Stendhal erradicado




Florencia puede ser abrumadora. El poder artístico que custodia la ciudad es abusivo. La genialidad al servicio de la divinidad y viceversa han donado a la historia tesoros de incalculable estima. Siendo así, el escritor francés Stendhal, durante su primer viaje a Italia, narró en su diario la impresión que la Santa Croce le despertó así como el consiguiente malestar por tal admiración. Dicho lugar no es sitio menor, pues es el templo franciscano más grande del mundo, habiendo sido construido en tiempos del propio San Francisco. En su seno encuentran el descanso eterno figuras como Galileo, Maquiavelo o Miguel Ángel, además de aglutinar obras de un sinfín de artistas de la altura de Giotto, Bruneleschi, Giorgio Vasari, Canova, Bronzino o Donatello. Teniendo una sensibilidad significativa, se entiende que un caso como el de Stendhal, etílico por arte, se pueda padecer. 

La venida de unos años en los que la globalización tiene holgados cimientos es muy complicado que este fenómeno pueda sufrirse. Habría que encontrar el momento exacto y remoto para que dicho síndrome aconteciese. El cine, la sobreexposición y fácil acceso a reconocer las obras, la masificación, la facilidad en las comunicaciones y la neura de las redes sociales son la terapia diaria que a muchos inmuniza de padecer stendhal. Amanecer en el Louvre o en los Uffizzi es enfrentarse a guardar una fila que puede durar plácidamente horas. De pie y al sol, pendiente del mínimo avance, se crece en envilecimiento y abrupta concordia. Languideciendo, se pasan los controles y una vez allí, como niños sueltos en el recreo, la operación es la misma que la de un burguer king, kfc o mcdonalds: saciarse viendo lo que se espera ver y fotografiar como fuego a discreción. En el transcurso frustrarse por no estar en primera fila viendo un cuadro y mil manos violentas con pantallas te impidan divisar la Gioconda. El ímpetu de agilidad es un hándicap que niega la conexión a adentrarse en el nacimiento de Venus o la Primavera de Botticelli. Dejar pasar desapercibida la cabeza de Medusa de Caravaggio o el elocuente retrato ecuestre que Van Dyck hizo para el emperador Carlos V. La peor de las negligencias la sufre las bodas de Canaán de Veronés. De pasada pastan las cabras correteando entre la Consagración de Napoleón o como el resto de Jacques-Louis David y Delacroix. La encajera de Vermeer y los Rembrandt son anécdota a cartelón.

Atropellando, piaras de asiáticos y guiris profanan estos templos cuyas propias instituciones banalizan por rentabilidad. En el Museo del Prado está prohibida echar una foto. Descongestionamos así las salas y hay mayor fluidez. Las Meninas, la familia de Carlos IV y el jardín de las Delicias parecen ser las atracciones principales. Pero incluso en la concurrencia se produce el silencio. En ellas aún se respira cordialidad. Puede existir una comunión con la inmaculada de los venerables de Murillo. Con qué áurea siente el alivio la virgen siendo coronada por la santísima trinidad de Velázquez o la amistad del abrazo en las Lanzas. Con qué despreocupación juguetean las Gracias de Rubens en el corredor principal mientras el duque de Lerma cabalga y Cristo lleva a cabo el lavatorio por Tintoretto. No existe un sálvese quien pueda, porque lo primero es la dignidad de los lienzos, y el resto ya se verá. Si no se respeta el tránsito por un museo, templo del arte, de la patria y de su tiempo, si no se es consciente de que uno entra en un lugar de inspiración y pensamiento no habrá experiencia más allá a recorrer salas infinitas para después contarlo. Toda galería ha de conquistar a su público, ha de transmitirles las formas adecuadas y los modales que deben gastar como si de la visita a un lugar de divinidad se tratara.

La belleza sigue existiendo. Los museos gozan de una accesibilidad sin precedentes. Los centros de arte se preocupan de proteger las obras y de dar un servicio al público de calidad. Pero no se puede degustar como es debido un cinco jotas, cuando el paladar sólo conoce la mortadela. Si los visitantes salen acalorados y extasiados será por el largo fraude que ellos mismos han cometido de no dejarse llevar por la grandeza y majestad que los pintores ofrecen, sino por causar sensación en sus redes sociales, por gastar memoria de cámara.

