Málaga



Entre las dos farolas, la del cielo y la del mar, hay un orden de avenencias de sol, alegría y brisa marinera que hace de las calles malacitanas un torbellino de gratas sensaciones. 

Málaga es las vacaciones de Europa. Es una ciudad que desde los fenicios aguarda un sabor de tradición reinventando el centro en los tiempos del Marqués de Larios. Con una arquitectura dada al clima, señorial y elegante que viste fachadas desde Gibralfaro al Guadalmedina. Tiene una vida inquieta, siempre hay algo de lo que poder disfrutar. Buscando el relax por la mañana desayunamos en el puerto y caminamos por la orilla de la Malagueta, una playa que hay que aprovechar entre semana santa y el estío antes de que se abarrote hasta la bandera. Cuando el mejor sol del año brilla y calienta con ternura, dorando las aguas del mediterráneo, hasta que se funde en la noche, mientras en la sombra la espuma parece plata, los rayos buscan un camino de fuego sobre las aguas. Una bahía que abarca desde el puerto hasta el peñón del Cuervo, sitio idílico y espectacular playa escondida donde desembarcaría cualquier goleta. 

El Centro Pompidou, el Museo Carmen-Thyssen y el Museo Picasso Málaga, son tres de mis lugares favoritos para visitar sin falta. Cada uno de ellos tiene increíbles obras que enmudecen. El preciosismo y costumbrismo decimonónico, la obra del padre del cubismo y el arte contemporáneo divergente. Todo ello a unos pocos metros en el centro de la capital. 



Alhambra


Cuando el sol se va, los peces de la alberca duermen, 
para que la luna y las estrellas bajen al agua a vestirla de plata. 

¿Quién no se va a enamorar de un sitio donde las paredes están hechas de poemas? 
La Alhambra de Granada es una maravilla se mire por donde se mire, y un lugar de peregrinaje para encontrar belleza e inspiración. Es un milagro que aún quede de aquel tiempo el inmenso legado que hoy día se conserva. Los frágiles materiales que decoran los palacios no estaban pensados para sobrevivir a pocas generaciones. La eternidad sólo correspondía a Alá. Y es por eso que los surtidores que brotan frescor en nenúfares de mármol envuelven en inmortalidad a todos los visitantes que rondan por el Generalife y los palacios nazaríes. 
Alá tiene que ser muy grande, para haber iluminado de estética y armonía un lugar donde ahora gustosa se mece la primavera. 




Camisa  -  HyM
Pantalones  -  ZARA
Gafas de sol  -  CARRERA

Madrid






Ahí está, ahí está viendo pasar el tiempo: la puerta de Alcalá. 

Después de pasar la ruta 66 española, la carretera insaciablemente recta que atraviesa la Mancha, llegué a Madrid. Una capital de la que me habían hablado muchas cosas, y ninguna de ellas se ponía de acuerdo, así que decidí descubrirla por mí mismo. 
Recuerdo que todo era de libro. Todo lo había leído. Todo lo había mirado. El retiro parecía fantasía. Hasta que el golpe de realidad me llegó cuando deambulando en la plácida y temprana noche giré la cabeza y ahí estaba, al fondo, la puerta de Alcalá. Era la misma sensación que tuve cuando vi por primera vez la Alhambra iluminada. Ahora sí, estaba en Madrid. 
Pero para alguien del sur, era todo demasiado objetivo y marcado. Su gente, en parte, estaba desangelada. Cada uno a lo suyo. Con finas eses y paso sereno. Muecas tristes y charla escueta. Un cateto suelto en la urbe al que en un par de días la nariz se le hizo al olor pestilente del metro. Madrid, aun siendo sólo edificios altos y algunas calvas de arboladas era una ciudad maravillosa donde se puede encontrar perfectamente de todo. Fue grato topar con esa parte castiza de la ciudad en la Latina, en su rastro y en su gente, en el Madriz de z. Lo que me pude divertir en Chueca. Un pulmón de risas y gatos pardos. Me quedé con ganas de más. De todo. De Madrid. De descubrir. De ver más arreboles desde el templo de Debod. De ir de Carlos III a Carlos III y tiro porque me toca como en la oca. De emborracharme de arte con sus museos y de contagiarme de ese sentido cosmopolita que sólo corre en las venas de las grandes ciudades.



Guadix


En estas fechas solemos volver a nuestras raíces, al lugar que nos vio nacer y crecer: al hogar.
Por eso mismo, Guadix se convierte en una ciudad de reencuentro con los amigos de siempre que andan repartidos por el mundo y con la familia. Está reservada a emotivos recuerdos esta tierra de sensaciones.

Un recién descubierto teatro romano, una alcazaba, esta majestuosa catedral y su barrio de cuevas son los principales atractivos disfrutados por los turistas. Su incomparable geomorfología envuelve y refuerza, coronando al fondo Sierra Nevada como una mantilla de plata. De aquí ha nacido literatura, filosofía e incluso se conquistó el Río de la Plata y fundó la ciudad de Buenos Aires. Fue la cuna del cristianismo en España, como así refleja su diócesis, la primera, instaurada por uno de los siete varones en tiempos de los apóstoles.

Antiguo corregimiento y fuero de los reyes católicos tiene una gran cantidad de monumentos de época moderna. Me he reservado muchas imágenes en este post para que así podáis venir a descubrirla por vosotros mismos. Nada como dejarse deleitar por sus sabores y los colores de sus atardeceres que son espectáculos naturales que no puedes dejar de perderte.

Aun siendo como dijo Miguel de Unamuno 'una daga castellana en el corazón de Andalucía' sus miradores con arcos y sus ventanas con rejas, nos conducen a la España profunda de siglos atrás.





Recomendaciones: como autóctono reconozco que las temporadas en las que más disfruto Guadix es en Semana Santa y en el septembrino Cascamorras (fiesta de interés turístico internacional)

El Partal



El Partal es uno de los palacios de la Alhambra (Granada) que más me ha gustado desde siempre. Cuando era pequeño no paraba de dibujarlo. Era mi obra maestra. La majestuosidad de su silueta sencilla pero plena me transportaba a los cuentos de las mil y una noches, donde la princesa Sherezade le ponía vida a cada una de las oscuras madrugadas. La vegetación que le ronda, el agua que susurra en las fuentes, sin jaleo ni bullicio. Tampoco son muchos los turistas que disfrutan este lugar, pasan de largo entre el Patio de los Leones y el Generalife. Nadie se para a mirar su cara en el reflejo eterno de sus aguas, ni en las historias que sus mil años habrán visto pasar por ellas. 

No creo que pueda ser mala la religión que inspiró tanta belleza, 
y que colmó de poesía los muros de la Alhambra.