Entre el cielo y el destierro




El patrimonio cultural y artístico es un elemento fundamental para entender el pensamiento y sentimiento de cada generación que nos ha precedido. Es una muestra auténtica e incondicional de la manera de comprender en clave visual lo que nos sucede. La conservación de este legado es una obligación rigurosa con la que debemos cumplir y ante la que tenemos que responder, pues en la atemporalidad de este testamento somos piezas de tránsito cuya labor ha de esquivar los peligros que les acechan y entregarlas intactas a las siguientes manos encargadas.

Al poco de estallar la guerra, Azaña hizo un gabinete para salvaguarda del arte y del patrimonio. Así nació la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico. Algunos de los elegidos para liderar este delicado proyecto fueron María Teresa León y Rafael Alberti; Rafael Zabaleta para la zona de Guadix y Baza. Las bombas habían estallado cerca  del Paseo del Prado y parte de la metralla había entrado dentro del edificio de Villanueva. Era una urgencia llevar los lienzos y esculturas a otro lugar. El gobierno de la República instó a que fueran trasladadas a Valencia. Comenzó así la evacuación. En palabras de León en 'La historia tiene la palabra', en aquel momento de máxima tensión por inventariar y recuperar, es de destacar el impacto que supuso el encontronazo con la negligencia de la institución eclesiástica, con un patrimonio aún incalculable a pesar de las desamortizaciones de Mendizábal -gracias a las cuales se integró la colección de las Trinitarias en el Prado- había piezas abandonadas o en un deterioro considerable. Llegados a aquel punto, al inicio de la contienda, no sólo había que salvar las obras de la artillería sino también las que sufrían del olvido al que estaban expuestas en conventos, monasterios e iglesias.

No fue ésta una tónica frecuente en la conducta de la Iglesia para con el patrimonio que custodia, pero sí desgraciadamente un hábito de desapego en aquellas comunidades de religiosos y religiosas que no prestaban la atención necesaria a las obras que en su poder y claustro quedaban.

Guadix, como muchas otras ciudades de España donde la Iglesia ha sido testigo y da testimonio del patrimonio cultural, tiene como catedral el lugar donde establecer su colección artística. Diego de Siloé y Torcuato Ruíz del Peral son dos piezas clave de esta maravilla arquitectónica. Fundada la ciudad como la Julia Gemella Acci por Julio César, pronto se convierte en un referente cristiano, ya que en ella se estableció la primera diócesis de la península, por uno de los siete varones apostólicos: San Torcuato. Desde el siglo I hasta nuestros días la grandeza y belleza patrimonial ha sido sustancial. La réplica de la Piedad de Miguel Ángel así como la sillería de Ruíz del Peral embargan en éxtasis de forma sobrecogedora. El silencio y el respeto al templo se hospicia en un reposo en el que las imágenes parecen converger. Los cielos esculpidos arropan la reverencia a la que invita su calidad artística. Sin el atropello que sufren otros monumentos abarrotados, la S.A.I. Catedral de Guadix conserva aún la calma que siempre la ha gobernado.

Buena parte de su patrimonio fue arrasado por la guerra y el sentimiento anticlerical, cortando cabezas y manos de esculturas. Una de las piezas que más sufrió este arrebato de la historia fue la patrona de la ciudad, la virgen de las Angustias, talla de Ruíz del Peral, la cual fue fusilada e incendiada demostrándose a qué puede llegarse si se participa en el odio y la incultura. La educación y la consciencia de la importancia que tiene este aspecto en nuestra sociedad no debe quedar marginal de forma reducida, elitista o hermética, sino ser apreciado por todos y todas, a los que abierta y formalmente se invita a resguardar.

La virgen de la Piedad, réplica de la original de Miguel Ángel y restaurada por Mari Ángeles Lázaro Guil, vio la luz por primera vez en Bolonia en los años treinta. El cónsul de España, la trajo a su ciudad natal siendo destruida en la contienda fratricida. Su recuperación integral y la protección de la que goza hoy es un triunfo sobre los desastres y el desprecio. Sobre el abismo que es capaz de crear el hombre. La Piedad de Miguel Ángel en Guadix es un símbolo de hermanamiento y de superación. La pureza del mármol de carrara, la inmaculada virtud de su blancura es capaz de sanar las heridas habidas. Una losa de serenidad que se asienta en la oscuridad. Es la misma paz sobre todas las cosas. 