La noche florentina parecía sosegar el largo día de mayo. Un paseo por las adoquinadas calles del centro nos condujo hasta la plaza de la Santa Croce. Recuerdo en mi oído a un amigo decir que él dejó una rosa en la tumba de Miguel Ángel. Nosotros descolchamos una botella de lambrusco a los pies de la basílica, y bajo la custodia del monumento a Dante celebramos la fascinación de lo que veíamos, que no era otra cosa que el arte hecho ciudad.

Miradas afines





Con motivo de la celebración del segundo centenario del Museo Nacional del Prado, la pinacoteca acoge una de las exposiciones más esperadas, Miradas afines. Velázquez, Rembrandt y Vermeer abanderan esta muestra que recoge algunas de las obras más valoradas en su tiempo. El arte holandés y español se amalgaman en un todo dando un resultado que sobresale por las similitudes estéticas y conceptuales de estos pintores.

Siendo Velázquez pintor de cámara de Felipe IV, no sobrepone su motivación a exaltaciones patrióticas, en plena campaña de los ochenta años, aunque la excepción recae en las Lanzas (la rendición de Breda) en una lucha de prestigio y rivalidades dentro de la misma corte. Rembrandt, en el otro lado de la contienda, tampoco se molesta en fomentar este espíritu bélico, siendo lo más llamativo su afamada Ronda de Noche. En el joven Vermeer no existe semejante insinuación, sino el apaciguamiento y la inocencia expresa en tan icónicas escenas como La Lechera, La Joven de la Perla o La Encajera. La narración que fluye por medio de las mujeres evoca un costumbrismo que margina los resquicios de una contienda que para él queda algo lejana.

Cuando Caravaggio despierta el barroco naturalista y los Carracci el clasicista, el eje Roma-Bolonia contagia al resto de Europa, enterrando el manierismo enmarcado en autores como el Greco o Tiziano en España y Miguel Ángel, Tintoretto o el Arcimboldo en Italia. Rubens, gran diplomático entre las cortes del continente era referencia tanto para Rembrandt como para Velázquez. La pomposidad de su estilo, acechado en el claroscuro y la ostentación de los motivos clásicos fueron un golpe de efecto que no importunó la sencillez y humildad que se respiran en las obras de los pintores señalados en la exposición Miradas afines. La moda es las más extendida de las coincidencias, destacando Frans Hals. Si los Borrachos sirven de anfitriones, junto con Judit en el banquete de Holofernes, dando la nota festiva, son los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam los escépticos invitados que atienden al encuentro entre un reguero de Riberas y Zurbaranes. Caprichos como el prestado por la National Gallery de La Mujer Bañándose en un Arroyo de Rembrandt o las Cuatro Figuras en Escalón de Murilo por el Kimbell Art Museum de Texas brillan tanto como el impasto de la plumbonacrita de las perlas holandesas.

El discurso es sencillo: el reencuentro de grandes figuras del barroco que un día convergieron ante el aspa de borgoña y encontraron la belleza en la noche oscura. Enfrentar la jovialidad de La Callejuela (1658) de Vermeer con la vista reposada y nostálgica de La Villa Medici (1630) de Velázquez, llena de serenidad, por el bosquejo, el encuadre y la solución que ambos pintores ofrecen a una narración tímida pero certera. Delf reposa en luz clara, fresca y contundente frente al ladrillo resquebrajado que no parece sincopar la calle. La villa romana encuentra el diálogo en dos visitantes, que contiguos a una bucólica insinuación del busto de Dante rememoran la grandeza de las hazañas pasadas. La naturaleza envuelve de abandono el palacio, presidiendo los cipreses la muerte de esplendor de la villa. Dos sosiegos encontrados en tiempos distintos con matices de quietud idénticos. El contrapunto del mecenazgo es también relevante: mientras el primero no llega a firmar cuarenta obras para la burguesía con temáticas orientadas; el segundo acomoda sus lienzos desde el Real Alcázar en la riqueza y amplitud de aquellas Españas. La observación, la perspectiva y la visión ofrecida son fundamentales para sumirse en esta exposición, siendo la mirada del autorretrato de Rembrandt como el apostol Pablo una de las claves más significativas en conversación con el soslayo del Menipo de Velázquez. Experiencia y sabiduría reflectada como don de vida.

