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Nueva york tenía algo





Hay viajes y viajes. Los continentales se convierten en domésticos. Salir por la cómoda Europa es alargar España unos metros más. La Unión ha conseguido familiarizar culturas tan distintas y en la historia tan rivales, que cualquier guerra episódica de los anales parece anecdótica. La bisagra que da a nuestro tiempo ha cerrado de un portazo todos los dimes y diretes que los nacionalismos coreaban. Existe una fraternidad real entre todos nosotros. La Liga mediterránea conforma los miembros más abiertos y sociales. Son los hermanos pequeños y consentidos donde todos ponen su atención. Los de arriba, los polares son como los hermanos mayores. Algo más siesos y responsables. Y en medio, de los bálticos a los Alpes los medianos, que buscan su sitio, acostumbrados a llamar la atención con pataletas. Luego está la Europa del Este, como unos tíos divorciados que durante el matrimonio se modificaron tanto que ahora a la vejez se hacen los modernos. 

Todo es cuestión de entenderse. Caminar por Estocolmo no es ningún exotismo. La globalización ya se ha encargado de cubrir con la misma pátina cada rincón del mundo para que no se sienta ningún ciudadano ajeno. El mismo croma suele atemperar las aristas. Están los No-Lugares muy extendidos. Posiblemente sea ese el camino al que nos hemos adentrado sin la intuición de que vamos dejando un reguero de identidad que se desprende de nosotros mismos. ¿Qué queda de auténtico? Me preguntaba yo. Quizás la artesanía. Lo que se ha hecho con conocimientos y manos locales para un lugar local en un entorno local con sus tradiciones locales. En cocina, el ramen y el poke se han puesto los primeros de cualquier parte. Lo que era insólito ahora es cotidiano. Una cotidianeidad que tampoco ni necesariamente concuerda con la opinión pública. Es menor el producto ingerido que la atracción del cartelón luminoso sobre la calle. 

Pero de pronto estaba en Nueva York. Los vintage dicen que ya nada es lo que era, pero en aquel es en el que yo me encontraba no me parecía despreciable. Es impensable cómo mientras la globalización, el mercantilismo y la radicalización de los no-lugares van arrasando avenidas principales de capitales europeas, Nueva York seguía enhiesta, ensordecedora y camuflada encallando nubes. De Nueva Jersey a Brooklyn, la isla de Manhattan era un hervidero donde el gran pulmón, Central Park, orillaba el sosiego que la ciudad también habita. Hay de todo, porque de todo tiene que haber. Sus calles, espejos de cine, convierten al viandante en un protagonista acólito que busca su propia aventura. El amanecer sobre el East River; lo neoyorkino sobre el puente de Manhattan, el escaparate sobre el puente de Brooklyn; las estalactitas del metro; los grandes templos del arte; el desayuno en el SoHo; el bullente Little Italy y el desperezarse de ChinaTown; los gansos y los barquitos a la salida del MET; la Frick; el Empire State como un faro soberano; el Rockefeller center... todo es magnánimo.  

Pero como todo lo que tiene que ver con un teatrillo en papel maché, la mugre debajo de la alfombra es abundante. Los jirones de la decadencia se encienden tras los destellos. Simplemente han conseguido que la miseria tenga otra tonalidad. Que las ratas se sintonicen con las ardillas. Roedores son, al fin y al cabo. Nadie mira a nadie. Entonces un español entra al MoMA y ve Las señoritas de Avignon, o al MET y aprecia el desguazado castillo de Vélez Blanco, y se siente como en casa. Mientras otros hacen patria con cada Starbucks, aquí los peninsulares leemos Murillo, Velázquez o Rivera en algún cartelito y no requerimos de más para sentirnos anchos como Castilla. Se podría decir que el arte y la artesanía son las huellas de la identidad colectiva, pero en un panorama tan hostil, tan necio y destructivo, habrá que buscar lo que uno es en la templanza. 

El precio de la pena

 


Años antes de que el covid fuera sustantivo común, mientras paseaba con un amigo por la Castellana, íbamos conversando sobre algo cuando de repente se paró en seco y dijo: "por caridad entró la peste". Seguidamente deslizó una ligera sonrisa de su asumido ingenio y echó a andar. Sin embargo, yo me quedé pegado al suelo, procesando el eco que me reverberaba seriamente por las sienes. Quién iba a decir, que desde la frivolidad que nos gobierna así es: algunas veces las calamidades se cuelan cuando la compasión aflora. 

Lejos de los derroteros por donde ya la lectura parece precipitarse, viraré esta barca hacia otro horizonte, que era, para buena verdad, mi puerto de destino. Romantizar el pasado al baño maría, con sus cucharadas de abierta nostalgia, con el devaneo de la infusa gracia que abraza todo tiempo añejo, es un refugio o celda, según se mire. Porque quedar preso en algo ya habitado no deja de ser una carcelita más de nuestras limitaciones. Si tuviéramos que debatirnos en un punto de inflexión entre el pasado o el futuro, aquellos que no le guardan ningún rencor a su infancia tirarían derechos a volver a nacer. Yo también lo haría. ¿Qué tiene el pasado para querer conquistarlo nuevamente? La respuesta se resume en los seres celestiales que hicieron cambio de guardia en la tierra. Lo irrecuperable. ¿Y qué nos queda de aquello? La costumbre, una receta, unas palabras en el recuerdo, la energía imantada a las estancias y objetos que pertenecieron otrora a otros dueños. Porque hemos vivido el pasado, no cabe incertidumbre de que si volviéramos a él nos sería una segunda oportunidad donde hacer bien las cosas. 

Y es que al futuro no se nos educa. ¿La escuela? Eso es presente. Los niños hablan de sí mismos cuando eran pequeños, porque escuchan de los padres que ellos incluso vivieron un tiempo en el que eran aún más pequeños. "Cuando sea mayor" es una utopía descarnada y díscola que se va disipando conforme crecen hasta llegar a no definirse por nada. Van apagando su color. "Cuando seáis mayores" se dice impunemente, empaquetando el futuro en un tiempo que nadie se imagina, porque sus consecuencias serán devastadoras. ¿Aniñamos a los niños? ¿Los encapsulamos en formol para que no envejezca a la siguiente generación? ¿Es adrede? El único futuro que se programa es el de las vacaciones. ¿Por qué no asistimos a los años venideros con la misma fortuna con la que buscamos pasar unos días fuera? ¿Por qué no construimos allí? ¿O aquí? Por esa caridad hacia el pasado, por la añoranza, es posible que estemos desviviendo lo que por derecho nos queda pendiente. 

Y así, año por año, vamos aglutinando recuerdos sin saber que todo es pasado. Hace media hora. Hace un minuto. Mientras estabas leyendo esto mismamente. Ya forma parte de tu recuerdo. Está todo asegurado. ¿Cuándo ha sido la última vez que hiciste algo nuevo por primera vez? Hasta un limonero, si se lo propone, puede echar naranjas. Y luego viene el Quijote, asestando una lanzada de verdad: "El pasado es historia, el futuro un misterio. Pero el hoy, Sancho, amigo mío, es un regalo y por eso lo llaman presente". ¿Seremos capaces de no afear la luz del sol que cada día, desinteresadamente, nos alumbra?. Remata Machado en la retaguardia: "Estos días azules, y este sol de la infancia". 

Hoy soy Fernán Caballero

La ideología amordaza el arte. Se pretende amputar todo aquello que queda al margen de las nuevas olas y tendencias. Se ha hecho siempre. Para quienes dictan las reglas de la difusión y la cancelación, las puertas se abren a perfiles que sólo cumplen con agradar al nuevo régimen. No importa el contenido. La mediocridad se ha extendido por las librerías. Ejemplares por temáticas se esparcen como vacas pastando en un prado: todas iguales, todas a lo mismo, todas a lo suyo. Es literatura panfletaria, rumiante, con una idea en secuencia y con una carencia en la originalidad. ¿Cuántos “Orlandos” como el de Virginia Woolf salen hoy? ¿Quién ha vuelto a escribir un discurso contra el racismo más brillante que “Matar a un ruiseñor”?

