Lugares con historia: Hospital Real de la Caridad




Los museos son las instituciones en las que más confianza deposita la sociedad. Su valor divulgativo, de servicio público, conservación y restauración del patrimonio, los convierten en centros referentes donde se apuesta por la cultura y el impacto que ésta pueda causar para beneficio de la sociedad a la que se acerca. 

Muchos son los lugares llenos de historia con los que convivimos y a los que negamos su interpretación. Los olvidamos y relegamos a un uso meramente decorativo de la vía pública, a pesar de su estado ruinoso. Sus fachadas se desmoronan y el interior, que un día estuvo lleno de vivencias, queda relegado a un vacío por donde danzan las palomas. Quizás por medio de la nostalgia o la curiosidad, alguien vuelve a poner su atención en ellos. Es uno de los peores silencios a los que sometemos nuestra historia. De este padecimiento no se libraba tampoco el Hospital Real de la Caridad de Guadix, un insigne enclave que ha prestado servicio a la ciudad desde la reconquista

Esta institución fue fundada por los Reyes Católicos, sirvió para alimentar a pobres y hambrientos, así como cuidar enfermos y hospedar transeúntes. Servía de paritorio y también de orfanato. Toda vida nacía y moría entre sus paredes. Más tarde, su demanda obligó a trasladar la sede al lugar donde hoy se encuentra el Museo del Hospital Real de la Caridad, el Colegio Jesuita de San Torcuato. El edificio tiene unas peculiaridades que lo hacen único para la ciudad y a la vez es mismamente el ejemplo de lo que la ciudad fue. Se construyó sobre los restos romanos del antiguo pósito. La Guadix romana, la Julia Gemella Acci, nudo de la vía Augusta, es un gran asentamiento a cuyos ciudadanos se le otorgó los mismos privilegios como si de la misma Roma se tratase. Con la rehabilitación del edificio, este espacio arqueológico se integró de una forma muy satisfactoria, pudiendo evidenciar este guiño de la historia. 

Por otra parte, en la iglesia que forma parte del complejo arquitectónico, de cruz griega, se construyó la primera bóveda en este tipo de edificios de la ciudad. Hasta entonces todas habían presentado un aspecto de nave con artesonado mudejar, a excepción de la catedral que aún seguía en construcción por aquel entonces. Así mismo, aun habiendo sido San Torcuato el fundador de la primera diócesis en la península y nombrado patrón de Guadix, no se había hecho un templo en la propia ciudad a su advocación hasta la llegada de los jesuitas. 

En esta nueva sede el hospital continuó en funcionamiento hasta los años ochenta del siglo xx, cuando ante las necesidades de crear un espacio más acondicionado a las últimas tecnologías, se inaugura en la ciudad un centro de salud más actualizado a las demandas de los usuarios. Entonces el edificio cerró y las monjas de la Caridad dejaron de ejercer el encomiable servicio que habían prestado para los accitanos y accitanas. Treinta años después, el Hospital Real de la Caridad abre sus instalaciones con la adaptación musealizada de algunas de sus salas, con el fin de dar testimonio de la función que tuvo y de lo que supuso su presencia durante los siglos que se mantuvo en activo. 

Sus curiosidades, particularidades y demás anécdotas pueden verse en este espacio, que no sólo custodia con orgullo su pasado, sino que su renovada vocación de Centro Cultural Abierto presenta nuevos retos y aportaciones para el futuro. 




Hospital Real de la Caridad

C/ Hospital 8
Guadix, Granada

La Unidad de España


La Unidad de España es sinónimo de éxito. Ahora bien, que eso ocurra, poner a todo el mundo de acuerdo sólo puede pasar en contadas suerte de ocasiones. Cuando los franceses nos invaden, Franco muere o gana la selección la copa del mundo. Es una unidad muy exquisita. Sucede que todo se logra. No importa cuál sea la dificultad del conflicto, que si los planetas se alinean y hay un motivo nacional para unirse, a España no le van a faltar fuerzas. Pero claro, como practicaba Velázquez, daba unas cuantas pinceladas de maestría y se echaba a dormir. Genética patria la del Vuelva usted mañana.

