Bodegón con cacharros



El Museo Nacional del Prado custodia el tesoro más valioso que España tiene. La amplia colección de arte expuesta en sus salas encierra ni más ni menos que la majestuosidad que dioses y monarcas inspiraron al lienzo. Los grandes maestros de la pintura se congregan en él siendo su legado la más digna sepultura que le dieran los tiempos. Millones de personas recorren sus entrañas admirando la belleza que los siglos han congregado en este penacho del mundo sobre el que se alza España.  Una sala tímida sirve de paso a turistas y visitantes que oscilan entre Velázquez y Murillo con el pinganillo puesto, al trote del bullicio de hacer de la perfección un delicado garrafón. Allí queda quieto enconado el bodegón con cacharros de Francisco Zurbarán, a la servidumbre de su Santa Isabel de Portugal. Este lienzo es probablemente el vivo retrato de la esencia de este país. Una voz a la vista que narra desde el Lazarillo de Tormes al Don Juan de Zorrilla la firma inequívoca de nuestra costumbre.




Austero, sobrio y sereno. Estático, quieto, místico quizás. Zurbarán fue embajador del óleo sacro, y aunque estos fuesen elementos ajenos a la liturgia, sí los dotó de solemnidad, bañándolos en una luz dura, intensa y directa. No hay titubeos. No hay fallo. No nace la primavera de los jarrones, ni abundan alimentos. Es un bodegón seco, pálido. España parece pobre, yerma y oscura. Ante un telón azabache, a la sazón elegancia de los Austrias, los cacharros visten el cuadro con orden. No parecen perturbados. No se desbocan en agonía. Guardan la distancia. No yacen erguidos de sepultura, ni conservan ceniza. Tienen latido. Hay altivez. Esta es la España castellana de caminos de polvo y sombreros de ala ancha. Árida y fría. Quien creyera que los cacharros eran cotidianos se equivocaba. Ahí queda en secreto el guiño que el pasado risueño hace al presente: un bernegal de plata sobredorada en una salvilla de peltre. La alcazarra trianera de exquisita finura, anfitriona en esta presidencia de magistrales siluetas. A la derecha el búcaro de indias, de la América regalo a Sevilla llegara para exponer como trofeo en vitrina. Y otra alcazarra sobre salvilla de peltre cierra el juego de figuras que asientan el barroco español en un solo estante. Esta imagen de arte menor, guarda en sí el rostro de las Españas, de la que fuera y de esta misma. Pues en su aparente mesura, en el sosiego de sus formas, sin demostraciones grandilocuentes, sin atisbo de pesadumbre, cabe una exquisita dignidad, gloria y nobleza, que en su imperturbable discreción no parece tener que demostrar, solamente ser. Ser sin pretender, sin obedecer. Ahí queda la España que es.

Cuando Andy Warhol viajó a Madrid en enero de 1983, Luis Antonio de Villena le hizo una visita guiada a este museo. Al menos lo intentó. Subiendo la escalinata del edificio de Villanueva, le comentaba emocionado la ruta que iban a hacer para que el artista pudiera contemplar obras de Rubens, Tiziano o Goya. El americano hizo un alto antes de empezar y pidió entrar en la tienda de recuerdos. Extrañado, de Villena accedió. Caminó inspeccionando el espacio. Después de un largo rato compró una postal del bodegón de los cacharros. Cuando de Villena iba a empezar con la visita Warhol lo paró: ‘Ya he visto todo lo que quería ver’ contestó. Y por la puerta salieron sin haber cruzado mirada con las majas o las gracias. Si Estados Unidos se había convertido en un icono pop con cuerpo de una lata de sopa Campbell, al otro lado del charco, por donde surcan el Ebro y el Guadalquivir, es el bodegón español el que sin nadie a quien pintar ni historia inventada, pone rostro a todo un país, que si para el desconocido es mendicidad, para el que bien conoce todo es grandeza.

La señora Dubose


Matar a un ruiseñor es una de las mejores novelas escritas en el siglo en el que nací. Abarca un ejercicio moral además de esbozar un retrato exquisito de la sociedad americana de 1930. Ante semejante bodegón podemos apreciar que dicha obra confina sus páginas hacia la atemporalidad. Todo lo que hay allí escrito juega un papel importante en el funcionamiento de la vileza y bondad humana. 