¿Es esta la democracia que queremos? Buscando una editorial para mi proyecto literario, topé con una que sentenció “publicamos escritura de mujeres”. Fui rechazado por ser hombre. Básicamente. Al instante, me convertí en Cecilia von Faber, en Mary Ann Evans. Honestamente, es una justicia poética. Quieren repetir la historia cambiando a las víctimas ¿Es ese el punto al que queremos llegar? ¿Es el feminismo, malentendido, un verdadero machismo que perpetra la desigualdad? ¿Tengo que cambiarme el nombre o el género como hicieron Fernán Caballero o George Eliot para acomodar al titiritero, en el ya encañonado siglo XXI?

Se busca la rivalidad. Un halo de debilidad que pueda frenar el ingenio. El claro ejemplo lo anota Picasso. Se obvia su pintura para resaltar su (mala) relación con las mujeres. Se refugian en anotar un riel de asuntos personales, ajenos a la obra, por domarlos y hacer que su creatividad pague con pleitesía a este mundo toscamente avenido y rudo de estampas y fantasmas. Mi cita con Picasso está en los museos, no en Tinder. 

Oscar Wilde acudió a una subasta en Londres en marzo de 1885. En ella participaban todo tipo de obras de arte y mobiliario, pero especialmente captó la atención de muchos curiosos que abarrotaron la sala esperando la salida de un lote concreto. Se trataba de las cartas que John Keats había escrito a su amada hacía más de sesenta años. Una gran mayoría empezó a pujar como perros broncos, azuzados por un primitivo instinto de ser parte material, como si se tratase de un triángulo amoroso póstumo, entre los dos amantes fallecidos y el comprador. Wilde, horrorizado por lo que vio, decidió escribir el poema “En la venta en subasta de las cartas de amor de Keats”, la cual comparó con los soldados romanos que lanzaron dados para repartirse las prendas de Cristo, sin tener consciencia de lo que hacían ni de quién era realmente aquel hombre moribundo en el Gólgota.

De alguna forma, esta mercantilización provoca una corrupción en las artes. ¿De qué sirve la exhibición, la morbosidad, el atrio incendiado de ladradores que exigen, como propio, formar parte de algo que no les corresponde, que no respetan ni entienden? 543 libras y 17 chelines fue el precio por conseguir tener el papel escrito de un poeta agónico. Hoy la ignorancia también campa. Con descaro impone su criterio. Asume formar parte y procura participar en el arte o en la literatura. Las exposiciones en galerías tienen sesgo. Hay editoriales que etiquetan y lanzan a sus escritores sin importarles su obra. Discriminan y marginan a quienes crean sin la tentativa de doblegarse a sus pormenorizadas banalidades. Donde pudo ser sublime, no albergó más que un tufo anodino. 

I think they love not Art

Who break the crystal of a poet's heart

Those small and sickly eyes may glare or gloat.

[Yo creo que no aman el Arte / quienes rompen el cristal del corazón de un poeta /para deleite de ojos ruines y enfermizos.]

La aguja del pajar


 A veces nos sorprende el gusto de la lectura. Poder guarecernos en un momento de reposo, en un recodo de intimidad para pasear la vista entre páginas que se acompasan, en desliz de dedos en telar, a un galope que bulle por parsimonia. La maestría de darse tiempo y sentido. Y así, poco a poco blindar el refugio donde las interferencias son más escasas e ineficientes. Donde los mensajes dejan de ser exigidos al instante y las prisas perecen. Entonces se acude a la cita. Y se disfruta. 

Entre las fuentes de maná de letras siempre cabe huronear entre las librerías de segunda mano, donde quedan los despojos de las casas vacías, de los estantes de estudiantes que dejaron de serlo. A modo de jaulas, en régimen penitenciario se encuentran expósitos amontonados estos libros tan locuaces. Postreras enciclopedias lucidas, imberbes diccionarios y guías de viaje. Fuimos mapas en la carretera, tomos alfabéticos, la cuerdecita de la biblia que quedó fosilizada señalando el evangelio de Mateo. Y también hay libros de cocina, y crucigramas hechos, y cuentos infantiles con los bordes descuajaringados con algunas páginas garabateadas en trazos densos de cera azul. Así pues, hay de todo. De todo lo que nadie quiere. Vertederos de la oportunidad, por si nostálgicos en diógenes todavía adquirieran para museo doméstico aquellos libros en lote del barco de vapor. 

A las puertas del desánimo, siempre sobresalen, como las teclas negras de un piano, los clásicos: quijotes por doquier, la celestina en decenas de ediciones distintas o el Sí de Moratín. Algo más internacional: moby dick, el alquimista -de Cohelo-, el rey Lear. Encontrar la aguja en el pajar. Y todos ellos bien vestiditos en estanterías con etiquetas. Sin que nadie los sepa más. Porque las librerías de segunda mano corren el riesgo de ser un termómetro de la mediocridad de la ciudad donde se encuentran. Es un escaparate del intelecto común, de lo que familias en generaciones se han molestado en leer alguna vez, por riguroso imperativo escolar. Ahí yacen, englotonando descarados el lugar de algún esperanzador lector que en merecida epopeya sesta la batalla por devolverle dignidad a tantos refugiados. Jamás una sociedad culta podría permitir, ni por equivocación, un aparcamiento de libros con tan mal gusto como la nuestra. Y sin embargo, todavía se puede comprar Bodas de Sangre por dos euros. 

Aquella mañana


 Aquella callada mañana, enmudecida quedó Granada tras el tiro a Federico. Qué madrugada tan corta y qué día tan largo embestía. Como un relámpago que atizara la negrura, el sol de pronto, aprisa por primera vez, baleó su luz sobre la ciudad deslomando a las alimañas que aún estaban con el fusil y el cigarro regocijándose de haber matado al poeta. Sus rostros cicatrizados por la barbarie no debieron ser nunca los mismos. Se ha escrito mucho sobre aquel verano de la guerra. Buen ejemplo de ello es la recopilación de correspondencia de los Rodríguez-Acosta que Manuel Titos ofrece en su Verano del 36 en Granada. Y más aún sobre las últimas horas y la milimetrada meticulosidad del finamiento de Lorca. Ante esto, ya está Gibson para beber de la barra libre que se ha formado del chiringuito del asesinato. 

Pero poco se ha dicho sobre el día posterior. Si el sol pudo levantarse aquella mañana, no tuvo fuerza para brillar un verano. Pues la propia gente, en su ruin mezquindad, alfombró de sombras las calles y plazas, siendo decoro del cainismo que se había orquestado. De esto da buena fe Agustín Penón, el hombre que se presentó en Granada en pleno franquismo para poder hacer de corresponsal del mundo e ir a aquel agujero infecto y cínico que supuraba como el cadáver de Federico. A los que no se habían ido de la ciudad ni habían muerto, a ellos se acercó tirando del hilo de la amistad reverencial que el alzamiento y la represión no habían destruido sobre el cerco de conocidos, convivientes y allegados que tropezaron o intercambiaron palabras con Federiquito. Desde luego ese pulmón de recuerdos yacía en Fuentevaqueros, donde aún había vivas manos que lo sostuvieron en la niñez y compartieron el eco mutuo de sus carcajadas. 

