Federico García Lorca: lorquesco y lorquiano

 

La universalidad de Lorca no tiene sombra. A pesar de su repercusión y de lo que al público de a pie le consta sobre el poeta, los estudiosos de calle se acuartelan en la trilogía del campo, castrando la producción teatral de nuestro infinito Federico. 

Bodas de sangre, Yerma y La Casa de Bernarda Alba son obras populares que han sido incluidas en los libros de colegio como parte de la literatura española obligatoria a saber, de manera elemental, pues su presencia se extiende incluso en los programas de los teatros más humildes. Son nombres que indudablemente dirigen su escenario hacia una única persona: García Lorca. Entonces es cuando prolifera el germen de lo lorquiano, en compañía de su poesía. Una España rural y auténticamente salvaje. Indómita e inmisericorde. Abominablemente sacrílega para con la libertad y los aires de cambio. Impertérrita y flagrante en sus convicciones. "No halla fuera del bien centro y reposo". El honor es una soga que cayera de las estrellas y condenara a todas las palomas en las que tome cuerpo el espíritu santo. Es un espacio ancestral que converge en amargor por la corteza verde. 

A este panorama lorquiano se suman por convicción propia dos damas que son granadinas de respeto y aplauso esmerado. En primer lugar y sin necesidad de mayor presentación, Marianita Pineda. Quien "bordara en la bandera de la libertad el amor más grande de su vida" ha creado una conexión tan aterradoramente íntima con su creador, cuya coincidencia en sus muertes presagian un duelo eterno en las dos Granadas, con casi la certeza de un siglo entre un ocaso y otro. En segundo lugar, y no menos importante, Doña Rosita la soltera, cuyo lenguaje de las flores impregna de primavera y dota del susurro siempre amable el surtidor de su fuentecilla y el candor del invernadero de aquel carmen donde el tiempo decidió parar y pasar de pronto, de buenas a primeras, en un instante. 

Pero lo Lorca no nació en un segundo. Su teatro fue un diálogo constante con él mismo. Un paseo entre personajes que emanaban de la fértil tierra, de su Fuentevaqueros. De aquel cortijal de Daimuz, y de la Huerta de San Vicente. Los dramas lorquianos tienen rostro humano porque huelen: es una mujer con mandil manchado de naranja cocinando en la lumbre; es un torrente de acequia serpenteando entre campos llenos de rocío; una puerta del corral entreabierta y unos pimientos secándose al sol. La ropa tendida sobre el romero en flor. Un mortero y dos ramas de canela. Lejos del pesar y de la tragedia subyace lo lorquesco, la faceta con gracejo que cabalga con trote amable entre la ironía y el juguete. Se elevan como torres la Zapaterita prodigiosa; Belisa en su jardín y el amor de Don Perlimplín; los títeres de Cachiporra con Rosita y el retablillo de Don Cristóbal. Una marabunta de comicidad que condimenta y sala la media luna granadina. Paseando en bicicleta Buster Keaton. Una sodoma esbozada; la plantilla de la Casa de maternidad. Una niña regando la albahaca y su príncipe preguntón: "¿Cuántas hojitas tiene la mata? ¿Cuántas estrellas el cielo? ¿Cuántos besos le diste al uvatero?" Y entreabre el telón Lola la comedianta. Aparecen las Curianitas, que aunque perdidas vagando en el anonimato del fracaso, del maleficio de la mariposa emanan. Chisporrotean los cantares de la vega de Granada. Lo lorquesco siempre está acompañado con el soniquete de una guitarra mientras lo lorquiano lo acompasa una remota campana. 

Y si por más pudiéramos añadir, Público y Así pasen cinco años se incorporan para cerrar filas a un repertorio sinfónico sinigual. A un repaso recontado y muy modesto de lo que Federico parió con sus manos. Hasta el último minuto de su vida, en la tórrida Granada del julio de la guerra, donde se iban tejiendo los Sueños de mi prima Aurelia, para poner una guinda final, discreta pero apetitosa, inacabada...porque no podía tener fin algo que sencillamente estaba empezando a crecer. 


