La importancia del discurso
En cualquier muestra artística existe un hilo que hilvana
todas las obras y resalta la incumbencia que éstas tienen en el espacio
expuesto. Esta forma de guiar al espectador por medio de un recorrido visual o
musical se forma a través del discurso. La teorización colectiva de la muestra
envuelve bajo un mismo manto la pluralidad, las aristas, las convergencias y
las heterodoxias creando un único producto. El discurso tiene por tanto una
vital importancia. Su presencia bien trabajada hace que una bandera nazi en el
museo naval no desencaje ni cree controversia, al igual que las fotografías de
los generales que llevaron a cabo el levantamiento nacional en el museo Reina
Sofía. Los archivos y fondos artístico-documentales tienen un papel didáctico
que queda exento de reputaciones u opiniones vagas. El enigma de Hitler por
Salvador Dalí se escapa del escarnio público. En ningún momento nada se
enaltece, simplemente queda.
Sirviéndonos de esta tónica, los museos se ordenan bajo una lógica
que encuadra las colecciones en un contexto relevante para el público. Cuando
el contenido es muy variado suelen distribuirse las salas por temáticas (escuelas-artistas el Museo
del Prado, estilísticos-política Museo Reina Sofía); si el espacio permite cierta linealidad se puede
hacer buscando un hilo conductor temporal (Thyssen, Real Academia de Bellas
Artes, Museo de Historia de Madrid), como también suele ocurrir en exposiciones
temporales, ya que este formato es el más atractivo para un espectador que
espera la divulgación y el desarrollo artístico (Caixa Forum, Fundación Mapfre)
Es en esta última oferta, lejos de la fuerte institucionalización y bases
establecidas de los museos para con sus fondos, donde la complicación se
acrecienta.
Idear una exposición exige de creatividad y conocimiento. La
disposición, los recursos, la visión que se quiere ofrecer y por lo que la
galería en cuestión quiere destacar. Cuando se solicitan las obras a los
distintos museos las negociaciones suelen ser arduas, las pinacotecas custodian celosas sus cuadros y la falta de préstamos pueden desmontar la rigurosidad
de la exposición. Por ello, malabares dignos del circo del sol hay que hacer
para crear una muestra de altísima calidad. El Museo del Prado, de prestigio
absoluto, puede mirar de cara al Rijksmuseum para organizar en su segundo
centenario una colección que se componga con Rembrandt, Vermeer y Velázquez
(Miradas afines. Pensar que Las Meninas, La Joven de la Perla o la Ronda de Noche pudieran unirse en un mismo lugar es una fantasía que tendremos que desterrar). Un discurso sencillo asegura que el espectador pueda captar rápidamente
la idea de lo que va a ver. La fuerza en este caso la emite la calidad de los
lienzos. Pero la exposición tiene pinta de ser de ida y vuelta (un consorcio
para también llevarla al museo holandés) por lo que el Prado tampoco cede
grandes obras del sevillano. Es una exposición correcta. Destacando el par deVermeer y el restaurado banquete de Holofernes. La fortaleza visual y el contacto
que Rembrandt emite llegan de una forma embelesadora al público.
Al mismo tiempo el Museo Thyssen-Bornemitza inaugura su
exposición Balenciaga. Tenía el precedente de haber maravillado con una
cuidadosa muestra previamente sobre Sorolla y la moda donde los cuadros del
valenciano iban acompañados de la vestimenta que los modelos y las modelos
portaban en óleo. En este caso la intención era otra, aunque la intuición quería
caminar por ese sentido ya tramado. Un despliegue de Grecos, Carreños de
Miranda y sobre todo, un derroche bien avenido y espléndido de algunas de las
obras más destacadas que la Casa
de Alba tiene en el Palacio de Liria (a partir de septiembre podrá ser
visitado). Calidad incuestionable de los vestidos y de las obras. La exposición
cuenta con un material excepcional, mas el discurso no acompaña. El recorrido
es frágil y se apela a una obviedad que queda forzada. La inspiración del cítrico
en el manierismo del Greco o las casullas blancas de los religiosos de Zurbarán
para un vestido de novia, así como bodegones de garrafón para apelar a los
motivos florales es cuanto menos atractivo. La sutileza viste bien con la
elegancia, factor olvidado. Esta receta estaba cogida con pinzas, y aún así, son las obras las
que salvan el discurso, y no al contrario. Los óleos se dan la libertad de hablar entre ellos. La magia que transmiten las dos santas de Zurbarán (la santa Casilda del Thyssen y la santa Isabel del Prado) Y más allá que las obras, la
imponente Duquesa de Alba de Goya y la de Zuloaga, junto con Madrazos y Julio
Romero de Torres que apelan a la verdadera inspiración del modisto, a una
España que emana de su tradición, de la piel cetrina, de sus volúmenes. De sus glorias y de sus penas. Llegar
a la sala y enfrentarse al San Sebastián del Greco sin leer nada de la vida de
Balenciaga es una sobrada que ridiculiza el abolengo sonado y lucido de la
muestra. Si se estaba preparado para una recibida de un miura a porta gayola en
la plaza de Ronda, la realidad eran unos encierros en cualquier calle mayor
digna de España.
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