Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo: la puerta de Alcalá.
Después de pasar la ruta 66 española, la carretera insaciablemente recta que atraviesa la Mancha, llegué a Madrid. Una capital de la que me habían hablado muchas cosas, y ninguna de ellas se ponía de acuerdo, así que decidí descubrirla por mí mismo.
Recuerdo que todo era de libro. Todo lo había leído. Todo lo había mirado. El retiro parecía fantasía. Hasta que el golpe de realidad me llegó cuando deambulando en la plácida y temprana noche giré la cabeza y ahí estaba, al fondo, la puerta de Alcalá. Era la misma sensación que tuve cuando vi por primera vez la Alhambra iluminada. Ahora sí, estaba en Madrid.
Pero para alguien del sur, era todo demasiado objetivo y marcado. Su gente, en parte, estaba desangelada. Cada uno a lo suyo. Con finas eses y paso sereno. Muecas tristes y charla escueta. Un cateto suelto en la urbe al que en un par de días la nariz se le hizo al olor pestilente del metro. Madrid, aun siendo sólo edificios altos y algunas calvas de arboladas era una ciudad maravillosa donde se puede encontrar perfectamente de todo. Fue grato topar con esa parte castiza de la ciudad en la Latina, en su rastro y en su gente, en el Madriz de z. Lo que me pude divertir en Chueca. Un pulmón de risas y gatos pardos. Me quedé con ganas de más. De todo. De Madrid. De descubrir. De ver más arreboles desde el templo de Debod. De ir de Carlos III a Carlos III y tiro porque me toca como en la oca. De emborracharme de arte con sus museos y de contagiarme de ese sentido cosmopolita que sólo corre en las venas de las grandes ciudades.
El Partal es uno de los palacios de la Alhambra (Granada) que más me ha gustado desde siempre. Cuando era pequeño no paraba de dibujarlo. Era mi obra maestra. La majestuosidad de su silueta sencilla pero plena me transportaba a los cuentos de las mil y una noches, donde la princesa Sherezade le ponía vida a cada una de las oscuras madrugadas. La vegetación que le ronda, el agua que susurra en las fuentes, sin jaleo ni bullicio. Tampoco son muchos los turistas que disfrutan este lugar, pasan de largo entre el Patio de los Leones y el Generalife. Nadie se para a mirar su cara en el reflejo eterno de sus aguas, ni en las historias que sus mil años habrán visto pasar por ellas.
No creo que pueda ser mala la religión que inspiró tanta belleza,
y que colmó de poesía los muros de la Alhambra.