Emilia Llanos fue de las primeras en conocer la noticia en Granada. Un amigo llegó a casa para avisarle de que las "Escuadras Negras" lo habían apresado y matado de madrugada. Como una paloma voló de seguida al carmen de Falla, según le había prometido a doña Vicenta Lorca. En su puerta, en la Plaza Nueva, se encontró con González Mendez y Pérez Roda, recién alistados en los "Españoles Patriotas" y hacían guardia en la puerta de la Chancillería. Ellos mismos también le confirmaron el suceso, y rota de dolor una vez más se fue directa por la cuesta Gomérez, a casa del compositor, con la esperanza deshojada de pensar que aún se podría hacer algo por salvar a Federico, que todo era una broma pesada más en aquel aire desmoralizador. Como el tercer cantar del gallo, de camino vio a Gallego Burín que volvió a confirmarle la noticia. Éste le advirtió de que no subiera a ver a Falla y no lo comprometiera ("No vayas. No lo metamos en esto")

Por su parte, el popular y enjuto músico se presentó en Gobernación exigiendo tener noticias de Federico y saber su paradero. Allí le dijeron que como volviera a preguntar por él o se pasara por allí tendría graves problemas. Don Manuel de Falla entristecido y acongojado por siempre se autoconfinó en su carmen de la Alta Antequeruela y al término de la guerra, una vez ganaron las tropas franquistas, se exilió a Argentina donde murió. Quienes también sufrieron la condena fueron los Rosales, la familia que había tenido al poeta en su casa para protegerlo de los asaltos. Una cuantiosa multa cayó sobre ellos, y peor aún el escarnio público al que serían sometidos por la sociedad granadina. Juan Luis Trescastro fue uno de tantos de los que intentaron ponerse los galones de haber matado al poeta. No fue el caso, pero sí que después de haber acometido los fusilamientos aquella madrugada fueron al Café Fútbol de la Plaza Mariana Pineda a celebrarlo. Recién salpicada la sangre de Federico sobre la tierra, enfriándose dentro de sí. 

¿Y los García Lorca? En Granada quedaban su hermana Conchita, viuda ya de Fernández Montesinos, y sus padres. Éstos últimos dejaron la Huerta de San Vicente para irse con su hija y los nietos a la calle San Antón y acompañarlos en el duelo. Aquella mañana se presentó alguien en la casa con una nota. Según dice Paco el chófer, que había llegado instantes antes para atender a la familia y llevarle prensa y tabaco, Don Federico estaba jugando a las cartas un solitario y Doña Vicenta abrió la puerta. El extraño traía una nota que le acercó a su marido. El papel decía "Papá, entrega al dador dos mil pesetas". El padre mandó dárselas creyendo que habían refugiado a Federico y mandado al otro lado del frente para que estuviera a salvo. Los padres quedaron consolados. Lejos de eso, Paco el chófer sabía que aquello era un mal presagio. El extraño de la puerta era conocido como El Panaero, el más sanguinario miembro de las Escuadras Negras: "al verlo se me encogió el corazón". Así lo anotó Penón: 

-          Hola Paco -le dijo el Panaero. El chófer asustado le contestó en voz baja, y en ese momento salió doña Vicenta con los billetes en la mano y al verlos hablar se le iluminó la cara y les preguntó:

-          ¿Es que conocen ustedes a Paco?

-          Sí que le conozco… -contestó El Panaero 

 -       ¡Qué bien! -dijo doña Vicenta-. Así si mi hijo necesitara algo más ya no tienen ni que molestarse en venir hasta aquí. Como Paco está siempre en la calle, le dan el recado y él nos lo dirá.

Hasta pasado un mes, Vicenta no supo del final de su hijo. Su hermana Isabel insistía en no creer la muerte, que Federico estaba vivo. A finales del verano fueron confirmándose las sospechas de aquel secreto a voces. Así fueron enterándose poco a poco sus amigos, Rafael Alberti y María Teresa León, Margarita Xirgu, Pura Ucelay, Carlos Morla, Lolita Membrives, Rafaelito de León y su Juanito Ramírez de Lucas. Una torre de naipes deshecha en un suspiro. 

Los machirulos del 27


 Me encontraba en una librería de Málaga, huroneando entre estanterías, al encuentro de algún ejemplar cautivante y distraído que pudiera llevarme a casa. En este sigilo de placer aparecieron tres chicas cual elefantes en cacharrería. Tendrían la veintena. En edad de universidad al menos. Capitaneaba la tríada la más habladora mientras el resto asentía obediente. "De literatura clásica sólo me he leído Jane Eyre y Jane Austen." Asoló ante la apabullante escalinata de libros con nombres celebérrimos entre todos los siglos habidos. Entiendo que leyera Jane Eyre, pues fue desde luego una de las grandes contribuciones que Charlote Bronte hizo. Reconozcamos que las versiones llevadas al cine han sido también un aliciente a conectar al público general con la obra de las hermanas. Bien está el que el Canon literario haya reparado la infamia del silencio que las sentenció durante media docena de generaciones. Desde la muerte de éstas (Charlotte de hecho fue la última, en 1855) hasta hace unas décadas que ninguna antología ha tenido la decencia de dedicar las páginas merecidas a la trayectoria e influencia que tuvieron. Ni Cambridge, ni Evans, ni Oxford, ni Legouis & Cazamian. Ni puto caso. Y la Norton, que con el siglo XXI arreciado nombra a Emily Bronte y mucho es. En definitiva: una vergüenza. 

Contento estaba de que Jane Eyre, por tanto, haya sido una predilecta en su escueto registro de lecturas. De seguidas abrió el melón con "Jane Austen", que no es moco de pavo. Orgullo y prejuicio; Sentido y sensibilidad; Persuasión; la Abadía Northanger; Mansfield Park; Emma... si la chica se leyó a "Jane Austen" es de armas tomar. Entiendo entonces el "sólo", que no es poco. Las perdí de vista durante un par de minutos. Entonces volví a escuchar a esta capitana de la tropa asestar el primer balazo: "anda, la generación del 27. Estos son todos machirulos. Yo prefiero las sinsombrero". Ojeriza. La palabra es ojeriza. Nada más. En ese arrebato entendí el pronóstico: existe un estigma del odio que se acomete o no dependiendo de lo que esconda la bragueta. Es evidente el ostracismo al que han sido sometidas vilmente las mujeres durante siglos, negándolas de sus cualidades artísticas o literarias, científicas incluso. Y estamos en una era de reparación y concordia. De redescubrir y destapar. De asentar y reivindicar, que si alguna vez aquello fue un grave error para la cultura y la humanidad, es tiempo este de redimirse y construir juntos un hogar común menos hostil y fraudulento. 

Resonaba en el eco todavía, como un viento corrido por la argucia entre los libros, aquello de machirulos. La punta de lanza de aquel corrillo de poetas era Lorca. Y decir de Federico tamaño epíteto, era no saber absolutamente nada, ni de literatura, ni del mundo, ni de la vida. Cuando fue el teatro lorquiano el escenario donde el papel femenino se acogió a la verdadera libertad; donde las amas y criadas tuvieron la fuerza de una torrentera para hacer brotar su voz y su anhelo. ¿Con qué pavoneo desfilaban las manolas de la calle Elvira camino de la Alhambra? que nadie echó cuentas de las horas a las que regresaban ¿Con qué arrojo se asomaba a la reja Adelita? Con el mismo que partió el bastón de mando de su madre Bernarda ¿con qué descaro la Zapaterita se rebelaba o Marianita se resistía? "En la bandera de la libertad bordé el amor más grande de mi vida". Dudo mucho que Vicente Aleixandre tuviera algo de machirulo; o Rafael Alberti, que destinó el dinero conseguido (10 millones de pesetas de entonces) cuando le dieron el Premio Cervantes en 1983 para que a su mujer, la sinsombrero María Teresa León, ingresada en una clínica con avanzado alzheimer, no le faltara jamás de nada. 

