Incalificable: una crónica contra pronóstico

 


Vale recordar la escena en la que Dalí se presentó a uno de sus últimos exámenes de carrera en la Real Academia -escuela- de Bellas Artes de San Fernando. El tema a exponer era Rafael. Dalí, que entonces ya hablaba en tercera persona de sí mismo, espetó al tribunal: "Dalí no se puede presentar puesto que en esta sala no hay nadie que sepa más de Rafael que Dalí". A los días lo echaron, naturalmente. 

Una de las labores mejor avenidas es la de la oposición. Formar parte de la función pública, con el respeto y dignidad de la no-explotación, es una de las elecciones vitales más exitosas y fértiles para a quien la estabilidad le es una prioridad. Legado el bagaje de la costumbre -en mi casa todos sus miembros conocen la experiencia- me emprendí a invertir la dedicación de mis días en opositar. Afortunadamente no de la manera rígida y esperpéntica de algunos compañeros encerrados mientras el sol está de guardia y clavando codos entre apuntes y tinta seca. Bien es cierto que durante estos meses atrás, la pandemia tuvo mucho de bueno para quien vivir era una casualidad y la exigencia corría sobre el escritorio. No había riesgo de huida: confinamiento perimetral, toque de queda, escrupulosa distancia social y sobre todo el apagón de emociones por reconciliarte con el fuera. Temas y más temas sobre la mesa que van engordando con otras versiones, resúmenes y esquemas. Tochos de libros de consulta, subrayadores en agonía. Al final, terminas por perfilar la propia filia y seleccionar los bloques que más te apasionan para defender -de cinco bolas a escoger, malo será, y el cielo lo dice, que no salga ninguna a tu favor-. Me acuartelo en literatura, historia y cultura. Repaso documentos y pies de página de la carrera. Engendro listas de autores y sus obras; listas de presidentes y sus partidos; hechos históricos y escritores afectados. Amarrar cualquier mínimo cabo imprevisto. 

Para más inri, durante este año he estado cursando un máster en investigación de Teatro Europeo, lo cual reforzaba más la sección de drama, innovaciones escénicas, crítica literaria, etc. Recuerdo haber entregado dos cosas de las cuales me siento satisfecho: la primera es la relación entre Bernini y Lope de Vega a través de Santa Teresa; la segunda, la necesidad del espacio independiente para autorrealizarse de la mujer en el caso de Ofelia (Hamlet) con reflejos de Virginia Woolf (A Room for One's Owner). Efectivamente, en mi haber no cabía la sola memorización, había que entender, aprehender, construir, exigir, crear perspectiva de lo que se veía. Todo ello es lo que ofrezco a mis alumnos cuando estamos ante un poema o un hecho histórico. Cuidar la sensibilidad de captar lo que emana el texto.  La función del docente no está en que los discípulos aprueben, sino en crearles expectativas, inquietudes y dotarlos de herramientas para que piensen por sí mismos. Darles la posibilidad de la duda. Nadie les responde. Todo es asumido. Preguntar parece de imbéciles, de aturdidos, de distraídos. NO, la pregunta es la llave para saber. Y en la práctica del arte de cuestionar es cuando el alumno lo consigue. 

El examen a oposición era un mal trago -con el añadido de levantarte a las cinco de la mañana, que te nombren a las siete y media de un domingo; que la prueba no empiece hasta las nueve y desde entonces disponer de cuatro horas para desarrollar un tema y realizar un caso práctico con la ayuda de tres caramelos, algunos escasos buchitos de agua y la imagen de Fray Leopoldo en la cartera-. La primera bolita que sale es el "tema 44: Shakespeare and his age. Most representative works." El éxito estaba asegurado. Mi temor se encontraba en que la mano se me gangrenase ante la falta paulatina de hábito de escritura, que subsané gracias a que desde semana santa hasta el examen -tres meses- escribí todos los días un par de folios. La adrenalina me dio la patente de corso para que de principio a fin la primorosa caligrafía fuera decente.  