MUJER - ¡Ay qué primor de niño! En mi pueblo no hay ninguno así ¿Cómo te llamas, hijo?
AURELIA - Díselo
CLORINDA - Anda
NIÑO - ¿Pero si te lo digo te vas?
MUJER - ¡Ay qué gracia!
AURELIA - ¡Anda! ¿Cómo te llamas?
NIÑO - Me llamo Federico García Lorca. 


El lujo de la cotidianeidad



En invierno acudo a mi liturgia del café al sol en la primera hora de la tarde. En la plaza porticada de las palomas, a resguardo del viento hostil de la sierra, el astro arroja su favor a todos los parroquianos que nos tomamos algún momento para eludir el frío que nos apresa. En cualquier caso, cuando la sombra se alarga hasta cubrirnos, llega el momento de pagar. Y siempre, a pesar de ir -casi- todos los días, pregunto por cuánto cuesta. Un día la camarera me respondió que "la cuantía no varía, a menos que suba el precio de la leche, porque el del café siempre es el mismo". 

Aquello llamó mi atención, pues es cierto que como consumidores confiados no reparamos en el coste de productos básicos como la sal, la harina, el azúcar o la leche. Un amigo -que vive en la capital- me comentaba que había notado la subida del carro de la compra, en comparación con un par de años. Que la fruta se había convertido en un bien gourmet y que la pescadería era como la joyería del frigorífico, con el kilo a pescado a precio de oro -siempre y cuando quisiera que fuera fresco y no congelado-. Entonces en aquella conversación recordé que en el centro de Madrid no hay panaderías, que para comprar una barra tendría que ser de panificadora ultraprocesada y recalentada de supermercado. Eso sí, entonces surgieron tiendas de masa-madre gallega donde el precio iba en consonancia con el mimo y calidad de la hogaza. Ni que decir tiene que allí la gente puede hacer cola de diez minutos por comprar pan a cuatro euros. De hecho me comentaban que ellos compran el pan en fin de semana, como si fuese un capricho. Yo le dije que eso es lo que hacemos aquí nosotros con las docenas de pasteles. 

Entonces recuerdo cuando mi abuelo cambió un laúd por un pan de centeno en la posguerra. Y poco a poco se desdibujan las barreras de la dignidad y la necesidad, con el lujo y lo prohibitivo. Pero no se arrincona esta deslucida osadía a la alimentación. El mercado más extraordinariamente desorbitado lo contemplan las floristerías. Comprar una maceta en Madrid es un atrevimiento. Un balcón de pueblo prendido de geraneos, pilistras y claveles reventones es una mina de oro cotizada accesible a un vecino del barrio de Salamanca. Y es que en ese despiste por no valorar lo básico se ha convertido a fuerza de inadvertencia en algo caprichoso. Ahora se puede regalar un pan a alguien para un cumpleaños, e incluso sabiendo que habrá garantía de agradecimiento. Que esa broma no trascienda del kilómetro cero. Que en el resto, provinciano y remoto paisaje español, aún no se acerque ese atropello con ganzúas y descaro. Que le echen semillas, alpiste, uvas pasas si quieren. Que le den las vueltas que quieran a la masa. Pero dejad la barra quieta a veinte duros, por dios. Que no haga falta otro Miguel Hernández que renueve los versos de las nanas de la cebolla. 


El Guadix de Gerald Brenan



Debió ser en la posguerra cuando Brenan apareció entre los barrancos y laeros que abren paso a Guadix. A la aridez del paisaje en la meseta del Zenete, junto con el tinte carmesí de las minas, se le sumaba un muro de blancura por el picón de Jerez, brazo de Sierra Nevada, que hacía en el horizonte una impoluta división entre la tierra y el cielo. Todavía quedaba sangre seca en los arcenes que las amapolas camuflaban. ¡Anatolia! se pensó. Pues hasta los accitanos, con voz raspada y faz tostada, se le asemejaban turcos. Decía él que al ser un cruce de caminos, una populosa villa sucia y ruidosa, el polvo de los camiones, burros y paseantes cubría de una fina capa los ropajes y pelajes de los viandantes, dándoles un tono ocre, de sucio acostumbrado*. 