Las tres chicas no tardaron en irse. Allí no tenían nada que hacer. Habían desautorizado sin aspavientos la integridad de la mayoría de escritores. Y en ese preciso instante vuelvo a las Bronte, quien desde la atalaya del rudo páramo, embargadas en la soledad de la nada, escriben en un tiempo en el que naturalmente las mujeres escribían, pero las que lo hacían no se atrevían a tratar la moralidad y ponerla patas arriba. Ganaron prestigio, murieron jóvenes y Hollywood las tiene en un altar. Dicen que Charlotte envenenó a las otras dos. De algún modo eso hacía la joven que "sólo leyó Jane Eyre". Se veía venir. Toda una declaración de intenciones. 

El Guadix de Sir John Carr

Nuestro distinguido visitante, Sir John Carr, era experto, por su sencillez y ligereza, en relatar sus experiencias e impresiones en los libros de viaje. Esta afición lo llevó hasta España sobre la que publicó las anécdotas y vivencias de su paso por aquí en su libro “Descriptive travels in the southern and Eastern parts of Spain and the Balearic Island in the year 1809”. Tal momento no fue el más ventajoso para estar inmerso en el territorio español, dado que llevábamos un año con la guerra de independencia. Este hecho parece no ser de gran relevancia para Sir John Carr, cuya atención es absorbida por el relampagueante paisaje de cárcavas y barrancos que encierra a Guadix: “La presencia de cultivos anunciaba nuestra aproximación a la antigua ciudad de Guadix, a la que entramos a primera hora de la tarde, después de haber estado cabalgando durante tres leguas. Llegamos a tiempo de ver la Catedral esa misma tarde. Es muy bonita y desde la explanada las vistas son magníficas.”

Con explanada es posible que se refiera al paseo de la Catedral, ya que desde la barbacana existían unas vistas que llegaban a cubrir de un lado a otro la vega. Como aportación más particular la mención que hace a la Plaza de los Corregidores de entonces (“La Plaza Mayor es árabe y se parece a la de Granada”). La plaza de las Palomas y la plaza de Bib-rambla son necesariamente distintas por el proceso de urbanización al que han estado expuestas. Bien es cierto que ambas parten de dos puntos en común: el origen del trazado espacioso y rectangular en la mención musulmana; y las fuentes que albergaban (Bib-rambla aún la mantiene, mientras que la histórica accitana fuente de ‘La Mona` seguía existiendo para cuando nos visitó).

A la hora de la cena entraron en nuestra posada dos carruajes, de los que descendieron tres caballeros con pistolas, trabucos y sables en las manos, casi como para tomar la ciudad. Mientras que estábamos cenando, uno de ellos que había escuchado que éramos ingleses, entró en nuestra habitación y nos dijo que era un cura y que había ofrecido importantes servicios a los patriotas, que al final fueron descubiertos y que José Bonaparte había enviado una carta de su propia mano a un oficial para que inmediatamente fuese prendido y fusilado. Nos dijo que esta carta había sido interceptada y que le habían llegado noticias del peligro que corría y que acababa de escapar con gran dificultad.

El bandolerismo cobrará mucha fuerza durante esta época. Será de los pocos recursos que la población civil tenga para defenderse de las tropas napoleónicas. Algunos nombres como Manuela Malasaña, Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde o el General Castaños pasaron a la eternidad por su gesta patriótica nacional. Pero ante todo, será recordada aquella etapa por los lienzos de Goya del levantamiento y los fusilamientos de mayo. De esta época podemos citar dos leyendas locales muy conocidas hoy día: el ‘milagro’ del Nazareno cuando la madre abadesa le colocó las llaves para proteger el convento de Santiago y así impedir que los invasores entraran; y las hazañas del Carbonero Alcalde en la villa de La Peza, narradas por Pedro Antonio de Alarcón. Sin lugar a dudas, la trascendencia de este episodio aguarda en reforzar la ya presencia de algunos apellidos de ascendencia gala (Barquier, Barthes, Balinot, Capel) y en los restos de soldados napoleónicos que queden en los pozos de las viejas casas accitanas. 

Despertó el siglo XIX de una forma convulsa, de la cual no quedó ajeno Sir John Carr, quien conoció en Cádiz a Lord Byron y se sentía protegido por la presencia de tropas inglesas en la región. En su relato podemos ver cómo Guadix no quedó marginado de participar en la historia, y cómo se sobrepuso a las adversidades, imponiéndose ante las dificultades y aunando fuerzas hasta la extenuación.


El Guadix de Jerónimo Münzer

 


Aún no había mudado la piel el Wadi Ash de ocho siglos que la reconquista desmembró. En la transición entre dioses que en España se fermentó allá por 1492, un cartógrafo austro-alemán (humanista, médico y geógrafo) atendió a participar de los hitos que la historia celebraba en la península, haciendo un viaje a través de ella y llegando, naturalmente, a la recién nombrada y cristianizada Guadix (Gwadiis). Tras haber cruzado el levante y habiendo recorrido Barcelona y Valencia, nuestro germano huésped alcanza Almería, ciudad de la que parte al alba del 20 de octubre de 1494. En el camino descansa en Fiñana, cuyo alcaide, natural de Vizcaya, lo agasaja con preciados víveres y muestras de exóticas piezas: "un hermoso avestruz, con abundante plumaje de color grisáceo, y un osezno blancuzco, con el cual puso a jugar a unos perros de raza hispana, muy grandes, para divertirnos".  Se le pidió aguardar dos días más en la villa para organizar una cacería de jabalíes cerca del castillo. Una experiencia que nuestro viajero amigo declinó. 

"La ciudad de Guadix se recuesta sobre una bella planicie, y más allá el alcázar real, que está bellamente situado en un monte unido a la llanura. Creo que es en su perímetro como la ciudad de Nördlingen, en Suabia. Expulsados de ella los sarracenos, la habitan únicamente los cristianos. Toman arraigo en ella dos monasterios bastante hermosos de la Orden de San Francisco y de los Predicadores (Dominicos)." Ante esta crónica avistamos con facilidad el paisaje retratado por Münzer: en el vacío de un cráter se alza la alcazaba y sus reales alcázares, una ciudad de murallas y torreones dentadas, con puertas zigzagueando, bullicio y banderolas al aire. Extramuros, y bajo disposición de los nuevos dueños, los reyes católicos, la fundación de dos conventos, cuya hermosura recaería en el legado recibido por los esmerados antecesores. Podemos pensar pues, que si vino de Fiñana, accedió por el arco de la imagen, y su primera toma de contacto fue el arrabal morisco de Santa Ana. 

"Es su mezquita bastante bella, y hexagonal. Tiene setenta columnas libres, y en el centro un bello jardín cubierto, en medio del cual hay una fuente viva para sus acostumbradas abluciones. Ahora está dedicada a la bienaventurada Virgen María". Podemos suponer el vergel y la majestuosidad que supondría esta santa edificación para el alma de los wadihíes, orgullosos de albergar ciudadela palatina,  con suntuosos jardines del mismo empeño y armonía que el Generalife granadino. Una acequia madre que como cascada inundaba de riego en correntía y vitalidad cada rincón, enverdeciendo sobre lo estéril de la planicie y peinando la aridez con riachuelos de fertilidad. A la virgen nombraron Señora, y desde entonces ha custodiado ella misma aquel lugar enaltecido en la luz de Alá con oraciones a Cristo. El obispo y los canónigos perciben las rentas de la antigua mezquita*. Al año siguiente llegaría Fray García de Quixada, primero de los obispos de la reconquista en relevar a San Torcuato, por poderes habidos en el cardenal Mendoza. 