La cosa iba bien. Ni un tachón. Todos los párrafos en su sitio. Los títulos de los subíndices coincidían con el comienzo del folio. Diecisiete caras. La información invitaba a la reflexión incluso. De tiempo, sobró una hora. La tensión de no dejar marcas que rompieran el anonimato -desde firmar, una marca de boli por torpeza fuera de lugar o subrayar un título inocentemente- avivaba la atención. Le incluí parte del soliloquio de Hamlet que lo aprendí en segundo de carrera: To be or not to be, that is the question. Wheter tis nobler in mind to suffer the slings and arrows of outrageous fortune, or to take arms against a sea of troubles and by the opposite take the end them? To die to sleep, no more... También incluí que el hecho de que Shakespeare tuviera una sección de drama histórico era debido a la autoreflexión de Inglaterra como país tras las crisis de fe y autoridad, así como la abundante inspiración que significaba tener un poder de referencia y la relación con el destino o las vicisitudes. Añadiendo que la referencia histórica sobresaliente para entonces era el precedente de la Ecclesiastic History of English People de Veda el Benerable. De invitar a la relación entre Romeo y Julieta con Calixto y Melibea, de explicar en qué momento del día se hacían las representaciones de teatro en The Globe, de obviamente incluir una respetable lista de las obras del bardo inglés y analizar sus ciento cincuenta y cuatro sonetos. Evidentemente ,no iba a añadir la patochada de que el día del libro celebra la efeméride de su muerte. Tampoco que su ciudad natal era Stratford-upon-Avon porque entonces lingüísticamente habría que entrar en el detalle de lo que supone upon-Avon, que ya Stratford es como decir nacer en la nada -o en un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme-. La grandeza no se puede acotar a un villorio a menos que seas Wordsworth y Coleridge. En cualquier caso cuando se cerró el sobre con mi examen yo salí en éxtasis. Menguado por el estrés acumulado por meses y con el estómago cerrado de la presión, pero con una sensación positiva de que todo esfuerzo había valido la pena. Prueba superada. La evidencia era esa. Aún así procuré un silencio sepulcral durante los diez días de corrección, apelando a la misericordia para que el tribunal fuese iluminado y a la altura de las circunstancias, con justicia y vehemencia. 

Llega la nota del examen. Un 4,16 -adelanté que eran dos partes, tema y práctico. Pues en ambas coincidía la misma nota numérica, hasta en las décimas-. Con urgencia telefoneo a la sede del tribunal para ver qué forma hay de no quemar Roma. Me dicen que la nota es inamovible y no hay posibilidad de reclamación. En mi cabeza las catilinarias en repique. Me presento físicamente en la sede, en Peligros -ni más ni menos-, a lo que me contesta el presidente del tribunal lo mismo: "no podemos darte información sobre correcciones o contenido. El examen no puedes verlo". La falta de transparencia reforzaba la injusticia, vaya por delante que mi tono de cortesía y pleitesía por saber dónde se encontraban los fallos para no repetirlos era de una admiración teatral exquisita. Y así me jubilaron, después de tres años preparándome. Era mi primera vez. En su aritmética administrativa por repartir las plazas y beneficiar a los interinos no entraba yo. Ni yo, ni Shakespeare, quien si hoy todavía viviera me haría alguna obrita al hilo de su "Mucho ruido y pocas nueces". No hay rencor. No habito en la edad de pensar que una mala calificación distorsione lo que sé, mi esfuerzo y mi trabajo. Ya sólamente queda esperar a que pase otro tren y que el billete, aunque esté en regla, no caiga en desgracia. O haya aforo para un pasajero más. 

Cuánto comprendo a Dalí. Un amigo me dijo que "si sucede, procede". Y yo ante el altar no he pedido aprobar, ni sacarme la plaza, sino el "hágase en mí según tu palabra". De momento estoy de vacaciones. Depurando la tensión acumulada y dedicándome finalmente a lo que me gusta: escribir, leer, pintar y tocar el violonchelo. Volver a los problemas del primer mundo de cuidar el jardín y colocar cuadros rectos. Que así sea. 

El hogar público

 


El mejor alcalde de Madrid, salvando las distancias con Carlos III, dijo un día algo así como que si la casa, la vivienda personal tenía la consideración de hogar privado, la ciudad debería tener la misma consideración como hogar público. Y esta sentencia de D. Enrique Tierno Galván va gestando una de las ideas fundamentales para la ciudad moderna.

Hemos evolucionado sin saberlo. En cuestión de cincuenta años una generación bisagra ha podido experimentar cómo nacen los teléfonos y las televisiones, el auge de los coches y de los ascensores, no tener excusado, alcantarillado o agua corriente, que en la misma vivienda coincida también la cuadra o la pocilga, incluso que la distribución de la casa haya surgido conforme urgía la necesidad de hacer espacios, con el consiguiente desdibujar las calles. No haber cubos de basura o papeleras, y por ende el surgir de carteles de no arrojar escombros bajo multa. El encendido público existía, por la custodia del sereno, por cuestiones de seguridad, mas lejos de ahí todo era prescindible. Quizás dos bancos de piedra en una plaza.

