volcán entra en erupción en una isla remota -territorio nacional, eso sí- cuya lava se deja desprender por la cuenca y llega al mar. Con el infortunio de que se permitiera construir allí, a pesar del peligro posible, y la lava haya arrasado todas las viviendas que cruzara en su carrera. No ha habido ningún herido ni fallecido. Pero esto de la televisión hace que el que viva en Soria, Teruel, Cazalla de la Sierra, Vigo o Macael tengan que añadir a su realidad esta nueva preocupación. Es más, incluso se hagan expertos vulcanólogos, pues de alguna manera habrán de dar su opinión al transcurso de los hechos. Naturalmente acuden a la isla el rey, el presidente del gobierno por ser zona catastrófica y en el congreso se aprueban las ayudas pertinentes. Quizás no sea más relevante que una riada en Valencia, un terremoto en Granada o una copiosa nevada en Burgos. El caso es que hay que chuparse el volcán de cabo a rabo, durante los días que la naturaleza considere, es decir, no se sabe. Podrían mandarnos, como recordatorio de la efeméride, un trocito de magma a casa por buena y obediente conducta. Desde luego, la televisión es como un volcán. No para de lanzar piroclastos y sólo nos fijamos en el espectacular cono que salpica fugaces estrellas incandescentes, mientras medio cuerpo lo tenemos sepultado en la colada queriendo pensar que somos la casa de la Palma que se salvó. 

Y en este rebosar de información estéril Facebook se borra del mapa, y con él caen de la mano Whatsapp e Instagram durante seis horas (de pronto, los vulcanólogos convulsionaron en informáticos). Una suerte de ictus. Volvemos a los tiempos de los apagones sin televisión y al no saber qué hacer. Bendita tranquilidad. Sorpresivamente el mundo siguió su latir. ¿¡Pero cómo es posible!? Si nos falta el móvil y no sabemos respirar. Igual estamos enganchados a algo que no es tan vital como creíamos. Igual podemos dejarlo sobre la mesa y hacer otras actividades más enriquecedoras, como por ejemplo hablar sobre los gases que produce la lava de un volcán cuando llega al mar. 

El yugo, las flechas y la memoria


 

El ayuntamiento de Cádiz retiró una placa que había en la calle Isabel la católica, indicando ser la casa natal del poeta José María Pemán. Se sugería que fuera quitada dentro de las actuaciones por la memoria democrática en cuanto a la vinculación -evidente- que el escritor tuvo con el régimen de Franco. Pemán, que lo único útil que hizo en su vida fue piropear a Lola Flores diciéndole aquello de "torbellino de colores" hoy está en entredicho. También recibió, junto a familiares y autoridades, los restos mortales que venían de Argentina de Manuel de Falla. A lo cual tampoco sé cómo el compositor le sabría aquel flaco favor. En un pronto en el que Pemán se propuso "franquificar" a Falla, manquepierda. El caso es que fueron a parar a la cripta de la catedral, en el día conocido como el que todo Cádiz salió a despedirlo. Por lo demás, nada que añadir. Dentro de las plumas que comulgaban con el régimen había otros más notables como Eduardo Marquina, Juan Ignacio Luca de Tena, López Rubio o el propio Enrique Jardiel Poncela. Es decir, hubo literatos afines a los que los nuevos tiempos no le fueron tempestuosos. 

Y por razones obvias no corrieron la misma suerte que otros más sublimes escritores a los que el franquismo asestó un golpe mortal: el fusilamiento de García Lorca, la muerte en el penal de Miguel Hernández, el acuartelamiento domiciliario de Unamuno o el exilio en la más vil miseria de Antonio Machado. En cualquier caso, y valor literario aparte, la placa estaba colocada porque allí nació. No porque fuera un cabroncete llamando a la aniquilación y exterminio de quien se opusiera al golpe de Estado. Al fin y al cabo ¿Qué palabras gruesas no iban a caber en aquel momento de la trifulca? Eso sí, ante aquella vocalía, Queipo de Llano era un petisuí. Pero la guerra era un sálvase quien pueda, y desangrar, arruinar, arrancar, humillar y atemorizar no se hacía con polvos de talco. Se envalentonó. Se puso malo de los nervios. Volvemos a que la placa se puso porque nació allí. Y por ser (un mal logrado) escritor. Escritorcillo.(*)

Uno de los más honrosos logros que puede marcarse la democracia es precisamente la ley de "Memoria democrática". Esto es, un pulimiento de todos aquellos elementos que hayan quedado como un poso residual en la vía pública y que lejos de engalanar o ennoblecer, vulnera la decencia y dignidad, enquistándose a ciertos pensamientos y sentimientos muy contrarios a los valores democráticos. Lo que las espinacas fueron a Popeye, la ley de Memoria democrática es a la propia democracia. Pues como herramienta, articula y legitima el poder barrer del confín todo aquel debate que se escuda en la libertad de expresión y no deja de perdurar como un fantasma angosto y maltrecho. Todo tiene su tiempo y este tiempo ya tiene bastante con lo suyo. 

Hay quien se pregunta por la utilidad de esta cruzada contra el pasado. Claro está, el franquismo no dejó los deberes hechos. Para el año de 1976, la mitad de las plazas de este país seguían llamándose Generalísimo Franco. Y las calles principales, Jose Antonio Primo de Rivera. Al igual que su nombre quedaba reflejado en las fachadas de las catedrales de España. También en la estación de metro de Gran Vía (antigua Jose Antonio) o en la de Príncipe de Vergara (ex General Mola). Los hospitales llevaban nombres de falangistas: sin ir más lejos, Ruiz de Alda (el actual hospital Virgen de las Nieves de Granada) no fue precisamente compañero de pupitre de Ramón y Cajal o Gregorio Marañón. Y así con una marabunta de placas plantadas durante cuarenta años para gloria del régimen franquista. 

