Noviembre nuestro

Fotografía: El Costal Accitano 

 El temprano atardecer del otoño despierta de arrebol y viste el azul intenso del cielo en este tiempo en nubes malva esclarecidas por gualda que en pinceladas suaves algodonea y lividea la luz hasta que llega la penumbra del ocaso. Entonces, con la silueta del horizonte aún encendida, las farolas serpentean de naranja la matriz urbana. A esta sinfonía siempre acompaña el olor "a pueblo", el de las chimeneas y lumbres que ahuyentan el helor de las casas. Este podría ser el retrato de un noviembre nuestro. 

En los bosques de Guadix aún quedan otros espectáculos por vivir. Ya sea en el Camarate, en su bien nombrado bosque encantado, o en el castañar de la Rosandrá, nace una segunda primavera que prende de color los suspiros del buen tiempo. Adentrarse en estos rincones salvajes del entorno es abrir una puerta hacia lo desconocido. Metamorfosea por constancia cada ápice del paisaje, presentando en cada encuentro un rostro desigual. Entonces, se llena de sus gentes, que encaminados a disfrutar de sus raíces, admiran el cobijo de sus ancestros y son junto a los árboles, unos habitantes más en esta orquesta. 

Días antes de los Santos, las calles se llenan de paseantes con flores que van y vienen. Las cementerios empiezan a brotar entre las lápidas claveles, tagetes y gladiolos. Crisantemos de todos los colores se depositan en las tumbas. Es tiempo de blanquear a los difuntos. Renovarles el apresto. Algunas son centenarias, de costumbre heredada. Otras son dolorosas y muy sentidas pérdidas por las que aún, en el silencio del alma, la pena emana y riega con dulzura las flores colocadas. Noviembre empieza sus días con profundo honor y recuerdo. Un llanto inmarcesible que cala, encendiendo vivencias, rescatando pasajes de nuestra vida con aquellos con quien pudimos compartirla y a la que homenajeamos en su sepulcral retiro. 

Este año, después del pasado de ausencia por la pandemia, llega la esperada bajada de la virgen de las Angustias a la catedral para solemnidad de su setena. El alba es quizás la más cierta luz en Guadix. De la noche se va desvelando entre los altos miradores y campanarios los primeros destellos. Aún frágil, calma las calles mansamente. Los barrancos que abovedan y sitian la ciudad empiezan a esculpirse con su vetusta enjutez. Es entonces cuando el primer domingo de noviembre redoblan las campanas anunciando a la virgen en su carrera. Silencio en lo demás. Sigue el repique de nuevo. Avanza por la Gloria, envistiendo Santiago por la Zeta. Con una petalá en Peñaflor la celebran. No hay música, no hay banda. No hay protocolo ni ristras de mantillas enlutadas. 

Por Tena Sicilia, en el cruce de Tárrago-Mateos, la calle estaba quieta. El frío enmudecía. Al llegar a la acera del Dólar, todo se transformó, descendiendo por calle Ancha un torrente, dócil marabunta, como mar de pueblo imbuía. La imagen en volandas, Guadix horquillero de su madre era, que sin pereza ni lamento aguardaba paciente la madrugada para que la Señora y su Hijo, lleguen arropados bajo un cielo descubierto. Despierto en los primeros destellos y ver a la luna recién nacida, asomarse desde su cuna, y rezarle a él un Padrenuestro y a ella un Ave María. La virgen derramaba su gracia con dolor a manos-llenas, bendiciendo cada paso dado de sus romeros junto a ella. 

Así es un noviembre nuestro. Atardeceres tempranos, lumbres en guardia y una primavera que se incendia. No es casualidad que esta sea una tierra de alfareros. Donde pareciera esculpirse durante este tiempo como aquella santa ciudad de Belén, entre las almenas de su alcazaba y las luces de sus cuevas. San Torcuato obró en poner aquí la primera cruz de España, para que entre ángeles Dios pudiera bajar del cielo y sentirse como en el día de su nacimiento: en su casa. 