Es en el episodio de la transición española donde todos los españoles tienen grabada la idea y admiración de que la unión hace la fuerza. Un episodio lleno de carisma, emoción y leyenda que subraya la mitológica y azarosa hazaña que fue conseguirla. Años complejos que llegaron a fraguar un sistema digno de lo que el país y su gente merecía. Echando la vista atrás, se coronará en el fervor popular al presidente Adolfo Suárez como maestro de ceremonias de aquella encasquillada España que debía dar un paso al frente si quería salir de la gris condena. Fue un mazazo, como el que le dieron al muro de Berlín, que derribó dialécticamente un púlpito que diseccionaba el territorio en buenos y malos.

El Rey Juan Carlos obró en consecuencia de las directrices de su padre. Se desvinculó de la política atendiendo a la experiencia del último rey, su abuelo Alfonso XIII. Por ello, tuvo a un Cánovas a su lado que forjara una política inexistente. Acudió a su íntimo amigo Adolfo Suárez y a Torcuato Fernández Miranda. Ellos eran la voz del Rey. Traer el divorcio, hablar con los independentistas o abrir las puertas a los comunistas. Se empezaba a restablecer la España de todos. Pero esta triada no fue la única artífice de devolver a cada español la soberanía prisionera. Ni Suárez por sí mismo, ni el rey por mucho rey que fuera habrían podido trabajar solos por tal envergadura. Aquí tenía que estar de acuerdo la inmensa mayoría para poder hacer frente a un proyecto común de tan grande magnitud. Útil y duradero.

Así y en primer lugar, el Partido Comunista que había sido el diablo rojo y mal supremo para los franquistas, supieron atesorar talante sin buscar revancha. Su papel no fue pasivo, sino decisivo. Sin ellos y los republicanos, no habría existido la moral de contención que serviría de doblecambio a la dictadura. Ellos traían aquel aire revolucionario, el recuerdo del martirio y la expulsión como judíos. Carrillo y la Pasionaria tomaban asiento en su escaño cuarenta años después por el Congreso con todas las garantías, delante de aquellos que los habían señalado como enemigos de guerra. Diputados como Tamames se habían hecho comunistas, siendo conservadores, porque era el único partido que iba en contra del franquismo. Ellos supieron retener y guiar a los republicanos comunistas exiliados en esta idea de la nueva España. Ver a Alberti, habiendo sido uno de los encargados en evacuar el Museo del Prado, junto a María Teresa León, durante la guerra civil. Ser compañero de los asesinados Lorca y Miguel Hernández. A los padres de la memoria como fueron Unamuno y Machado. Detonó el silencio contra Jacinto Benavente o Juan Ramón Jiménez. Corrió las cortinas para que entrara la luz de Picasso. Hasta entonces sólo el surrealismo de Dalí tenía patente en el régimen, y después del mismo Franco el que más No-Dos protagonizó.

Por su parte, Felipe González con el Partido Socialista, y doscientos escaños cuando gana las elecciones, establece una hoja de ruta progresista situando a España en los niveles de los países de primer nivel. Si Suárez es el encargado de coger la llave hacia el nuevo sistema, es González quien abre la puerta. El primer gobierno socialista estuvo más de diez años. No tenía oposición. El pueblo premió su liderazgo de la izquierda, apostando por un candidato joven y decidido a ilusionar al país.

Otro importante personaje fue Marcelino Camacho, sin él y su aprobación, sin el consenso con los obreros y proletarios, una huelga tras otra se habría sucedido. Mayo del 68 había incendiado París, a España llegó con cuentagotas, pero sin el miedo de la represión hubiéramos tenido chalecos amarillos con detalle durante toda la transición. Son los obreros y la población trabajadora la que consigue reivindicar los históricos Estatutos de Autonomía. No es un regalo que saliera de ninguna cámara parlamentaria. El propio Tarradellas recién llegado del exilio confía y da garantía a las palabras del rey. 