Los lugares al culto, inspirados en la divinidad, siempre han evocado sentimientos en la grandeza humana. En su capacidad de crear, de imaginar, de expandirse. Haciéndose partícipe del medio, de su luz, pasando los límites corpóreos para abstraerse a un plano espiritual. Han hilvanado en la metáfora una belleza que alcanza la transverberación. En el museo catedralicio, una parada en la historia donde descansan las bulas papales y retratos de los obispos más influyentes de la diócesis, quedan a refugio alguna de las imágenes que aún se conservan del fundamental Torcuato Ruíz del Peral: San Antonio, San Buenaventura y San Francisco Solano. Sus caras, al igual que las expresiones en Velázquez, son tan actuales y vigentes como en el momento de su creación. El San Juanito de Pedro Atanasio Bocanegra o la Inmaculada Concepción de Mora son joyas engarzadas que dan esplendor a la corona que el arte conforma y con la que luce la cultura accitana. Sin lugar a dudas el museo es un paseo de miradas, donde desde el cardenal Mendoza, San Pedro, San Pablo, Santa Teresa o la Inmaculada expresan su inquietud, su potestad, su nobleza. Su admiración y su bondad, su fidelidad y su humillación. Todos ellos, atravesados por Dios, se redimen a la voluntad del cielo. 

Detalles. Una escalera que sigue los patrones de Leonardo, una ambientación en la casa del campanero, el mirador más privilegiado por excelencia que vigila cualquier punto de la ciudad. Eso es la catedral de Guadix, su torre y su museo, un conjunto arquitectónico que denota la importancia de la estética y la función en tiempos donde la brutalidad de los modales contrastaba con la delicadeza de los ornamentos. Entre el cielo y el destierro caben todas estas obras. Que si un día encontraron su principio en lo divino, podrían encontrar su fin en el olvido. 

Dios no lo quiera






Museo S.A.I. Catedral de Guadix

Florece entre la maleza




¿Qué tendrán en común un pintor como Caravaggio, un músico como Bach y un monumento como la Alhambra? Sin rozarse en la historia, sin mediar inspiración, las tres grandezas ad hoc para las artes y el pensamiento, maestros en pedestal de nuestra cultura, fueron un mal día olvidados y prestados a la custodia del silencio.

Indudablemente, el que los buscara los encontraba. La azarosa virtud de todo ello fue recordar que ahí seguían. La Alhambra llevaba coronando la Granada mora y cristiana desde hacía siglos. Sus torres y murallas engarzadas enjaulaban el oasis de derribos y escombros a los que se estaba reduciendo la ciudad nazarita. Nada quedaba de aquella fijación obsesiva puesta por los católicos en la reconquista. Con el tiempo, fraude de vilipendio, cárcel de delincuentes y orfanato de mendicidad, la que había sido una de las ciudades más esplendorosas cedió su brillo al polvo que le rondaba. Llega Washinton Irving y lo revoluciona todo. Sus cuentos y leyendas abren la puerta al interés de todos, benefactores y expoliadores. La luna árabe, de luz sultana, vuelve en plata las albercas y los carpines. El susurro de sus fuentes borbotea arrullo de quietud. Las rosas y buganvillas tapizan los muros de los jardines. La yesería, las columnas, los techos celestiales cincelados en la divinidad se reconstruyen. Los leones parecen despertar una segunda juventud en su mármol de macael. Hizo falta un milagro para destapar la grandeza oculta de una maravilla esplendorosa. Una marginación inmerecida y celosa con final feliz.

Una casualidad basta para admirar. Meldelssohn estaba en el mercado cuando se dio cuenta de que un comerciante envolvía la carne que vendía en hojas de pentagramas. Era la Pasión según san Mateo de Bach. Volvió y le preguntó al hombre por su procedencia. En una buhardilla recién alquilada había un lote de esos papeles, que Mendelssohn aprisa le compró. Queda decir que Bach no fue olvidado. Tras su muerte una camarilla interpretó permanentemente sus obras, como luto sempiterno le guardaran, y de allí saltó a Viena donde Mozart bebió. Las partitas y el clave bien temperado eran estudios de clase. No se confiaba en la habilidad del contrapuntista. Su relevancia era apuntalada estoicamente por un reducido número de fieles. Ochenta años después de la muerte del Kantor, La Pasion según san Mateo resucitó, siendo dirigida la orquesta por Medelssohn. Una justicia poética que abría las puertas a la admiración al gran maestro. Pau Casals, en una librería de Barcelona, casualmente da con un ejemplar de las seis suites para violonchelo solo, ocultas como estudios. Desde entonces Johann Sebastian Bach es uno de los más celebres músicos y muy recurrente entre las bandas sonoras del cine.