El relevo de las prioridades

 


Hay tres servicios que el privilegiado primer mundo entiende como esenciales. Empezaría la lista el agua corriente, seguida de la luz y, pero no menos importante, el internet. Bajo esa tríada hemos apuntalado nuestra comodidad y bienestar, dando por hecho que estas facilidades, por necesarias, son básicas. No cabe en la memoria recuerdo alguno de aquel tiempo en el que ninguno de los tres existían o eran sinónimo de ostentoso capricho. El hecho de poder encender una lámpara, abrir el grifo o tener wifi nos es tan simplón que ni segundos de reflexión despierta el tener la fortuna de hacerlo. 

No creo que sea necesario extrapolar nuestra empatía saltando hasta una aldea tribal de África en la que ha de ir la mujer enferma y madre de once hijos a recoger agua del arroyo que pasa a dos kilómetros de su chabola, en el cual mean y beben las cabras del vecino. La luz puede llegarse por un candil y el internet es una broma que alguna vez se ha mencionado pero que no se sabe ni cómo se escribe. No, no hace falta llegar a ese punto para alegrarnos de haber nacido en este lado del mundo. Sería tan sencillo como levantarse una mañana y que hayan cortado el agua por obras en la calle además de que se haya ido la luz, internet en consecuencia, por la misma razón. Añadamos el gas natural en esta carencia diablesca. Lo natural sería irse a regañadientes a trabajar y volver a media tarde con todo arreglado. 

Ahora pongamos por caso que esa obra se prolonga y que vivimos ese tiempo sin luz, agua e internet. Depende del mes, puede sobrellevarse de forma más ventajosa que desafortunada. Si pilla en mayo, cuando las temperaturas son agradables y los días largos, entonces tenemos mucho ganado. Pero si por el contrario arrecia en diciembre, con el frío y la luz del día encorsetada, ahí sí tenemos un problema mayor. Nuestras casas están equipadas con estos servicios, por lo que el ducharse y cocinar ya suscitan un profundo conflicto. Habría que volver al antiguo régimen en el que la casa estaría sembrada de velas estratégicas para la iluminación. Los cohabitantes finalmente decidirían reunirse en una misma habitación , por ahorro de cera. Algo habría de servir de hoguera para calentar, y el agua, al menos, tendría que ser embotellada, dado que la ciudad abandonó las fuentes, surtidores, caños o acequias de las que la población se abastecía. 

El ascensor no funcionaría. Los cargadores de móviles y portátiles tampoco, por lo que dejarían de ser usados, a no ser que pudieras cargarlos en un lugar público o en la propia oficia. Pero ¿y si la luz desapareciera en todos sitios? Entendemos que en los hospitales habría generadores y poco a poco el mundo se adaptaría a crear granjas de energía para conectar y recargar nuestros dispositivos, pero hasta entonces ¿a quién le queda teléfono fijo para poder llamarse? Mandaríamos cartas, dejaríamos notas. Leeríamos, compraríamos prensa diaria otra vez. La compra sería la justa necesaria para gastar en un día pues no habría frigorífico, nevera. Tampoco microondas u horno. Los afortunados serían los que aún conserven las bombonas de butano para abrir el hornillo. El mundo digital sobre el que nos sostenemos entraría en un paréntesis de latencia en el que recuperaríamos ágilmente el analogismo de pilas. 

Lo ideal sería contar con lavadero, lacenas, chimeneas e incluso corrales o huerto, por si las moscas. Naturalmente las casas de nuestros días han dejado de estar sometidas a aquellas prioridades. Quizás más fiables que lo que disfrutamos hoy en día. No estaría demás, de cara a un mundo más sostenible y ecológico, poder tener una capacidad híbrida de reciclar costumbres o tradiciones con los medios y eficacia que ahora manejamos. Tener una ciencia más exhaustiva sobre la gestión de nuestros residuos y reducir al mínimo la huella ecológica: sustituir el mar de plásticos por el vidrio o tela. Que la leche, el aceite o la cerveza puedan dispensarse a granel, como el resto de legumbres, fruta o fiambres. 

Sospecho que podemos imponernos a las industrias y exigir una participación activa en esta lucha por la supervivencia en la que se ha convertido el cambio climático. Adecentar nuestros intereses y así evitar que a nuestras prioridades actuales se sume una bombona de oxígeno. Nos muestran que la contaminación es barata y equilibra la economía ¿Es una cuenta rentable? Hace décadas podríamos poner esta pregunta a largo plazo. Ya vamos por el medio. El tiempo nunca corre a favor del quieto. 