La ciudad de hoy tiene una naturaleza brusca. Las mierdas de perro desperdigadas, la ausencia de suficientes fuentes, la falta de accesibilidad en algunos tramos. El colesterol de tráfico oprime las arterias en exceso. Hay pérdida de oído en el paseante. Sirenas, tubos de escape, claxon y derrapes. La prisa la marca la rueda. Existe una baja consideración hacia el ser humano analógico que pretende lanzarse al camino con la idea sibarita de distraerse y redescubrir el lugar en el que vive, con la esperanza de que esa ruta por lo bonito sea lo más extensa posible.  

Cuidar la calle no debe ser un gesto compasivo de la administración. Ni tampoco ser desentendido por la población. Cada rincón es parte de este cuerpo que habitamos y que por tanto deberíamos esmerarnos en que sea saludable. Las fachadas ruinosas son uno de los grandes males presentes que compromete la seguridad en la vía y la pérdida de patrimonio. Muchas veces son naufragios sin dueño varados por el descuido y el haber normalizado que las ruinas y escombros son parte de nuestra identidad. Lejos de eso, a día de hoy debería haber herramientas suficientes para restablecer el estado de estas viviendas y hacerlas útiles. Para que los barrios históricos se llenen de vecinos que devuelvan la actividad a esas calles y esas plazas.

Guadix es una ciudad paseable. Peregrinar a la virgen de las Angustias, callejeando Santa Ana, de su iglesia a su solana, y avanzar por la Gloria, doblando las almenas, hasta el balcón de Peñaflor donde entre Santiago y San Francisco las huertas son un pazo de soneto en extinción. Cruzar el barrio latino por las Ibáñez o la Concepción, avistando como un faro el campanario. Y escuchar. Oír las golondrinas anidar y los cuartos de las campanas de la catedral. Reposar Santa María y su Buen Aire de balcones bajo palio y el renacimiento abriéndose como un trago de vino al sol. Cederle el paso a la plazuela de Villalegre y la Atahona como un cañón hacia Roma abriendo un abanico de teatro propios de una Pompeya de arcilla. Despistar el Ferro hacia San Miguel y saludar al Cascamorras en el compás de Santo Domingo, para finalmente subir hacia una corona de chimeneas blancas, con el permiso de la Magdalena, y ver Guadix. Guadix ante un mar de barrancos escarpados con su avanzadilla de Azucarera y su Estación, por donde llevan serpenteando los trenes un siglo, ya en tradición. 

No cabe duda. Son muchas las opciones que se tienen para dejar una ciudad a su suerte. Que siga creciendo o vaciándose como lo ha ido haciendo hasta ahora. En cambio, en tiempos confinados, hemos podido apreciar con mayor profundidad la importancia de nuestro entorno. La primera vez que el parque periurbano parecía Central Park. La cuestión está servida.

El revuelo de la lengua



La función lógica de la lengua es la de hacerse entender. Cuando esto no ocurre, aun habiendo muchas palabras de por medio, la lengua es inútil. Puedo decir "versos verdes vieron venir" y no expresar absolutamente nada, simplemente ejercer la aliteración para dotar de belleza y juego al lenguaje, sin más ambición que la estética. Bien es cierto que nuestro cerebro echa cartas posibles de decodificación e intenta descifrar el mensaje. También puedo decir "válidos balidos baleados van por vereda". Puede haber coherencia, puede haber cohesión, pero el mensaje no trasciende si quirúrgicamente carece de contexto. 

EsA es lah gUerRra habIerTaA k TeEneMoOs koOn laA LeNguUah. Nos preocupamos más por la corrección de las formas con precisión purista y olvidamos su utilidad. La frase previa, aun estando en código cani, tiene más validez funcional que las anteriores. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos. Si bien es cierto que la gramática de Nebrija (sujeto-predicado) nace el mismo año de la toma de Granada y el descubrimiento de América, no es hasta el siglo xviii cuando la Real Academia de la Lengua recoge en consenso la ortografía. Todo lo escrito hasta entonces, a ojos de los jueces de hoy, estaría básicamente mal, incluyéndose en esta larga lista de analfabetos putativos a Cervantes, Calderón, Quevedo, Góngora o Santa Teresa de Jesús. Una vez dicho esto, continuamos. 