Caravaggio no gozó de la simpatía de sus contemporáneos, y la rivalidad con otros pintores promovió que una losa enterrara con él su grandeza. Influyó, como Miguel Ángel, en generaciones de pintores italianos. Su reducida obra pasó desapercibida, naufragó en desaciertos de la historia y fue camuflada por atribución a otros artistas. No se vio jamás tan brillante la noche oscura. En los albores del siglo XX su nombre despierta y la dignidad de sus lienzos consigue la gloria inherente.

La fusta flagelando el arte. El rencor que esparce la grandeza entre la maleza. Todo termina por florecer y las cosas son más allá del continente de su existencia. Una vez el tiempo haya desquebrajado los límites del cascarón, no hay marcha atrás: se es o no se es, esa es la cuestión. Esa es la razón de pervivir eternamente.



El Capricho


La capital de España tiene un gran legado en jardines y lugares donde poder disfrutar de un entorno natural. Huir de las aglomeraciones, el ruido del tránsito y el tráfico es posible gracias a estos enclaves que fueron fuente de inspiración para artistas y orgullo del descanso de la alta cuna. La huella que dejó la Familia Real y la aristocracia madrileña hoy puede ser visitada y contemplada. 

Así pues, lugares tan memorables como los Jardines del Palacio Real de Aranjuez, El Real Sitio de la Granja de San Ildefonso o el Parque del Retiro están abiertos al público y forman una parte importante del ritmo de vida de nuestra sociedad. Y siguiendo esta línea, el parque del Capricho es otro de los más representativos de la villa de Madrid. La duquesa de Osuna, quien fuera amiga de Francisco de Goya y una mujer con una estrecha relación en causas benéficas, mandó hacer este lugar en el siglo XVIII. 

Su palacete y sus estatuas, tan deseadas para ocio y descanso en aquella época fueron abandonadas paulatinamente y puestas al amparo del tiempo, el cual destruyó buena parte del patrimonio que se encontraba en la finca. El desinterés de los siguientes dueños, el expolio y vandalismo, dejaron en evidencia el desapego a un lugar por el que habían paseado los grandes de España y los grandes maestros de la pintura. En los años ochenta el ayuntamiento de Madrid se pone manos a la obra en rescatar dicho lugar y en hacerlo visitable para disfrute del público. Un legado que causa sensación al devolver a los que se acercan a él a una época pasada que comulga con un discreto lujo y una gran admiración hacia el entorno. 



 El Parque del Capricho en Madrid puede ser visitado los fines de semana

El rapto de la luz






Los apuros económicos, circunstancia que atañe a los familiares de Joaquín Sorolla, han incitado a poner a la venta uno de los grandes lienzos del pintor, Fin de Jornada, que ha sido denegada por el cauteloso ministerio de Cultura. Los cuadros protegidos forman parte de la herencia artística. Es este patrimonio la verdadera patria que hoy nos identifica y nos singulariza.

No es la primera vez que algo así ocurre, a pesar de que tener conciencia del valor que estas joyas tienen es relativamente reciente. La reina Isabel II tuvo que comprar el resto de obras que conformaban la colección real a su hermana Luisa Fernanda y a su madre, la regente María Cristina de Borbón, porque la división quedaba estipulada en el testamento de Fernando VII. La intención era clara: blindar uno de los mayores tesoros que quedaría custodiado por siempre en el recién inaugurado Museo del Prado. El barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza, con una azarosa vida sentimental salpicada de un quinteto de esposas y los consiguientes vástagos, su gran colección de arte podría correr grave peligro al ser repartida en herencia, de tal manera que en discretas negociaciones el gobierno compró dicho tesoro para salvaguardia de que quedara íntegra y a disposición de los españoles. El príncipe Adán Carlos Czartoryski de Polonia, vendió al Estado polaco todas las obras que había atesorado su familia durante siglos, en la cual se encontraba la fabulosa Dama del Armiño de Da Vinci, una silla de Shakespeare o las cenizas del Cid y doña Jimena, para disfrute final de sus conciudadanos. Después de los resquebrajos nazis y el dominio comunista, cuyas garras siempre pusieron la diana en el arte, el trato sentenciaba un pacto de paz y descanso, tanto para sus dueños como para las obras. Ejemplos, a la vista cabe, de grandes figuras cuyo interés ponía por encima de todo proteger el arte que en sus manos había confiado la historia.