Vuelta a los buenos tiempos

 


Echando la vista atrás, no demasiado, tan solo un reojo a lo que hemos vivido, el covid parece haberse arrinconado como una anécdota o un mal trago; un tiempo ominoso poblado de cadáveres y desventuras que la memoria selectiva prefiere omitir corriendo un tupido velo. 

Por una parte, fuimos espectadores -en el mejor de los casos sólo eso- de una maratón en la que se sucedían los colapsos hospitalarios, Fernando Simón dando el parte meteorológico de las desdichas, un semáforo de aperturas o cierres perimetrales. Los muertos no cabían en los cementerios. El bicho corría como la tiña y para mayor colmo podías estar infectado sin conocimiento. Eso que queda en los escritos y en la hemeroteca de televisión española que saldrá a la luz en cada efeméride, es una parte irrefutable de aquel tsunami que fueron los meses de marzo, abril y mayo de 2020. 

En cambio, y sin esquivar esa primera y dolorosa parte, la realidad fue bien doméstica. Reflexiono sobre esto cuando en un rato de paréntesis de la tarde veo cómo el sol avanza la pared del salón y crea siluetas entre el gotelé haciendo de lo escarpado un entramado estampado. Como una carreta lenta de bueyes parsimoniosos. ¿Acaso no hubo mayor regalo, en este tiempo de prisa y corriendo, que permitirnos observar la calma? ¡La silueta que la calma avienta en cada suspirar! Todo el mundo quebró su rutina. Volvimos a nacer. Éramos un nosotros nuevo, decidido a salir de la que estaba cayendo. Hacíamos por atender al prójimo, por llamar al ser querido, por descubrir algo nuevo. Los días estaban abiertos a la inspiración, a la creatividad. Las prioridades se habían deshecho. Abrir la ventana de aquel marzo tardío y oler la lluvia y la tierra mojada en pijama. El relampagueo de los aplausos a las ocho de la tarde y la posible posterior tertulia con el vecino contiguo. Hablando de nada, simplemente del tiempo, de que al cambio de hora ya aplaudiríamos de día, de las nuevas agendas para sobrellevar esto sin perder el juicio en demasía. Cuántos cumpleaños sin celebrar, cuántos abrazos y besos sin darse. Cuántas manos sin chocar. Un puñado de coches pasaban clandestinamente por la avenida. Decían haber grabado jabalíes saludar la Cibeles. Los ciervos pasando por la Castellana. El agujero de la capa de ozono, se cerró. Posiblemente nuestro mayor enemigo crónico, la contaminación, había vuelto a los niveles del siglo XVIII. Todos dieron su brazo a torcer. Se ofrecían clases de todo tipo, un festival de conciertos en abierto. Cada uno aportó en aquel momento lo mejor de sí mismo. Hice yoga con mi madre a través de webcam. 

El otro día volví a revisión médica. La última vez fue hace seis meses y aún seguíamos en aquel régimen pandémico. Ni que decir tiene que se podía acceder al hospital cinco minutos antes de la cita y en la sala de espera como mucho había dos personas. Con puntualidad castrense entrabas y salías atendido sin tropezar con más seres vivos de los necesarios. "Ya hemos vuelto a los buenos tiempos" me decía la secretaria de ventanilla tirando de malafollá. Había veinte personas entre pacientes y acompañantes y una hora de retraso. "Para eso prefiero que vuelva el covid" añadí, con humor negro -discúlpenme-. 

La guerra ha dejado muchas bajas, muchas secuelas y traumas que sólo el tiempo permitirá curar en una sociedad que se enfrentó a bocajarro a tener que aguantarse, y eso es lo que peor pudo llevar. Porque habíamos diseñado un mundo de escapatorias y procrastinaciones eludibles hasta que nos llegó la primera ola. Aprendimos a vivir a pesar de todo lo que sabíamos, de cara a los demás, de cara al vertiginoso ritmo impuesto. Brotó una cultura amable, un imaginario donde por supuesto había mascarillas, distancia social, desinfección de manos y un riguroso respeto a la vida. Cultivamos nuestros refugios para protegernos, y otra vez hemos deshecho la madeja del nido para seguir andorreando de aquí para allá sin ir a ningún sitio. Todo el esfuerzo se ha ido disolviendo por falta de afecto. Tuvimos la oportunidad de ser mejores. En cambio, todo lo que hemos podido reciclar de aquellos días sin primavera ha sido el vago recuerdo, desde la mezquindad, la arrogancia y la altanería, como si todos los confinamientos, toques de queda, y sobre todo, familiares y amigos fallecidos fuesen hilillos a la mar. 