La señora Dubose es uno de los personajes que más desapercibido pasa y que, en cambio, más atracción puede producir. Es la vecina tipificada como mayor, de mal carácter, agria y quejicosa. Es fuerte el contraste que se forma si se empareja con la protagonista, la pequeña Scout Finch: valiente, comprometida, observadora y lo más importante, gracias a la mentalidad de su tierna infancia y a su padre, tiene una visión de oro cuya luz ilumina al lector, llevándolo en este desgarrador camino de una forma cándida cogido de la mano. Scout no tolera a la señora Dubose. Siente miedo e incomodidad cuando la ve. Pero la señora Dubose se entiende por sus silencios. Se manifiesta contraria a la realidad de la niña: la insulta cuando la ve vestida con pantalones, se enfada cuando ve desde su porche a Scout juntándose con negros, se irrita verla hacer cosas de niños y no de niñas. No existen palabras amables.

La señora Dubose es una mártir presa de sí misma. Ella vivió la época de la esclavitud, la guerra de secesión incluso. Desde Lincoln hasta el segundo Roosevelt, era los miedos, el misticismo y las manías que un ciudadano mujer del sur estadounidense podía manifestar. Era una enferma que paliaba su dolor con opio, y que por convencimiento cristiano antes de que llegara su hora prefiere rabiar en el inaguantable daño que la enfermedad le causaba sin tomar drogas. En la quietud de su casa, sin amigos ni visitas, la soledad la arropa. Nació en un país donde los negros eran esclavos. Donde las mujeres no tenían ni voz ni voto y el hombre blanco era dueño del mundo. Aprendió a que aquella era la única realidad que los tiempos le harían comprender. Pero los años la llevaron a otro siglo donde existía un panorama distinto. La segregación fue el precio a pagar por abolir la esclavitud, pero la marginalidad fue un hecho hasta que a mediados del XX hubo movimientos civiles a favor del colectivo afroamericano. Rosa Park, Malcom X y Martin Luther King fueron algunos de los artífices que personificaron esta lucha. Hasta entonces hubo una clara brecha entre opresores y oprimidos, bien reflejada en Matar a un ruiseñor.

Muchas personas obedecen, como la señora Dubose lo hizo, a una estructura social repleta de complejos y carencias morales que se van haciendo el relevo durante generaciones. La falta de compromiso y consciencia con la realidad que los envuelve hace que no sean competentes con su entorno. La falta de cultura en muchos ámbitos necesarios y presumir de ignorancia hacen a esta sociedad muy peligrosa. Existe una motivación intrínseca de pseudohonra que discrepa de la propia evolución humana, esto es, las personas se comprometen con unas ideas en un momento de su vida y desisten de ser críticos con ellas. Matrimonios políticos o deportivos son tan viscerales como insensatos, pero la diferencia es que el deporte es un juego y la política no. Una persona ha de ser dueña de su progreso, de cambiar, de transformarse. Es inconcebible manifestar las mismas ideas en distintas circunstancias vitales. Es preciso el cambio. Si la señora Dubose hubiera ido aprendiendo a lo largo de su vida, si se hubiera ido desprendiendo de viejos prejuicios, si hubiera querido asistir sus miedos y temores infundidos por supersticiones, es muy probable que hubiera sido feliz.


El Guernica de Sánchez Mejías



Existe una versión alternativa a la visión popular que se tiene del cuadro-mural de Picasso, El Guernica. Se expone así que bautizarlo con este nombre se debió a un giro en los acontecimientos para presentarlo en el pabellón que la República española dispuso en la Exposición Internacional de París de 1937. El bombardeo de la sagrada e inocente villa vasca conmocionó al mundo occidental, marcando un antes y un después en las conciencias internacionales de la brutalidad y agresividad de la guerra llevada a cabo en la península, así como la frialdad y fiereza del ejército nazi. Ésto elevó aún más la leyenda romántica de una democracia que luchaba contra los males despóticos del fascismo.



La otra versión encapsula este cuadro-mural en la generación del 27. Pintaba Picasso en recuerdo de su amigo Ignacio Sánchez Mejías, quien caído en la plaza de Manzanares, fue en digno luto y silencio recibida su muerte entre los más grandes artistas. El derechista Enrique Domínguez Martínez Campos sostiene la idea (por desmitificar a la izquierda) de que el cuadro originalmente iba dirigido a esta causa, y que después de la visita de una delegación española a la residencia parisina del pintor y el ofrecimiento de un millón de pesetas, Picasso adaptó lo que ya tenía y rebautizó su obra. Es interesante el ofrecimiento de esta nueva visión por la flexibilidad que acoge el simbolismo de El Guernica, en un fondo de desolación y tragedia.

En cuanto leí dicho artículo fui inmediatamente al Museo Reina Sofía, hogar de El Guernica, para verlo frente a frente y descubrir bajo esta nueva perspectiva la verdad que en él se esconde. Hay tres elementos fundamentales que cambian durante la elaboración del mural: el caído, los animales y la luz superior, principalmente. La sala expone las fotografías del desarrollo de la obra por lo que se puede ver el progreso y continua corrección que el pintor hacía sobre el lienzo.