La Plaza de los Corregidores de Guadix hacia 1911 - Plaza de Onésimo Redondo en la década de 1960

En Guadix, la Plaza de los Corregidores fue destrozada durante la guerra civil. No quedó piedra sobre piedra. El recinto sufrió una suerte de Guernika. Era llamada así por el famoso balcón de los Corregidores de la época de Felipe III. Cuatrocientos años en su haber. Cuando regiones devastadas mete mano, una década de escombros mediante, decide actualizarla a la arquitectura del régimen: acuartelarla en arcos chatos y trasladar una imitación de la archifamosa balconada al otro frente de su ubicación. Entonces llamaron a la Plaza de Onésimo Redondo, que era de Valladolid y naturalmente fundador de un brazo de las JONS. Por Guadix nunca pasó, que se recuerde. Como guinda incluyeron en el lugar donde debió ponerse la soberbia y majestuosa balconada, por seguir el volunto de la costumbre, un escudo de Franco. Llegamos a la democracia y con la Constitución firmada se le puso dicho nombre, salvo que siempre se le ha llamado de las Palomas. Porque donde hay bares hay palomas. Personalmente fui uno de los que se levantó por la causa, frente a la opinión popular de "ha estado toda la vida ahí, mejor dejarlo" o "eso es parte de la historia, no la podemos cambiar". Mi intención, humilde ante todo, era que se retirara el susodicho escudo y se pudiera exhibir en un museo municipal como señal intrínseca de esa historia inamovible, pero desplazable. Cuando fermentó la masa, pareció que se pusieron de acuerdo en quitarlo. El operario municipal pensando que lo bueno si breve dos veces bueno, asestó machetazo limpio contra el pollo e hizo piscos la heráldica pretérita. En el desvestido lugar pusieron un reloj, que a veces va bien. Ese fue el último elemento que nos quedaba por "descoleccionar". 

Ahora bien, recientemente estaba el consistorio accitano huroneando el cómo poder crear una bandera que le faltaba a la milenaria ciudad. Asesorados por técnicos e ilustrados, se acuerda que la bandera ha de dividirse en dos partes iguales: la derecha un paño blanco y la izquierda un paño burdeos con un escudo de las insignias de los reyes católicos, el yugo y las flechas, recogidos por una corona de laurel de "y tiro porque me toca". Evidentemente, cuando Ysabel y Fernando llegan a Guadix, en los avatares de la reconquista, le dan el título de fuero y ceden sus símbolos a la ciudad. Así sigue en sucesivos escudos de todos los siglos recolectados hasta el convulso XX. Nuestro paisano Juan Aparicio López, que como todos los provincianos quiere que su pueblo esté por encima de los demás, fue el que llevó la idea del yugo y las flechas (que estaba hasta la saciedad de ver en Guadix) a la Falange Española, que los adoptó enseguida, al igual que hizo Franco. 

La nueva bandera de Guadix 

El debate se siembra cuando el ayuntamiento ha hecho una bandera (ante una opaca participación ciudadana) con unos símbolos que pertenecían a los Reyes Católicos, que nos los regalaron -Santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y no estaban para derrochar originalidad pudiendo reciclar la vetusta heráldica- y que a posteriori se adueñó Franco, que pasaba por allí e hizo el mejor marketing del yugo y las flechas en toda la historia, con pollito de sanjuanito incluido. Es buena señal de que las alarmas se activen a las más mínima cuando se generan este tipo de insinuaciones, que pocas veces están tan notariadas y justificadas. La Memoria Democrática debe ser altamente rigurosa, no pedalear entre partidos. Tajante y bien informada. Porque su única función es preservar y fomentar la igualdad, la fraternidad y la libertad. El respeto y la tolerancia, como pilares fundacionales de nuestra cultura, o por lo menos de esta sociedad que vivimos. 

Nada ha sido en vano. Se han cambiado nombres a las calles, retirado estatuas y galones, desinfectado la vía pública de fascismo, y sin embargo lo más importante y decisivo que ha podido apoyar esta ley ha sido el arduo trabajo por vaciar las cunetas de muertos y hacer que las fosas de los fusilados dejen de ser anónimas. Mientras haya fundaciones que enaltezcan la figura de dictadores, partidos que degraden a los españoles por su condición en diversidad o personas que idolatren públicamente a nazis y fascistas, queda todavía un camino tedioso por esclarecer. Porque la memoria se acompaña de la conciencia, y ser conscientes de quienes somos nos hará aprender quiénes fuimos. 




(*) José María Pemán fue un distinguido personaje de la derecha. Su producción literaria tenía mucho que ver con esta condición, ya que el régimen abalsamó y procuró sus publicaciones. En otro contexto difícilmente hubiera tenido la producción que hoy le consta. Mientras que a Jacinto Benavente (a pesar de ser premio nobel de literatura) la censura le borró el nombre en sus estrenos e incluso de García Lorca no se pudo publicar hasta una vez muerto los Sonetos del Amor Oscuro, a otros relamidos como Pemán la suerte sopló a su favor. Quizás Pemán haya sido quien fue por haber vivido bien el franquismo, sin embargo ya despuntaba tibiamente antes de que el golpe de Estado de 1936 se diera. 

Pongamos por caso: el certamen de cante jondo


 La reina Victoria puso en su testamento que el día de su funeral quería que hubiera más blanco que negro. Ese día nevó. Una bonita casualidad que podría quedarse ahí, sin pensar que las probabilidades de que pasara un 22 de enero en Londres eran abundantes. Cuando explico la guerra civil española, empiezo preguntando ¿Qué hacéis vosotros un 18 de julio?: "Pues en la playa; sin clase." Efectivamente, así fue. Acababan de ser los Sanfermines y la sociedad más pudiente se había asentado en el destino de veraneo. Esto no lo digo yo, lo dijo en una entrevista Aline Griffith, condesa viuda de Romanones y espía estadounidense. El inconveniente de tanta cercanía es que cuando les vuelvo a preguntar sobre cómo empezó la guerra civil me contestan: "Pues estaban de vacaciones..." naturalmente. Saber que la salida de Alfonso XIII tras la proclamación de la II República se negoció en el domicilio de Gregorio Marañón o que Evita Perón ridiculizó y ninguneó a Franco durante la agasajada visita pueden ser datos fuera de expediente, que sin embargo dan color y volumen, incluso olor y proximidad, esquivando las columnas de años que nos distancian. 

Cuanto más pasa el tiempo, más se codifica la historia, y como en un destilador maltrecho se condensan unas gotas turbias de un mar repleto de variopintas percepciones. Eso es lo que llega. El sigilo de algunos escuetos hechos, más leales que fiables, o no, enmarcados con alfileres entre anuarios. Continuamente cae el repique de la revisión. Maltratamos el pasado esbozándolo en un simplón renglón bajo la luz de la moral. Y es que para entender hay que aprender a mirar, como el que se sienta en la última grada de un anfiteatro, y pasar revista a la literatura, al arte y a las crónicas del día que queramos. Los detalles son cosa imprescindible. Los detalles son precisamente los grandes ocultos y olvidados. No entrar en detalles es como ponerse una camisa a ciegas sin saber la talla ni la botonadura: un despojo. 

