El Guadix de Edouard Morerod
El 27 de marzo de 1909, El Accitano publicaba una nota de prensa bajo el título de "Pintores Notables": Han visitado nuestra redacción Mr Edouard Morerod y Mr Marcel Fouriner procedentes de París, que se proponen permanecer en esta población larga temporada, sacando apuntes de lo más pintoresco y notable de ella y de los alrededores. Sean bienvenidos y les deseamos gran éxito en su artista empresa. Queda por tanto en aviso la población y sirva este llamamiento como patente de corso para que puedan circular con libertad de artista por las calles de Guadix.
De igual forma, El Accitano, recoge unos días más tarde, 8 de abril, la intención de estos pintores de acercarse al marquesado y continuar con sus labores artísticas: Los pintores Mr, Edouard Morerod y Mr Marced Faurnier (cada vez lo escriben de una forma diferente) están haciendo preciosos cuadros reproduciendo tipos y paisajes y se proponen hacer una excursión por el Marquesado del Zenete para copiar algo de sus costumbres. El 12 de junio, El Accitano, seguía siendo corresponsal de las novedades y movimientos de los artistas. A título de "Buen viaje" se decía: Ha salido para Almería, donde pasará un mes relacionado con los asuntos de su profesión nuestro estimado amigo el joven y distinguido pintor francés Mr, Edouard Morerod, quien pasado ese lapso, regresará a esta población para proseguir aquí sus estudios.
El 19 de junio, el periódico describe una entrevista entre el francés y una gitana, María de la Salud. El artista servía de interpelante y la mujer, natural de un pueblo cercano a Córdoba, le contaba cómo eran los entierros de alegres en su tierra. Los frutos ya iban saliendo en el estudio de Mr Morerod, en tanto que el 3 de julio, se anotaba bajo el título de "Obra de arte": Hemos tenido gratísima ocasión de ver y admirar el magnífico retrato de cuerpo entero y tamaño natural de nuestro estimado compañero Jose Mª Ortíz García y con destino a la próxima exposición de París ha hecho al óleo el joven e insigne pintor francés Mr Edouard Morerod, con tal habilidad y consumada maestría que no parece sino que se ha trasladado al lienzo el espíritu viviente, digámoslo así, del modelo, que parece palpitar en la superficie del cuadro. Firma la nota Manuel Solsona Soler, quien incluso le dedica el poema "Flores y perfumes" del 21 de agosto.
El 4 de septiembre termina esta visita: Después de larga, laboriosa y brillante campaña en nuestra hermosa y pintoresca ciudad, ha salido para París nuestro estimado amigo el distinguido pintor francés Mr Edouard Morerod, a quien deseamos feliz viaje. Entre sus obras sobre Guadix destacan las escenas de la feria de ganado, algunas plazas (de la catedral y su paseo, de Santiago, San Miguel) y sobre todo las Cuevas y sus habitantes. La mayoría de fotos mostradas en esta publicación pertenecen al archivo de Antonio Cuerva, a cuya investigación le debemos la subsanación de este agravio acometido por olvido de la ciudad de Guadix hacia este pintor, monsieur Edouard Morerod, que llevó a la musa y duende guadijeños consigo a todas las exposiciones y círculos artísticos en los que participó. Un embajador de los pinceles que abrió una ventana a perpetuidad entre el público europeo y la hoya accitana.