No le prestó mucha atención a la catedral y se lamentó de que la bella plaza de arcos, que probablemente había conocido antes de la contienda, fuera arreglada con poca primura. Sin lugar a dudas, como lo había sido para otros forasteros y literatos, el foco de la atención en esta visita estaba en el barrio de las cuevas. Anteriormente ya se había documentado sobre los libros de viajes de sus paisanos tiempo atrás, los cuales decían que eran los gitanos los que poblaban estas viviendas. ¡De ninguna manera! exclamaba Brenan, que percibió cómo eran trabajadores y familias humildes, sin alusión a etnias. Quedó tan maravillado de la temperatura que la tierra ofrece que incluso anotó en su Al Sur de Granada (South from Granada) el precio que tenía una cueva en libras. Este paisaje lunar, decía, parece haberse cortado como el queso. El geólogo alemán Drasche le dio al loess el nombre de Formaciones-guadijeñas (Guadix-formation) de tan insólito y admirado que es el fenómeno. 

También habla Brenan sobre los escritores Shushtari, Mira de Amescua y Pedro Antonio de Alarcón. Conoce la historia y leyenda del premier San Torcuato y se interesó por la novedosa y motivadora empresa que estaba llevando a cabo el entonces obispo D. Rafael Álvarez Lara. Y es que el escritor inglés confesó que "Guadix no es una ciudad feliz" para realzar la deleznable pobreza y hambruna que corrían por los rostros de los accitanos. Fue D. Rafael el que convirtió el palacio episcopal en una espartera, dando de trabajar a cientos de hombres y mujeres para paliar el desempleo estacional que el campo producía. ¡Hasta los niños de las cuevas van aseados y llevan zapatos de alpargatas! y es que este obispo, comentaba Brenan, ha hecho más por la decencia de Guadix que cualquier gobierno español en siglos**.

El Guadix destruido y vandalizado que quedó tras la guerra no fue la mejor carta de presentación a nuestro visitante inglés. Un Guadix a expensas de la leche en polvo y el pan de centeno. Un Guadix que migraba al extranjero en cargueros al amanecer y empaquetaba sus raíces a la aventura de su suerte para darle a sus hijos algo de comer. Sus apreciaciones y percepciones sobre la realidad palpable de la ciudad son un retrato humano ante la ruina de un pueblo milenario, con su siempre gota de gracia en el desierto de sus manías. 







(*)There is something both harsh and sordid about Guadix whish assails one as soon as one enters it. Since it is a port of call for many sorts of travelling people, there are always gipsies, mules, horses, and donkeys standing about, and rows of lorries drawn up at the entrance. The dry gitty soil gives off a fine dust, so that the men and women one meets look unwashed and dirty, spit frequently, and have loud, rasping voices. 

(**) Yet today it is a Bishop of Guadix who has done more to raise the standard of life and decency in this city than several hundred years of Spanish government had done before him (...) I can only say that the new schools erected by the Church in the cave quarter and the clean dresses of the schoolchildren show that, if the esparto factory has indeed made a profit, the money has been well employed. 

Santos, ínfulas e insolaciones



A pesar de la extensa producción de la que se ha escrito sobre la guerra, aún quedan ciertos vacíos y lagunas en las que muy pocos se han sumergido. Particularmente, la guerra civil española, no deja de ser un hito en nuestra historia reciente subrayada por el fratricidio y la condena mutua entre los bandos participantes. Recordarla es volver a hablar de Franco y de la Segunda República. Y en ese fecundo camino trillado por designar una victoria moral seguimos hoy. Para dificultad, una losa de silencio enturbia la analítica y clarividencia del conflicto. Achica la dimensión y empobrece testimonios, hechos y creaciones. A día de hoy, aún, tenemos un reto importante que atender de aquel episodio. 

A los pocos días del alzamiento, se constituye la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico (por decreto del 25 de julio de 1936) con la finalidad de salvar todas aquellas obras de arte cuya integridad corriese peligro y cuyo valor supusieran un coste irreparable para el patrimonio español. De aquí nace la iniciativa de empaquetar el Museo del Prado y catalogar obras de iglesias y monasterios, trasladando las piezas a buen recaudo. María Teresa León, alfil en esta obra titánica, da testimonio en La Historia Tiene la Palabra (1944) de todas estas hazañas que parecen no haber trascendido en esa historia de rojos y fachas. Alentador, su discurso, abarca el proceso y el papel fundamental que tuvieron las juntas orquestadas desde el gobierno republicano para, pasara lo que pasara, España no perdiera ni un ápice de su patrimonio por este suceso. A la cabeza de la junta en Granada se encontraba el reconocido historiador Manuel Gómez-Moreno, cuya función no era otra que preservar y acometer la misma finalidad que sus compañeros en Madrid. Desvistiendo la leyenda del terror republicano, habría que añadir antes de continuar que Pablo Neruda en sus memorias Confieso que he vivido (1974) advierte en una visita al Palacio de Liria durante la guerra, que el edificio había sido abandonado por los Duques de Alba por motivo justificado y que los soldados habían entrado a hacer uso de las cocinas, no permitiendo el paso a nadie a ninguna sala para protección de la integridad de los bienes. Si el palacio sufrió algún desperfecto a posteriori fue a razón de las órdenes de Franco de bombardearlo. 