Avistó sierra nevada y su blancura, como escarpados son los barrancos que nos encierran, y pobladas las aldeas vecinas de sarracenos expulsados de la ciudad. Un crisol de moros cautivos y cristianos cántabros en un lugar que tenía más de África que de Europa. Siguió su camino, llegando a los baños termales de Graena y haciendo noche en el castillo de La Peza (la Pessa) y así continuar hasta Granada. Un día, el 21 de octubre de 1494, quedará para la posteridad por haberse teñido de color, leal testigo y notario de aquella joven España recién nacida y unida, cuya impresión hoy sobrevuela, con la ligereza de una pluma en el aire, el tiempo. Ataviado al caballo, como Geoffrey Chaucer en sus cuentos de Canterbury, lo medieval y lo actual se dan la mano. 


*"En virtud de la potestad que el Gran Cardenal tenía por Bula de Inocencio VIII, despachada en Roma a 4 de agosto de 1486, expidió su Eminencia, en la Alhambra de Granada, el día 21 de mayo de 1492, su Bula erigiendo en catedral la Iglesia de Guadix (...) La erigió en la Iglesia Mayor, dedicada a la Encarnación de María santísima, sita en la Mezquita Mayor que  había sido de los moros (...) Por la misma Bula de erección aplicó el Gran cardenal a la fábrica de la santa Iglesia de Guadix todas las posesiones, censos y rentas que tuvo la Mezquita mayor". Asenjo Sedano, C (1990) Episcopologio de la Iglesia Accitana. IEPS. 

El Guadix de Walter Starkie

 El irlandés Walter Starkie, en los albores de la Europa entreguerras, se dispuso a camuflar sus atuendos de profesor del Trinity College y adentrarse en las aventuras que en este lado del Mediterráneo le depararían. Armado con su violín, a veces extinto de alguna cuerda, y los conocimientos de haber leído a viajeros anteriores, Starkie no podía perderse el exotismo presente en Granada, en sus cuevas del Sacro Monte y en la Alhambra. Naturalmente, allí fue recomendado, y entre estos apuntadores se encontraba Manuel de Falla, para visitar Guadix y su entorno, que en aquellos años veinte aún rezumaba el aire de un siglo anterior. 

Habiendo pernoctado en su travesía desde la capital en la precaria venta del Molinillo, se adentró en tierras de Guadix por Diezma, Darro y Purullena, llegando al anochecer a una posada accitana digna de mencionar la atención y recibimiento que tuvo*. Desde luego sólo faltan piratas a sus andanzas, o enjaretados bandoleros, en este plano de picaresca, que no se hallaba en los libros sino en la vida real, propia del siglo de oro español. "El principal interés de mi visita a Guadix era ver las cuevas de los gitanos en la Cañada de los gitanos" cosa que hizo, no sin antes llevando un enlapado escudero gitano, Quitolí, que lo guiaba por las calles y se beneficiaba del irlandés a costa de numerosos vinos por su labor**. Sin embargo, fue gracias a él por lo que llegó a las cañadas de las cuevas, cuya descripción sobre el lugar se asimilaba al encuentro de una civilización perdida: 

A través de varias calles llegamos a un conjunto de covachas que parecía una conejera. Por la noche las cúspides de las montañas con cavernas como colmenas en su falda hasta el ápice, producen un efecto fantástico, parecen volcanes en erupción interna que lanzan entre su lava infinidad de fulgores. Se dice que la mitad de los habitantes de la ciudad viven en aquellas viviendas subterráneas. Muchas de ellas son más lujosas que las de Sacro Monte, porque tienen ventanas y puertas de ladrillo. Nosotros, sin embargo, pasamos de largo por estas suntuosas cuevas y subimos a otras más distantes que son tan primitivas como las de los Pieles Rojas. 

Magnífica incursión por las cárcavas trogloditas, caóticas, enjambradas y laberínticas. Y no sólo recae en su fisonomía el atractivo. Un palpitante magnetismo invocado abducía al forastero a sumergirse en su entorno: un gitano batía el metal en el yunque cantando un martinete mientras trabajaba. En un pronto, Quitolí lo llevó al funeral por un niño, cuyo velatorio arrancado por jaleos, se llenaba de soles y oles en una fiesta de madrugada. La perplejidad del irlandés no tenía parangón***. Aquí la muerte era una brecha ausente que congregaba a familiares, amigos y vecinos para despedir al mortal infeliz hacia la divina legítima gloria. Allí conoció a Juan Bermúdez Heredia, alcalde de los gitanos, juez y mediador entre las autoridades payas. Una solemne institución respetada por la comunidad. También a la Serafina, la Coroca y la Triné, embajadoras de erotismo y suntuosidad, maestras del zorongo, zarandeo, tanyana y manguindoy, cuyo arte era el éxito de su subsistencia. 

Ajeno a este espacio místico y tenebroso como pudieran ser las cuevas profundas de Guadix hace ahora cien años, Starkie también tomó contacto con la ciudad y sus tertulias en el café principal, populosas y coloridas****. Nada que ver con la experiencia sensorial que le despertaron los gitanos de la cañada en aquel lugar ilícito, primitivo y legendario. La ruta de las cuevas calés se convirtió para este violinista irlandés en un fósforo encendido en la noche de su memoria, cuyas impresiones no podrían haberse titulado de otra manera como así fueron: Don Gitano. 


Fotografía de portada: El Velatorio de López Mezquita (1910) Museo de Bellas Artes de Granada. 
Resto de fotografías: Guadix en la década de 1920. Obtenidas de la Fototeca virtual de Guadix, cortesía de Antonio Cuerva Hernández.

Sobre la traducción que en 1944 hace su amigo Antonio Espina: Don Gitano. Aventuras de un irlandés con su violín en Marruecos, Andalucía y en la Mancha. 

*Al llegar a Guadix me hospedé en una humilde posada de jornaleros donde la cama costaba 1,50 pesetas. Para comer me dieron cabrito y tomate, rociado con excelente vino tinto, que sólo costaba a diez céntimos el jarro. La posadera, una mujerona gorda, insistió en que probase otro delicado plato favorito de los andaluces: perdiz sin güeso. Yo esperaba un ave, pero lo que vi en mi plato fue una patata sin pelar. El plato es sencillo; se toma una patata asada, se le unta de ajo añadiéndole sal y pimienta y se obtiene una perdiz sin güeso; comida digna de un pobre músico ambulante, y práctica porque sólo cuesta diez céntimos. 

** Mi primer encuentro fue Quitolí, un hombre achaparrado, bizco, feísimo, con una capacidad ilimitada para la bebida. No le elegí por gusto, pero una vez que nos conocimos no hubo manera de quitármelo de encima. (...) Su cooperación me trae inevitables altercados. Él bebe por tres, yo por uno.

*** El aire pesaba con los olores de sudor, cera derretida y el aroma de las flores. Yo quedé petrificado contemplando aquella patética serie estatuaria de rostros inconscientes en medio de toda aquella grotesca orgía de saltos, piruetas y danzas. Un hombre, empujándome, entró en la cueva, sacó un frasco de aguardiente que llevaba escondido, bebió un trago y después, acercándose al cadáver del pequeñuelo, le roció la cara. Brillaba el líquido al escurrir por las pintadas mejillas.  

****En el Café Pasajes, las tertulias de ambos bandos se colocaban en sitios opuestos y yo como extranjero me colocaba allí donde los ángeles querían llevarme (...) Al principio no advertí la tensión existente entre los dos partidos, pero en cuanto el vino se subía a la cabeza, según pude advertir, las lenguas se desataban y un combate de invectivas se cruzaba entre ellos. 