En primer lugar el cuerpo tendido yace en posición horizontal a lo largo de toda la parte inferior central. El hombre (pues Picasso es transparente en cuanto a sexualidad refiere) en una mano tiene una espada rota y en la otra su fuerza sigue sujetando un ramo de espigas, símbolo de la fuerza de los pueblos y de los trabajadores. Este cuerpo está acompañado por otro que duerme en la muerte muy próximo a él pero que desaparece en las siguientes pinceladas dándole protagonismo al primer cuerpo. Cuerpo que va desapareciendo y que queda como resultante los brazos y la cabeza decapitada. Esto puede deberse a razones de estética. El Guernica es un cuadro cuya gravedad levita. No existe un peso firme sino un dolor profundo que nace en la oscuridad del fondo y se impregna en las figuras envueltas.


En segundo lugar la disposición del toro es muy cambiante, éste se pasea por todo el cuadro a lo largo de la creación. Nace primeramente en la esquina superior izquierda con una mirada inquebrantable y ruda, como si fuese a entrar en el ruedo a dar batalla; gana posteriormente cuerpo contoneándose por el centro con una vista más huidiza hasta terminar con el rostro típico cubista en la parte izquierda sin hacer aspavientos ni consternarse por lo que a su alrededor ve. El caballo por su parte estaba caído en el suelo y después se alza apoyado en una rodilla, y grita al toro llenando sus pulmones en un último suspiro. Tiene clavada una espada que cruza su lomo de arriba a abajo. Una punta de lanza doblada a los pies de caballo apunta al toro como el posible hacedor de la tragedia, como al que se le dirigía la muerte.

He de decir, como apéndice, que la práctica de rejoneo se reguló durante la dictadura de Primo de Rivera para que los caballos fueran protegidos en una malla, evitando así que a la primera cornada no echaran las tripas del caballo al suelo y eliminar esa imagen dantesca. 

Por último la bombilla, que originalmente era un sol que como un halo rodeaba la alegoría de la fuerza del pueblo y del trabajo, queda como una luz que estalla. Este elemento ha sido considerado como las bombas que caían. Aún así es tan ambiguo que se puede sujetar a múltiples interpretaciones. Sí me gustaría añadir que había un elemento que fue cambiando y que pasa desapercibido en el cuadro. Originalmente, en la parte derecha, en el extremo, cruzando el edificio en llamas, se encontraba una paloma blanca que volaba fuera del cuadro, eso indica que la luz que nace del cielo no tiene un significado esperanzador. La paloma se terminó sustituyendo por una puerta abierta que da salida a El Guernica. Esta situación dota de un espacio increíble a la obra, que no sólo queda recogida en el lienzo sino que sale de ella. Artistas como Velázquez en Las Meninas o El Greco en El Entierro del Conde Orgaz son capaces de abstraerte de tu localización y transportarte dentro de la escena. Denota un compromiso del público con lo que hay representado. No deja a nadie ajeno. No puede.

El cuadro a su vez es abrasador. Gotas de pintura caen derretidas por el brazo de esa mano que sujeta el candil. Tanto el bombardeo como la cornada tuvieron lugar a la misma hora. En torno a las cinco-seis de la tarde. Las llamas de los edificios tendrían más sentido con la versión del bombardeo, aunque aquella corrida fuera en el tórrido verano madrileño. No acudieron los bomberos a sofocar los incendios hasta dos horas más tarde. Sólo una flor nace de la mano del caído, como el árbol de Guernica que es lo único que sobrevive al feroz ataque.

Ignacio Sánchez Mejías era un personaje artístico muy importante en el primer tercio del siglo XX. Como torero, fue cuñado de Joselito 'El Gallo', custodio de la Esperanza Macarena, y mítica figura de la España de principios de siglo. Él dio la alternativa a Sánchez Mejías en 1919, estando presente Belmonte, insigne matador. La muerte de Ignacio conmocionó, como ya hemos referido anteriormente, a toda la opinión pública, pero más en concreto a su círculo de amigos artistas, dedicándole Federico García Lorca la elegía más bella escrita en español desde las Coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre. Ignacio era indiscutiblemente alguien con alto magnetismo y trascendencia en la vida pública (fue incluso presidente del Real Betis Balcompié). Por ello, pongo en duda de que si la intención original fuera en su recuerdo, Picasso, temperamental y decidido donde los hubiera, no hubiera maquillado la finalidad de su obra, dejando sin ese tributo a su amigo.