 La lengua es de todos. Y no sólamente de los presentes, también incluidos los venidos y venideros. Existe hoy un código paralelo a la hora de redactar el español. Sobre papel: bajo el rigor canónico castellano de tildes, puntos y comas; y sobre la pantalla: abreviado, ligeramente adulterado y con anglicismos. Y ambos españoles caminan en paralelo sin entorpecerse. Desde que el precio de los sms estaba ligado a los caracteres que pusieras, esto hizo despertar un reductismo audaz que siguió con el avance de los teclados en los móviles (hasta entonces el 1 era a b, c y á, el 2 d, e , f y é, etc) En nuestra experiencia hemos estado sujetos a moldes muy limitantes que desafiaban el florido español a costa de la inmediatez y economía. Un precio que se pagaba y se ceñía a un formato sin tinta. Aceptamos el reto, sin saber dos cosas: que los móviles se iban a convertir en algo tan inseparable del cuerpo como el alma; y que las redes iban a ser parte importante de nuestras vidas. Hoy arrastramos todo ese bagaje inconsciente al que hemos estado sometidos. Hemos relevado el vale por el ok. La videoconferencia por la call. El jajajaja por xdd. Útiles herramientas abreviadas que se adaptan a esta nueva era de impulsos y poca calma. 

No podemos culpar a las pantallas del uso todavía de "asinque" o "haiga" cuando un joven lo escribe en un examen, porque también hay adultos que comentan en facebook con ese léxico maridado siendo parte de una España sencilla y sin complejos. Una de las cosas que Antonio Machado amaba eran las faltas de ortografía de las cartas que Leonor le escribía. Las faltas son naturales, íntimas. Ningún crimen. ¿Un poco torpe? Pudiera ser. Son errores reveladores con mucha personalidad. Leer a alguien es saber cómo opina. En cambio, aspirar a escribir en esa codificación correcta ortográfica castellana es el compromiso social con la escritura que todos hemos firmado en alguna parte para ir de la mano y entendernos. La exigencia reside en la ambición del receptor. Comunicar es adaptarse. 

 Ya nos hemos dejado el "¿" y el "¡" por el camino. Sigamos dándole uso a tanta genialidad: "Albricias, la algarabía en la aldaba sonando y Adela como almenara en el alfeizar". Llegará el momento en el que nos enamoremos de nuestra lengua, entonces sin darnos cuenta trataremos con dulzura a las demás personas. La lengua es nuestro horizonte, en ella empieza y termina nuestro pensar. Lejos de las palabras sólo queda una fina bruma de sospecha. 


Exigencias de guion: revisionismo vindicado

Estatua ecuestre decapitada de Felipe III en la Plaza Mayor, 1931.



Felipe III cabalga sereno y anunciante en la plaza mayor de Madrid. Preside el lugar que mandó hacer y donde se efectuaban los autos de fe populares de la villa. La plaza ha tenido tanta vida que hasta corridas de toros se han hecho en ella. Era un corazón de la ciudad austero -en un tiempo-, plagado de jardines -en otro- y minado -no hace mucho-. Un lugar de encuentro, de paso y de retrato. Por eso con la propuesta del concejal Mesonero Romanos y el beneplácito de Isabel II, la estatua de 1616 se movió de su emplazamiento original en la Casa de Campo al centro de su Plaza Mayor. Hasta 1868, cuando se hace una revisión de la simbología monárquica y se traslada a unos almacenes de la villa.

La estatua es repuesta, como la monarquía, con Alfonso XII. En 1931 se enfrenta a la estocada. El fervor nacido de un cambio de aires políticos y sociales en España despliega una euforia mal llevada, dejando como objetivo de su ensañamiento la estatua ecuestre. Al caballo le meten pólvora por la boca provocando su caída y el esparcimiento de huesecillos de los cadáveres de pájaros que se habían amontonado dentro del bronce desde tiempos inmemoriales. Un episodio que termina después de la guerra, sellando la boca al caballo -para que no vuelva a ser cementerio de gorriones- y reponiendo la estatua en su lugar. Mientras, en la vecina plaza de Isabel II, la efigie de la reina fue arrancada con cuerdas y arrastrada hasta la Puerta del Sol, incendiada y despedaza. Tuvieron que hacer otra en 1944. La misma procesión y cortejo tuvo que padecer la estatua del Marqués de Larios en Málaga -de Mariano Benlliure- estando al remojo del puerto durante la república hasta que terminan por reponerla nuevamente y restaurarla décadas después. 