Para entrar en materia dispondremos de uno de los eventos sociales más importantes del siglo pasado en España. Pongamos por caso: Granada en 1922. Hace cien años, casi. Por estas fechas el Centro Literario, Artístico y Científico estaba confeccionando los remiendos para que fuera posible hacer en la ciudad un acopio de los más grandes flamencos. Un derroche sin precedente que viera la luz para las fiestas del Corpus Christi en el patio de los Aljibes de la Alhambra. Manuel de Falla capitaneó la empresa. Federico García Lorca, su mano derecha. Una carta fue mandada al ayuntamiento para cubrir gastos, firmada por lo más granado de la música, pintura y literatura. Cuando al nombre del Primer Concurso de Cante Jondo de Granada tomó cuerpo se echaron las amarras. Manuel Torre y D. Antonio Chacón, veteranos del ámbito, perfilaron la lista de invitados. No hubo quien quisiera perderse semejante nacimiento. 

Los días para el certamen estaban previstos para el 13 y 14 de junio. No cabía un alfiler. Los telones de Ignacio Zuloaga abrazaban los cantes y toques. Presentes Joaquín Turina, Edgar Neville, los duques de Alba, Ramón Pérez de Ayala, Santiago Rusiñol... se le ocurrió a Ramón Gómez de la Serna dar una conferencia interminable, por la guasa de los aplausos de los asistentes que no lo dejaban continuar (comentaría Isabel García Lorca). De allí salió encumbrado Manolito Caracol, con doce años. Se escuchó a Tomás Pavón, Pepe Cepero y a la espectacular Niña de los Peines. Esta es la versión oficial. 

El valenciano Federico García Sanchís que también estuvo allí, comentaba en un artículo en Nuevo Mundo de 23 junio: "la lluvia, descargando de pronto sobre la fiesta, obligó a la multitud a dispersarse, con que la inacabable fila de coches que aguardaban se desgranó, y de ahí  el resonar de las bocinas como trompas de caza. Y de este modo acababa el famosísimo Concurso". Apostillaba que para mayor inri, ese 13 era martes, seguramente para encanto de Lorca, donde además alumbraba la luna llena al son del embrujo prescrito, que a la estampida como autos-locos cuesta abajo de Gomérez, quedó el arrullo de las fuentes y brisa de junio que despierta el bosque de la Alhambra. Para impresión de Sanchís, añade que no quitó aquel espectáculo de ser algo así como una representación de faraones en teatrito cuando vienen turistas al Palace. "Semeja el cante jondo a un asilo de ancianos desvalidos y de huérfanos", por aquello de que titanes del arte y los volantes alternaban con caras frescas como la del propio Caracol o un jovencísimo Miguelito de Molina, que despuntaría años después con coplas a la altura de la Bien Pagá, Triniá u Ojos Verdes. 



"Enorme el éxito de taquilla. Ni una localidad desocupada. Y era un público disciplinado y culto, y en el que dominaban las mujeres, muchas vistiendo trajes de 1830, y otras con pañolones antiguos, y todas con esa gallardía que es el privilegio de las granadinas." Sentenciaba el corresponsal, quien tuvo el privilegio de poder contar en primera persona la apoteosis que sembró la flamencura más exquisita de España. Es de esta forma, incluyendo perspectivas, la forma fiel de imbuirnos en un episodio pasado. Descodificar, sin pretensión ni prejuicio. Abordar contextos y pensar que dos años antes a este hito, Manuel de Falla había estrenado en París Noches en los Jardines de España, tras ver la luz en Londres su Sombrero de Tres Picos; o un Lorca aún en la Residencia de Estudiantes (quedaba por fraguarse la generación del 27) que había compuesto en su haber por entonces El Maleficio de la Mariposa (1920) o los Poemas del Cante Jondo (1921). 

Creemos que la historia es una losa fría y abandonada. Una sepultura donde conversan los muertos y además, un extenso apartado donde yace todo aquello que nos hizo posible. 

Exigencias de guion: revisionismo vindicado

Estatua ecuestre decapitada de Felipe III en la Plaza Mayor, 1931.



Felipe III cabalga sereno y anunciante en la plaza mayor de Madrid. Preside el lugar que mandó hacer y donde se efectuaban los autos de fe populares de la villa. La plaza ha tenido tanta vida que hasta corridas de toros se han hecho en ella. Era un corazón de la ciudad austero -en un tiempo-, plagado de jardines -en otro- y minado -no hace mucho-. Un lugar de encuentro, de paso y de retrato. Por eso con la propuesta del concejal Mesonero Romanos y el beneplácito de Isabel II, la estatua de 1616 se movió de su emplazamiento original en la Casa de Campo al centro de su Plaza Mayor. Hasta 1868, cuando se hace una revisión de la simbología monárquica y se traslada a unos almacenes de la villa.

La estatua es repuesta, como la monarquía, con Alfonso XII. En 1931 se enfrenta a la estocada. El fervor nacido de un cambio de aires políticos y sociales en España despliega una euforia mal llevada, dejando como objetivo de su ensañamiento la estatua ecuestre. Al caballo le meten pólvora por la boca provocando su caída y el esparcimiento de huesecillos de los cadáveres de pájaros que se habían amontonado dentro del bronce desde tiempos inmemoriales. Un episodio que termina después de la guerra, sellando la boca al caballo -para que no vuelva a ser cementerio de gorriones- y reponiendo la estatua en su lugar. Mientras, en la vecina plaza de Isabel II, la efigie de la reina fue arrancada con cuerdas y arrastrada hasta la Puerta del Sol, incendiada y despedaza. Tuvieron que hacer otra en 1944. La misma procesión y cortejo tuvo que padecer la estatua del Marqués de Larios en Málaga -de Mariano Benlliure- estando al remojo del puerto durante la república hasta que terminan por reponerla nuevamente y restaurarla décadas después. 

Podríamos decir que esa es la vida de una estatua. El daño siempre lo sufren, o bien por vilipendio o bien por abandono. El paso del tiempo es todo un reto para quien no tiene la palabra. Es preciso este contexto para explicar el estatuicidio de la campaña Black Lives Matter. Se está llevando una revisión de todos aquellos que conspiraron contra la raza y apoyaron la esclavitud. Aquí entran desde Churchill, Cristóbal Colón o Charles Darwin. Esto es: la honra y gloria que justificaba su presencia en el bronce es probable que haya pasado a un segundo plano y que la sociedad de hoy valore, sin entrar en anacronismos, otras cuestiones para su emplazamiento. Cierto es que la damnatio memorae declarada a veces puede tener tintes agresivos para el valor monumental o artístico, creando serios destrozos patrimoniales. 