La única verdad objetiva del cuadro son las crines del caballo. El resto, alegórico de las artes destruidas por la contienda, fantasmas o plañideras, bomba o bombilla, es innegable la genialidad del artista y el poder que se eleva del lienzo al ser capaz de discutir el significado de sus miembros en un marco claro de agonía. Goya tiene mucho que ver: sus fusilamientos el 3 de mayo en la montaña del Príncipe Pío y sus pinturas negras dan herencia a esta sobresaliente e icónica obra del siglo XX.


Los muertos son siempre los mismos


Londres



Londres es una ciudad llena de vida y contrastes. Su arquitectura de estilo georgiano, victoriano, eduardino o neogótico se amalgama con construcciones tan señaladas como el London Eye, el puente del Milenio de Norman Foster o The Shard de Renzo Piano. Una ciudad adaptada a los nuevos tiempos, su cosmopolitanismo genético la convierten en una capital mundial de referencia. En ella se puede apreciar la más clásica tradición londinense junto con las modernas corrientes urbanas. Es una ciudad con un gran compromiso que retrata el día a día bajo su lupa de metrópolis: el centro financiero y cultural que tanto ha engordado el ego a aquellos votantes del Brexit. 

Es una ciudad para descubrir rincones, para saborear todo tipo de gastronomías y para desenvolverse en mil idiomas. Llena de color y movimiento, Londres es una feliz locura. Tiene lugares para todos los gustos: relajarse en Hyde Park o estar rodeado de bullicio en Trafalgar Square. El viejo Támesis, roñoso y bravío, es engarzado en una hilera de puentes las dos orillas de la ciudad. La elegancia de Kensignton o Mayfair. Lo alternativo de Nottin Hill o Camden. Y la mejor forma de descubrirlos todos es en bicicleta. Es una ciudad preparada para este tipo de transporte. De esta manera se pueden recorrer todas sus calles muy cómodamente y es un recurso muy económico. Pero cuidado con el tráfico, todo va al revés.  

Londres ¡qué gran ciudad!








París


Esta opinión que aquí refiero creo que es extremadamente necesaria para la salud de París, y todo el mundo debería tenerla en cuenta. Es la única salvación que le encuentro a sus males: desmitificarla. 



París es una ciudad objetivamente bella. Su estética arquitectónica y urbanística hacen un placer pasearla, y lo que es más, es una ciudad para pasear. Sus espaciosas avenidas y bulevares conforman un sistema arterial donde la historia tiene un momento en cada esquina. Sus balconadas de forja, sus fachadas claras y sus tejados de zinc al sol de nobles plazas pactan el alma de la ciudad. Sus parques, sus fuentes, sus puentes. El Sena. Palomas a los pies de Notre Dame. París es una ciudad gris donde la moda impone las leyes de la elegancia. Una industria llena de glamour que abandera como padres fundadores la nueva Francia. Existe una estática y máxima que va colgada en bolsos de Louis Vuitton. El París de hoy es lujo, uno que no comulga con la ostentación de Versalles pero sí peca de derroche simbólico en bolsos, cosméticos y joyería que prevalece en la cultura de tocador. París es clasista: la garganta de las cloacas, del metro, sigue siendo la corte de los milagros, huérfanos de un Sade destronado que contrasta vilmente con la solera de la plaza Vendome, desde el Ritz, pasando por Hublot y terminando en Dior. Después de la revolución y su esplendor, hoy, cruzando el puente de Alejandro III, los Inválidos son una metáfora de la ciudad. Una losa que la vacía y la llena de silencio, ni el ruido alza la voz. Escurridizas pasan las masas. Sólo aquellos que pertenecen a otra época y que vieron caer bombas sobre su país buscan el sol que los anestesie.

Más allá de ser una de las capitales más importantes del mundo y uno de los núcleos más influyentes de la cultura, París es una ciudad cuya sobrexplotación de imagen provoca que el acercarse a ella sea una decepción. Está demasiado idealizada en el imaginario colectivo por el cine y la literatura. En cambio, es una ciudad que a día de hoy no hace justicia a todo el arte que la ha alzado hacia la grandeza. Por eso he hecho una lista de los ocho lugares más destacados de peor a mejor de la ciudad de París.