Quien no puede quedar atrás es Tarancón. El poder de la iglesia, con diecinueve millones de personas yendo a misa los domingos en aquel entonces, era fundamental en España. El cardenal que hizo llorar a Franco amenazándole con la excomunión, fue el responsable de apaciguar un rebaño de conservadores y falangistas que pedían su cabeza (Tarancón al paredón, se decía). Pero es indudable que sin su figura España no habría llegado a buen puerto. Cuando se reunificó Italia y el Papa condenó la privación de la soberanía de los Estados Pontificios, ordenó a los católicos, es decir, a la inmensa mayoría de italianos, a no votar ni formar parte de ese sistema político. Claro está, si los italianos no votan, qué democracia iban a tener para la nueva Italia. Pues ya tenía Victor Manuel II la jugada del Papa hecha. Hasta los Pactos de Letrán, casi sesenta años después, no se levantó ese veto oficial.

Mas no se puede olvidar tampoco la figura de la propia familia Franco. La que había sido la familia más mimada y privilegiada durante el régimen era relegada y 'jubilada'. Asumida en el ostracismo nacional, sólo los benefactores y afortunados que habían engrosado sus carteras les dirigían la palabra. Aún así, si la hija del general no hubiera leído públicamente el dictamen de su padre, como solemne recordatorio post mortis deseo de ley, casi aún de cuerpo presente, de que Don Juan Carlos fuera rey, el ejército se habría hecho con el poder del que disponían y habrían calibrado otro futuro para todos nosotros. Un testamento que no agradaba a una cúpula apodada el búnker, por la obstinación que procesaban. El apoyo incondicional de militares como Gutiérrez Mellado al nuevo sistema, que fue uno de los que paró el intento de golpe de Estado de Tejero, Armada y Milans del Bosch, la nación debe agradecerlo y recordarlo. Insólito fue ver cómo un bigotudo teniente entraba cargándose a tiros la escayola del techo del Congreso, pero más insólito fue cómo, escondidos los diputados, un señor mayor, enjuto y endeble, siendo tambaleado por la guardia civil, exige parar aquello de inmediato. El único que tenía en aquella sala el respeto militar para amedrentar a los asaltantes.

De esta manera, siete padres fueron los que crearon la Constitución. Todos ellos de distintas ideologías y formaciones políticas. Todos a una en la España sin rencor. Una lista comprendida por un monarca orquestando a políticos conservadores, socialistas y comunistas, sindicalistas, independentistas, curas, franquistas y militares. Esa es la verdadera unidad de España. No es cuestión de una imposición territorial. No es una lengua. España es todo y todos. Ningún gentilicio es ilegal y cada uno desde su propia perspectiva puede aportar al proyecto común en el que España está trabajando. Desde las ciudades autónomas e islotes de África, el Sáhara manquepierda, los archipiélagos en el Mediterráneo y el Atlántico, la propia península o aquella micronesia que quedó en el olvido pero que aún tiene vigencia española. Todo eso y todo lugar en el que una mujer y un hombre comulguen con la lengua de Cervantes, Verdaguer, Unamuno o Rosalía de Castro llevarán parte de España en ellos. Porque no es más español Madrid que Ceuta o Logroño, Vigo y Sabadell.

Con la vista en nuestros días, en el que existe un Gobierno de Coalición con la ayuda de controvertidos grupos del Congreso no es algo que deba extrañar, sino parte de ese milagro español que surge cuando la unidad llama a la puerta. Ojalá el resto de sectores quieran negociar y consensuar, aportando su granito al futuro que nos espera. Me quedo con las palabras de Almodóvar en la última gala de los Goya cuando se refirió a Pedro Sánchez y le dijo: Espero que le vaya bien, porque así nos irá bien a todos los demás. 