El contenido simbólico de la vía pública es objeto continuo de revisiones. Para una sociedad común hay que presentar un espacio común. Y es una obligación su sometimiento, para seguir avanzando y cuestionando cuáles son los referentes y los valores por los que el pueblo se guía. Las idas y venidas de las estatuas son la respuesta más clara dada a la interpretación de lo que se demanda. Las estatuas tienen una justificación en el espacio. Dotan al lugar de renombre. Le añaden valor, referencia y significado. Si quien representa carece del aval del presente, es muy probable que esa plaza, esa calle o ese barrio necesiten una renovación. 

La cuestión en los museos y centros de interpretación 

Esta oleada está intentando entrar en los museos. Las instituciones museísticas deben ser tajantes. Toda pieza tiene una coherencia y una posición dentro de las instalaciones, ajena a lo que pasa en la calle. El Prado ha hecho grandes exposiciones sobre mujeres apoyando la visibilidad de las artistas ocultas en la historia y eso no ha desplazado a Velázquez, Rubens o Goya de su sitio. El Thyssen-Bornemizsa cada vez que llega el Orgullo LGTB prepara una guía alternativa por medio de sus cuadros más destacados dentro de esa temática sin modelar su colección permanente. Es decir, los museos tienen herramientas para traducir la pluralidad de la calle en sus salas sin alterar el lugar técnico, académico, contextual y estilístico con el que se dota un cuadro. Si el Museo de Historia Natural de Londres considera que para ser políticamente correcto debe revisar parte de la obra de Darwin, es su problema. Los museos están para mostrar, educar y reflexionar. La única bandera nazi que he visto en mi vida ha sido en el Museo Naval de Madrid, en el contexto de la guerra civil española. España es un país cada vez más consciente de la necesidad de desprenderse de elementos de la dictadura aún vigentes pero cuando se entra al Museo Reina Sofía y se ven los retratos de los generales franquistas nadie se sorprende ni ofende, pues un museo es el lugar que la sociedad ha reservado para este tipo de producciones. 

Los museos tienen la función y obligación de cuidar, conservar y preservar los bienes artísticos. La vía pública, por las razones que hemos visto, es imprevisible. Por eso se hizo una copia en 1873 del David de Miguel Ángel y se resguardó el original en la Galería de la Academia, hasta entonces en la Plaza de la Señoría. Una situación que han experimentado la mayor parte de obras de arte escultóricas que estaban en plazas y calles. Es de agradecer que la sociedad haya consensuado tener este tipo de cuarteles donde defender los tesoros y legados artísticos. 

Es muy positivo que se discuta cualquier conato que atente contra los valores del siglo XXI: la libertad, el feminismo, la igualdad, el respeto y el progreso. Una experiencia previa condiciona la siguiente, y es momento de no dar todo por hecho. De no asumir las cosas cómo nos las muestran. Y eso se extiende al lenguaje que hablamos, a las señales de tráfico que vemos o a los colores que vestimos. No hay nada inocente aquí. Estudiarlo es un ejercicio que deberíamos hacerlo todos, y dentro de nosotros mismos valorar su importancia. 


El legado vivo de Julio Visconti

 

Patio de la sede de la fundación pintor Julio Visconti

El artista hace escuela. El poder creativo no se acota a su producción artística, sino que deja el campo sembrado para que su referencia siga guiando, motivando e inspirando a los que le siguen. Cosecha de éxitos y pupilos que han encontrado en su estilo y técnica un camino que abordar. Su hacer no se queda en el papel o en la piedra. Sigue fluyendo como energía indestructible. Es el caso del pintor Julio Visonti. 

Fiñanero de nacimiento y accitano por excelencia, D. Julio (1922) es un acuarelista galardonado, premiado y felicitado por su extensa trayectoria. En esa madeja de victorias podemos resumir  en dos sus principales logros. En primer lugar, su obra, de exposición internacional, que ha sustentado la acuarela en un noble escalafón del arte. Fue en su madurez cuando tuvo este encuentro fortuito con ella. Una amiga desde entonces inseparable convertida en el buque insignia de la destreza y habilidad de D. Julio.  Paisajes de su entorno natal, como Almería o el mar han sido el foco de muchas de sus pinturas, reflejando la auténtica luz que guarda este rincón de España. 

En segundo lugar, su casa-museo. El palacio que hoy ocupa la sede de su fundación es un pulmón cultural que promueve la figura inagotable del pintor y que fomenta actividades literarias o pictóricas, continuando el legado viscontiniano. Este inmueble de cinco siglos es el cuartel general del artista. Las antigüedades que ha ido acomodándole emanan un aire de nostalgia y grandeza perceptible. Un vicio amable, el de repoblar las salas de belleza, que han tomado el tiempo y la dedicación de D. Julio de los últimos años, sin descuidar los pinceles. 

Es precisamente en el patio de la casa palacio donde anualmente se realizan los cursos de verano de acuarela que él mismo empezó a impartir, y cuyo relevo fue tomado por el también pintor accitano y discípulo D. José Antonio G. Amezcua (1964). Una semana en la que los asistentes de todos los lugares, edades y disciplinas apartan sus quehaceres para disfrutar embelesados con el arte de la acuarela en un marco incomparable. Arrojarse a interiorizar la técnica de esta materia es despegarse de una lógica inicial, de colores y enfoques, para aprender a ver la acuarela en el paisaje. Su fragilidad y rapidez comprometen al artista a ser preciso con el juego de manchas que dispone, que el agua hace bailar sobre el papel. Pintar con acuarela es ejercitar la natación sincronizada, coordinando la mente, la vista, el tiempo y el color a una misma vez. El dibujo preparatorio será la piedra angular. Un esbozo sobre el que verter la veladura y tejer un entramado de luces y sombras que doten al papel de volumen y atmósfera. Además de clases teóricas sobre el recorrido de esta técnica, la importancia del urbanismo o las prácticas magistrales de pintores invitados.  

Esta edición, puesta sobre las cuerdas por la tesitura sanitaria, ha podido realizarse debido a la garantía de las instalaciones y a la dinámica de las clases, que no compromete la seguridad de los asistentes. Uno de los pocos cursos que el Centro Mediterráneo ha podido impartir de los establecidos en la agenda. 

La generosidad de Julio Visconti nos compromete a todos. Nos llena de satisfacción poder compartir parte de su trayectoria y tener accesible su huella. Haber puesto en el mapa Guadix como un lugar destacado en el mundo de la acuarela y seguir floreciendo con logros su eterno legado. 