Expositions personnelles
1901 Salle de la Grenette, Lausanne
1910 Paris, Galerie des Artistes Modernes
1910 Chaîne et Simonson
1910 Vienne, Galerie Arnot
1910 Paris, Foyer du Théâtre Antoine
1911 Madrid, Salon Hispania
1912 Paris, Galerie des Artistes Modernes
1913 Genève, Musée Rath
1910 Londres, Hamilton Place, Mme Meyer Sassoon
1915 Lausanne, Galerie Bernheim-Jeune
1917 Neuchâtel, Galerie de la Rose d’Or
1918 Genève, Galerie Moos
1919 Uruguay, Montevideo
Après le décès de l’artiste
1921 Genève, Galerie Moos
1910 Lausanne, Musée Arlaud
1931 Lausanne, Galerie de Bourg 15
1934 Lausanne, Salle Grand, Galeries St-François
1978 Pully, EXPUL, Maison Pulliérane
1990-91 Lausanne, Galerie Vallotton
2017 Pully, Musée d’art de Pully
2019 Aigle, Espace Graffenried
2021 Ropraz, (Vaud-Suisse) Fondation L’Estrée
El Guadix de Sir John Carr
Nuestro distinguido visitante, Sir John Carr, era experto,
por su sencillez y ligereza, en relatar sus experiencias e impresiones en los
libros de viaje. Esta afición lo llevó hasta España sobre la que publicó las
anécdotas y vivencias de su paso por aquí en su libro “Descriptive travels
in the southern and Eastern parts of Spain and the Balearic Island in the year
1809”. Tal momento no fue el más ventajoso para estar inmerso
en el territorio español, dado que llevábamos un año con la guerra de
independencia. Este hecho parece no ser de gran relevancia para Sir John Carr, cuya
atención es absorbida por el relampagueante paisaje de cárcavas y barrancos que
encierra a Guadix: “La presencia de cultivos anunciaba nuestra aproximación a
la antigua ciudad de Guadix, a la que entramos a primera hora de la tarde,
después de haber estado cabalgando durante tres leguas. Llegamos a tiempo de
ver la Catedral esa misma tarde. Es muy bonita y desde la explanada las vistas
son magníficas.”
Con explanada es posible que se refiera al paseo de la
Catedral, ya que desde la barbacana existían unas vistas que llegaban a cubrir
de un lado a otro la vega. Como aportación más particular la mención que hace a
la Plaza de los Corregidores de entonces (“La Plaza Mayor es árabe y se parece
a la de Granada”). La plaza de las Palomas y la plaza de Bib-rambla son
necesariamente distintas por el proceso de urbanización al que han estado
expuestas. Bien es cierto que ambas parten de dos puntos en común: el origen
del trazado espacioso y rectangular en la mención musulmana; y las fuentes que albergaban (Bib-rambla
aún la mantiene, mientras que la histórica accitana fuente de ‘La Mona` seguía existiendo para cuando nos visitó).
A la hora de la cena entraron en nuestra posada dos
carruajes, de los que descendieron tres caballeros con pistolas, trabucos y
sables en las manos, casi como para tomar la ciudad. Mientras que estábamos
cenando, uno de ellos que había escuchado que éramos ingleses, entró en nuestra
habitación y nos dijo que era un cura y que había ofrecido importantes
servicios a los patriotas, que al final fueron descubiertos y que José
Bonaparte había enviado una carta de su propia mano a un oficial para que
inmediatamente fuese prendido y fusilado. Nos dijo que esta carta había sido
interceptada y que le habían llegado noticias del peligro que corría y que
acababa de escapar con gran dificultad.
El bandolerismo cobrará mucha fuerza durante esta época. Será de los pocos recursos que la población civil tenga para defenderse de las tropas napoleónicas. Algunos nombres como Manuela Malasaña, Agustina de Aragón, Daoiz y Velarde o el General Castaños pasaron a la eternidad por su gesta patriótica nacional. Pero ante todo, será recordada aquella etapa por los lienzos de Goya del levantamiento y los fusilamientos de mayo. De esta época podemos citar dos leyendas locales muy conocidas hoy día: el ‘milagro’ del Nazareno cuando la madre abadesa le colocó las llaves para proteger el convento de Santiago y así impedir que los invasores entraran; y las hazañas del Carbonero Alcalde en la villa de La Peza, narradas por Pedro Antonio de Alarcón. Sin lugar a dudas, la trascendencia de este episodio aguarda en reforzar la ya presencia de algunos apellidos de ascendencia gala (Barquier, Barthes, Balinot, Capel) y en los restos de soldados napoleónicos que queden en los pozos de las viejas casas accitanas.
Despertó el siglo XIX de una forma convulsa, de la cual no quedó ajeno Sir John Carr, quien conoció en Cádiz a Lord Byron y se sentía protegido por la presencia de tropas inglesas en la región. En su relato podemos ver cómo Guadix no quedó marginado de participar en la historia, y cómo se sobrepuso a las adversidades, imponiéndose ante las dificultades y aunando fuerzas hasta la extenuación.