Sevilla




Sevilla es la ciudad donde palpita el corazón de España. Ella en sí es un piropo. Su galantería corteja a cualquiera que ponga pie en sus adoquines. Es una callejuela con azahar en su vuelo; una tarde taurina sobre el albero. Una calesa que lleva a la flamenca en abril a los Remedios. Tiene un lenguaje y estilo propio. Bendecida por todas las artes habidas, Sevilla es un verso que hila el cielo con la tierra. Un Murillo y un Velázquez. Santa Justa y Santa Rufina. Antonio y Manuel Machado. Los Bécquer y los Álvarez Quintero. Una saga de hijos que esparcen al mundo la semilla de la maravilla que puede ser la lluvia en Sevilla. 

Capitaneando Andalucía, hay cuatro puntales de los que uno no puede prescindir cuando se acerque a verla: 

La Giralda. La catedral gótica hermana las dos grandes culturas de la historia hispana: musulmana y cristiana. La torre, con su giraldillo a la cabeza, llegó a ser la construcción más alta en España. La belleza de su arquitectura sirvió de inspiración para que la Giralda tuviera una prima en Kansas City y otra en el antiguo Madison Square Garden de Nueva York. En Carmona también hay un campanario que se asimila a su peculiar morfología. En tierra, la catedral de Santa María de la Sede custodia los restos de insignes personajes como San Fernando, Alfonso X el Sabio o Cristobal Colón. Es el monumento más emblemático de la ciudad, al igual que sus vecinos Reales Alcázares, que ponen de manifiesto la importancia que este bastión tuvo durante los siglos habitados por los árabes. 

Plaza España. El recinto monumental de la plaza de España en Sevilla fue mandado hacer por Alfonso XIII para la Exposición Iberoamericana de 1929. Medida hasta el último detalle, sus azulejos llenan de esplendor este lugar en el corazón del Parque de María Luisa. Un pulmón de vida donde confluyen las tendencias más actuales con música tradicional. Entre Plaza España y la Catedral hay algunos importantes monumentos como el Palacio de San Telmo (la Moncloa andaluza), el histórico hotel Alfonso XIII o la Real Fábrica de Tabacos. 

La Macarena. La Esperanza Macarena es una de las grandes protagonistas de la tan conocida Madrugá sevillana. Su culto es muy extendido y conocido en todo el mundo. La particularidad de la imaginería que enluce esta leyenda viene dada desde su creación, ya que la talla del siglo xvii es anónima y popularmente se conoce que la propia virgen hizo la Esperanza Macarena. 

Por otra parte, las cinco mariquillas que porta al pecho la virgen son un regalo del torero Joselito El Gallo. Traídas desde París a principios de siglo xx, las supuestas esmeraldas tienen un estilo art-nouveau y fueron una de las tantas donaciones que el matador hizo a la imagen. Cuando Joselito murió en la plaza de Talavera de la Reina, por primera vez vistieron de riguroso luto a la Macarena, en contra de algunas opiniones como las del mismo arzobispo de Sevilla. Cuando se instaura la II República y hay un brote de anticlericalismo, muchos conventos de la ciudad fueron incendiados. El párroco de San Gil, refugió la imagen de la virgen en la tumba del torero, dado que si él se había encomendado tantas veces a la Macarena en la plaza durante su vida, ahora en la muerte fuera él quien pudiera protegerla. El único que sabía esta noticia de la desaparición y paradero de la imagen, por si al párroco le sucedía algo, era su cuñado Ignacio Sánchez Mejías. 

Triana. Es uno de los barrios más famosos y populares de Sevilla. Separado del centro por el Guadalquivir, el puente de Isabel II es uno de los enclaves más afortunados con unas vistas espectaculares de la ciudad. El atardecer es el momento idóneo donde poder apreciar sobre el propio río Gualdaquivir la Torre del Oro, la Maestranza y la Giralda en una orilla, y la personal y entrañable calle Betis que regenta la vereda trianera del río. Pasear por las calles de Triana te conduce a las entrañas de la misma Sevilla. 