Distintas sesiones del curso de acuarela 2020 (Centro Mediterráneo) en la sede de la fundación


San Juan y sus otredades





In memoriam

En mí, que siempre he sido un humano de secano, nunca se ha cultivado la costumbre de celebrar San Juan a la negrura del mar. En el día previo se pregonaba la noche más mágica, compitiendo con la epifanía, y al siguiente las playas sembradas de plásticos y residuos. Lo más probable es que esa sea una máxima en nosotros: las buenas intenciones concluyen en resultados desperfectos.

En la etapa universitaria, muchos de mis buenos, y todavía buenos, amigos eran de costa. Para cuando llegaba esta fecha ya había un operativo declarado para que todo fuera quirúrgicamente correcto. Con el mismo ímpetu que un almonteño al saltar la reja, una cita ineludible a la que invitaban al resto de los allí deambulantes, pues la razón de ser de esta magia era echar un buen rato en amistad y compañía. Por un examen o por otro, terminé por no ir jamás. En el Ysabel de Granada, bendita siempre sea, los mundanos nos quedábamos desiertos y el colegio mayor cogía durante esa tarde de desbandada hasta el regreso una atmósfera cartuja envolvente. Aquel patio acuartelado por los magnolios era presidido por una fuente. Por muchos esfuerzos castellanos, por las venas de la ciudad siempre correrán las aguas nazaritas. Y en aquella alberca con rubor milenario metíamos los pies con los apuntes en la mano. Gente de paz con la misma serenidad que una tribu de sabios. De esto hace ya bastantes años. Hoy todos médicos, profesores, enfermeros, arquitectos y traductores, de título al menos.

Después me mudé a Madrid y huroneando en alguna que otra ocasión en la revista GQ me llamó la atención cómo se lo montaban. Era la puerta grande con la que la villa recibía el verano. Una calle de famoseo y buenrollismo congregado para disculpar a modo de fiesta el no tener la fortuna de haber nacido en el mediterráneo. Había que hacer algo para atraer la suerte litoral y este grupo de genios bajo patrocinio dispusieron una calle como alfombra roja para congregar el famoseo más chic y emergente. Vamos, que era pasar revista a Instagram en 360 grados. En tanto que los cámaras pillaban desprevenidos felices a los asistentes nosotros ya llegábamos tarde. Mas estaba el punto de cocción ya cogido al escenario y todo seguía latiendo hasta el final. La última vez, el año pasado, precovid, fui con Rebe y Fran, para el vulgo ysabelino, Muchapi y Kissme. Arrasando, como aquel que dice, todas las tiendas se convertían en una experiencia, con sus propios djs y sus mojitos servidos. Quizás el kilómetro cuadrado con más photocalls de toda Europa. Fue una noche inolvidable. Una despedida. Madrid lo dejaría en diez días y ya tenía un futuro incierto cosido a pespuntes. Alguien de mi familia me llamó para decirme que mi gato, 16, había muerto. No sé si fue el alcohol o la emoción de no haberme podido despedir lo que hizo que la sal de aquel agua de San Juan la pusieran mis lágrimas.

Pero Kissme se lanzó a por tres gintonics, con más garbo que Mufasa, y brindamos en medio de desconocidos a la salud del santo felino. Rosalía le hacía de réquiem con su malamente. Seguimos bailando y disfrutando como Cenicienta. Mis mosqueteros tenían horario de oficina así que se disolvieron con obediencia las estrellas. Este covid-año hubiera subido a Madrid sólo por celebrarlo otra vez, lejos de la arena y de las cenizas. No sé si San Juan tendrá magia, pero sí es cierto que no todos los fuegos que se saltan tienen llamas.


Bandos y martirios





La memoria histórica se ha convertido en una justicia poética. Los que tenemos la vista puesta en la historia como maestra a la que consultar nuestro presente, no nos cabe duda de lo reveladora que es cuando asalta la duda y la confusión generada por quienes vierten sus emociones en nostalgias encaladas.  

La guerra civil española parece ser la madre de todas las guerras batidas entre hermanos. Una espada atravesada entre el pecho y la espalda que borbota la sangre ardiente en un reguero de acequia por los campos de España. Y un sol hirviendo los putrefactos cadáveres apilados en cunetas al abrigo de hierbajos desordenados.

Así prendieron en ambos bandos, a cada cual más inocente, pero, en cualquier caso, todos hijos de un mismo padre, esposados a la idea de un país más libre y más decente. De esta manera apresaron a José Antonio en Alicante y lo mataron, más si cabe con la oportunidad brindada de haberse podido salvar a cambio de un puñado de hombres republicanos. En el otro bando arrestaron a Federico, que sin juicio ni trato que lo absolviera, fue fusilado en el albor de la madrugada, sin que diera tiempo a que sus amigos falangistas pudieran salvarlo.

Después llegó la posguerra. Las reglas eran claras como el agua. España era un país de vencedores y vencidos, y su tratamiento sería el que le correspondiera. Aquellos que venían de los cuarteles acuartelaron el país y lo hicieron a su imagen y semejanza. Una libertad contra las armas.  Federico yacía anónimo aún, en alguna fosa junto con otros que custodiarían una bala en sus entrañas para siempre. Quisieron censurarlo, restarle fuerza a un torrente implacable. Sus lectores, sus amigos y familia, todo el mundo supo del guernika del arte que fue su asesinato. Una vela encendida en cada verso pronunciado, pues si murió de noche en la plenitud de un campo desnudo de amapolas fue para que lo bañaran de gloria las estrellas.

De José Antonio, sus amigos y seguidores de camisa azul rescataron su cadáver. Una procesión a pie llevó el sepulcro de su líder por los caminos de Castilla hasta llegar a Madrid. Cincuenta días de travesía y peregrinaje para rendir honor al fundador de Falange. Lo enterraron en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, en la misma cripta donde reposan los restos de los Reyes de España. Allí estuvo José Antonio, hasta que fue construido otro faraónico monumento, la basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos a modo de altar titánico, al que fueron trasladados los restos, donde descansan hoy, y donde fue sepultado con honores décadas después el que se negó a salvar a uno y el que mandó asesinar al otro.

Dos hombres que corrieron la desgracia de la guerra. Con la ancha diferencia que mientras para uno, durante cuarenta años se infundó la idea de héroe y mártir patrio a Primo de Rivera, para otro, en paradero desconocido, una corona de flores es colocada en un barranco en agosto, a la suerte de que en alguna parte, bajo aquella tierra árida y seca de retamas, se diera el sueño eterno de García Lorca. La justicia no exige de olvidos, en ella va por delante la memoria. 