8  TORRE EIFFEL

Es algo tan concurrido como aburrido. No me explico el mal gusto que tuvieron para plantar en el centro de una ciudad tan limpia, amplia y pura de estilismo algo disruptivo de semejantes dimensiones, que se puede ver desde cualquier punto de la ciudad. De hecho, desde el avión al aterrizar se veía. La 'puntiaguda', como deberían llamarla, sólo la disculpa el paso del tiempo. Hubo un señor del que decían que la detestaba tanto que iba todos los días a almorzar al restaurante que hay en la primera planta, porque es el único sitio desde donde se puede ver París sin encontrársela. En sí, no tiene misterio alguno. Es una atracción más de París. Teniendo lo que tienen en su historia, en su cultura y en su haber, considerar ese mamotreto como símbolo e insignia de París e incluso de Francia resulta una aberración y un despropósito mediocre. 

7 NOTRE DAME

Fue el monumento que más me indignó de todos. El trato comercial que se le da es herejía pura, pero peor es la falta de conservación, imperdonable. Una auténtica negligencia. Capillas ennegrecidas, calcinadas, gárgolas deshechas. El estado del templo denota una crisis nacional importante. Mientras tanto los turistas en piaras, dan codazos, placajes y empujones por hacer cuatro fotos a las vidrieras. Es muy importante tener una cultura religiosa cuando se entra a un lugar santo, y poner puestecitos con souvenires es el primer elemento para desacralizar el templo. Allí Dios ni está ni se le espera. He de decir que Disney la pintó mejor a como es o está en la actualidad. Notre Dame es la víctima más vilipendiada de todo París. A ella acude la carcoma turista a pisotearla. 

6 JARDINES DE LUXEMBURGO Y SORBONA

Es un barrio fascinante. La norma parisina de todo escenario cinematográfico se cumple allí. Los Jardines de Luxemburgo están más apartados del eje de los visitantes por lo que se disfruta más que otros parques o jardines como las Tullerías. Pensar que en la Sorbona comenzó todo lo que Mayo del 68 provocó es emocionante. En este enclave brota un París oculto lleno de orgullo más allá de banderas y jeques generales laureados. Es un París para su gente. 

5 EL MUSEO DEL LOUVRE

Mi más sentida animadversión hacia el museo del Louvre. A día de hoy no me puedo explicar cómo una de las pinacotecas más grandes e importantes del mundo consienta ese tráfico vulgar  de personas que peregrinan por sus majestuosas salas para ver a La Gioconda. Hay carteles que te dirigen a ella. Lo peor de todo es que comparte el mismo espacio cara a cara con Las Bodas de Caná de Veronés que es una deliciosa orgía de colores, formas, culturas, símbolos y divinidades, a la que todo el mundo le da la espalda porque prefieren agolparse, como hicieron en la Bastilla el 14 de julio, para dejar constancia de que vieron de lejos la Mona Lisa. No sólo por eso me parece exasperante, sino porque, aparte de que, personalmente, y salvando al egocéntrico de Rembrandt, Rubens y el interiorismo del tercer Napoleón, cerraría dos alas de las tres que el Louvre tiene. Además, una obra fundamental como la Libertad guiando al pueblo necesita de una intervención prestísima para paliar la falta de restauración y conservación que tiene. Delacroix exigiría exilio inmediato. Y Jacques-Louis David no se quedaría atrás, cuando su Consagración de Napoleón, de casi diez metros de largo, es vista de soslayo por la histeria analfabeta y sensacionalista que borreguea el Louvre. Lo que tiene que sufrir la victoria alada en esa escalera no está escrito. 

Para más inri, y para que se entienda el concepto de capital que tienen, usando como reclamo el arte (señalar el concepto de arte prostituido) se puede pasar al centro comercial que hay justo debajo del museo, en el carrusel, donde se forman colas y esperas para entrar al Apple Store que allí hay. 

4 AVENIDA CLICHY (MONTMATRE)

Lo ideal es subir al Sacre-Coeur al atardecer, y cenar en alguno de los restaurantes del alto Montmatre, donde se defiende una bohemia desgastada y roída, maquillada por estetas puristas con galerías que distan mucho de otros años felices para la pintura. Después, bajar hacia Moulin Rouge que no deja de ser más llamativo que Tío Pepe de la Puerta del Sol o cualquier Toro de Osborne en las carreteras españolas (de hecho el toro es más impresionante). Claro está, para que el molino rojo gane fuerza no se debe desbancar de su contexto en la avenida de Clichy donde se respira fácilmente poper en el ambiente. Es una avenida llena de luces que recuerda a unas Vegas dedicadas al sexo. Una ristra de sex-shops engarzan la vitalidad de esta calle que no descansa y que es un reclamo que tiñe de libertad, igualdad y fraternidad sexual a todos los que se acercan. 