El Guadix de Merrill Mclane

A Merrill Mclaren, inmerso en unos estudios de antropología por The American University,  le sugirieron un proyecto desafiante que consistía en averiguar el motivo por el cual la etnia gitana, en sus quinientos años de presencia en España, no se había integrado -asimilado culturalmente- a la sociedad como otras minorías (judíos y moros)*. La pista del lugar donde hallar la respuesta la ofrece una reseña, cuarenta años antes escrita por el irlandés Walter Starkie, quien en su obra Don Gitano (1936) apunta que no podría ser otro este enclave que Guadix, cuyo barrio de cuevas, a modo de gueto, albergaba aún con absoluto esplendor la vitalidad de esta comunidad. 

Bajo esta misión en el brazo, Merrill llegó a la ciudad en la década de 1970. Se alojó en el Hotel Comercio, tomando tantas notas de la impresión que le causó este lugar que le ocupó el primer capítulo de su libro East from Granada (Al este de Granada). No podía ser otra la bienvenida y el recibimiento. Hubieron de esperar a que un parsimonioso carro tirado por dos mulos se apartara para entrar por la puerta: "el diminuto recibidor, desierto a excepción de numerosas moscas, estaba amueblado con cinco o seis sillas y dos mesas, en una de la cual había una pila de revistas y el Ideal del día. Además de dos jaulas con canarios". La ternura que impregna al americano de este lugar es tal que pasa del asombro a la adoración en los días que se hospeda. Se le confiesa que ese aspecto de capa caída se debe a la fugaz edad dorada en la que los comerciantes hacían de aquellas salas sus embajadas para los negocios previstos en la ciudad. En cambio, fueron esos días en los que Guadix se mostraba tan primitiva como genuina. La decadencia se disponía sobre la recordada Huerta de los Lao (San Eduardo) o en la prístina ermita de San Sebastián, en la que Merrill apostó que para este siglo no seguiría en pie, y contra fortuito pronóstico no se cumplió. El mercado del sábado fue otro de los atractivos que más influyeron en el retrato vívido que se iba haciendo sobre la ciudad, a galope de los caballos allí presentados, con su coro de vendedores, sus olores y variopintas personalidades. 

Sin lugar a dudas, la arteria principal y la orquesta que sonaba en aquel centro neurálgico era la calle Ancha. El Dólar con Don Florián; Antonio, el zapatero (aún no era el Chato el doce); y El primero de abril con Pepe Falco, quien será anfitrión y guía por excelencia. Sobre este respecto, Merrill hace un inciso en el que comenta que en Guadix, como en otras ciudades, después de 1939, por simpatizar con el régimen, calles y tiendas cambian de nombre (Falco recibió el traspaso de la librería Primero de Abril de una franquista, en la entonces calle Jose Antonio). Merrill es llevado a su destino, las cuevas, quien habla con los gitanos, llegando a que Ramón de la Toñica y conociendo a sus parroquianos. Simpatiza y le fascina el denso aire de fraternidad que orbita entre ellos, sus historias y sus expresiones. Algunas palabras en romaní incluidas en su dialecto. No queda exento de conocer alguna trifulca o contencioso latente entre calés. Se comenta el Cascamorras, le entusiasma abiertamente la gastronomía, así como la "mesa camilia"**. 

Visitan otras localidades como Cortes y Graena, Hernán Valle, Huélago, Fonelas, Baza, Benalúa, hasta encontrarse con la romería de San Torcuato en Face Retama. Excursiones sucesivas por los alrededores, la subida a la rambla Baza, hasta la Cueva del Monje -bajo una experiencia mística en el arrebol accitano, en custodia del poeta-kiosquero José López- o a ver los perros ahorcados cerca del cementerio, a los que dedica otro capítulo de su libro. Este episodio, cotidianeidad en aquellos tiempos, era un trágico modus operandi que no se correspondía con la generalidad y el cuidado que se tenía con los animales propios, pues es un tema que causaba controversia y terror por los dueños. Merrill afirmaba que "algunos habían estado allí por mucho tiempo, y en el seco aire andaluz se habían momificado". Esto también era Guadix, que no empaña la imagen que Merrill había reposado sobre el carácter y personalidad de la hoya. Así, trabó gran amistad con muchos de sus acompañantes, creando un recuerdo profundo para este recóndito lugar, un Comala o Macondo, que traspasa y conmueve. 








Estas fotografías pertenecen a su libro East from Granada, y fueron tomadas por él mismo. 

*This came about after I had retired from the Federal government and was doing graduate work at American University in anthropology. The faculty suggested that a challenging project would be to try to find out how the Gypsies had avoided assimilation during their five hundred year's stay, outlasting Jews and Moors. 

** One cool evening they introduced me to the mesa de camilia (brazier or fire box) placed under the table in the living room to warm the bodies of the ones sitting aroung the table. The heat was retrained by a heavy tablecloth that fell to the floor. Years before, they used charcoal, placing slices of lemon or lavender on the charcoal to give it a pleasant odor. 

La memoria de la tierra

 

A un paso de la Estación de ferrocarriles de Guadix, siguiendo la hilera de traviesas que hilvana la vía, se llega a un emplazamiento transitado por ciclistas y senderistas. Desde allí se divisa la ciudad entera y su entorno, sirviéndole de fortaleza los escarpados barrancos arcillosos muy enaltecidos en el marciano paisaje. Este lugar a la deriva del mapa es bien conocido por los oriundos accitanos, pues la brújula se encalla por la Cueva del monje, la ermita del Humilladero y el cerro del Diente y la muela, cada cual más arraigado en la tradición popular. El arqueólogo Antonio Reyes acotó el misticismo del dichoso eremita mozárabe habitante de esta oquedad, aunque como todo aquello que aun breve es infinito, sigue siendo tan enigmático como la cara oculta de la luna; en la modesta ermita sobre el altozano, existe el mito de que los Reyes Católicos recibieron las llaves de la ciudad, entregadas por El Zagal, tío de Boabdil; y la colina dentada, divisada y reconocida por su silueta, podría tratarse de una suerte de animal mitológico fosilizado en la cárcava, que aporta la dominante a este acorde cautivo. 

Varada en el medio de este recóndito paraje se encuentra una cueva, hoy vandalizada y abandonada. Y para que quede constancia, abogaré, en el subterfugio del recuerdo, para rescatarla del anonimato. Cuando la guerra civil comenzó, la ya citada barriada de la Estación de Guadix fue un punto irremediablemente perjudicado en la contienda. Por una parte, fueron los ferroviarios junto con los mineros del marquesado los que evitaron la caída de la ciudad ante el golpe nacional; y en segundo lugar, su emplazamiento lo convertían en un nudo estratégico para albergar y abastecer a la región. En aquel tiempo fue destacado mi bisabuelo Francisco Ibáñez Capel, natural de Huércal de Almería, como jefe de dicha estación. Junto con su familia (su mujer Josefa, y sus hijos José, Bartolomé, Julia y Pepita) conoció la asiduidad de los bombardeos y el trémolo de metralletas de uno y otro bando: la intencionada lluvia de balas de la aviación fascista y las perdidas de la defensa desde la barbacana. Recuerdan aún cómo las ventanas eran tapiadas en zafarrancho con los colchones de lana para vetar el paso de los proyectiles. Ante esta situación es natural que aún se conserve el refugio antiaéreo (1937) que se hizo en la plaza del esparto, anexo a la propia estación para guarecer a los vecinos. 

Era entonces necesario un lugar seguro y cercano donde resguardarse. Al otro margen de la rambla de Baza, siguiendo el surco de balasto, dieron con un tímido otero que les salvó la vida. Padre e hijos se pusieron a horadarlo con gran esfuerzo y sacrificio, convirtiendo aquel trazo yermo en habitable. La tierra les fue refugio aquellos meses ásperos y cruentos. De esta forma, podría seguir desempeñando sus funciones y exigencias del cargo, acudiendo ante los avisos de bombardeos o al final de su jornada a un lugar donde su familia, y él mismo, se encontrase a salvo de las esquirlas. Guadix y sus cuevas han sido foco de atención para los forasteros que maravillados observan el trogloditismo del paisaje. Éstas son una parte inexcusable, auténtica y esencial del carácter de la ciudad, pues han dado escenario vivo a historias interminables. 