El volcán que no cesa

 




Que la televisión guarde un lugar de honor y adoración en el salón no es cosa menor. Llegó un momento en el que los ladrones, cuando entraban a hacer lo propio en casas ajenas, dejaron de buscar joyas a sencillamente acarrear con los televisores que hubiera. Con qué desamparo se quedaba esa familia. Era como si se hubiera ido la luz ¿Qué iban a hacer a partir de ahora? ¿¡Acaso, leer!?¿¡Hablar entre ellos!? En el mejor de los casos jugar a las cartas un rato, no mucho. Eran otros tiempos, desde luego. Entonces la programación televisiva influía en las rutinas y en las horas del sueño. Llegabas del colegio, comías con los Simpsons. A las tres, las noticias. Y en la merienda igual en Canal Sur si había acabado Contra Portada o Juan y Medio salía Bandolero. Por ese motivo ganaron fama los vídeos, porque se podía grabar en cinta y así paliar a nuestro antojo el deseo de ver lo que queríamos cuando no pudimos. 

Existía entonces una ley no escrita en la que la televisión abastecería de contenido la vida y ofrecería temas de conversación y entretenimiento abundante con el compromiso de honrarla y creerla. El crédito lo heredamos de los primeros espectadores, que en aras de la paz, crearon un producto donde se compaginaba el No-Do, Miliki y compañía, las entrevistas de Íñigo y las expediciones de Rodríguez de la Fuente. Es decir, se ejercía una profesionalidad absoluta en el que cada cual cumplía con su público la responsabilidad de acercar a los hogares la máxima decencia y dignidad de su labor. Es así, entonces cómo los grandes artífices del periodismo han ido escaseando, mediatizando en sensacionalismo y falsedad la pantalla que hoy se consume. En cualquier caso, ésta sigue infligiendo la autoridad, por no mudar la costumbre, e imponiéndose en generar opiniones y sentimientos colectivos en los masivos parroquianos. 

La fábrica de la tele genera un problema. No necesariamente ha de serlo, ni tan siquiera de incumbencia pública. Simplemente lo propone y en cierto modo obliga a que sea compartido en tertulias y comentarios de cajero o puertas de escuela. Supongamos que un volcán entra en erupción en una isla remota -territorio nacional, eso sí- cuya lava se deja desprender por la cuenca y llega al mar. Con el infortunio de que se permitiera construir allí, a pesar del peligro posible, y la lava haya arrasado todas las viviendas que cruzara en su carrera. No ha habido ningún herido ni fallecido. Pero esto de la televisión hace que el que viva en Soria, Teruel, Cazalla de la Sierra, Vigo o Macael tengan que añadir a su realidad esta nueva preocupación. Es más, incluso se hagan expertos vulcanólogos, pues de alguna manera habrán de dar su opinión al transcurso de los hechos. Naturalmente acuden a la isla el rey, el presidente del gobierno por ser zona catastrófica y en el congreso se aprueban las ayudas pertinentes. Quizás no sea más relevante que una riada en Valencia, un terremoto en Granada o una copiosa nevada en Burgos. El caso es que hay que chuparse el volcán de cabo a rabo, durante los días que la naturaleza considere, es decir, no se sabe. Podrían mandarnos, como recordatorio de la efeméride, un trocito de magma a casa por buena y obediente conducta. Desde luego, la televisión es como un volcán. No para de lanzar piroclastos y sólo nos fijamos en el espectacular cono que salpica fugaces estrellas incandescentes, mientras medio cuerpo lo tenemos sepultado en la colada queriendo pensar que somos la casa de la Palma que se salvó. 

Y en este rebosar de información estéril Facebook se borra del mapa, y con él caen de la mano Whatsapp e Instagram durante seis horas (de pronto, los vulcanólogos convulsionaron en informáticos). Una suerte de ictus. Volvemos a los tiempos de los apagones sin televisión y al no saber qué hacer. Bendita tranquilidad. Sorpresivamente el mundo siguió su latir. ¿¡Pero cómo es posible!? Si nos falta el móvil y no sabemos respirar. Igual estamos enganchados a algo que no es tan vital como creíamos. Igual podemos dejarlo sobre la mesa y hacer otras actividades más enriquecedoras, como por ejemplo hablar sobre los gases que produce la lava de un volcán cuando llega al mar. 