Podríamos decir que esa es la vida de una estatua. El daño siempre lo sufren, o bien por vilipendio o bien por abandono. El paso del tiempo es todo un reto para quien no tiene la palabra. Es preciso este contexto para explicar el estatuicidio de la campaña Black Lives Matter. Se está llevando una revisión de todos aquellos que conspiraron contra la raza y apoyaron la esclavitud. Aquí entran desde Churchill, Cristóbal Colón o Charles Darwin. Esto es: la honra y gloria que justificaba su presencia en el bronce es probable que haya pasado a un segundo plano y que la sociedad de hoy valore, sin entrar en anacronismos, otras cuestiones para su emplazamiento. Cierto es que la damnatio memorae declarada a veces puede tener tintes agresivos para el valor monumental o artístico, creando serios destrozos patrimoniales. 


El contenido simbólico de la vía pública es objeto continuo de revisiones. Para una sociedad común hay que presentar un espacio común. Y es una obligación su sometimiento, para seguir avanzando y cuestionando cuáles son los referentes y los valores por los que el pueblo se guía. Las idas y venidas de las estatuas son la respuesta más clara dada a la interpretación de lo que se demanda. Las estatuas tienen una justificación en el espacio. Dotan al lugar de renombre. Le añaden valor, referencia y significado. Si quien representa carece del aval del presente, es muy probable que esa plaza, esa calle o ese barrio necesiten una renovación. 

La cuestión en los museos y centros de interpretación 

Esta oleada está intentando entrar en los museos. Las instituciones museísticas deben ser tajantes. Toda pieza tiene una coherencia y una posición dentro de las instalaciones, ajena a lo que pasa en la calle. El Prado ha hecho grandes exposiciones sobre mujeres apoyando la visibilidad de las artistas ocultas en la historia y eso no ha desplazado a Velázquez, Rubens o Goya de su sitio. El Thyssen-Bornemizsa cada vez que llega el Orgullo LGTB prepara una guía alternativa por medio de sus cuadros más destacados dentro de esa temática sin modelar su colección permanente. Es decir, los museos tienen herramientas para traducir la pluralidad de la calle en sus salas sin alterar el lugar técnico, académico, contextual y estilístico con el que se dota un cuadro. Si el Museo de Historia Natural de Londres considera que para ser políticamente correcto debe revisar parte de la obra de Darwin, es su problema. Los museos están para mostrar, educar y reflexionar. La única bandera nazi que he visto en mi vida ha sido en el Museo Naval de Madrid, en el contexto de la guerra civil española. España es un país cada vez más consciente de la necesidad de desprenderse de elementos de la dictadura aún vigentes pero cuando se entra al Museo Reina Sofía y se ven los retratos de los generales franquistas nadie se sorprende ni ofende, pues un museo es el lugar que la sociedad ha reservado para este tipo de producciones. 

Los museos tienen la función y obligación de cuidar, conservar y preservar los bienes artísticos. La vía pública, por las razones que hemos visto, es imprevisible. Por eso se hizo una copia en 1873 del David de Miguel Ángel y se resguardó el original en la Galería de la Academia, hasta entonces en la Plaza de la Señoría. Una situación que han experimentado la mayor parte de obras de arte escultóricas que estaban en plazas y calles. Es de agradecer que la sociedad haya consensuado tener este tipo de cuarteles donde defender los tesoros y legados artísticos. 

Es muy positivo que se discuta cualquier conato que atente contra los valores del siglo XXI: la libertad, el feminismo, la igualdad, el respeto y el progreso. Una experiencia previa condiciona la siguiente, y es momento de no dar todo por hecho. De no asumir las cosas cómo nos las muestran. Y eso se extiende al lenguaje que hablamos, a las señales de tráfico que vemos o a los colores que vestimos. No hay nada inocente aquí. Estudiarlo es un ejercicio que deberíamos hacerlo todos, y dentro de nosotros mismos valorar su importancia. 