Con el fin y la esperanza de que este lugar quede amparado y protegido, unido a la red de refugios de la guerra civil que atesora Guadix. Testimonio de la lucha por la supervivencia en aras de la libertad y la fraternidad, el valor de un pueblo unido. La fragua del consuelo de tantos y tantos que aprisa acudían a estas moradas sin conocer si después de aquello aún quedaba algo de sol en sus días. En el estupor que causa aún hoy el llanto abatido, la sangre esparcida de los cuerpos desiertos. Por la desolación que brota la estéril guerra: no evadamos la memoria que aún nos queda, y sigamos honrando el legado de aquellos que rindieron cuentas al tiempo por el que les tocó cumplir. 


Estación de Ferrocarriles de Guadix (1912)

Fabert, A (1910) Vistas del barrio de la Estación de Ferrocarriles de Guadix junto a la Azucarera San Torcuato. Desde la torre de la catedral, carretera de Murcia. 

Bombardeos en la Estación de Ferrocarriles (1937)

Francisco Ibáñez Capel, jefe de estación durante la guerra civil

Josefa Navarro Abad, esposa de F. Ibáñez Capel

Fotografía nupcial Francisco Ibáñez Capel y Josefa Navarro Abad (17 de noviembre 1920) Coloreada posteriormente. 

Pepita, Julia, Bartolomé y José Ibáñez Navarro (1932)

Familia Ibáñez Navarro (1932)


La Rusia que queda

La guerra rusa en Ucrania ha vuelto a posicionar en dos bloques al mundo. Repulsas, sanciones y condenas mutuas van zigzagueando al son de una herida abierta cuyo trazo es reconocido por su antigüedad. Aunque los embargos y sanciones económicas son muchas y variadas, decisiones que condicionarán y mucho la geoestrategia global futura, es la cultura la que vuelve a ser el termostato que avisa del calor de esta hoguera. 

Entre las primeras condenas a la invasión, hubo personalidades rusas que dejaron sus cargos en instituciones públicas en repulsa por esto (la primera bailarina del Bolshoi, Olga Smirnova; también su director principal, Tugan Shokiev; o la directora del teatro estatal de Moscú, Yelena Kovalskaya) . Occidente vetó de Eurovisión, los Juegos Olímpicos y del Mundial a Rusia, para que su visibilidad sea nula extramuros. Todos los comercios internacionales echaron la persiana e incluso Suiza, que había sido neutral en dos guerras mundiales, congeló las cuentas que en sus bancos había de la corte Putina. A este revés colectivo se suma la ley que Rusia introdujo sobre periodismo en el que se prohibía difamar al ejército y cuestionar la invasión, lo que impulsó una ola de renuncias de periodistas. Queda un sólo camino para el pueblo ruso, ajeno a ser testigos de las matanzas y bombardeos acaecidas sobre Ucrania, mientras son panfletados de la fuerza y honor de la madre patria. Un muro aún franqueable está germinando entre unos y nosotros. 

Si bien Moscú tenía cedidos un retrato de Carlos V de Pantoja de la Cruz (Museo del Prado) y armaduras suyas (Real Armería, Patrimonio Nacional) para una exposición en los Museos del Kremlin, éstas están en vías de devolución, afortunadamente. Así, Rusia también ha exigido la repatriación de un centenar de cuadros prestados a Italia. El arte y su hermanamiento, los discursos y diálogos que nacen a través de la pintura, está siendo fragmentado. Por el momento el museo ruso de Málaga, franquicia de San Petersburgo, quedará desierto. No habrá renovación de una nueva exposición. Eso significa que todo el esfuerzo que el ayuntamiento ha invertido durante estas dos últimas décadas para convertir la ciudad en un exponente cultural, se vea amputado y al margen de decisiones propias. 

Si esto sigue así, las representaciones del Lago de los Cisnes o El cascanueces de Tchaikovsky serán también parte del ostracismo, o ensordecer a Stravinski o Shostakovich , a pesar de su inquietante belleza; no se podrán hacer conferencias o congresos que incluyan a Dostoyevski, Pushkin, Nabokov, Tolstoi o Chéjov. La lengua rusa en repudio. Afortunadamente buena parte de los pintores de escuela rusa son ucranianos: Aivazovsky, Malevich, Repin. Decir de las obras de Prymachenko, una de las grandes pintoras naif, custodiadas en un museo ucraniano fueron destruidas en un bombardeo. Aún queda un margen a la esperanza, en el que tras el delirio enfermizo de la guerra vuelvan las aguas a su cauce y el mundo procure entenderse, para seguir siendo un lugar colectivo donde mostrar lo mejor de nosotros mismos. 

La era de los balcones


 Cuando marzo camina hacia su equinoccio, me asalta el recuerdo de un tiempo en el que los hogares y la vista de una sola calle eran todo el mundo físico que percibíamos. Cuando ir a comprar lo imprescindible se debía ir solo y parecía ser causa de riesgo mortal. Y no olvidar el ticket, pues servía de salvoconducto si te preguntaban el motivo de tu salida. Regresar restregando en un trapo húmedo para limpiar cada producto, después de quitarnos zapatos, mascarilla y dejar la ropa con la que salimos en la entradita. Bajar al tranco era un simulacro de estar en la luna. En aquellos largos días percibimos la calma en plena tensión por echarle un pulso a una muerte invisible, que por una minúscula desatención parecía penetrar en ti y pasarte factura. 

Los hogares conformaron nuestros mejores barracones. Mientras los laboratorios y los hospitales estaban en la primera fila de la guerra, indagando la vacuna de la salvación, los medios daban el parte de decesos e infectados, incubándonos una neurosis crónica. Un Fernando Simón perenne. El ejército se desplegó para desinfectar calles, plazas y parques, que quedaron desalojados de niños. Las playas se cerraron. El resto estábamos manteniendo nuestros niveles de civismo y humanidad con altas dosis de cultura. Extensible puede ser a esta realidad aquella frase de Ana María Matute: "la literatura es el faro salvador de muchas de mis tormentas". Volvimos a darnos tiempo para ver cine, series, escuchar música y podcast, hacer ejercicio en casa, seguir a coaches e influencers que nos entretuvieran; optamos por encontrar nuestra hora para la meditación y probar el yoga. Seguimos desarrollando habilidades creativas y culinarias. La gente hacía pan. La capa de ozono se curó. "Quédate en casa" recordaban. De pronto, pasamos revista a nuestra agenda de amigos y conocidos, y optamos por escribirles y llamarles. Nos veíamos a través de la pantalla más que nunca. Era la era de los balcones

Pero poco a poco se iba gestando una fobia al tocarnos, al dejar que el aire corra ampliamente entre nosotros. A almohadillar nuestra soledad y engalanarla de refugio. Había quien disentía, y en ese esfuerzo de rebeldía mal llevada, la conclusión se traducía en más cifras de infectados y encamados. Se trapicheaba por todos lados. Para cuando optaron por dejarnos libres por turnos, ya había cuajado la primavera. Si las iglesias debían estar vacías, sus plazuelas estaban llenas de cantos en aquel mayo de flores a la virgen. 