El Guadix de Jerónimo Münzer
Aún no había mudado la piel el Wadi Ash de ocho siglos que la reconquista desmembró. En la transición entre dioses que en España se fermentó allá por 1492, un cartógrafo austro-alemán (humanista, médico y geógrafo) atendió a participar de los hitos que la historia celebraba en la península, haciendo un viaje a través de ella y llegando, naturalmente, a la recién nombrada y cristianizada Guadix (Gwadiis). Tras haber cruzado el levante y habiendo recorrido Barcelona y Valencia, nuestro germano huésped alcanza Almería, ciudad de la que parte al alba del 20 de octubre de 1494. En el camino descansa en Fiñana, cuyo alcaide, natural de Vizcaya, lo agasaja con preciados víveres y muestras de exóticas piezas: "un hermoso avestruz, con abundante plumaje de color grisáceo, y un osezno blancuzco, con el cual puso a jugar a unos perros de raza hispana, muy grandes, para divertirnos". Se le pidió aguardar dos días más en la villa para organizar una cacería de jabalíes cerca del castillo. Una experiencia que nuestro viajero amigo declinó.
"La ciudad de Guadix se recuesta sobre una bella planicie, y más allá el alcázar real, que está bellamente situado en un monte unido a la llanura. Creo que es en su perímetro como la ciudad de Nördlingen, en Suabia. Expulsados de ella los sarracenos, la habitan únicamente los cristianos. Toman arraigo en ella dos monasterios bastante hermosos de la Orden de San Francisco y de los Predicadores (Dominicos)." Ante esta crónica avistamos con facilidad el paisaje retratado por Münzer: en el vacío de un cráter se alza la alcazaba y sus reales alcázares, una ciudad de murallas y torreones dentadas, con puertas zigzagueando, bullicio y banderolas al aire. Extramuros, y bajo disposición de los nuevos dueños, los reyes católicos, la fundación de dos conventos, cuya hermosura recaería en el legado recibido por los esmerados antecesores. Podemos pensar pues, que si vino de Fiñana, accedió por el arco de la imagen, y su primera toma de contacto fue el arrabal morisco de Santa Ana.
"Es su mezquita bastante bella, y hexagonal. Tiene setenta columnas libres, y en el centro un bello jardín cubierto, en medio del cual hay una fuente viva para sus acostumbradas abluciones. Ahora está dedicada a la bienaventurada Virgen María". Podemos suponer el vergel y la majestuosidad que supondría esta santa edificación para el alma de los wadihíes, orgullosos de albergar ciudadela palatina, con suntuosos jardines del mismo empeño y armonía que el Generalife granadino. Una acequia madre que como cascada inundaba de riego en correntía y vitalidad cada rincón, enverdeciendo sobre lo estéril de la planicie y peinando la aridez con riachuelos de fertilidad. A la virgen nombraron Señora, y desde entonces ha custodiado ella misma aquel lugar enaltecido en la luz de Alá con oraciones a Cristo. El obispo y los canónigos perciben las rentas de la antigua mezquita*. Al año siguiente llegaría Fray García de Quixada, primero de los obispos de la reconquista en relevar a San Torcuato, por poderes habidos en el cardenal Mendoza.
Avistó sierra nevada y su blancura, como escarpados son los barrancos que nos encierran, y pobladas las aldeas vecinas de sarracenos expulsados de la ciudad. Un crisol de moros cautivos y cristianos cántabros en un lugar que tenía más de África que de Europa. Siguió su camino, llegando a los baños termales de Graena y haciendo noche en el castillo de La Peza (la Pessa) y así continuar hasta Granada. Un día, el 21 de octubre de 1494, quedará para la posteridad por haberse teñido de color, leal testigo y notario de aquella joven España recién nacida y unida, cuya impresión hoy sobrevuela, con la ligereza de una pluma en el aire, el tiempo. Ataviado al caballo, como Geoffrey Chaucer en sus cuentos de Canterbury, lo medieval y lo actual se dan la mano.