Decíamos, se encontraba Gómez-Moreno catalogando y registrando los bienes a salvar, que con anterioridad y por su extensa labor en el mundo del arte ya conocía. En una visita previa, en compañía del crítico e historiador Ricardo Orueta, antes de 1936 ya había documentado algunas obras de arte de imaginería religiosa de la catedral de Guadix o del convento de San Francisco donde se encontraban obras del escultor Torcuato Ruíz del Peral. La presencia de Orueta es fundamental, pues no sólo fue Director General de Bellas Artes, sino que al ser especializado en la escultura del XVI y XVII también hizo varios monográficos sobre Pedro de Mena y Gregorio Fernández, lo cual no podría estar exento del gran valor que en Guadix había sobre el barroco tardío granadino con la presencia de Ruíz del Peral y su apoteósica sillería del coro catedralicio en el templo accitano.  Una imagen de tres piezas hagiográficas atribuidas a Ruíz del Peral del archivo Gómez-Moreno dada a conocer por Antonio Cuerva recientemente, evidencian una falta de rigurosidad en la clasificación atribuida que podrían haber contribuido a este esperpento que todavía nos llega. En cualquier caso el dato más importante que aparece en la información que acompaña a esta imagen es: Destruida. Esto es, las tres obras de arte se daban por destruidas en la guerra. Insalvables. Irrecuperables. 

La iglesia de San Francisco de Guadix, fundada por la propia reina Isabel la Católica, había gozado de privilegios y atesorado patrimonio sinigual. Siendo sepulcro del ínclito Lope de Figueroa, héroe de Lepanto, las órdenes religiosas vinieron a menos con las desamortizaciones y los concordatos, llegando el convento de San Francisco anexo a la iglesia durante la guerra a ser un asilo para ancianos desamparados asistido por las hermanas religiosas de Sta Teresa Jornet. Las monjas, precavidas, escondieron las imágenes de los santos y las vírgenes en el entretecho de la iglesia, que a pesar de alguna infortuna gotera, no caerían en malas manos, ultraje o sacrilegio. Posiblemente para cuando Gómez-Moreno organizó la expedición de salvaguarda las monjas, temiendo lo peor, ya se habrían adelantado negando toda existencia de éstas a cualquier desconocido, por muy erudito que fuera. 

Por otra parte vale mencionar la falta de jerarquía eclesiástica en la diócesis de Guadix durante la guerra. El obispo -beato- Manuel Medina Olmos fue fusilado junto con el de Almería (30 de agosto 1936). Para la administración apostólica es designado el arzobispo de Granada, el Cardenal Parrado, quien ocupa el cargo vacante y en diferido hasta 1943. Ante ese panorama, añadiendo los canónigos, sacristanes y párrocos mártires, el patrimonio de la Iglesia accitana queda expuesto a cualquier interés. El que no fuera destruido por cuatro anarquistas exaltados, seguramente fue mercadeado o trasladado a otros lugares sin retorno. En cualquier caso se debería disolver la errónea opinión de asumir la destrucción de las piezas e indagar sobre si verdaderamente sucumbieron en cenizas o formaron parte de la corrupción política que imperaba entonces. Hay obras que fueron, naturalmente, destruidas como la copia de La Piedad de Miguel Ángel (restaurada por la escultora Mari Ángeles Guil Lázaro), Nuestra Señora de las Angustias, de Torcuato Ruíz del Peral (aunque reemplazada por Castillo Lastrucci, el rostro y las manos de la virgen se recuperaron, siendo una imagen de candelero bajo la advocación de los Dolores) o los santos y profetas de los púlpitos de la catedral a los que guillotinaron, a excepción de Moisés. Entonces bien, habría que preguntarse si es posible discernir entre obras destruidas (y recuperadas o restauradas, como la experiencia nos ha mostrado) o desaparecidas, robadas y distribuidas en el mercado negro. 