Es una ciudad con una fuerte personalidad, llena de leyendas y de monumentalidad. Los vikingos la asolaron en cuatro horas. Para entonces estaban recién instalados los moros, pero la Giralda aún no había tocado el cielo. Siglos después su luz y el color albero dominan el embrujo sevillano. 

Y tiene además Sevilla, y no de mentirijilla, una gracia y un seseo, 
una juerga y un jaleo, y un olé que es de Sevilla. 


Revello de Toro




Al fondo de una discreta plazoleta malagueña, a las espaldas de la catedral, miles de personas pasan diariamente por su lado sin percatarse de que allí, en todos los siglos que le vencen, se encuentra la casa del insigne artista Pedro de Mena, y en ella hoy queda custodiada la obra de D. Félix Revello de Toro. 

Esta simbiosis artística continúa la tradición de sus muros, de percibir el vibrar de las manos maestras, bien al cincel, bien al pincel. Y hoy el de los visitantes que se acercan a sentir, en un rincón de silencio en pleno centro de la ciudad, la paz que por defecto rezuman los cuadros de Revello de Toro. Son mujeres las que llenan los muros. Son las auténticas protagonistas de esta colección. Sus retratos se suceden por las diferentes salas, creando una atmósfera de intimidad y ternura; miradas cómplices y medidas. A lo largo de su experiencia, el pintor ha creado un lenguaje visual que sitúa la figura en un fondo evaporado. Es la sombra y la luz que arroja la persona las que dictaminan el espacio. Algún detalle o esbozo. Hay amor y amistad. Hay respeto y cercanía. Toda una liturgia se halla en el retrato, siendo el propio óleo el que advierte del protocolo con el que verlo. Las mujeres de Revello de Toro parece que siguen la senda del maestro Julio Romero de Torres o George Wynne Apperley. Una continuación de la apreciación de la grandeza femenina percibida en su movimiento, expresión y figura. Una actualización que desconecta con un discurso tradicional para mitigar el peso terrenal y alzarlas en un pedestal de delicadeza y admiración. En Mis Tres Gracias (1986) inspiradas en las de Rubens, se aprecia el cambio en el discurso hacia un toque de realidad que no se aleja de la divinidad, mitología y elegancia que inspiraron al flamenco. Un guiño a la academia clásica salta entre los cuadros en recuerdo de aquella disciplina que le dio los dotes con los que desarrollarse como artista, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando y el honor de la de San Telmo. Es la tela que las envuelve un toque de temporalidad en un capítulo donde la desnudez tuvo un lugar. Sin mantilla o folclores, se abren las puertas de la alcoba para asumir la soledad, la fiereza y la compasión. 

No es lo único a lo que se ha enfrentado Revello de Toro, aunque podemos asumir que sí a lo más complejo. Su pintura recoge retratos del matrimonio Franco, de los Reyes Juan Carlos y Sofía, incluso al entonces príncipe de Asturias siendo un niño. Por sus pinturas cabe la España del siglo XX y las figuras que marcaron el devenir político y social de una época. Militares como Gutiérrez Mellado o los miembros del Comité Olímpico Internacional, entre los que destaca su buen amigo Juan Antonio Samaranch, son un ejemplo de esta extensa muestra. Carteles de la Semana Santa malacitana, escenas o bodegones completan el compendio que atesora el haber de este pintor durante su casi centenaria trayectoria. 

No hay riesgo al afirmar que la obra de este pintor malagueño tiene su impacto en las mujeres que inmortalizó. Musas con piel de óleo que seducen al visitante hasta la ebriedad. Un paseo por la casa-taller del imaginero Pedro de Mena para descubrir y adentrarte en la mirada de Revello de Toro.





El sueño de la razón



A D. Francisco de Goya y Lucientes se le reconoce su grandeza por la vigencia de su obra. Por la capacidad de sobreponerse al estilo de su época para plasmar la agonía que le rondaba. Tuvo el acierto de retratar con la misma verdad a la familia real como a sus propios miedos. La ilustración en la que creció anteponía la razón al misticismo y devoción que consumía España en analfabetismo. Ante el abuso e insistencia de la lógica, despiertan las sombras que permanecen inherentes a la locura, que emanan de la oscuridad del alma y que visten de crueldad la realidad esquilmada. 