*"En virtud de la potestad que el Gran Cardenal tenía por Bula de Inocencio VIII, despachada en Roma a 4 de agosto de 1486, expidió su Eminencia, en la Alhambra de Granada, el día 21 de mayo de 1492, su Bula erigiendo en catedral la Iglesia de Guadix (...) La erigió en la Iglesia Mayor, dedicada a la Encarnación de María santísima, sita en la Mezquita Mayor que había sido de los moros (...) Por la misma Bula de erección aplicó el Gran cardenal a la fábrica de la santa Iglesia de Guadix todas las posesiones, censos y rentas que tuvo la Mezquita mayor". Asenjo Sedano, C (1990) Episcopologio de la Iglesia Accitana. IEPS.
El Guadix de James A. Michener
(2) Set in a lunar landscape of bleak hills and rocky pinnacles the houses of Guadix are dug into the faces of the hills, and when chimneys are piped up through the solid rock so that fires can be lit, are quite comfortable. This style of architecture has been adopted in many different countries, most notably in central Turkey, but at Guadix there is a difference, because the doorways into the caves have been handsomely plastered and decorated with red tiles, so that they look like the entrances to churches or villas of some importance.
(3)The reason I wanted to see Guadix had nothing to do with its architecture, handsome through that was. This was the pueblo in which Alarcón had located his short novel El sombrero de tres picos, and as I looked at the miserable economic level at which the villagers lived, I could hear the music which Falla had composed for this work and I could visualize the four leading actors in the rustic comedy,
(4)Have you ever seen a trye back-of-the-mountain Andalusian village? I've seen Guadix. He laughed. 'That's a metropolis. They have buses and a cinema. They have no money but they do have spirit. No, I mean the really forlorn Andalucía. You haven't seen it and you can't know.
El Guadix de Walter Starkie
El irlandés Walter Starkie, en los albores de la Europa entreguerras, se dispuso a camuflar sus atuendos de profesor del Trinity College y adentrarse en las aventuras que en este lado del Mediterráneo le depararían. Armado con su violín, a veces extinto de alguna cuerda, y los conocimientos de haber leído a viajeros anteriores, Starkie no podía perderse el exotismo presente en Granada, en sus cuevas del Sacro Monte y en la Alhambra. Naturalmente, allí fue recomendado, y entre estos apuntadores se encontraba Manuel de Falla, para visitar Guadix y su entorno, que en aquellos años veinte aún rezumaba el aire de un siglo anterior.
Habiendo pernoctado en su travesía desde la capital en la precaria venta del Molinillo, se adentró en tierras de Guadix por Diezma, Darro y Purullena, llegando al anochecer a una posada accitana digna de mencionar la atención y recibimiento que tuvo*. Desde luego sólo faltan piratas a sus andanzas, o enjaretados bandoleros, en este plano de picaresca, que no se hallaba en los libros sino en la vida real, propia del siglo de oro español. "El principal interés de mi visita a Guadix era ver las cuevas de los gitanos en la Cañada de los gitanos" cosa que hizo, no sin antes llevando un enlapado escudero gitano, Quitolí, que lo guiaba por las calles y se beneficiaba del irlandés a costa de numerosos vinos por su labor**. Sin embargo, fue gracias a él por lo que llegó a las cañadas de las cuevas, cuya descripción sobre el lugar se asimilaba al encuentro de una civilización perdida:
A través de varias calles llegamos a un conjunto de covachas que parecía una conejera. Por la noche las cúspides de las montañas con cavernas como colmenas en su falda hasta el ápice, producen un efecto fantástico, parecen volcanes en erupción interna que lanzan entre su lava infinidad de fulgores. Se dice que la mitad de los habitantes de la ciudad viven en aquellas viviendas subterráneas. Muchas de ellas son más lujosas que las de Sacro Monte, porque tienen ventanas y puertas de ladrillo. Nosotros, sin embargo, pasamos de largo por estas suntuosas cuevas y subimos a otras más distantes que son tan primitivas como las de los Pieles Rojas.