Afortunadamente, las tres obras que Gómez-Moreno fotografió antes de la guerra y que incluyo aún siguen siendo admiradas en nuestros días. Una suerte de la que no goza buena parte del patrimonio eclesiástico accitano, pero que todavía aguarda esperanza por resolver algún travieso traspiés de la historia. A continuación, adjunto fotografías que hice sobre los santos "destruidos" San Francisco Solano y San Buenaventura del imaginero Torcuato Ruíz del Peral y San Bernabé de Alonso de Mena, que actualmente se encuentran en la exposición permanente del Museo de la SARI Catedral de Guadix. 







Los Aullidos

   

 
Al infinito recuerdo y admiración de Verónica Forqué, q.e.g.e.


    No es fácil. Nos acorralan tiempos de aires mustios. Vagan lívidas las tormentas que ante el sigilo de la inadvertencia estallan centellas. No es fácil, repito, el asumir una batalla contra algo que se ha filtrado en nosotros y supura; de un escozor que avanza hasta la raíz del alma para convertirla en penumbra. Habitamos un mundo contaminado que ha picado nuestra mente, quebrándola y retando la balanza de paz que nos compensa. Ansiedad, depresión, angustia. Un riel de hostiles que nos perturban. Que pensamos ajenos y exóticos, pero que moran cerca. Nos hemos aislado de sentir. Hemos advertido una carga pesada y silenciosa; una flecha atravesada en el costado que nos atraganta los suspiros. 

    Una de las damas de nuestras tablas, cosecha de laureles sus sienes porta, ha decidido despegar de este mundo hostil, enjuto y chulesco para efervescer a otra dimensión más amable. Arropada por estrellas. Se acabaron los aullidos, los llantos y los temores. Se disiparon los crujidos, exabruptos y litigios. Qué rostro vieras aquella mañana en el espejo para no reconocerte, para no amarte y preferir huir del garfio que te acongojaba y malhería. Usar una puerta sin retorno, en el que privar tu coqueta y tierna sonrisa a estos toscos hostiles que te envistieron. Has recibido mucho, querida Verónica. Luz cristalina. En estos últimos meses tus peripecias y aleteos no conseguían despertarnos la llama del auxilio que a gritos vociferabas. Has pagado una factura infinita. 

Hoy el cine se queda un poco más huérfano. La muerte ha desgarrado una parte de nosotros y la ha enterrado contigo. Sentimos tu pérdida como un fracaso, profundo. Por no haber sabido oír los aullidos que sentías, la voz que palidecía en ti hasta ahogarte. Por no ver la cuerda que poco a poco se alargaba y pendía. Porque no eres sólo tú. Sólo nos queda deshacernos contigo. Desaprender esta amargura cotidiana. Qué temor no habrás sentido y en qué neblina, en qué nebulosa tu mente habrá decidido migrar para no sentir más dolor, más angustia; más pesar. No supimos hacerlo mejor. Perdónanos, por ti y por todas las personas que aún siguen en este mundo luchando los naufragios y heridas que te perseguían, para que podamos abrir los ojos y ayudarles creando un mundo más amable, más cálido. Con la esperanza de que en otra vida podamos tropezarnos y volver a reír como tantas veces nos has dejado reír contigo. Silenciar tu voz, omitir tu sonrisa, cerrar tus ojos destellantes ha sido un pecado inconfesable. Una omisión de incógnita vileza que ha matado a un ruiseñor. Nos regalaste tu alegría cuando en ti ocultabas una feroz tormenta. 