Ese espíritu noble de compromiso que se exige a todos aquellos que juegan una pieza clave en la conservación del patrimonio no corre siempre la misma fortuna. Cuando el general Franco murió, a su hija la ‘interceptaron’ rumbo a Suiza con medallas, divisas en oro y brillantes para encargar un reloj en el que engarzar las insignias. En la aduana se quedaron. El ducado de Alba, con eterna e inestimable fidelidad al arte por Jacobo y su hija Cayetana, reconstruyeron el palacio de Liria y protegieron el tesoro que en el título se custodia, incluso donaron recientemente la Virgen de la Granada de Fra Angelico al Museo del Prado. Lo que no excusa, que ante la falta de liquidez, quisieran poner a la venta unas cartas de Cristóbal Colón con camino extranjero que el gobierno denegó. La propia Tita Cervera coquetea con la venta de un Gauguin, de su colección que hoy convive en el Museo Thyssen por motivos de solvencia. No es raro ver en casas de subasta de la capital pinturas de renombre. En las listas de precios cabe Julio Romero de Torres, cartas de Neruda (que adquirió el gobierno en Durán) o algún retrato del propio Joaquín Sorolla y Bastida. 

Hay cuadros y cuadros. La cuidadosa protección que se vierte sobre ‘Fin de Jornada’ comulga con el interés de pertenencia al desarrollo cultural del país. Un sonrojo fauvista, la impresión que suscita cada pincelada, la saturación que aviva el atardecer del levante. Vestir con escamas de oro la espuma del mar. Sorolla es un gran pintor, y como tal, cada una de sus obras destacadas son un monumento que España requiere para reconocerse. Nadie debe raptar la luz que el valenciano selló en su obra. Si el compromiso de custodia es roto por sus descendientes, el país tiene la obligación de asumir esta labor, tan fundamental y necesaria para defensa de la ovacionada y magistral cultura española.  

La censura de hoy






La comunicación es obra fundamental del avance. Compartir ideas, desarrollarlas, aniquilarlas o bendecirlas. En un espectro democrático, la palabra tiene un papel fundamental de expresión. Con ella, se es el peón que trabaja para conseguir adecentar y dignificar la integridad de un hogar común. La comunicación es esencial para el entendimiento. Y su muerte la asesta la censura.

Siempre ha estado la espada de Damocles pendiendo sobre la libertad. Siempre ha sido injuriada, vilipendiada, ultrajada, maniatada. La libertad ha sido enemiga del poder, ha sido la herramienta que avivaba la verdad, que atacaba la injusticia. ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice, nunca se ha de decir lo que se siente? Se preguntaba Quevedo. La inquisición y el franquismo son parte de la carrera de obstáculos, que hoy lidera ‘lo políticamente correcto’. Esa es la mayor farsa y la más despiadada de las mentiras que hoy nos vencen. Es un fuego abierto a todo lo que asalte el buenismo. Embarga la palabra per sé, la camufla, la maquilla y la ensordece. La misma potestad tengo para cagarme en dios como en rezarle un Padre Nuestro. Sin titubeos, sin asombro. El primero retumba por blasfemo, el segundo por beato, y así tintinea el sonajero de la censura. Todo está mal. La herencia del no-señalamiento. De guardar un silencio sucio, que borbotea cotilleos, que tiñe la paz con la discordia del cuchicheo. Eso produce lo políticamente correcto, el órdago de no poder expresarse, de no ser claros. De estar enfermos. Una sociedad que se envalentona a las espaldas, por miedos y prejuicios. Enfrentarlos entre sí, volcando en personales todas las banalidades.

La libertad de expresión se ha empobrecido. La han dilapidado, porque han amortajado a la madre de las libertades, la de pensamiento. La han sepultado con siete candados. La televisión, los medios, las noticias producen y bombardean con inmediatez. No hay momento para pararse a pensar, sólo para ser influenciados por opiniones ajenas. Comenta, comenta y comenta. Opina, opina y opina. Sólo pretenden ver si ya han calado en ti, si ya les estás haciendo caso. Te vigilan. Te persiguen. Ahí quieren tenerte. Malitos de los nervios todos, nos conformamos con llegar a casa, quitarnos los zapatos y tumbarnos al sofá. El resto de las aspiraciones ya llegarán, si crecen. Pagar recibos, lavar el coche, sacar a cagar al perro. La mediocridad es una losa que entierra en vida al que lo permite. Arrastra y ahoga en una rutina vacía de repetir y repetir, lo que opinan los tertulianos comprados, los muertos que resaltan a las tres de la tarde. Para el que coge el mando y pone la misma cadena el mundo tiene más pena que el que sale al parque, se sienta en un banco a comer pipas y mira a las palomas, cómo, inocentes y párvulas, se desentienden de todo, a veces confiadas y atrevidas, con tal de picar cualquier cosa que las sacie. ¡Pan y libertad! Pedían los gitanos, raza noble y sabia donde las haya.