La doble vida de un ropero

 





En este mundo de quita y pon, de trabajos breves y amores escuetos, la moda se lanza a retarnos con permanecer. La fast-fashion de camisetas a dos euros que tanto nos alegran son una trampa mortal para nuestro planeta. La producción de baja calidad en talleres de indochinos esclavizados, son parte del agotamiento de los recursos naturales. Las economías domésticas más modestas son las grandes usuarias de esta solución sensacional que tanto democratiza el vestir. A la larga, un espejismo más de nuestro vertiginoso ritmo por condenarnos. Ha sido algo repentino. Exceptuando a Maria Antonieta, nadie ha tenido un armario tan variado hasta bien entrado el siglo XX. Nadie prestó tanta importancia jamás a no llevar la misma blusa dos días seguidos. La cuestión es que este alto consumo está empobreciéndonos, convulsionando y solidificando un modelo agresivo en el que es el propio planeta el que sale peor parado. 

El movimiento se demuestra andando. Veamos. Cuando me invitaron a la presentación del perfume Bad Boy de Carolina Herrera no tenía margen de tiempo y un presupuesto reducidísimo de acción. Así, me presenté en una mercería de barrio y le pedí alguna idea. Se nos ocurrió reciclar un traje básico azul marino, añadiéndole al puño de la manga un borlado dorado que usan para cofradías ¿Haute Couture? Tan altísima como eficacísima. Un amigo, joven diseñador, me prestó una camisa de su atelier. Así estuve en una mansión en la Moraleja, comiendo canapés de Samanta Nájera, bailando junto a Miguel Ángel Silvestre y Carmen Lomana. Y sin desentonar, yo, a quien había vestido el pueblo, frente a todos aquellos Valentinos, Guccis y Versaces. 

A las dos semanas tenía el bautizo de mi sobrina. Otra vez con el asalto al perchero. Le pregunté a mi padre qué había hecho con su traje de boda. "Ahí en el armario está". Con las mismas me lo probé. Lo llevé a la costurera y después de la magia del hilo y el coserío me estaba como un guante. Otro rescate imprevisto. Unos meses después entré al trastero que había pertenecido a un piso familiar. Allí encontré, en una percha desierta, barnizada por polvo, el uniforme de Renfe de mi abuelo. Él había muerto muy joven, cuarenta años atrás. Nadie lo había tocado hasta entonces, ni había hurgado entre sus telas. Aún seguía allí un calendario de bolsillo de 1977. Además de tres chaquetas roídas y una camisa descolorida, se hallaba un gabán largo en mejores condiciones. Lo saqué por darle otra oportunidad a riesgo de que el de la tintorería me dijera que estaba loco. Para mi extrañeza me felicitó, pues ese tipo de lana ya no se hacía y era de la de toda la vida, la que abrigaba de verdad. Después lo llevé a la costurera a que volviera a brotar su magia. Lo rehizo por completo: lo desmontó, lo volvió a montar, le corrió la botonadura, le hizo los bolsillos nuevos, le alargó las mangas. Arquitectura textil en arqueología doméstica. 

Y en este recorrido por amar, por volver a darle un significado nuevo, una interpretación a aquello que marcó y estuvo presente en nuestra historia familiar, hoy he dado con una nueva prenda. Estaba en una colina de bolsas de ropa. Enmadejada entre trapos, buscando otras cosas, ha aparecido un jersey muy noventero, de vivos colores, un tanto oversize, típico en las tiendas de Malasaña. A priori, podría estarme bien. No tenía toda mi atención hasta que pregunté en casa de quién era. Mi madre ha dicho que era de ella, de cuando estaba embarazada de mí. Por ende, aquel suéter anónimo de pronto era protagonista. Había formado parte de mi vida sin que yo supiera aún que tenía una. Y es por cosas como estas por lo que vale la pena alargarles la durabilidad a las prendas que fueron nuestras, porque sin proponérselo fueron testigos de lo que hemos hecho de nosotros mismos. No se equivocarán. Es apuesta segura. Las modas siempre vuelven. 