Patrimonio en extinción





A tenor de lo acontecido, la fragilidad de nuestro patrimonio está expuesta a cualquier desastre. Nada es infranqueable a las inclemencias o desaciertos. La falta de rigor y medios puede ser detonante simulado de un mal presagio. Una nube de humo, polvo y ceniza anunciaba la destrucción de la catedral de Notre Dame sobre el cielo de París.

La vileza con la que parte, administrativa o civil, de nuestra sociedad responde ante la cultura, en un boicot al compromiso maquillado por la propia admiración de los monumentos, es uno de los peores males que nos gobiernan. La ignorancia vuelve a destellar con su miseria. Y ha sido, irónicamente, durante su restauración cuando las llamas tuvieron lugar. Existen los errores humanos. Un fallo lo tiene cualquiera. Pero ningún fallo es justificado en algunas y muy delicadas ocasiones. Protocolos de seguridad por simpatía con el afectado, debieron cumplirse con extrema cautela y así hoy yo no estaría escribiendo sobre esto, detonante suficiente como para hablar de la precaria atención que reciben los tesoros artísticos que la historia nos ha legado a lo ancho y largo del mundo. 

Notre Dame, brazo fuerte de Francia, vio desangrarse París en plena revolución a toque de guillotina; al Papa Pío VII consagrar como emperador a Napoleón; reyes coronados y enterrados; ser custodia de la corona de espinas de cristo y la túnica de San Luís; incluso ser hogar del jorobado más entrañable, a la sazón de Víctor Hugo (ahí, presagio de lo ocurrido, sí la salva de las llamas) Ni los nazis la doblegaron. Y hoy, en días de calma y serenidad salta la chispa en un inesperado incendio que devasta la catedral. Ante la conmoción, el mundo entero arropa y financia una íntegra reconstrucción, los millonarios abanderan la noble causa para que este mal día sea una anécdota que no atraviese el futuro. Si ese ánimo por amor al arte y a la patria no fuese a posteriori, el Sena no recogería las lágrimas de sus paisanos. Servirá de golpe de efecto para proteger con mayor ahínco las obras patrimoniales que en desuso o en desobediencia con la obligación, esta sociedad relega al olvido y confía en que lo que siempre ha estado siga estando, como si el tiempo osara en el capricho de bendecirlos.

Si el gobierno de Nasser no hubiera cumplido con su deber de proteger Abu Simbel de la subida del Nilo, pidiendo ayuda internacional, otra gran obra de la humanidad habría desaparecido. Si Brasil hubiera sido competente con su Museo Nacional, las llamas no habrían calcinado la casi totalidad de su colección. Si la ignorancia más abrupta no fuera un peligro inmediato para los que  no pueden protegerse por sí mismos, hoy, la Palmira de Zenobia no habría sido arrasada por el Estado Islámico. La cara actual del Coliseo no es casualidad, ni tampoco el desbordado quehacer por proteger el vasto número de palacetes y reliquias italianas en orfandad. En la misma cuerda penden todos estos fracasos humanos para con su patrimonio.

En tierra propia, si las Cuevas de Altamira o la Alhambra de Granada no precisaran de la atención y cuidado exquisito para su conservación, nada de eso seguiría en pie. Si el gobierno de la república, en agosto del 36, en un evidente sálvese quien pueda, no hubiera hecho una Junta de protección para el patrimonio y no hubiera empaquetado el Museo del Prado y puesto en camino de refugios más seguros, hoy España tendría menos razones para sentirse orgullosa. No sería la primera vez que Las Meninas estarían en jaque. Cuando casualmente un incendio devoró el antiguo Alcázar Real de Madrid, ellas ya estaban desalojadas. 