Magnífica incursión por las cárcavas trogloditas, caóticas, enjambradas y laberínticas. Y no sólo recae en su fisonomía el atractivo. Un palpitante magnetismo invocado abducía al forastero a sumergirse en su entorno: un gitano batía el metal en el yunque cantando un martinete mientras trabajaba. En un pronto, Quitolí lo llevó al funeral por un niño, cuyo velatorio arrancado por jaleos, se llenaba de soles y oles en una fiesta de madrugada. La perplejidad del irlandés no tenía parangón***. Aquí la muerte era una brecha ausente que congregaba a familiares, amigos y vecinos para despedir al mortal infeliz hacia la divina legítima gloria. Allí conoció a Juan Bermúdez Heredia, alcalde de los gitanos, juez y mediador entre las autoridades payas. Una solemne institución respetada por la comunidad. También a la Serafina, la Coroca y la Triné, embajadoras de erotismo y suntuosidad, maestras del zorongo, zarandeo, tanyana y manguindoy, cuyo arte era el éxito de su subsistencia.
Ajeno a este espacio místico y tenebroso como pudieran ser las cuevas profundas de Guadix hace ahora cien años, Starkie también tomó contacto con la ciudad y sus tertulias en el café principal, populosas y coloridas****. Nada que ver con la experiencia sensorial que le despertaron los gitanos de la cañada en aquel lugar ilícito, primitivo y legendario. La ruta de las cuevas calés se convirtió para este violinista irlandés en un fósforo encendido en la noche de su memoria, cuyas impresiones no podrían haberse titulado de otra manera como así fueron: Don Gitano.
Fotografía de portada: El Velatorio de López Mezquita (1910) Museo de Bellas Artes de Granada.
Resto de fotografías: Guadix en la década de 1920. Obtenidas de la Fototeca virtual de Guadix, cortesía de Antonio Cuerva Hernández.
Sobre la traducción que en 1944 hace su amigo Antonio Espina: Don Gitano. Aventuras de un irlandés con su violín en Marruecos, Andalucía y en la Mancha.
*Al llegar a Guadix me hospedé en una humilde posada de jornaleros donde la cama costaba 1,50 pesetas. Para comer me dieron cabrito y tomate, rociado con excelente vino tinto, que sólo costaba a diez céntimos el jarro. La posadera, una mujerona gorda, insistió en que probase otro delicado plato favorito de los andaluces: perdiz sin güeso. Yo esperaba un ave, pero lo que vi en mi plato fue una patata sin pelar. El plato es sencillo; se toma una patata asada, se le unta de ajo añadiéndole sal y pimienta y se obtiene una perdiz sin güeso; comida digna de un pobre músico ambulante, y práctica porque sólo cuesta diez céntimos.
** Mi primer encuentro fue Quitolí, un hombre achaparrado, bizco, feísimo, con una capacidad ilimitada para la bebida. No le elegí por gusto, pero una vez que nos conocimos no hubo manera de quitármelo de encima. (...) Su cooperación me trae inevitables altercados. Él bebe por tres, yo por uno.
*** El aire pesaba con los olores de sudor, cera derretida y el aroma de las flores. Yo quedé petrificado contemplando aquella patética serie estatuaria de rostros inconscientes en medio de toda aquella grotesca orgía de saltos, piruetas y danzas. Un hombre, empujándome, entró en la cueva, sacó un frasco de aguardiente que llevaba escondido, bebió un trago y después, acercándose al cadáver del pequeñuelo, le roció la cara. Brillaba el líquido al escurrir por las pintadas mejillas.
****En el Café Pasajes, las tertulias de ambos bandos se colocaban en sitios opuestos y yo como extranjero me colocaba allí donde los ángeles querían llevarme (...) Al principio no advertí la tensión existente entre los dos partidos, pero en cuanto el vino se subía a la cabeza, según pude advertir, las lenguas se desataban y un combate de invectivas se cruzaba entre ellos.
El Guadix de Merrill Mclane
A Merrill Mclaren, inmerso en unos estudios de antropología por The American University, le sugirieron un proyecto desafiante que consistía en averiguar el motivo por el cual la etnia gitana, en sus quinientos años de presencia en España, no se había integrado -asimilado culturalmente- a la sociedad como otras minorías (judíos y moros)*. La pista del lugar donde hallar la respuesta la ofrece una reseña, cuarenta años antes escrita por el irlandés Walter Starkie, quien en su obra Don Gitano (1936) apunta que no podría ser otro este enclave que Guadix, cuyo barrio de cuevas, a modo de gueto, albergaba aún con absoluto esplendor la vitalidad de esta comunidad.