Desaprender y deconstruirse son los primeros pasos para salir de la alienación. Para desmentir la comodidad de un sofá roído al que estamos acostumbrados. Para permitirse probar otros y saber que todas las experiencias condicionan las siguientes. Que pensar libremente exige su expresión para delimitar ideas, para darles forma. El mundo no es gris. No es un nicho, ni una cloaca de ratas corriendo hacia el mismo sitio, aunque en eso lo hayamos convertido. Escapad. Quitaos la aguja sin jeringa de lo ‘políticamente correcto’ que os desangra poco a poco y os adormece. Vulnerables. Pálidos. Esa es la consecuencia. Porque con la voz se podrá hacer ruido, pero sólo sabiendo hablar es como se tiene la palabra.  


Vergüenza es robar y que te pillen

Guadalajara




Descubriendo Castilla, se presenta en el camino la plácida Guadalajara. Una ciudad que hace vereda al Henares. Una brecha que arbitra el poder que engalanó este lugar bajo el apellido Mendoza. El Palacio del Infantado, uno de los monumentos más característicos de la región, es la joya por excelencia de la ciudad y un reconocido símbolo de la historia reciente. En él se alberga el museo de la ciudad. Establecido con un fin claramente didáctico, procura mostrar por medio de piezas de diverso índole el desarrollo sociocultural de la ciudad. Es probable que lo más destacado sea su archivo pictórico en el que se encuentran un par de óleos de Carreño de Miranda, Alonso Cano y José de Ribera. Los frescos en el techo de algunas de las salas son testigo de la grandeza que un día merodeó por los aposentos. En cuanto a arquitectura, la fachada principal con la balconada en la parte superior de un riquísimo gótico tardío es una de las imágenes más reconocibles, como también lo es su patio de los leones, que comulgan con otras figuras de animales y mitológicas entre escudos que sellan las familias gobernadoras del palacio. 

Un paseo agradable entre el Infantado y la Concatedral se hace a través de iglesias y antiguos palacios dedicados a prestar hoy en día algún servicio a los alcarreños. Otra de las gracias destacadas de las que disfruta Guadalajara es el panteón de la Duquesa de Sevillano, María Diega Desmaissières y Sevillano. En un estilo neobizantino combinado con un neorrománico lombardo, el eclecticismo brota para crear semejante tributo a los familiares de la duquesa. 

Especial mención quisiera hacer a todo el personal prestado al turismo de la ciudad que con absoluta amabilidad y profesionalidad resuelven cualquier duda y guían de la mejor manera a los visitantes. 

Guadalajara quizás no sea el lugar más destacado dentro de los puntos de referencia de nuestra geografía. La belleza es atractiva tanto por su exceso como por su defecto. Todo tiene su público. Aquí hordas del imserso pastan abierta y machaconamente. Sería bueno que otro tipo de visitantes, con otras inquietudes y otras vibraciones pasaran por aquí. Toda la juventud que ambienta Alcalá de Henares no se filtra a la vecina Guadalajara. 







Cuenca





Cuenca es una ciudad en el corazón de Castilla revestida de vetusta hermosura. El casco histórico, patrimonio de la humanidad, es testimonio de la eternidad que emanan los pueblos escapados del tiempo y presentes en el presente sin cicatriz que los doblegue. Es un capricho que escapa a los siglos y luce con jovialidad los siglos que la conforman. 

La maravilla reside en las casas colgadas, de emblemático perfil, superlativo icono de la ciudad cuya fachada imperturbable sigue pareciendo querer poner los trapos a tender de sus habitantes barrocos. Una mirada que recoge el Júcar en su brisa y su frescura. En el interior reside actualmente el museo de arte abstracto español de la Fundación Juan March. Un lugar mimado que acoge un buen repertorio y selección de los artistas y las artistas más destacados del movimiento: Feito, Muñoz, Canogas, Guinovart, Millares, Tápies, Sevilla, Guerrero, Zóber, Palazuelo, Chillida, Oteiza, Rivera.

Impacta esta combinación que subraya el arte y que reflejan perfectamente la cara de este país: una armadura vieja con un corazón nuevo. Una esencia que apuesta por el caminar, que confía en su tierra, en sus raíces, y que brilla por tener los ojos fijos en el cielo. La España más universal se monumentaliza en las casas colgadas de Cuenca. 

Subir a la calle del Trabuco, cruzar la muralla y llegar a pie de barranco, a tomar el sol, a ver cómo la ciudad se derrama en la tarde. Nadie arranca su paz.