Arte urbano sin protección

Banksy


¿Por qué necesita el arte ser protegido? Bien, a la salida de una visita al museo del Prado, Jean Cocteau y Salvador Dalí se encontraron con un grupo de periodistas. Éstos le preguntaron que, en caso de incendiarse la pinacoteca, qué salvarían. Cocteau respondió el fuego. Atónitos, tuvieron servidos el surrealismo en bandeja. Dalí respondió que el aire, y más concretamente el aire contenido en las Meninas de Velázquez, que es el aire con mayor calidad de la historia del arte. 

No se equivocaba. Puesto que la pintura no es una simple representación pictórica, sino que si su fin no es evocador, irruptor o reflexivo, resulta únicamente un decorado. Un añadido estético para acompañar la estancia. No hay cuadro en el Museo del Prado que no tenga autoridad para escupir al público una verdad a la cara. Una razón de ser. Las obras maestras no lo son sólo por su destreza. Lo son por el mensaje. El código visual que hilan para expresar conceptos y realidades con los pinceles. 

Hemos consagrado la pintura como una de las grandes damas del arte, pero en cambio existen discrepancias en su tratamiento. Escribí hace un par de años un artículo sobre mi experiencia en el Museo Abstracto Español de la Fundación Mars en Cuenca. En resumidas cuentas, allí un señor exigía ver figuración. En su imaginario no toleraba asumir que un museo de arte no tuviera "cosas bonitas". Las manchas, las masas, las irregularidades eran algo obsceno, indecoroso. Se arrojaban sobre la indecencia. En cambio, allí estábamos los tres: el señor, el cuadro (la Briggite Bardot de Antonio Saura) y yo. Está claro que el prejuicio canónico que traía de casa no lo hizo poder disfrutar de la reflexión que le ofrecieron. Un amigo afirmaba con rotundidad que a quien tenía el ojo educado a Murillo le costaba entender ver a Picasso

Y si eso ocurre sobre lienzo, nos podemos imaginar la marginación que sufren otros formatos. Ya es caduca la idea academicista de la veneración al santo óleo. Acuarela, acrílico, temple o gouache han ido efervesciendo y formando parte de obras muy destacadas. Todas ellas en cambio siguen teniendo como soporte el papel ¿Qué ocurre cuando la pintura se traslada al soporte pared? Pues, yendo los veinte mil años de Altamira por delante, que tenemos frescos tan insuperables como los de la capilla Sixtina de Miguel Ángel, o tan esenciales como las Pinturas Negras de Goya, originalmente pintadas sobre los muros de la Quinta del Sordo. E incluso dentro de este grupo nos encontramos con el miembro rebelde: el graffiti. 

La irrupción de este tipo de arte en el escenario público ya encabeza dos cosas: la accesibilidad de la cultura a un público a gran escala sin diferenciación. Y la recuperación de espacios imperceptibles, junto a la consiguiente invitación a reflexionar sobre la transformación que puede experimentar el paisaje. El lugar crea conciencia de sí mismo. El vandalismo que enmascara este tipo de actuación se desvanece cuando la obra contribuye al espacio al que se dirige. ¿En qué momento se pensó que el arte de galería es el único que puede tener valor y el de la calle no? Los galeristas salen a la calle para atraer a artistas tan renombrados como Keith Haring, Shepard Fairey o Banksy. 

La idea marcada a fuego de que el graffiti es un nombre a spray con una fuente a veces ilegible es parte del concepto clásico de su origen. Su desarrollo, mucho más plural, ha florecido espacios de grandes magnitudes en bloques visuales tan atrayentes como cualquier cuadro de Rubens o Tintoretto. No se puede entender la ciudad misma de Sao Paulo o Berlín sin este tipo de arte. Los movimientos sociales, las conquistas de derechos civiles, las reivindicaciones y manifestaciones están impresas en muros y fachadas. Es la huella de la batalla. La memoria de lo que el pueblo hace. Mientras los graffiteros son perseguidos por la administración y sancionados, se crean rutas turísticas por Madrid, Barcelona o Londres para ver las mejores muestras de su producción. Se peregrina hasta estos sitios buscando esa "ilegalidad", que no es otra cosa peligrosa que aportación de color a una pared. Localidades de la España olvidada han tomado el graffiti como bandera y se han postulado como sus defensores: Vícar (Almería) y Fanzara (Castellón) son buenos ejemplos de esta oleada de frescor y sensatez. 

Por favor, ayuntamientos ¿no creen ustedes que es mayor peligro para la vía pública aquellos que no usan mascarilla en plena pandemia o que dejan las mierdas de su perro sin recoger? Jubilen la catetez y abracen el arte. No juzguen los graffitis y mucho menos los destruyan. No es cuestión de gustar, es cuestión de entender. 