Comprometido como un corresponsal de guerra, empieza a empaparse del día a día de cainísmo y venganza que derrota a la humanidad. No existe misericordia entre los garrotazos. Excesos y violaciones que empobrecen. Esta rutina de desgaste moral decepciona y enferma al pintor, el cual, tres años antes de su muerte escribe una carta a su amigo Joaquín María Ferrer diciendo: "Agradézcame usted mucho estas malas letras, porque ni vista, ni pulso, ni pluma, ni tintero, todo me falta y sólo la voluntad me sobra". Es la voluntad la salvación artística de Goya, que no se pierde cuando no hay orden, sino que él sigue el dictamen de su creación. 

Goya se había envenenado con la preparación durante años del blanco albayalde con el que pintó tanto en su primera etapa. Rico en plomo, este compuesto inhalado en el proceso de majado conllevó a asentarlo en su sordera y delirio. Esto lo hizo adoptar una sensibilidad mayor, yendo más allá de lo físico, de lo carnal. Era el aura y la atmósfera. El temor y la pena. La prisión y la condena. Criticó la indolencia, la vejación con la vejez y la insultante opresión hacia las mujeres. En sus dibujos acompañó frases afiladas que punzaban en la conciencia. Ingenió pintura y literatura para hacer del arte un vehículo que pudiera hacer reflexionar a sus coetáneos. Él era la fábula, en un instante, con todas sus criaturas.

En 1815, aun habiendo pasado la depuración de Fernando VII, el rey lo jubila y lo sustituye por Vicente López. Éste revés sacudió en tormento las esperanzas de Goya por conquistar la corte, como lo había hecho con Carlos IV. Recluido en la nueva Quinta del Sordo, hace un ejercicio íntimo de pintar frescos de la propia finca por expiar o materializar sus miedos y perturbaciones. Justo a la entrada, en el recibidor, pintó a Doña Leocadia Zorrilla con mantilla, una mujer meditando enlutada sobre la muerte. Ausente, sin carácter en el rostro, pareciera un ánima que señala y augura la presencia inexcusable de la parca. Una espera fiel y constante. Un destino consciente para el maestro por su abandono y vejez para el que sólo el tiempo sería árbitro de sus últimos momentos. Cuando todo estaba hecho, las pinturas negras cobran vida. 

La segunda pintura negra es Saturno devorando a su hijo. Nace el expresionismo. Goya va más allá de toda representación. Reina el hecho, la acción. El poder ha consumido sus hijos, un mensaje político. No es algo casual. Hay una intención. Saturno con alevosía y premeditación actúa. Y todo este miedo, esta sensación amedrantada de ser castigados se ve en el resto de frescos como El Aquelarre en los que la población se reúne pavorosa enfrente del mismo mal. En cada sala del palacete existe una presencia retratada por Goya. Vigilado por sus pesadillas hasta que se exiliase a Burdeos. La razón que tanto se invocaba, idolatraba y perseguía dónde está. Dónde quedó la salvación. En la ausencia de la luz, todas las bestias impacientes salen de sus cavernas e imperan. El sueño de la razón produce monstruos. 



Jaén



Entre castillos y olivos se asienta Jaén. Una tierra que sin costa, se ve envuelta en un mar centenario. Peinado por el aire, sus olas braman dominando colinas y cerros escarpados. Un paisaje único que cosecha el mismo oro de sus olivares. 

Acontecen aquí grandes batallas que marcaron el devenir de los tiempos. Las Navas de Tolosa (1212) abren paso el valle del Guadalquivir a las tropas cristianas. Al poco, San Fernando entraría en la capital y el reino de Jaén, con sus fortalezas y castillos serían una importante frontera con el reino de Granada. La Batalla de Bailén (1808) enfrenta las tropas francesas del general Dupont con las de resistencia del general Castaños. El punto de inflexión que comprometería a Napoleón en su ocupación. Por tanto, y sin duda alguna, esta es una ciudad con abundante historia para consigo y el resto de España. 