3 LA SAINTE CHAPELLE 

Es uno de los lugares mejor guardados de París. Recóndito y espectacular, sus paredes de vidrieras encandecen el ambiente en un  crisol de luces. Si no estuviera masificado también, probablemente sería el mejor lugar de París con diferencia. La que fuera capilla real privada de los reyes de Francia, en la soledad de su oración, en el silencio que sólo el Sena rompe en sus aguas, la Santa Capilla ha visto al cielo desplegar su divinidad iluminando mortales. 

2 MUSEO DEL ORSAY

La vieja estación de Orsay alberga una de las mejores colecciones de pintura de los siglos XIX y XX de mayor calidad. Obras como El Origen del Mundo de Courbet son de visita obligada. Este museo, aunque hay mucha gente haciendo cola, dentro no da la impresión de que haya tanta. Al no haber una obra de referencia, se dispersan mejor, obviando a Van Gogh, Toulouse-Lautrec, Monet, Cézanne, Degas, Matisse o Gauguin. Donde se ponga la mujer de rostro impávido de 77x53 que se quite lo demás. El Orsay es uno de los mejores museos que tiene París, que todavía honra sus pinturas y el espacio, no da la sensación de ahogo que retumba en el encierro del Louvre.

1 SHAKESPEARE AND COMPANY (BARRIO LATINO)

Sí. Lo mejor de París es una librería. La Shakespeare and Company, al otro lado del Sena, justo enfrente de Notre Dame, es uno de los lugares más especiales, leales al arte y maravillosos de París. Operativa y con su finalidad original, este lugar sirve de foco anglófilo literario y referente de una lengua con una trayectoria extensa entre páginas. En su emplazamiento, esta librería ha visto dar lecturas a insignes escritores que no os voy a contar, para que busquéis sobre ella y descubráis. El gozo de pasear el barrio latino sólo se compara con los campos Elíseos hasta llegar al arco del Triunfo a temprana tarde. Son placeres que gustan y que vienen bien vivir. Un gato pasea entre estanterías. Es el regente del único reino que queda en Francia, el de la buena literatura. 

Cada cual tiene que descubrir el París que más le apasione. Procurad desvestir vuestras retinas de la imagen preconcebida que los medios han proyectado en vuestras mentes (en la mía también). Desdibujad vuestras inquietudes y sed críticos con lo que queréis sentir y ver. No dejéis que os apresen los (pésimos) gustos ajenos. Haced lo que sintáis. Ni la torre Eiffel es una maravilla del mundo, ni la Mona Lisa es el mejor cuadro, ni Notre Dame es lo que Disney nos contó. París es una ciudad preciosa que el dinero ha hecho estéril. Adiós Baudelaire, adiós.

Barcelona





Barcelona es la novia de España. Llena de vida, su modernismo la envuelve en un aire romántico de libertad, de rebeldía, de señorío. Pasear por sus calles es una delicia. Desde el Tibidabo a la Barceloneta, sus cuatro puntos cardinales tienen un encanto especial que la coronan como una de las ciudades más queridas de España. 

Es una ciudad elegante, con un barrio gótico que sencillamente enamora. Persigue el futuro con una mirada atrás que hace destacar el pulso catalán: un pueblo noble, altruista y consciente de que su posición como puerta de Europa lo hacen muy cosmopolita y diverso. Barcelona acoge y recibe con amabilidad. Bajo la cuestión independentista, no se respira hostilidad. La publicidad de las televisiones y tertulias dibujan un retrato de desgarro que queda muy lejos de la realidad. El catalán, como lengua, es una exigencia cultural y soberana que ha de prevalecer. Enriquece al conjunto del país. La diferencia no se puede obviar ni se debe someter bajo una castellanización a la fuerza. Ni Sevilla es Castilla, ni lo es Mallorca, ni Ceuta, ni Bilbao ni Santiago. El centralismo administrativo no es excusa para sobreponerse a las distintas identidades que se asientan sobre la península. Cataluña ha de florecer por sí misma ¿Lazos amarillos? Muchos. Y banderas esteladas en todas partes. La ciudad manifiesta una lucha callada que la Generalitat ha (mal) promovido y en la que están estancados. Cierto es, que junto a toda esa manifestación independentista, las pintadas de lazos amarillos crea una sensación de suciedad. Son grafitis de escaso valor visual que perturban el paisajismo modernista de la ciudad condal. Lejos de juegos infantiles y actitudes párvulas en el Parlament por parte de unos y otros, la política no se sufre en las calles, afortunadamente. 

Es una ciudad que ha ido adaptándose y desarrollándose en episodios promovidos por la cultura o el deporte. La Exposición Internacional de 1929 o los Juegos Olímpicos de 1992 son dos eventos clave para el urbanismo de Barcelona. Sin lugar a dudas, ser sede de las olimpiadas determinó drásticamente la nueva ciudad que hoy se disfruta. Fueron unos juegos que brillaron y marcaron un antes y un después. Los juegos olímpicos de Barcelona 92 fueron los mejores de la historia. 