 


El legado vivo de Julio Visconti

 

Patio de la sede de la fundación pintor Julio Visconti

El artista hace escuela. El poder creativo no se acota a su producción artística, sino que deja el campo sembrado para que su referencia siga guiando, motivando e inspirando a los que le siguen. Cosecha de éxitos y pupilos que han encontrado en su estilo y técnica un camino que abordar. Su hacer no se queda en el papel o en la piedra. Sigue fluyendo como energía indestructible. Es el caso del pintor Julio Visonti. 

Fiñanero de nacimiento y accitano por excelencia, D. Julio (1922) es un acuarelista galardonado, premiado y felicitado por su extensa trayectoria. En esa madeja de victorias podemos resumir  en dos sus principales logros. En primer lugar, su obra, de exposición internacional, que ha sustentado la acuarela en un noble escalafón del arte. Fue en su madurez cuando tuvo este encuentro fortuito con ella. Una amiga desde entonces inseparable convertida en el buque insignia de la destreza y habilidad de D. Julio.  Paisajes de su entorno natal, como Almería o el mar han sido el foco de muchas de sus pinturas, reflejando la auténtica luz que guarda este rincón de España. 

En segundo lugar, su casa-museo. El palacio que hoy ocupa la sede de su fundación es un pulmón cultural que promueve la figura inagotable del pintor y que fomenta actividades literarias o pictóricas, continuando el legado viscontiniano. Este inmueble de cinco siglos es el cuartel general del artista. Las antigüedades que ha ido acomodándole emanan un aire de nostalgia y grandeza perceptible. Un vicio amable, el de repoblar las salas de belleza, que han tomado el tiempo y la dedicación de D. Julio de los últimos años, sin descuidar los pinceles. 

Es precisamente en el patio de la casa palacio donde anualmente se realizan los cursos de verano de acuarela que él mismo empezó a impartir, y cuyo relevo fue tomado por el también pintor accitano y discípulo D. José Antonio G. Amezcua (1964). Una semana en la que los asistentes de todos los lugares, edades y disciplinas apartan sus quehaceres para disfrutar embelesados con el arte de la acuarela en un marco incomparable. Arrojarse a interiorizar la técnica de esta materia es despegarse de una lógica inicial, de colores y enfoques, para aprender a ver la acuarela en el paisaje. Su fragilidad y rapidez comprometen al artista a ser preciso con el juego de manchas que dispone, que el agua hace bailar sobre el papel. Pintar con acuarela es ejercitar la natación sincronizada, coordinando la mente, la vista, el tiempo y el color a una misma vez. El dibujo preparatorio será la piedra angular. Un esbozo sobre el que verter la veladura y tejer un entramado de luces y sombras que doten al papel de volumen y atmósfera. Además de clases teóricas sobre el recorrido de esta técnica, la importancia del urbanismo o las prácticas magistrales de pintores invitados.  

Esta edición, puesta sobre las cuerdas por la tesitura sanitaria, ha podido realizarse debido a la garantía de las instalaciones y a la dinámica de las clases, que no compromete la seguridad de los asistentes. Uno de los pocos cursos que el Centro Mediterráneo ha podido impartir de los establecidos en la agenda. 

La generosidad de Julio Visconti nos compromete a todos. Nos llena de satisfacción poder compartir parte de su trayectoria y tener accesible su huella. Haber puesto en el mapa Guadix como un lugar destacado en el mundo de la acuarela y seguir floreciendo con logros su eterno legado. 

Distintas sesiones del curso de acuarela 2020 (Centro Mediterráneo) en la sede de la fundación


La fama de los humildes


Estatua ecuestre de Felipe III en la Plaza Mayor de Madrid (1616)


No es tiempo de estatuas grandilocuentes. Aun siendo voluminosas -Jaume Plensa- no las hay con esa majestad ecuestre y señorial, de garbo y tronío con el que se honraba en presencia del bronce a destacadas personalidades o hitos. Probablemente Mariano Benlliure fue el último de la saga en recibir encargos en la belleza. La aproximación se encuadra en la abstracción o en derretir un deshilacho corpóreo a lo Giacometti. Como adelantaba, vaya la verdad por delante, no es tiempo de estatuas grandilocuentes. 