La cultura es matriarcado



En época de flaqueza y debilidad, la salvaguarda de apostar por los elementos que nos protejan y aseguren toda calidad de vida es un gesto de inmediata intuición. Así sea que sorprende cómo algo tan elemental a nuestra esencia, fragua de identidad y polvo benévolo, que al igual que en Pompeya, nos envuelve y manifiesta una carcasa de hábitos y costumbres, se ha marginado lo más fundamental de participar en el arca de Noé que los gobiernos han creado contra el covid-19.

Hablamos de la cultura. Madre y maestra de la civilización. Por ella existe tanto el cielo como su negación. Las bellas artes y el buen comer. Incluso el andar de pie. Es un suspiro arrojado a la calma, de vernos por fuera cómo somos verdaderamente por dentro. No es ninguna insensatez reivindicar que alguien salga a su auxilio, pues junto con la naturaleza, conforma un matrimonio único que nos sostiene. Demostramos ser unos hijos desagradecidos cuando perdemos consciencia de que sin este matriarcado no somos más que un número desplazado en un mundo irrelevante. Un nihilismo angosto e insufrible.

Cuando a Galileo se le atribuyó el espetar aquella genialidad entre vacilaciones 'eppur si muove' o la interjección de Arquímedes 'eureka' la cultura brindó luz al mundo. La misma que sonaba en la caída del muro de berlín en la interpretación que Rostropovich hizo de Bach o el entonado Bella Ciao como aliento fraternal contra el fascismo. Entre ellos, Platón ilustraba entre banquetes y cavernas ensombrecidas, Cervantes se acogía a un hidalgo caballero para retratar, en difícil gesta, el temperamento hispano o Santa Teresa que vivía sin vivir en sí, contestando al ser o no ser hamletiano. Una duda metódica cartesiana, que fuera adelantada por Avicena o Agustín de Hipona, para resumir que sin el pensamiento no existe creación, no existe vida. ¿Entonces para qué luchamos? Se preguntaba Churchill, cuando le comentaban por la importancia de la cultura ¿Acaso valía la pena responder al bombardeo de Londres, a la invasión de París, al holocausto? La daga del nazismo fue asestada para la cultura, inequívocamente. Las vidas cobradas era por cada uno de los representantes que la conforman, todos nosotros, herederos y usuarios, portadores y custodios.

¿Qué diferencia la pérdida de la biblioteca de Alejandría, con el incendio de Notre Dame o la destrucción de Palmira? Nada. A lo largo del tiempo la amenaza siempre ha caído sobre el conocimiento. La sabiduría como enemigo de la necedad. Es nuestro deber ser defensores de una cultura responsable, comprometida y rigurosa. La historia no es una anécdota del pasado, sino una lección consciente con un valor incalculable. El cine, la literatura y las bellas artes la reinventan, la acogen y la exponen desde distintas perspectivas para ofrecer una pluralidad disciplinar de lo que somos. Se someten a crítica, tienen audiencia, son la flor del esfuerzo. La humanidad necesita de humanismo para entenderse, para seguir adelante y sobre todo, para conseguir la confianza de creer que todo lo que haga tiene sentido.


Lugares con historia: Hospital Real de la Caridad




Los museos son las instituciones en las que más confianza deposita la sociedad. Su valor divulgativo, de servicio público, conservación y restauración del patrimonio, los convierten en centros referentes donde se apuesta por la cultura y el impacto que ésta pueda causar para beneficio de la sociedad a la que se acerca. 

Muchos son los lugares llenos de historia con los que convivimos y a los que negamos su interpretación. Los olvidamos y relegamos a un uso meramente decorativo de la vía pública, a pesar de su estado ruinoso. Sus fachadas se desmoronan y el interior, que un día estuvo lleno de vivencias, queda relegado a un vacío por donde danzan las palomas. Quizás por medio de la nostalgia o la curiosidad, alguien vuelve a poner su atención en ellos. Es uno de los peores silencios a los que sometemos nuestra historia. De este padecimiento no se libraba tampoco el Hospital Real de la Caridad de Guadix, un insigne enclave que ha prestado servicio a la ciudad desde la reconquista

Esta institución fue fundada por los Reyes Católicos, sirvió para alimentar a pobres y hambrientos, así como cuidar enfermos y hospedar transeúntes. Servía de paritorio y también de orfanato. Toda vida nacía y moría entre sus paredes. Más tarde, su demanda obligó a trasladar la sede al lugar donde hoy se encuentra el Museo del Hospital Real de la Caridad, el Colegio Jesuita de San Torcuato. El edificio tiene unas peculiaridades que lo hacen único para la ciudad y a la vez es mismamente el ejemplo de lo que la ciudad fue. Se construyó sobre los restos romanos del antiguo pósito. La Guadix romana, la Julia Gemella Acci, nudo de la vía Augusta, es un gran asentamiento a cuyos ciudadanos se le otorgó los mismos privilegios como si de la misma Roma se tratase. Con la rehabilitación del edificio, este espacio arqueológico se integró de una forma muy satisfactoria, pudiendo evidenciar este guiño de la historia. 

Por otra parte, en la iglesia que forma parte del complejo arquitectónico, de cruz griega, se construyó la primera bóveda en este tipo de edificios de la ciudad. Hasta entonces todas habían presentado un aspecto de nave con artesonado mudejar, a excepción de la catedral que aún seguía en construcción por aquel entonces. Así mismo, aun habiendo sido San Torcuato el fundador de la primera diócesis en la península y nombrado patrón de Guadix, no se había hecho un templo en la propia ciudad a su advocación hasta la llegada de los jesuitas. 

En esta nueva sede el hospital continuó en funcionamiento hasta los años ochenta del siglo xx, cuando ante las necesidades de crear un espacio más acondicionado a las últimas tecnologías, se inaugura en la ciudad un centro de salud más actualizado a las demandas de los usuarios. Entonces el edificio cerró y las monjas de la Caridad dejaron de ejercer el encomiable servicio que habían prestado para los accitanos y accitanas. Treinta años después, el Hospital Real de la Caridad abre sus instalaciones con la adaptación musealizada de algunas de sus salas, con el fin de dar testimonio de la función que tuvo y de lo que supuso su presencia durante los siglos que se mantuvo en activo. 

Sus curiosidades, particularidades y demás anécdotas pueden verse en este espacio, que no sólo custodia con orgullo su pasado, sino que su renovada vocación de Centro Cultural Abierto presenta nuevos retos y aportaciones para el futuro. 