Uno de los lugares que más he disfrutado ha sido el barrio gótico. Callejear por el casco histórico de Barcelona me ha recordado a mi Albaycín. Tranquilidad e historia. Existe una sabiduría que embelesa al viandante y lo introduce en un trance de calma y sosiego muy necesario. Otro de los puntos de encuentro con mejores vistas fue la azotea del centenario hotel Majestic desde donde se puede contemplar la Sagrada Familia o Paseo de Gràcia con la Casa Batlló y la Pedrera iluminadas al atardecer. Pero si tuviera que elegir entre todos uno, ese sería Montjuic. Su majestuosidad aportan el sobresaliente que Barcelona necesitaba. El espectáculo piromusical junto con la fuente mágica acompañando para las fiestas de la Mercé hicieron que no cupiera un alma en la avenida de la reina María Cristina. La noche catalana llena de luz hacían honor a la verdad de esa ciudad. Como español me enorgullece que uno de los miembros de este país sea Cataluña, y como granaíno, tener una hermana como Barcelona. 


Oriente: el día más oscuro

Todos los nacidos en poblaciones de mestizaje cultural, donde la sabiduría y la belleza se impusieron en un extenso legado vibrando en el paso de las generaciones y de las civilizaciones, tienen más poder de verdad que los que rechazaron echar raíces en un campo donde no hubiera más flores con pétalos diferentes que a los que ellos lucían. Por eso, ciudades como Granada, bastión nazarita del último reino musulmán en la península, pueden lucir con orgullo la genética que los siglos les han hilvanado. La Alhambra, ciudad palatina, corona y queda en el rumor de sus albercas soberana de un tiempo donde los poemas del Corán eran grabados en escayola por sus patios y sus salas. Mas frente y compañía en la grandeza le hace la catedral renacentista más grande del mundo. Sepulcro de los Reyes Católicos quienes dispusieron que en el paraíso era buen lugar para descansar eternamente. Habiendo podido elegir ciudades católicas como Burgos, Valladolid o Segovia, donde la paz encontrarían asegurada envueltos y protegidos por la cristiandad, dejaron a la ciudad, por excelencia musulmana, ser la guardiana de su mortalidad. Un término sin afrenta. Es por ello, ante esta cultura que emanan las calles, lo que hace que se desprecie o ni la atención capte noticias islamófobas y racistas. 

Teniendo esto en cuenta, avistamos por costumbre que las noticias alientan a un desdén hacia Oriente Medio. Ellos parece que no investigan la vacuna contra el cáncer, ni les interesa la carrera espacial. Se pueden contar con una mano los premios nobel que han recibido. Sólo se dedican a lapidar a personas, tener a sus mujeres tapadas de pies a cabeza y a masacrarse entre unos y otros. Una sociedad que ebulle en el terror. Una región regada con la sangre de sus gentes. Desde Turquía a la India es la única publicidad que se les da. Bárbaros cuya vileza nos ha anestesiado el dolor de ver sufrir al prójimo. Lejos queda aquel Bagdad romántico que citaba en sus novelas Agatha Christie o el lujo de los shá persas que tanto encandilaba al glamour de occidente. Así, junto episodios traumáticos a extramuros como el 11S, es razonable que sociedades como Estados Unidos, sin contacto más allá del tira y afloja, tengan una conducta tan ignorante y chovinista. Ellos, cuyos fundadores, mucho antes de que George Washington existiera, eran un puñado de puritanos que Inglaterra había arrojado al vacío de los mares para que domaran a  putas, ladrones y delincuentes expatriados de la neblina británica. En definitiva, el germen poblacional de las primeras colonias fue la escoria social más sustancial de aquel tiempo. Un vecindario sin autoridad moral para mirar por encima del hombro a nadie. Y hoy, si no fuese por Hollywood y Harvard, Apple y Google, el MIT y la NASA, poco honor les quedaría. Insuficiente para una sociedad crítica que siente como desgarradora la historia reciente compartida con los nativos americanos, con la esclavitud y el apartheid, con el neocolonialismo. América nunca ha convivido con Oriente, pero siempre ha deseado su poder. 