Todo eso lo vivimos, por escrupulosa unanimidad. Ahora, dos años después y tres dosis de vacuna en sangre, parece que nos deshicimos del engorro de las cuarentenas, que declaramos el fin de la pandemia, que la mascarilla cumple un protocolo obsoleto. Un resquicio de nuestros miedos por la que todavía no queremos desprendernos. Transportes llenos, discotecas hasta la bandera. Terrazas y bares con el aforo completo. Por fuerza de naturaleza, hemos regresado a hacer vida, pero con esa espinita honda clavada en el alma, que si nadie -salvo las familias y contados amigos- se acuerda de la larga lista de fallecimientos, va en nuestra memoria colectiva el percibir esto como un mundo raro donde una sombra alargada no termina de dejarnos disfrutar del sol. 

Federico García Lorca: lorquesco y lorquiano

 

La universalidad de Lorca no tiene sombra. A pesar de su repercusión y de lo que al público de a pie le consta sobre el poeta, los estudiosos de calle se acuartelan en la trilogía del campo, castrando la producción teatral de nuestro infinito Federico. 

Bodas de sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba son obras populares que han sido incluidas en los libros de colegio como parte de la literatura española obligatoria a saber, de manera elemental, pues su presencia se extiende incluso en los programas de los teatros más humildes. Son nombres que indudablemente dirigen su escenario hacia una única persona: García Lorca. Entonces es cuando prolifera el germen de lo lorquiano, en compañía de su poesía. Una España rural y auténticamente salvaje. Indómita e inmisericorde. Abominablemente sacrílega para con la libertad y los aires de cambio. Impertérrita y flagrante en sus convicciones. "No halla fuera del bien centro y reposo". El honor es una soga que cayera de las estrellas y condenara a todas las palomas en las que tome cuerpo el espíritu santo. Es un espacio ancestral que converge en amargor por la corteza verde. 

A este panorama lorquiano se suman por convicción propia dos damas que son granadinas de respeto y aplauso esmerado. En primer lugar y sin necesidad de mayor presentación, Marianita Pineda. Quien "bordara en la bandera de la libertad el amor más grande de su vida" ha creado una conexión tan aterradoramente íntima con su creador, cuya coincidencia en sus muertes presagian un duelo eterno en las dos Granadas, con casi la certeza de un siglo entre un ocaso y otro. En segundo lugar, y no menos importante, Doña Rosita la soltera, cuyo lenguaje de las flores impregna de primavera y dota del susurro siempre amable el surtidor de su fuentecilla y el candor del invernadero de aquel carmen donde el tiempo decidió parar y pasar de pronto, de buenas a primeras, en un instante. 

Pero lo Lorca no nació en un segundo. Su teatro fue un diálogo constante con él mismo. Un paseo entre personajes que emanaban de la fértil tierra, de su Fuentevaqueros. De aquel cortijal de Daimuz, y de la Huerta de San Vicente. Los dramas lorquianos tienen rostro humano porque huelen: es una mujer con mandil manchado de naranja cocinando en la lumbre; es un torrente de acequia serpenteando entre campos llenos de rocío; una puerta del corral entreabierta y unos pimientos secándose al sol. La ropa tendida sobre el romero en flor. Un mortero y dos ramas de canela. Lejos del pesar y de la tragedia subyace lo lorquesco, la faceta con gracejo que cabalga con trote amable entre la ironía y el juguete. Se elevan como torres la Zapaterita prodigiosa; Belisa en su jardín y el amor de Don Perlimplín; los títeres de Cachiporra con Rosita y el retablillo de Don Cristóbal. Una marabunta de comicidad que condimenta y sala la media luna granadina. Paseando en bicicleta Buster Keaton. Una sodoma esbozada; la plantilla de la Casa de maternidad. Una niña regando la albahaca y su príncipe preguntón: "¿Cuántas hojitas tiene la mata? ¿Cuántas estrellas el cielo? ¿Cuántos besos le diste al uvatero?" Y entreabre el telón Lola la comedianta. Aparecen las Curianitas, que aunque perdidas vagando en el anonimato del fracaso, del maleficio de la mariposa emanan. Chisporrotean los cantares de la vega de Granada. Lo lorquesco siempre está acompañado con el soniquete de una guitarra mientras lo lorquiano lo acompasa una remota campana. 

Y si por más pudiéramos añadir, Público y Así pasen cinco años se incorporan para cerrar filas a un repertorio sinfónico sinigual. A un repaso recontado y muy modesto de lo que Federico parió con sus manos. Hasta el último minuto de su vida, en la tórrida Granada del julio de la guerra, donde se iban tejiendo los Sueños de mi prima Aurelia, para poner una guinda final, discreta pero apetitosa, inacabada...porque no podía tener fin algo que sencillamente estaba empezando a crecer. 


MUJER - ¡Ay qué primor de niño! En mi pueblo no hay ninguno así ¿Cómo te llamas, hijo?
AURELIA - Díselo
CLORINDA - Anda
NIÑO - ¿Pero si te lo digo te vas?
MUJER - ¡Ay qué gracia!
AURELIA - ¡Anda! ¿Cómo te llamas?
NIÑO - Me llamo Federico García Lorca. 


El lujo de la cotidianeidad



En invierno acudo a mi liturgia del café al sol en la primera hora de la tarde. En la plaza porticada de las palomas, a resguardo del viento hostil de la sierra, el astro arroja su favor a todos los parroquianos que nos tomamos algún momento para eludir el frío que nos apresa. En cualquier caso, cuando la sombra se alarga hasta cubrirnos, llega el momento de pagar. Y siempre, a pesar de ir -casi- todos los días, pregunto por cuánto cuesta. Un día la camarera me respondió que "la cuantía no varía, a menos que suba el precio de la leche, porque el del café siempre es el mismo". 

Aquello llamó mi atención, pues es cierto que como consumidores confiados no reparamos en el coste de productos básicos como la sal, la harina, el azúcar o la leche. Un amigo -que vive en la capital- me comentaba que había notado la subida del carro de la compra, en comparación con un par de años. Que la fruta se había convertido en un bien gourmet y que la pescadería era como la joyería del frigorífico, con el kilo a pescado a precio de oro -siempre y cuando quisiera que fuera fresco y no congelado-. Entonces en aquella conversación recordé que en el centro de Madrid no hay panaderías, que para comprar una barra tendría que ser de panificadora ultraprocesada y recalentada de supermercado. Eso sí, entonces surgieron tiendas de masa-madre gallega donde el precio iba en consonancia con el mimo y calidad de la hogaza. Ni que decir tiene que allí la gente puede hacer cola de diez minutos por comprar pan a cuatro euros. De hecho me comentaban que ellos compran el pan en fin de semana, como si fuese un capricho. Yo le dije que eso es lo que hacemos aquí nosotros con las docenas de pasteles. 

Entonces recuerdo cuando mi abuelo cambió un laúd por un pan de centeno en la posguerra. Y poco a poco se desdibujan las barreras de la dignidad y la necesidad, con el lujo y lo prohibitivo. Pero no se arrincona esta deslucida osadía a la alimentación. El mercado más extraordinariamente desorbitado lo contemplan las floristerías. Comprar una maceta en Madrid es un atrevimiento. Un balcón de pueblo prendido de geraneos, pilistras y claveles reventones es una mina de oro cotizada accesible a un vecino del barrio de Salamanca. Y es que en ese despiste por no valorar lo básico se ha convertido a fuerza de inadvertencia en algo caprichoso. Ahora se puede regalar un pan a alguien para un cumpleaños, e incluso sabiendo que habrá garantía de agradecimiento. Que esa broma no trascienda del kilómetro cero. Que en el resto, provinciano y remoto paisaje español, aún no se acerque ese atropello con ganzúas y descaro. Que le echen semillas, alpiste, uvas pasas si quieren. Que le den las vueltas que quieran a la masa. Pero dejad la barra quieta a veinte duros, por dios. Que no haga falta otro Miguel Hernández que renueve los versos de las nanas de la cebolla.