Hoy sólo queda sombra de aquel gran esplendor que se custodia con recelo en la catedral de Andrés de Vandelvira. Un penacho que se alza sobre la masa contagiada en el poco aprecio al exquisito gusto que tanto honor hizo el renacimiento. La falta de respeto y protección a sus espacios se extiende al casco histórico, salvándose un puñado de esquinas que tienen por obligación ser lo que fueron. Iglesias y palacios tienden a seguir guardando una imagen fiel de sí mismos. Aunque sus barrios ya emprendieron un camino por actualizarse sin contexto.

En cuatro apuntes se descubre la realidad mágica que se puede ver en la ciudad de Jaén: 

La Catedral. Obra original de Andrés de Vandelvira, sella su estilo en la Sacristía y Sala Capitular. Su fachada barroca presidida por Fernando III, el Santo, sus capillas interiores y el coro son un conjunto artístico de excelente calidad. En este templo dedicado a la Asunción de la Virgen, se encuentra el santo rostro o santa faz, una tablilla-reliquia que plasma el considerado como rostro auténtico de Jesucristo cuando la Verónica le secó en el Calvario sus lágrimas. Este edificio es referencia y símbolo junto con el castillo de Santa Catalina, fortaleza árabe que hermana las dos culturas que durante el pasado milenio han convivido en la ciudad. 

Los Baños Árabes de Jaén son los mejores conservados de toda Europa. Ubicados en la parte baja del Palacio de Villardompardo, este espacio está dedicado a fines museísticos en los que se encuentra este recóndito emplazamiento de la historia, residente de silencio y retiro. De grandes dimensiones, estos baños continúan siendo notarios del esplendor musulmán que gobernó la  taifa de Jaén en la edad media. En el barrio de la Magdalena también se encuentran numerosas iglesias de gran valor arqueológico y artístico, así como leyendas que conjuran la mística de la ciudad. Entre ellas se encuentra la del Lagarto, una exótica leyenda que consolida la bravura, embrujo y antigüedad de sus gentes. 

La Mella. Los alrededores de Jaén gozan de un valor paisajístico muy interesante. Entre este mar de olivos sobresalen montes y colinas. Una de ellas, coronando la ciudad, es la Mella, un paraje en altura desde donde poder apreciar a vista de mirador el castillo y la catedral. Un refugio que, a golpe de halcón, hermana la geografia de las vecinas localidades de Mancha Real, Úbeda o Baeza.

Sus bares y su gente. Jaén es una tierra que de primeras conquista con el pan con aceite. Y prosigue con un reguero de bares que se derraman por toda la ciudad. Desde San Ildefonso al Parador pasando el Postigo o la Peña Flamenca, la gastronomía jienense es de gran calidad. Y qué mejor combinación que disfrutarla con amigos. La gente de Jaén ha cautivado a este trotamundos de las artes, todos los buenos con los que me reuní y coincidí en Madrid se volvieron familia. No hubiera pensado en darme la oportunidad de descubrir esta ciudad si no fuera por ellos.




Las Colecciones Reales




2020 se precipita con grandes cambios. Trae consigo un futuro palpable en el que se hace posible una actualización del siglo XXI. Madrid, sin ir más lejos, metamorfoseará su imagen hacia una ciudad renovada, comprometida y consolidada de los retos que en este tiempo despiertan. A esta nueva cara, cuyo pistoletazo lo dio Manuela Carmena con la reinauguración de la Gran Vía, se unen las obras en Plaza España; la apertura del céntrico complejo Canalejas; la ampliación del Museo del Prado por Norman Foster en El Salón de Reinos; la polémica nueva intervención de las Torres Colón(Lamela, 1968) que lo convertirá en uno de los rascacielos de consumo casi nulo de España; la torre Caleido se sumará al equipo de Cuatro Torres, los rascacielos más altos de la capital; y lo más importante, el Museo de las Colecciones Reales estará a punto para abrir sus puertas. 