Berlín, Dresde, Colonia, Budapest, Guernika, Varsovia, Manila, Rótterdam, Alepo, Beirut o Bagdad han conocido el desastre de la devastación y la entera destrucción. Sus rostros sintieron la herida que anoche desangró París. No podemos dejar al azar la vida de los monumentos, no debemos permitir su deterioro ni abandono. No hay que esperar a que se incendien ocho siglos para darnos cuenta de la riqueza que perdemos. La extinción es unilateralmente la consecuencia de nuestra negligencia. Que no quede un vacío asistencial, que exista un compromiso más fructífero y una atención gubernamental con la calidad suficiente a las exigencias requeridas. Que el público general se involucre, empatice y conozca este legado. Sólo de esta manera no volverá a haber otra Notre Dame en llamas. 

Entre el cielo y el destierro




El patrimonio cultural y artístico es un elemento fundamental para entender el pensamiento y sentimiento de cada generación que nos ha precedido. Es una muestra auténtica e incondicional de la manera de comprender en clave visual lo que nos sucede. La conservación de este legado es una obligación rigurosa con la que debemos cumplir y ante la que tenemos que responder, pues en la atemporalidad de este testamento somos piezas de tránsito cuya labor ha de esquivar los peligros que les acechan y entregarlas intactas a las siguientes manos encargadas.

Al poco de estallar la guerra, Azaña hizo un gabinete para salvaguarda del arte y del patrimonio. Así nació la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico. Algunos de los elegidos para liderar este delicado proyecto fueron María Teresa León y Rafael Alberti; Rafael Zabaleta para la zona de Guadix y Baza. Las bombas habían estallado cerca  del Paseo del Prado y parte de la metralla había entrado dentro del edificio de Villanueva. Era una urgencia llevar los lienzos y esculturas a otro lugar. El gobierno de la República instó a que fueran trasladadas a Valencia. Comenzó así la evacuación. En palabras de León en 'La historia tiene la palabra', en aquel momento de máxima tensión por inventariar y recuperar, es de destacar el impacto que supuso el encontronazo con la negligencia de la institución eclesiástica, con un patrimonio aún incalculable a pesar de las desamortizaciones de Mendizábal -gracias a las cuales se integró la colección de las Trinitarias en el Prado- había piezas abandonadas o en un deterioro considerable. Llegados a aquel punto, al inicio de la contienda, no sólo había que salvar las obras de la artillería sino también las que sufrían del olvido al que estaban expuestas en conventos, monasterios e iglesias.

No fue ésta una tónica frecuente en la conducta de la Iglesia para con el patrimonio que custodia, pero sí desgraciadamente un hábito de desapego en aquellas comunidades de religiosos y religiosas que no prestaban la atención necesaria a las obras que en su poder y claustro quedaban.

Guadix, como muchas otras ciudades de España donde la Iglesia ha sido testigo y da testimonio del patrimonio cultural, tiene como catedral el lugar donde establecer su colección artística. Diego de Siloé y Torcuato Ruíz del Peral son dos piezas clave de esta maravilla arquitectónica. Fundada la ciudad como la Julia Gemella Acci por Julio César, pronto se convierte en un referente cristiano, ya que en ella se estableció la primera diócesis de la península, por uno de los siete varones apostólicos: San Torcuato. Desde el siglo I hasta nuestros días la grandeza y belleza patrimonial ha sido sustancial. La réplica de la Piedad de Miguel Ángel así como la sillería de Ruíz del Peral embargan en éxtasis de forma sobrecogedora. El silencio y el respeto al templo se hospicia en un reposo en el que las imágenes parecen converger. Los cielos esculpidos arropan la reverencia a la que invita su calidad artística. Sin el atropello que sufren otros monumentos abarrotados, la S.A.I. Catedral de Guadix conserva aún la calma que siempre la ha gobernado.