Arqueología doméstica

 



Cuando mi última y más querida abuela murió, experiencié un deseo de proteger todo lo que la rodeó en vida. Pasábamos a tomar consciencia de que su partida significaba un cambio de página en muchos sentidos. Era la primera vez en sus ochenta y ocho años que no iba a estar presente en nuestros cumpleaños, celebraciones y demás encuentros. El alzheimer le había nublado el pensamiento breve tiempo atrás, pero su sonrisa y el nombre de sus hijos seguían vigentes aun repitiendo pensamientos y siendo calmada por sus agitados temores. 

De ella quedaron muchas cosas. Enseres, ajuares, sus recetas de cocina, testimonios filmados y fotografiados. Eran una estirpe amante de la cámara y así lo demostró que tuvieran fotos de ella de pequeña, de familia numerosa, del colegio, de sus hermanos en la mili, de sus padres... y empiezas a introducirte en un rompecabezas en el que se fusionan "lo dicho" con "lo hecho". Es decir, todo aquello que de oídas se ha presenciado alguna vez como historieta, está físicamente, visualmente, reflejado en esa fotografía. Los viajes, las bodas, la suma de los hijos a través del carrete. Una novela sin letras, pero con la misma carga emocional y literaria. 

La casa de mis bisabuelos aún sigue en pie. Infinitamente deteriorada. Podría considerarse una ruina moderna que ha sido varias veces expoliada. De ella recuerdo pasar unos felices domingos de infancia corriendo en un prado verde y jugando con los primos. En algún momento la decadencia del lugar se consideró poco apta para travesuras de niños y por protección de riesgos dejamos de ir. Llevaba veinte años sin pisarlo. Siempre pasando de largo, porque la esencia de aquel lugar era el "estar de paso". Era un pueblo diminuto en el que había una estación de tren, un silo, unas escuelas y una manzana de casas. La más grande de ellas, la cual tenía una especie de tienda-bar para atender a los viajantes del ferrocarril, servía de lugar de encuentro para los vecinos. Esta concretamente es la de los padres de mi abuela. Cuando acudimos a ella hace unos meses, en primavera, el tiempo le había robado su esplendor mas en la memoria de cada uno de nosotros era un desfile de recuerdos y de personas que seguían allí mismo. 

Picoteo el teclado con palabras de parientes del árbol en buscadores de hemeroteca, para rescatar alguna noticia o seña que ofrezca perspectiva a las anécdotas familiares. Con suerte en este riguroso avance por digitalizarlo todo, siempre cabe alguna tibia reseña de un periódico local en alguna aportación. También pregunto a tíos y primos si cupiera la posibilidad de que en sus enmarañados baúles y trasteros hubiera alguna foto en blanco y negro con rostro de antepasados para que en un whatsapp puedan mandármela. De esta forma les pude poner cara por primera vez a unos tatarabuelos. Y te das cuenta que la historia se hizo ayer. Notas de prensa de algún evento social, participación en concurso, alguna multa en la guerra, nombramientos políticos o civiles y poco más. Lo suficiente para cimentar aquel rastro verbal heredado de quiénes eran y fijarlo en papel con estas puntillas. 

Algún juego de tazas, un abrigo, una colcha de croché hecha a mano o una radio antigua pueden ser trastos de rastrillo, pero el valor no lo dan las cosas, sino a quién pertenecieron, quiénes las cuidaron e incluso quiénes las vivieron. Nos acuartelamos sin renuncia a seguir guardándoles un lugar de honor en nuestro presente. Esa herencia al margen del papeleo es el sensible legado que nos transporta a un rincón de la memoria, en el que la muerte no tiene fundamento. El recorrido por el que te invita la arqueología doméstica, en el que conforme descubres de dónde vienes también aprendes el por qué vas. 