Hospital Real de la Caridad

C/ Hospital 8
Guadix, Granada

El sueño de la razón



A D. Francisco de Goya y Lucientes se le reconoce su grandeza por la vigencia de su obra. Por la capacidad de sobreponerse al estilo de su época para plasmar la agonía que le rondaba. Tuvo el acierto de retratar con la misma verdad a la familia real como a sus propios miedos. La ilustración en la que creció anteponía la razón al misticismo y devoción que consumía España en analfabetismo. Ante el abuso e insistencia de la lógica, despiertan las sombras que permanecen inherentes a la locura, que emanan de la oscuridad del alma y que visten de crueldad la realidad esquilmada. 

Comprometido como un corresponsal de guerra, empieza a empaparse del día a día de cainísmo y venganza que derrota a la humanidad. No existe misericordia entre los garrotazos. Excesos y violaciones que empobrecen. Esta rutina de desgaste moral decepciona y enferma al pintor, el cual, tres años antes de su muerte escribe una carta a su amigo Joaquín María Ferrer diciendo: "Agradézcame usted mucho estas malas letras, porque ni vista, ni pulso, ni pluma, ni tintero, todo me falta y sólo la voluntad me sobra". Es la voluntad la salvación artística de Goya, que no se pierde cuando no hay orden, sino que él sigue el dictamen de su creación. 

Goya se había envenenado con la preparación durante años del blanco albayalde con el que pintó tanto en su primera etapa. Rico en plomo, este compuesto inhalado en el proceso de majado conllevó a asentarlo en su sordera y delirio. Esto lo hizo adoptar una sensibilidad mayor, yendo más allá de lo físico, de lo carnal. Era el aura y la atmósfera. El temor y la pena. La prisión y la condena. Criticó la indolencia, la vejación con la vejez y la insultante opresión hacia las mujeres. En sus dibujos acompañó frases afiladas que punzaban en la conciencia. Ingenió pintura y literatura para hacer del arte un vehículo que pudiera hacer reflexionar a sus coetáneos. Él era la fábula, en un instante, con todas sus criaturas.

En 1815, aun habiendo pasado la depuración de Fernando VII, el rey lo jubila y lo sustituye por Vicente López. Éste revés sacudió en tormento las esperanzas de Goya por conquistar la corte, como lo había hecho con Carlos IV. Recluido en la nueva Quinta del Sordo, hace un ejercicio íntimo de pintar frescos de la propia finca por expiar o materializar sus miedos y perturbaciones. Justo a la entrada, en el recibidor, pintó a Doña Leocadia Zorrilla con mantilla, una mujer meditando enlutada sobre la muerte. Ausente, sin carácter en el rostro, pareciera un ánima que señala y augura la presencia inexcusable de la parca. Una espera fiel y constante. Un destino consciente para el maestro por su abandono y vejez para el que sólo el tiempo sería árbitro de sus últimos momentos. Cuando todo estaba hecho, las pinturas negras cobran vida. 

La segunda pintura negra es Saturno devorando a su hijo. Nace el expresionismo. Goya va más allá de toda representación. Reina el hecho, la acción. El poder ha consumido sus hijos, un mensaje político. No es algo casual. Hay una intención. Saturno con alevosía y premeditación actúa. Y todo este miedo, esta sensación amedrantada de ser castigados se ve en el resto de frescos como El Aquelarre en los que la población se reúne pavorosa enfrente del mismo mal. En cada sala del palacete existe una presencia retratada por Goya. Vigilado por sus pesadillas hasta que se exiliase a Burdeos. La razón que tanto se invocaba, idolatraba y perseguía dónde está. Dónde quedó la salvación. En la ausencia de la luz, todas las bestias impacientes salen de sus cavernas e imperan. El sueño de la razón produce monstruos. 



Las Colecciones Reales




2020 se precipita con grandes cambios. Trae consigo un futuro palpable en el que se hace posible una actualización del siglo XXI. Madrid, sin ir más lejos, metamorfoseará su imagen hacia una ciudad renovada, comprometida y consolidada de los retos que en este tiempo despiertan. A esta nueva cara, cuyo pistoletazo lo dio Manuela Carmena con la reinauguración de la Gran Vía, se unen las obras en Plaza España; la apertura del céntrico complejo Canalejas; la ampliación del Museo del Prado por Norman Foster en El Salón de Reinos; la polémica nueva intervención de las Torres Colón(Lamela, 1968) que lo convertirá en uno de los rascacielos de consumo casi nulo de España; la torre Caleido se sumará al equipo de Cuatro Torres, los rascacielos más altos de la capital; y lo más importante, el Museo de las Colecciones Reales estará a punto para abrir sus puertas. 

A los pies del Palacio Real y la catedral de la Almudena se encuentra la obra de Tuñón y Mansilla, (2016) a posteriori Tuñón y Moreno, premio FAD y de Arquitectura española en 2017. Este espacio será el responsable de custodiar la valiosísima colección perteneciente a los monarcas de las tres principales dinastías de este país: Trastámara, Habsburgo y Borbón. Patrimonio Nacional confía a este proyecto la reubicación de las grandes piezas de incalculable valor artístico que quedan dispersas por los diferentes Reales Sitios. Unificada su localización, provoca que el Museo de las Colecciones Reales sea uno de los más potentes junto con el Museo Nacional del Prado. Una inauguración muy esperada y deseada en el mundo del arte, que tras la adjudicación a Telefónica y Empty el diseño de la museografía podrá ver la luz muy pronto. 

 Entre las obras maestras más deseadas se encuentra el Políptico de Isabel la Católica (Juan de Flandes, 1504). Las tablas, a la muerte de la reina, fueron desmontadas y dispersándose durante los años entre compras y herencias. Considerado como el 'más fino y delicioso evangelio ilustrado conocido' hoy las Colecciones Reales conservan quince de ellas. La túnica de José (Velázquez, 1630), pintada en su primer viaje a Italia junto con La Fragua de Vulcano, estas dos piezas fueron a adornar el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV, hasta que este óleo fue mandado por Mariana de Austria a la muerte del rey al Real Monasterio del Escorial por su significado religioso. El manierismo y delicia del Martirio de San Mauricio y la legión tebana (El Greco, 1582), la exquisitez del Martirio de San Lorenzo (Tiziano, 1567) o la sobrecogedora Salomé con la cabeza del Bautista (Caravaggio, 1607) son parte de las grandes obras maestras que podrán ser vistas por el público en este museo. Junto a ellas, Patrimonio Nacional mantiene en depósito el Lavatorio de Tintoretto, varias obras en distintos formatos del Bosco o el Descendimiento de Van der Weyden en el Museo del Prado. Así mismo, es comprometida la elección de las piezas que irán definitivamente en el nuevo museo y cuáles seguirán imperturbables en los Reales Sitios. 