Buena parte de su patrimonio fue arrasado por la guerra y el sentimiento anticlerical, cortando cabezas y manos de esculturas. Una de las piezas que más sufrió este arrebato de la historia fue la patrona de la ciudad, la virgen de las Angustias, talla de Ruíz del Peral, la cual fue fusilada e incendiada demostrándose a qué puede llegarse si se participa en el odio y la incultura. La educación y la consciencia de la importancia que tiene este aspecto en nuestra sociedad no debe quedar marginal de forma reducida, elitista o hermética, sino ser apreciado por todos y todas, a los que abierta y formalmente se invita a resguardar.

La virgen de la Piedad, réplica de la original de Miguel Ángel y restaurada por Mari Ángeles Lázaro Guil, vio la luz por primera vez en Bolonia en los años treinta. El cónsul de España, la trajo a su ciudad natal siendo destruida en la contienda fratricida. Su recuperación integral y la protección de la que goza hoy es un triunfo sobre los desastres y el desprecio. Sobre el abismo que es capaz de crear el hombre. La Piedad de Miguel Ángel en Guadix es un símbolo de hermanamiento y de superación. La pureza del mármol de carrara, la inmaculada virtud de su blancura es capaz de sanar las heridas habidas. Una losa de serenidad que se asienta en la oscuridad. Es la misma paz sobre todas las cosas. 




Los lugares al culto, inspirados en la divinidad, siempre han evocado sentimientos en la grandeza humana. En su capacidad de crear, de imaginar, de expandirse. Haciéndose partícipe del medio, de su luz, pasando los límites corpóreos para abstraerse a un plano espiritual. Han hilvanado en la metáfora una belleza que alcanza la transverberación. En el museo catedralicio, una parada en la historia donde descansan las bulas papales y retratos de los obispos más influyentes de la diócesis, quedan a refugio alguna de las imágenes que aún se conservan del fundamental Torcuato Ruíz del Peral: San Antonio, San Buenaventura y San Francisco Solano. Sus caras, al igual que las expresiones en Velázquez, son tan actuales y vigentes como en el momento de su creación. El San Juanito de Pedro Atanasio Bocanegra o la Inmaculada Concepción de Mora son joyas engarzadas que dan esplendor a la corona que el arte conforma y con la que luce la cultura accitana. Sin lugar a dudas el museo es un paseo de miradas, donde desde el cardenal Mendoza, San Pedro, San Pablo, Santa Teresa o la Inmaculada expresan su inquietud, su potestad, su nobleza. Su admiración y su bondad, su fidelidad y su humillación. Todos ellos, atravesados por Dios, se redimen a la voluntad del cielo. 

Detalles. Una escalera que sigue los patrones de Leonardo, una ambientación en la casa del campanero, el mirador más privilegiado por excelencia que vigila cualquier punto de la ciudad. Eso es la catedral de Guadix, su torre y su museo, un conjunto arquitectónico que denota la importancia de la estética y la función en tiempos donde la brutalidad de los modales contrastaba con la delicadeza de los ornamentos. Entre el cielo y el destierro caben todas estas obras. Que si un día encontraron su principio en lo divino, podrían encontrar su fin en el olvido. 

Dios no lo quiera






Museo S.A.I. Catedral de Guadix

Florece entre la maleza




¿Qué tendrán en común un pintor como Caravaggio, un músico como Bach y un monumento como la Alhambra? Sin rozarse en la historia, sin mediar inspiración, las tres grandezas ad hoc para las artes y el pensamiento, maestros en pedestal de nuestra cultura, fueron un mal día olvidados y prestados a la custodia del silencio.