Bajo esta misión en el brazo, Merrill llegó a la ciudad en la década de 1970. Se alojó en el Hotel Comercio, tomando tantas notas de la impresión que le causó este lugar que le ocupó el primer capítulo de su libro East from Granada (Al este de Granada). No podía ser otra la bienvenida y el recibimiento. Hubieron de esperar a que un parsimonioso carro tirado por dos mulos se apartara para entrar por la puerta: "el diminuto recibidor, desierto a excepción de numerosas moscas, estaba amueblado con cinco o seis sillas y dos mesas, en una de la cual había una pila de revistas y el Ideal del día. Además de dos jaulas con canarios". La ternura que impregna al americano de este lugar es tal que pasa del asombro a la adoración en los días que se hospeda. Se le confiesa que ese aspecto de capa caída se debe a la fugaz edad dorada en la que los comerciantes hacían de aquellas salas sus embajadas para los negocios previstos en la ciudad. En cambio, fueron esos días en los que Guadix se mostraba tan primitiva como genuina. La decadencia se disponía sobre la recordada Huerta de los Lao (San Eduardo) o en la prístina ermita de San Sebastián, en la que Merrill apostó que para este siglo no seguiría en pie, y contra fortuito pronóstico no se cumplió. El mercado del sábado fue otro de los atractivos que más influyeron en el retrato vívido que se iba haciendo sobre la ciudad, a galope de los caballos allí presentados, con su coro de vendedores, sus olores y variopintas personalidades.
Sin lugar a dudas, la arteria principal y la orquesta que sonaba en aquel centro neurálgico era la calle Ancha. El Dólar con Don Florián; Antonio, el zapatero (aún no era el Chato el doce); y El primero de abril con Pepe Falco, quien será anfitrión y guía por excelencia. Sobre este respecto, Merrill hace un inciso en el que comenta que en Guadix, como en otras ciudades, después de 1939, por simpatizar con el régimen, calles y tiendas cambian de nombre (Falco recibió el traspaso de la librería Primero de Abril de una franquista, en la entonces calle Jose Antonio). Merrill es llevado a su destino, las cuevas, quien habla con los gitanos, llegando a que Ramón de la Toñica y conociendo a sus parroquianos. Simpatiza y le fascina el denso aire de fraternidad que orbita entre ellos, sus historias y sus expresiones. Algunas palabras en romaní incluidas en su dialecto. No queda exento de conocer alguna trifulca o contencioso latente entre calés. Se comenta el Cascamorras, le entusiasma abiertamente la gastronomía, así como la "mesa camilia"**.
Visitan otras localidades como Cortes y Graena, Hernán Valle, Huélago, Fonelas, Baza, Benalúa, hasta encontrarse con la romería de San Torcuato en Face Retama. Excursiones sucesivas por los alrededores, la subida a la rambla Baza, hasta la Cueva del Monje -bajo una experiencia mística en el arrebol accitano, en custodia del poeta-kiosquero José López- o a ver los perros ahorcados cerca del cementerio, a los que dedica otro capítulo de su libro. Este episodio, cotidianeidad en aquellos tiempos, era un trágico modus operandi que no se correspondía con la generalidad y el cuidado que se tenía con los animales propios, pues es un tema que causaba controversia y terror por los dueños. Merrill afirmaba que "algunos habían estado allí por mucho tiempo, y en el seco aire andaluz se habían momificado". Esto también era Guadix, que no empaña la imagen que Merrill había reposado sobre el carácter y personalidad de la hoya. Así, trabó gran amistad con muchos de sus acompañantes, creando un recuerdo profundo para este recóndito lugar, un Comala o Macondo, que traspasa y conmueve.
Estas fotografías pertenecen a su libro East from Granada, y fueron tomadas por él mismo.
*This came about after I had retired from the Federal government and was doing graduate work at American University in anthropology. The faculty suggested that a challenging project would be to try to find out how the Gypsies had avoided assimilation during their five hundred year's stay, outlasting Jews and Moors.
** One cool evening they introduced me to the mesa de camilia (brazier or fire box) placed under the table in the living room to warm the bodies of the ones sitting aroung the table. The heat was retrained by a heavy tablecloth that fell to the floor. Years before, they used charcoal, placing slices of lemon or lavender on the charcoal to give it a pleasant odor.
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