Los archivos de esta colección se extienden más allá de la pintura y la escultura. Abarca todo aquello que esté catalogado perteneciente a Patrimonio Nacional, donde figura porcelana, carruajes, relojes, mobiliario, falúas o abanicos. A destacar de la Real Armería la significativa colección de borgoñotas y armaduras del emperador Carlos V; el tapiz que representa el triptico del Jardín de las Delicias del Bosco, en mayor formato, tejido en oro, plata, seda y lana; imaginería de Mena y un crucifijo de Bernini; el cuarteto Stradivarius; o la Góndola Napolitana de Carlos II. 

El rey Juan Carlos I lega durante su reinado la parte de la colección más moderna. Alfonso Guerra mandó a Rafael Canogar encargarse de dicho proyecto, y en las últimas décadas del siglo pasado se sumaron a este histórico catálogo obras de Sempere, Chirino, Guinovart, Genovés, Muñoz, Guerrero, Saura, Barceló y el propio Canogar. La polémica se mantuvo durante años cuando el rey se encaprichó de El Atleta Cósmico (Dalí, 1960), y tras una rocambolesca batalla, pudo mantenerlo en su despacho junto a un retrato de su abuelo, Alfonso XIII. Sin embargo, las piezas más recientes en formar parte de este equipazo de sobresalientes y únicos ejemplares son el Códice del Toisón de Oro y una cómoda de Gasparini de Carlos III, que había sido sustraída durante la invasión napoleónica, y que forma juego con una gemela que tenía Patrimonio Nacional. 900.000€ invertidos para dotar del merecido y cuidadoso esplendor a este proyecto. Un apropiado despertar, sin más dilación, para subrayar el incuestionable valor y compromiso que España mantiene, al cabo de los siglos, con la cultura. 


El Sorolla escandinavo





Joaquín Sorolla y Bastida es uno de los grandes maestros pintores que ha dado la escuela española. Su nombre es sinónimo de calidad, de luz, de compromiso. El estudio que persiguió toda su vida por seguir creciendo, el derroche de amor por encontrar la verdad en el lienzo, por hallar la pincelada y el color que se acercaran a la expresión de lo que sus ojos sentían lo hicieron sublime. Era un traductor de emociones. Por su voluntad de conocer más allá, de estar en contacto con lo que en otras partes del mundo se había descubierto y acercarlo a su paleta para experimentar nociones nuevas.

Joaquín Sorolla es valenciano. No abandona jamás su Valencia natal. La lleva consigo a donde quiera que viaja. El mediterráneo es su sello de identidad. Los desnudos infantiles, las escenas de barcas y mujeres en la playa son inconfundibles. Mas estos son sólo la forma, el recipiente. Encuentra en estos motivos la fidelidad a la humildad, la serenidad o la misericordia. Pero mucho recurrido tuvo que andar para desvelar ese misterio que había sido parte de él desde siempre. A esa cara de reflejos vibrantes en el mar existe también un Sorolla de interior. Imprime el gélido aire que se mece entre las calles de Granada en invierno; asoma el sol por los patios de la Alhambra. Persigue la estela de Mariano Fortuny. Y continúa en el contraste de retratar los campos y montes castellanos.

Un año después de casarse con Clotilde viaja a Italia pensionado. Corre el año 1889 y París celebra en una Exposición Universal el centenario de la revolución francesa. Es invitado a ella por su amigo Gil Moreno. Se da entonces el contacto crucial que avivaría en él la admiración hacia los pintores daneses. Los escandinavos Kroyer, Zorn y Edelfert capitaneaban la gran exposición. Sus nombres corrían como la pólvora. Irreverentes y auténticos, rompieron las líneas establecidas para adentrarse en el estudio de la luz o en el compromiso social con largas pinceladas. Sorolla despertó en aquel instante para ser Sorolla. El continuo contacto que guardaron en las sucesivas exposiciones así como las visitas que recibió de Zorn en su casa de Madrid estrechó los lazos que el arte había creado. Ellos fueron sus referentes y sus maestros. El mar del Norte, la orilla de Skagen, había predicho las estampas que el maestro español apuntalaría en Valencia y Biarritz.

Pintar al aire libre era otra singularidad que lo dominaba. Aunque Velázquez le había sido de inspiración, el profundo entendimiento le viene también desde Dinamarca quienes habían captado la magia del sevillano y la sensibilidad que desprendía en sus lienzos. Aun así, la mala iluminación y los viejos barnices no dejaban expandir los brillos originales de las pinturas que colgaban en el Museo del Prado (las Meninas no son restauradas hasta 1984, Las Hilanderas en 1986 o La Fragua de Vulcano en 2001). De ahí que fuera sabia la decisión de pintar con la misma referencia de la naturaleza. No hay intermediarios. Son las pupilas de Sorolla el carrete continuo que filma la brillantez instantánea en las olas y en la espuma acariciando la arena. Exprime el sol de mediodía. Todo pareciera en aquel sentir abril o mayo. Ser la primavera de esplendor y gozo la que envuelve a Alfonso XIII en los jardines de la Granja de San Ildefonso (1907) o los tantos retratos al aire libre de Clotilde. Jugueteando entre los claros vestidos de lino o en la tostada piel de los chiquillos. Simpatía que también tiene su espejo en el Báltico.

Las exposiciones universales son sus clases magistrales. Gana el Grand Prix en 1900 por Triste Herencia, una combinación de impresionismo y realismo. Del mar y de la costumbre. De su compromiso social y del mar sempiterno que vela por custodiar el pensamiento y sentimiento aportado por el artista en cada lienzo. Su universalidad es notable. Sorolla no quiere reducirse ni limitarse. Sorolla quiere trascender, y lo hace. Trasciende. Encontró la verdad que buscaba en la luz. Supo identificarla y dotarla de gran humildad y honor. Vistió de gloria la pobreza. Hizo elegante la miseria.

La fundación Masaveu, la Hispanic Society de Nueva York y el Museo Sorolla de Madrid son algunos de los grandes templos custodios que atesoran gran parte de la prolífera colección del pintor valenciano. Peregrinar por estos centros de arte es un dulce camino por el que entender la complejidad y la constante superación que legó al mundo Joaquín Sorolla y Bastida, quien mira a su mar y a su gente con un recuerdo eterno a los pintores que le trajeron la luz para que él mismo brillara.