Indudablemente, el que los buscara los encontraba. La azarosa virtud de todo ello fue recordar que ahí seguían. La Alhambra llevaba coronando la Granada mora y cristiana desde hacía siglos. Sus torres y murallas engarzadas enjaulaban el oasis de derribos y escombros a los que se estaba reduciendo la ciudad nazarita. Nada quedaba de aquella fijación obsesiva puesta por los católicos en la reconquista. Con el tiempo, fraude de vilipendio, cárcel de delincuentes y orfanato de mendicidad, la que había sido una de las ciudades más esplendorosas cedió su brillo al polvo que le rondaba. Llega Washinton Irving y lo revoluciona todo. Sus cuentos y leyendas abren la puerta al interés de todos, benefactores y expoliadores. La luna árabe, de luz sultana, vuelve en plata las albercas y los carpines. El susurro de sus fuentes borbotea arrullo de quietud. Las rosas y buganvillas tapizan los muros de los jardines. La yesería, las columnas, los techos celestiales cincelados en la divinidad se reconstruyen. Los leones parecen despertar una segunda juventud en su mármol de macael. Hizo falta un milagro para destapar la grandeza oculta de una maravilla esplendorosa. Una marginación inmerecida y celosa con final feliz.

Una casualidad basta para admirar. Meldelssohn estaba en el mercado cuando se dio cuenta de que un comerciante envolvía la carne que vendía en hojas de pentagramas. Era la Pasión según san Mateo de Bach. Volvió y le preguntó al hombre por su procedencia. En una buhardilla recién alquilada había un lote de esos papeles, que Mendelssohn aprisa le compró. Queda decir que Bach no fue olvidado. Tras su muerte una camarilla interpretó permanentemente sus obras, como luto sempiterno le guardaran, y de allí saltó a Viena donde Mozart bebió. Las partitas y el clave bien temperado eran estudios de clase. No se confiaba en la habilidad del contrapuntista. Su relevancia era apuntalada estoicamente por un reducido número de fieles. Ochenta años después de la muerte del Kantor, La Pasion según san Mateo resucitó, siendo dirigida la orquesta por Medelssohn. Una justicia poética que abría las puertas a la admiración al gran maestro. Pau Casals, en una librería de Barcelona, casualmente da con un ejemplar de las seis suites para violonchelo solo, ocultas como estudios. Desde entonces Johann Sebastian Bach es uno de los más celebres músicos y muy recurrente entre las bandas sonoras del cine.

Caravaggio no gozó de la simpatía de sus contemporáneos, y la rivalidad con otros pintores promovió que una losa enterrara con él su grandeza. Influyó, como Miguel Ángel, en generaciones de pintores italianos. Su reducida obra pasó desapercibida, naufragó en desaciertos de la historia y fue camuflada por atribución a otros artistas. No se vio jamás tan brillante la noche oscura. En los albores del siglo XX su nombre despierta y la dignidad de sus lienzos consigue la gloria inherente.

La fusta flagelando el arte. El rencor que esparce la grandeza entre la maleza. Todo termina por florecer y las cosas son más allá del continente de su existencia. Una vez el tiempo haya desquebrajado los límites del cascarón, no hay marcha atrás: se es o no se es, esa es la cuestión. Esa es la razón de pervivir eternamente.



El Capricho


La capital de España tiene un gran legado en jardines y lugares donde poder disfrutar de un entorno natural. Huir de las aglomeraciones, el ruido del tránsito y el tráfico es posible gracias a estos enclaves que fueron fuente de inspiración para artistas y orgullo del descanso de la alta cuna. La huella que dejó la Familia Real y la aristocracia madrileña hoy puede ser visitada y contemplada. 

Así pues, lugares tan memorables como los Jardines del Palacio Real de Aranjuez, El Real Sitio de la Granja de San Ildefonso o el Parque del Retiro están abiertos al público y forman una parte importante del ritmo de vida de nuestra sociedad. Y siguiendo esta línea, el parque del Capricho es otro de los más representativos de la villa de Madrid. La duquesa de Osuna, quien fuera amiga de Francisco de Goya y una mujer con una estrecha relación en causas benéficas, mandó hacer este lugar en el siglo XVIII. 

Su palacete y sus estatuas, tan deseadas para ocio y descanso en aquella época fueron abandonadas paulatinamente y puestas al amparo del tiempo, el cual destruyó buena parte del patrimonio que se encontraba en la finca. El desinterés de los siguientes dueños, el expolio y vandalismo, dejaron en evidencia el desapego a un lugar por el que habían paseado los grandes de España y los grandes maestros de la pintura. En los años ochenta el ayuntamiento de Madrid se pone manos a la obra en rescatar dicho lugar y en hacerlo visitable para disfrute del público. Un legado que causa sensación al devolver a los que se acercan a él a una época pasada que comulga con un discreto lujo y una gran admiración hacia el entorno. 