Hay ciudades donde abundan estas esculturas, embelleciendo y a su vez dándole prestigio al lugar. Intimando consonancia y complicidad entre la persona honrada en bronce con la plaza o la calle por la que paseó en vida. En Granada, mismamente, hay una avenida -bulevar o constitución-, en la cual cada cien metros te encuentras una. Un paseo de la fama de alta alcurnia donde en un vistazo se encuentran casuales y despistados en sus quehaceres Victoria Eugenia, Manuel de Falla o San Juan de la Cruz. 

En Guadix en cambio, conocí sólamente cuatro estatuas: el Sagrado Corazón de Jesús, como suerte de Corcovado sobre el campanario; a Pedro Antonio de Alarcón en un pedestal a lo zeus, sentado presidiendo el parque que lleva su nombre; el busto de Pedro de Mendoza, natal de aquí y fundador de la ciudad de Buenos Aires en sus aires de conquista y aventura; y el Cascamorras, figura indispensable para entender el paisanaje y fiesta de interés turístico internacional. Luego se sumaron los niños de la Escolanía pastoreados por D. Carlos Ros al margen de la catedral. La última estatua que se hizo rompió filas. No fue dedicada a alguien por inteligencia o investigaciones, aunque un poso de cultura tenía. Tampoco por ser embajador o político, a pesar de gastar bastante diplomacia. Este señor que fue ubicado junto a la plaza de abastos, en el epicentro comercial accitano, era Juan Guijarro. Lo llamaban Muley. Era muy conocido por generaciones de los habitantes de Guadix. Él era parte de la cultura popular. Al único hombre con ese nombre que había leído alguna vez era el  penúltimo sultán del reino de Granada, que mandó ser enterrado en la punta más alta y por eso la cima de Sierra Nevada se llama Mulhacén -Muley Hacén-

Este paisano tenía por costumbre, y por supervivencia, asistir a todos los entierros de la ciudad. La Parca y Muley eran compañeros de oficio. Allí Muley acompañaba a los familiares, y éstos les ofrecían comida del velatorio, incluso ropa del difunto. Aunque lo primero que pedía era tabaco. Esa fue su gesta. Desconozco si haría de plañidera, pero por lo que se puede apreciar en la estatua, tenía un carisma y una templanza cuya presencia entiendo que calmara a los asistentes. Otras personas han recibido mención especial por su trayectoria en su lugar de trabajo -Pepe Poyatos en el Polideportivo o Luis Muriel en la Biblioteca- pero Muley guarda la Gran Vía de Guadix avisando de que la vida es una y él, si todavía la tuviera, iría a tu final. 

En este punto y recordando a este tipo de ilustres humildes, guardo en la recóndita memoria de mi infancia los destellos de un señor que también merece otro monumento. La gente lo llamaba el Chato -o Chato el doce, por el número de la calle donde solía estar-. Es posible que tuviera el rostro como un gato persa.  Bajito y sereno. Este señor era zapatero de la calle más castiza del pueblo. En el madrugar de los años, luchó en la clandestinidad por la democracia. En un recóndito cubículo ejercía. Un poco más grande que una cabina de teléfonos. Se decía que el alquiler y el cargo lo había heredado de su padre, que también era zapatero. Al fondo tenía cuadros al óleo pintados por él de escenas de caza y paisajes monumentales con una calidad impactante. Los ponía sobre caballetes o por el suelo apontocados en un falso mostrador que nunca usaba. Los zapatos estaban amontonados en una pila.Y a sus pies un puñado de gatos enristrados tomando el sol. Mi padre decía que llevaba las cuentas en cartón, y que cuando había hecho el cupo cerraba. No tenía horario. Ponía un cartelito a las once de la mañana de vuelvo en 5 minutos, y ya aparecía por la tarde después de la siesta. Tenía un aire bohemio y noble. No ponía una voz por encima de otra. Había majestad en aquel hombre. Era la humildad la que lo coronaba. Ahora la entrada a aquel rincón de la historia yace emparedado, sin una placa que recuerde y honre, para gloria del trabajo artesano, los buenos tiempos de Antonio Pérez, Chato el Doce. 

En algún momento los modelos dejaron de ser dioses griegos, monarcas o artistas para convertirse en vecinos o paisanos que hicieron mella en la rutina que circundaban. El azar y el consenso consistorial quisieron que siguieran con nosotros. Y ahí siguen, camuflándose entre los vivos, como bien acostumbraban.