Su repentina partida pone en relieve uno de los terribles asaltos que castigan nuestros días. Una desolación trágica que siega la vida de muchas personas en nuestro país, sin mayor advertencia que los seres queridos que las pierden. Síntomas que han aflorado teniendo como denominador común el covid: fallecimientos apresurados, aislamiento y neurosis, dictadura escrupulosa, agresivo partidismo sobre las vacunas y las crisis de moral que han provocado. Enrocados en nuestros bastiones, a cuenta de la pandemia, nos hemos privado de auxilio; hemos camuflado las enfermedades del alma y de la mente en este ambiente demacrado. La factura es inmensa. Seamos refugio. Ejerzamos la empatía como bandera. Sin heroicismos ni paternalismos. Aprendamos a identificar señales; acudamos a los especialistas. Pidamos ser luz y tener fuerzas para tender una mano a todas las Verónicas Forqué que, más allá de lo que quieran demostrar, necesiten un hombro amigo en el que apoyarse para seguir caminando. Víctimas cabizbajas que sollozan silencios y no encuentran un punto en el que levantar la mirada. Lo habrá. Hallarán la manera. No somos ningún ejemplo de cordura ni saber hacer, pero si fuera necesario ser algo mejores, practicaremos con tesón, así sea para demostrar que de alguna manera podemos ofrecer solidaridad y sentir admiración hacia el prójimo. 


El piano de Falla

 

La relación que existe entre Guadix y el compositor Manuel de Falla es estrecha. Sirva de celestina en este encuentro la pluma de Pedro Antonio de Alarcón, quien por medio de su Sombrero de Tres Picos (1874) el gaditano lleva la obra a las tablas londinenses en el verano de 1919 como ballet. El éxito fue sonado en ambas partes del Atlántico, pues no podría ser de otra manera, habiendo formado equipo Falla con el coreógrafo pupilo del Bolshói, Myasin, la dirección orquestal de Ansermet y decorados de Picasso. El eco de los aplausos llegó a la hoya accitana, nombrando al maestro hijo adoptivo de la ciudad en 1927. 

En uno de sus viajes por la zona, D. Manuel es acompañado de algunos amigos, entre ellos el poeta Federico García Lorca. El realizado en 1928 a Guadix y Purullena estaba motivado por la noticia llegada al músico de que en los sótanos de la catedral había un instrumento único en muy deterioradas condiciones. Efectivamente, la pieza en cuestión era uno de los primeros clavicémbalos (clavecín o esquineta) construidos en España. Juan Aparicio (Gaceta literaria, 15 de febrero de 1928) parece recoger unas líneas sobre las impresiones de Federico sobre la pieza, añadiendo que era rosa y oro rococó. Por otra parte se sabría su precio de compra por la diócesis, de doscientos ducados, y que ante semejante valor, debiera estar custodiado por el deanato catedralicio. 

En una inscripción se perfila la identidad del instrumento: Franciscus Perez Mirabel. Civitates hispalense. 1737. En el taller sevillano de Mirabel se construyeron los primeros clavicémbalos, ganando popularidad en toda Europa. Así mismo, este instrumento sirvió para relevar al arpa barroca en la catedral accitana bajo las órdenes del maestro de capilla D. Pedro de Arteaga y Valdés, entre otras incorporaciones e innovaciones musicales. El propio Falla había compuesto años antes un concierto para Clave y conjunto de cámara, lo que este hito lo entusiasmaría mucho más. 

Teniendo en cuenta esas notas de pasado, volvemos al presente. El paradero del instrumento era una incógnita, pues no ha habido ninguna reseña a posteriori desde la visita del compositor sobre cuál era el estado o situación del mismo. La realidad es que en los sótanos de la catedral ya no está, ni en ninguna de sus dependencias. Presumiblemente la guerra podría haberlo devorado y haber convertido su madera desgastada y teclas en fogata, como tanto patrimonio maltratado y ultrajado en los estragos de la contienda. Sin embargo, la puesta en valor de Falla rescató del olvido esta joya y por alguna circunstancia se entendió que su lugar no era ese. En 2018, la orden de religiosas de clausura concepcionistas de la ciudad deciden cerrar el convento, con lo que conllevaría la migración de las hermanas y también de todos los bienes artísticos en su interior. El edificio de cuatro siglos y medio atesoraba bastantes obras de arte. Y entre ellas se encontraba el "piano de Falla".  En algún momento, o bien para protección del mismo durante la guerra o por desuso durante la posguerra, se depositó en el vecino convento. Ante el interés de éstas de trasladar el clavicémbalo fuera de la ciudad una vez que echaran el cerrojazo, se les pidió que lo devolvieran a la catedral, ya que son los canónigos los legítimos dueños de éste y quiénes pueden ponerlo en valor para disfrute de los accitanos y accitanas en las dependencias museísticas.