El Madrid que no es





La última vez que estuve en Madrid era la nochevieja de 2019. En julio de aquel año dejé la capital para embarcarme en otros proyectos profesionales. Allí quedaron amigos muy queridos, celebrados amantes y una vida sin descanso ni tregua. Había tenido la suerte de compartir mi vida en aquella ciudad bajo las órdenes de la capitana Manuela, quien fue capaz de extender la ternura y afecto de sus gestos a las calles madrileñas. No todo era color de rosa, lejos de eso, Madrid se enfrentaba a la polución por una parte, y a la gentrificación por otra. De tal manera que vivir allí era la crónica de una muerte anunciada. Eso sí, el entusiasmo y las ganas te dotaban de unas dosis de adrenalina anestésica que adormilaban o empequeñecían los duros males visibles. Aún así, recuerdo que había un interés colectivo en hacer todo más amable y cercano. Era una ciudad que extrañamente acogía y te permitía perderse entre sus faldas. 

Los que hemos tenido la fortuna de vivir los estragos de la pandemia en núcleos con población más reducida, en la amplitud de los hogares, en la vía breve hacia la naturaleza, no podemos ni suponer lo que devino para los habitantes sitiados en Madrid. Acuartelados en sus barracones de alta renta, esquilmados en luz y entendimiento. Las calles pudieran haber servido de trincheras. Cada cual un "no pasarán" a los propios vecinos. En un pueblo, las mañanas de domingo son tan blandas y esparcidas que cualquiera podría recrear el confinamiento abrileño en el que nos defendimos. Pero allí, en la villa, que no conocieron sus estrellas el descanso, fue joder vilmente la marrana. 

Y después de las olas y las vacunas vuelvo a Madrid, por mero reconocimiento, por amistad infinita. Por distinguir si queda algún poso del recuerdo. Llegué en tren. En otros tiempos me hubiera visto desde el balcón con la maleta cruzar el asfalto mientras se asomaban las cariátides y relinchaban bajo la Gloria los Pegasos. Hotel Mediodía, El Brillante, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. A la diestra el Prado, como siniestra un ala roja parecía Nubel haciendo barca con Atocha de un Madrid al que subirse para dejarse navegar. La persiana, de quien me hiciera el relevo en los años, estaba subida.  En aquel momento seguía sin creer que estaba en la ciudad maldita. Donde las noticias archivaban los cadáveres unos sobre otros, apilados en el desprecio de los números. Familiares atormentados en esta fragua que no paró de repicar y achantar, dedo de muerte frío, mientras algunos seguían negando la pandemia. Filomena terminó por meter las banderillas que quedaban. Todos los árboles capados de copas. Mutilados e impedidos. Fuencarral lisiada. El verdor del Retiro cansado. A Dios gracias aún sigue en pie el ahuehuete, majestad natural que a Felipe IV de las Indias le trajeron y que de sí sombraje de siglos emana. 

Por lo demás, Madrid parecía intacto. Al turista que posa sus pies en la ciudad para atracarse de sus bellezas parecieran haberse esmerado en conseguir que todo quede en su sitio. Se ha convertido en un parque de atracciones. El eje de los museos del Prado Patrimonio de la Humanidad, el alza de hoteles de lujo con la coronación del Four Seasons en Canalejas. Restaurantes al rescate de lo perdido cobrando el cubierto o esmerado servicio. Un hervidero Madrid a la hora de la comida. No tiene un sitio. Escalada de precios por un café. Y a pesar de la grave experiencia sufrida, la feria del libro o el rastro era una maraña de rebaños convulsionando a la fricción.  

En cambio, el que mira Madrid como un felino empedernido, eriza el lomo cuando atraviesa en un barrido tiendas que no han aguantado el cerrojazo, que probablemente y sin más remedio hayan muerto. La silueta pálida de una ciudad ahogada en contaminación. Existe un trote quebrado en el ambiente, un discurso de astillas que enrarece, acobarda y se engulle aquel Madrid que viví. El hastío general de sus viandantes. La antipatía aflorada.  Fuera de eso, la ciudad quiere latir. Está en su naturaleza. No puede hacer otra cosa que bombear creatividad y seguir adelante. Con sus pesares. Amigos confiesan sentirse desubicados, que preferirían salir de la almendra, del corazón, y mudarse a la Alameda de Osuna o a la sierra. Madrid no es lo que era. Y yo los miro desde mi paz de provincias. Y me despiertan sentimientos encontrados el deterioro de la esperanza, la sonrisa mustia, el verbo mermado. Madrid que tanto significó, que fue uno más entre nosotros, ahora es un escenario decaído por donde transitar. Espero algún día recupere esa luz que lo dotó de ser el faro salvador de muchas de nuestras tormentas.