 El Parque del Capricho en Madrid puede ser visitado los fines de semana

El rapto de la luz






Los apuros económicos, circunstancia que atañe a los familiares de Joaquín Sorolla, han incitado a poner a la venta uno de los grandes lienzos del pintor, Fin de Jornada, que ha sido denegada por el cauteloso ministerio de Cultura. Los cuadros protegidos forman parte de la herencia artística. Es este patrimonio la verdadera patria que hoy nos identifica y nos singulariza.

No es la primera vez que algo así ocurre, a pesar de que tener conciencia del valor que estas joyas tienen es relativamente reciente. La reina Isabel II tuvo que comprar el resto de obras que conformaban la colección real a su hermana Luisa Fernanda y a su madre, la regente María Cristina de Borbón, porque la división quedaba estipulada en el testamento de Fernando VII. La intención era clara: blindar uno de los mayores tesoros que quedaría custodiado por siempre en el recién inaugurado Museo del Prado. El barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza, con una azarosa vida sentimental salpicada de un quinteto de esposas y los consiguientes vástagos, su gran colección de arte podría correr grave peligro al ser repartida en herencia, de tal manera que en discretas negociaciones el gobierno compró dicho tesoro para salvaguardia de que quedara íntegra y a disposición de los españoles. El príncipe Adán Carlos Czartoryski de Polonia, vendió al Estado polaco todas las obras que había atesorado su familia durante siglos, en la cual se encontraba la fabulosa Dama del Armiño de Da Vinci, una silla de Shakespeare o las cenizas del Cid y doña Jimena, para disfrute final de sus conciudadanos. Después de los resquebrajos nazis y el dominio comunista, cuyas garras siempre pusieron la diana en el arte, el trato sentenciaba un pacto de paz y descanso, tanto para sus dueños como para las obras. Ejemplos, a la vista cabe, de grandes figuras cuyo interés ponía por encima de todo proteger el arte que en sus manos había confiado la historia.

Ese espíritu noble de compromiso que se exige a todos aquellos que juegan una pieza clave en la conservación del patrimonio no corre siempre la misma fortuna. Cuando el general Franco murió, a su hija la ‘interceptaron’ rumbo a Suiza con medallas, divisas en oro y brillantes para encargar un reloj en el que engarzar las insignias. En la aduana se quedaron. El ducado de Alba, con eterna e inestimable fidelidad al arte por Jacobo y su hija Cayetana, reconstruyeron el palacio de Liria y protegieron el tesoro que en el título se custodia, incluso donaron recientemente la Virgen de la Granada de Fra Angelico al Museo del Prado. Lo que no excusa, que ante la falta de liquidez, quisieran poner a la venta unas cartas de Cristóbal Colón con camino extranjero que el gobierno denegó. La propia Tita Cervera coquetea con la venta de un Gauguin, de su colección que hoy convive en el Museo Thyssen por motivos de solvencia. No es raro ver en casas de subasta de la capital pinturas de renombre. En las listas de precios cabe Julio Romero de Torres, cartas de Neruda (que adquirió el gobierno en Durán) o algún retrato del propio Joaquín Sorolla y Bastida. 

Hay cuadros y cuadros. La cuidadosa protección que se vierte sobre ‘Fin de Jornada’ comulga con el interés de pertenencia al desarrollo cultural del país. Un sonrojo fauvista, la impresión que suscita cada pincelada, la saturación que aviva el atardecer del levante. Vestir con escamas de oro la espuma del mar. Sorolla es un gran pintor, y como tal, cada una de sus obras destacadas son un monumento que España requiere para reconocerse. Nadie debe raptar la luz que el valenciano selló en su obra. Si el compromiso de custodia es roto por sus descendientes, el país tiene la obligación de asumir esta labor, tan fundamental y necesaria para defensa de la ovacionada y magistral cultura española.