A los pies del Palacio Real y la catedral de la Almudena se encuentra la obra de Tuñón y Mansilla, (2016) a posteriori Tuñón y Moreno, premio FAD y de Arquitectura española en 2017. Este espacio será el responsable de custodiar la valiosísima colección perteneciente a los monarcas de las tres principales dinastías de este país: Trastámara, Habsburgo y Borbón. Patrimonio Nacional confía a este proyecto la reubicación de las grandes piezas de incalculable valor artístico que quedan dispersas por los diferentes Reales Sitios. Unificada su localización, provoca que el Museo de las Colecciones Reales sea uno de los más potentes junto con el Museo Nacional del Prado. Una inauguración muy esperada y deseada en el mundo del arte, que tras la adjudicación a Telefónica y Empty el diseño de la museografía podrá ver la luz muy pronto. 

 Entre las obras maestras más deseadas se encuentra el Políptico de Isabel la Católica (Juan de Flandes, 1504). Las tablas, a la muerte de la reina, fueron desmontadas y dispersándose durante los años entre compras y herencias. Considerado como el 'más fino y delicioso evangelio ilustrado conocido' hoy las Colecciones Reales conservan quince de ellas. La túnica de José (Velázquez, 1630), pintada en su primer viaje a Italia junto con La Fragua de Vulcano, estas dos piezas fueron a adornar el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV, hasta que este óleo fue mandado por Mariana de Austria a la muerte del rey al Real Monasterio del Escorial por su significado religioso. El manierismo y delicia del Martirio de San Mauricio y la legión tebana (El Greco, 1582), la exquisitez del Martirio de San Lorenzo (Tiziano, 1567) o la sobrecogedora Salomé con la cabeza del Bautista (Caravaggio, 1607) son parte de las grandes obras maestras que podrán ser vistas por el público en este museo. Junto a ellas, Patrimonio Nacional mantiene en depósito el Lavatorio de Tintoretto, varias obras en distintos formatos del Bosco o el Descendimiento de Van der Weyden en el Museo del Prado. Así mismo, es comprometida la elección de las piezas que irán definitivamente en el nuevo museo y cuáles seguirán imperturbables en los Reales Sitios. 

Los archivos de esta colección se extienden más allá de la pintura y la escultura. Abarca todo aquello que esté catalogado perteneciente a Patrimonio Nacional, donde figura porcelana, carruajes, relojes, mobiliario, falúas o abanicos. A destacar de la Real Armería la significativa colección de borgoñotas y armaduras del emperador Carlos V; el tapiz que representa el triptico del Jardín de las Delicias del Bosco, en mayor formato, tejido en oro, plata, seda y lana; imaginería de Mena y un crucifijo de Bernini; el cuarteto Stradivarius; o la Góndola Napolitana de Carlos II. 

El rey Juan Carlos I lega durante su reinado la parte de la colección más moderna. Alfonso Guerra mandó a Rafael Canogar encargarse de dicho proyecto, y en las últimas décadas del siglo pasado se sumaron a este histórico catálogo obras de Sempere, Chirino, Guinovart, Genovés, Muñoz, Guerrero, Saura, Barceló y el propio Canogar. La polémica se mantuvo durante años cuando el rey se encaprichó de El Atleta Cósmico (Dalí, 1960), y tras una rocambolesca batalla, pudo mantenerlo en su despacho junto a un retrato de su abuelo, Alfonso XIII. Sin embargo, las piezas más recientes en formar parte de este equipazo de sobresalientes y únicos ejemplares son el Códice del Toisón de Oro y una cómoda de Gasparini de Carlos III, que había sido sustraída durante la invasión napoleónica, y que forma juego con una gemela que tenía Patrimonio Nacional. 900.000€ invertidos para dotar del merecido y cuidadoso esplendor a este proyecto. Un apropiado despertar, sin más dilación, para subrayar el incuestionable valor y compromiso que España mantiene, al cabo de los siglos, con la cultura.