Arabia, cuya riqueza es anhelada por todos, es consciente de su soberanía y su fuerza. Muchas son las amenazas y las garras deseantes de destriparla. Después de la segunda guerra mundial, con la desocupación de países como Gran Bretaña o Francia de la región, era palpable una voluntad de restaurar la convivencia. Desde los sucesos de Orán, el fundamentalismo era un enemigo del imperialismo occidental que a la población árabe no le hacía falta. Su cura era sencillamente ser y estar. La seducción comunista por un lado y la conquista americana, bajo el recuerdo de la europea, por otro, hicieron tambalear los pilares de un pueblo que buscó en sus raíces la estabilidad. Sin lugar a dudas en sus raíces más oscuras. Empezaron por derrocar a reyes con tronos milenarios. Los nuevos cambios desafiaban a las viejas autoridades. un Alá impostor se coló como ley. El ayatolá Jomeini en Irán inició la era de tinieblas en la que hoy todavía se sume Oriente Medio. La primavera árabe arrojó una luz esperanzadora, que aun frustrada será el germen para que las nuevas generaciones, el día que busquen la salvación de sus naciones, cojan impulso en la aventura de sus abuelos. Nadie hará nada por ellos, salvo ellos mismos. 

Pero sin lugar a dudas, si algo cambió el rumbo de la historia fue el 20 de noviembre de 1979. Si nuestros días están aborrecidos del terrorismo, si el ISIS ha sembrado el mal con consecutivos crímenes de lesa humanidad, si nuestros telediarios se encienden plagados de guerras y bombas en Siria, Gaza o Iraq, si el burka existe y la sharia restringe libertad a los musulmanes es por lo que pasó aquel día. Un amplio grupo de fundamentalistas asaltaron el lugar más sagrado del mundo musulmán: La Gran Mezquita de la Meca. Un hecho que puso en entredicho el Islam y presumió de golpe de Estado a la dinastía Saudita, protectores de los santos lugares. Soberanos que apellidaron una nación bajo su nombre. Los asaltantes alegaban la ilegalidad de la dinastía Al Saud y la corrupción del clero musulmán. Algo inaudito y muy temible. Arabia es un lugar estratégico donde debe reinar la concordia, para bien del mundo. Una preocupación que se extendió al Kremlin, la Casa Blanca y un recién estrenado Parlamento Europeo. Todos ellos, aun pudiendo sacar partido de la debilidad del jaque supuesto, fueron cautelosos. El asalto a la Meca supuso un desafío sin precedentes en el país con una difícil resolución. Los rehenes se contaban por miles. Los minares de la mezquita estaban ocupados por francotiradores. Convirtieron el lugar de oración en una fortaleza infranqueable. Mientras el gobierno de Arabia no se pronunciaba en comunicado oficial para no diagnosticar esta puñalada en el orgullo, el ayatolá iraní especulaba con los presuntos artífices alentando el odio a Estados Unidos. Algunas embajadas y consulados fueron atacadas en la región, resultando muertos parte del personal diplomático. A su vez, la defensa que pudiera hacer occidente para desvincularse no sirvió de mucho, teniendo en cuenta su historial, y la rencilla abierta tras la crisis del petróleo de 1973. 

Casi cuatro días tardó el gobierno saudita en devolver el ataque. Lo que llevó a cabo el consenso para dar luz verde por necesidad a que los tanques entrasen en la mezquita. Se empezó a evacuar el lugar desde las plantas más altas. Los fundamentalistas se guarecieron en la parte baja. Ya no quedaban rehenes. Arabia Saudí solicitó a Francia material para poder capturar a los terroristas, ya que el uso de las armas no está bien visto bajo suelo sagrado, tanto en los lugares donde se predica la voz de Mahoma, como donde se toma el cuerpo y la sangre de Cristo. La administración de Valéry Giscard en misión secreta mandó trescientos kilos de gas mostaza que sirvió para liberar la Gran Mezquita sin mayor violencia. Todo acabó el 4 de diciembre. Una factura que había cobrado 244 muertos y que todavía quedaría por ejecutar por decapitación a los 68 insurgentes capturados en varias ciudades del país, para mostrar la justicia que se hacía. Los Al Saud tomaron cuenta de ello y se implementó una aplicación más estricta del código islámico. No podría volverse a repetir un suceso así, ni manchar el orgullo y honor de una familia que se autoproclamaba iluminada de Alá. Y mucho menos por occidentalizada o libertaria. Ahí comenzó la propagación del terrorismo, como herramienta exportada para tener a rajatabla una región regada de pólvora donde todo son mechas. Penas severas se sucedían. La censura se imponía. Altas restricciones apresaban las libertades de su gente. Toda medida de control era poca. La paranoia era un gigante en aquel episodio traumático. La luz que oriente siempre había andamiado se apagó. Aquel duro golpe aún tiene su eco en nuestros días. Treinta años después los fantasmas siguen vivos. 


Fran Ibáñez Gea