Las monjas desatendieron las peticiones, pusieron en venta el convento y junto con el resto de lienzos, imágenes y mobiliario hicieron mudanza, dejando Guadix huérfana de parte de su historia. Se abre así una brecha de final impreciso, pues queda al amparo de las religiosas concepcionistas reparar el agravio cometido contra el patrimonio de la ciudad. Esperamos poder verlo pronto y tener la oportunidad de entusiasmarnos con los mismos ojos de descubrimiento que Falla y Lorca pusieron en él. 


La desmadrilización del arte (II)

 

No sólo el patrimonio arqueológico de nuestros museos necesitaría pasar por una fiscalización de legitimidad, sino que dentro de este terremoto ha sido el arte y las pinacotecas las que se han atrevido a romper lanzas contra la quietud y reclamar a los museos nacionales obras, que bajo alguna consideración y buena voluntad, podrían tener mayor representatividad contextual en otros lugares. 

El caso más llamativo ha sido el sugerido por Málaga de proponer que "El fusilamiento de Torrijos" (1888) pueda viajar del Museo del Prado hasta el Museo malacitano sito en el Palacio de la Aduana. El peso de esta sugerencia recae en que este hecho tuvo lugar en la playa del Perchel, y que la memoria del general Torrijos está íntimamente ligada a la ciudad. Es posible que la lucha de Torrijos por la libertad signifique para Málaga lo mismo que la Constitución de 1812 y las Cortes para Cádiz. Un símbolo de la libertad contra la depredación y corrupción política. No obstante, si se creara un precedente de este tipo, habría que hacer una remodelación masiva de todos los cuadros, guiados bajo el criterio del lugar que representen. Así Granada se llenaría de un historial de Alhambras, Sevilla de Giraldas y Córdoba de Mezquitas pintadas. 

A pesar de ello, lejos de esta idea, el cuadro que encargó hacer el gobierno a Antonio Gisbert para el Museo del Prado, no tiene ningún nexo con esta reclamación. Por el mismo motivo que Málaga hoy puede hacer dicha petición, Sagasta ya entonces dispuso sufragar con el erario público esta obra para que fuese un referente a las siguientes generaciones y jamás olvidar en recuerdo perpetuo la dignidad y sacrificio de los caídos por la libertad, quedando a la altura referencial de los "Fusilamientos del 3 de mayo" (1814) de Goya. 

En cambio, es notoria la política que el Prado ha tenido y fomentado bajo su "Prado disperso" en el que a lo largo de su historia ha cedido a instituciones provinciales y académicas la custodia de algunas de sus obras. Sirva de ejemplo, con motivo del doscientos aniversario de la pinacoteca, la Universidad de Granada hizo una exposición sobre los lienzos que el museo nacional tiene en cesión en las dependencias universitarias. Por tanto, el Museo del Prado va más allá de sus propios muros y comparte este despliegue artístico a lo ancho y largo del territorio nacional. Una medida sensata para paliar el almacenamiento congestionado que sufre y dar visibilidad a su contenido.

Sí sería fortuita la cesión del "San Francisco arrodillado en penitencia" (1664) de la accitana Mariana de la Cueva y Barradas, actualmente en los depósitos del Prado. Gracias a investigaciones y hallazgos, principalmente resueltos por Carmen Hernández Montalbán, se dató la autenticidad y origen natal de la pintora. Para el Museo del Prado esto no representa gran descubrimiento en comparación con las obras maestras de Velázquez, Murillo o Tiziano que atesora. Su calidad no deja de ser humilde, como copia de un modelo de El Greco, a expensas de que recaiga en una mujer la autoría. Una reducida lista donde cada vez van saliendo a la luz más nombres y uniéndose al club de otras grandes artistas como Lavinia Fontana, Sofonisba Anguissola o Artemisia Gentileschi. Sin embargo, para Guadix sería un privilegio poder contar con esta pieza en el futuro museo de la ciudad, fomentando el papel que representó Mariana de la Cueva y Barradas en la pintura granadina del siglo XVII y aumentando la expresión pictórica al ya vasto patrimonio accitano.