La importancia del discurso





En cualquier muestra artística existe un hilo que hilvana todas las obras y resalta la incumbencia que éstas tienen en el espacio expuesto. Esta forma de guiar al espectador por medio de un recorrido visual o musical se forma a través del discurso. La teorización colectiva de la muestra envuelve bajo un mismo manto la pluralidad, las aristas, las convergencias y las heterodoxias creando un único producto. El discurso tiene por tanto una vital importancia. Su presencia bien trabajada hace que una bandera nazi en el museo naval no desencaje ni cree controversia, al igual que las fotografías de los generales que llevaron a cabo el levantamiento nacional en el museo Reina Sofía. Los archivos y fondos artístico-documentales tienen un papel didáctico que queda exento de reputaciones u opiniones vagas. El enigma de Hitler por Salvador Dalí se escapa del escarnio público. En ningún momento nada se enaltece, simplemente queda.

Sirviéndonos de esta tónica, los museos se ordenan bajo una lógica que encuadra las colecciones en un contexto relevante para el público. Cuando el contenido es muy variado suelen distribuirse las salas por temáticas (escuelas-artistas el Museo del Prado, estilísticos-política Museo Reina Sofía); si el espacio permite cierta linealidad se puede hacer buscando un hilo conductor temporal (Thyssen, Real Academia de Bellas Artes, Museo de Historia de Madrid), como también suele ocurrir en exposiciones temporales, ya que este formato es el más atractivo para un espectador que espera la divulgación y el desarrollo artístico (Caixa Forum, Fundación Mapfre) Es en esta última oferta, lejos de la fuerte institucionalización y bases establecidas de los museos para con sus fondos, donde la complicación se acrecienta.

Idear una exposición exige de creatividad y conocimiento. La disposición, los recursos, la visión que se quiere ofrecer y por lo que la galería en cuestión quiere destacar. Cuando se solicitan las obras a los distintos museos las negociaciones suelen ser arduas, las pinacotecas custodian celosas sus cuadros y la falta de préstamos pueden desmontar la rigurosidad de la exposición. Por ello, malabares dignos del circo del sol hay que hacer para crear una muestra de altísima calidad. El Museo del Prado, de prestigio absoluto, puede mirar de cara al Rijksmuseum para organizar en su segundo centenario una colección que se componga con Rembrandt, Vermeer y Velázquez (Miradas afines. Pensar que Las Meninas, La Joven de la Perla o la Ronda de Noche pudieran unirse en un mismo lugar es una fantasía que tendremos que desterrar). Un discurso sencillo asegura que el espectador pueda captar rápidamente la idea de lo que va a ver. La fuerza en este caso la emite la calidad de los lienzos. Pero la exposición tiene pinta de ser de ida y vuelta (un consorcio para también llevarla al museo holandés) por lo que el Prado tampoco cede grandes obras del sevillano. Es una exposición correcta. Destacando el par deVermeer y el restaurado banquete de Holofernes. La fortaleza visual y el contacto que Rembrandt emite llegan de una forma embelesadora al público.

Al mismo tiempo el Museo Thyssen-Bornemitza inaugura su exposición Balenciaga. Tenía el precedente de haber maravillado con una cuidadosa muestra previamente sobre Sorolla y la moda donde los cuadros del valenciano iban acompañados de la vestimenta que los modelos y las modelos portaban en óleo. En este caso la intención era otra, aunque la intuición quería caminar por ese sentido ya tramado. Un despliegue de Grecos, Carreños de Miranda y sobre todo, un derroche bien avenido y espléndido de algunas de las obras más destacadas que la Casa de Alba tiene en el Palacio de Liria (a partir de septiembre podrá ser visitado). Calidad incuestionable de los vestidos y de las obras. La exposición cuenta con un material excepcional, mas el discurso no acompaña. El recorrido es frágil y se apela a una obviedad que queda forzada. La inspiración del cítrico en el manierismo del Greco o las casullas blancas de los religiosos de Zurbarán para un vestido de novia, así como bodegones de garrafón para apelar a los motivos florales es cuanto menos atractivo. La sutileza viste bien con la elegancia, factor olvidado. Esta receta estaba cogida con pinzas, y aún así, son las obras las que salvan el discurso, y no al contrario. Los óleos se dan la libertad de hablar entre ellos. La magia que transmiten las dos santas de Zurbarán (la santa Casilda del Thyssen y la santa Isabel del Prado) Y más allá que las obras, la imponente Duquesa de Alba de Goya y la de Zuloaga, junto con Madrazos y Julio Romero de Torres que apelan a la verdadera inspiración del modisto, a una España que emana de su tradición, de la piel cetrina, de sus volúmenes. De sus glorias y de sus penas. Llegar a la sala y enfrentarse al San Sebastián del Greco sin leer nada de la vida de Balenciaga es una sobrada que ridiculiza el abolengo sonado y lucido de la muestra. Si se estaba preparado para una recibida de un miura a porta gayola en la plaza de Ronda, la realidad eran unos encierros en cualquier calle mayor digna de España.

Regalos trucados





Regalar es, normalmente, un problema. El hábito grácil de obsequiar a alguien por cualquier honroso motivo es algo complicado. Un nacimiento, una boda o un cumpleaños pueden ser de lo más inocuo comparado con lo que a algunos se les vino encima:   

Empezando por la rocambolesca perla Peregrina, justicia le hace al nombre. Es encontrada en Panamá y llevada hasta Sevilla como ofrenda a Felipe II, siendo incluida dicha joya a las Colecciones Reales. La reina María Tudor en el retrato de Antonio Moro parece portarla, mas investigaciones recientes clarifican que los Tudor ya contaban con una joya parecida y la Peregrina habría sido encontrada después de que Moro pintara el lienzo. Un presagio. Después, reinas de la corte española la lucirían como una de las joyas más queridas. Hasta que llegan los franceses y el expolio es criminal. José Bonaparte (Botella o Plazuelas, Pepe en cualquier caso) se la queda, se exilia con ella a Estados Unidos, la vuelve a traer a Europa y la cede a Napoleón III quien cae en banca rota y la pone a la venta. El segundo duque de Abercorn la compra y éstos la vuelven a vender a una joyería inglesa en 1914 (con primera guerra mundial a la vista), los cuales dan parte de la noticia a Alfonso XIII como posible interesado de recuperarla. Las negociaciones no llegan a buen puerto y el rey decide adquirir una perla similar y regalársela a su esposa, la reina Victoria Eugenia. En 1969 la perla original sale a subasta. Nueva York es un hervidero de pujadores para hacerse con la codiciada pieza, con la que Velázquez habría retratado a Felipe III engarzada en el sombrero. Desde la casa real española se boicotea la subasta desautorizando la legitimidad de la perla. El duque-consorte de Alba, jefe de la casa de la reina Victoria Eugenia muestra la supuesta auténtica que Alfonso XIII le habría regalado. Se desmiente la trama y finalmente es comprada por Richard Burton, como regalo a la actriz Elizabeth Taylor. Así es como esta joya pasó de ser descubierta en las cristalinas aguas del Panamá en el XVI a ser mordisqueada por el caniche de Taylor en un hotel de Las Vegas. Glamour e intrigas forman un cóctel perfecto. Ni que decir tiene que después de la última subasta en 2017 que hubo de ella ahora se encuentra en paradero prudentemente desconocido. 

La Casa Real es partícipe activa de este tipo de narraciones que tanta sensación causa y entusiasmo despierta. Para los Juegos Olímpicos de México 1968 Dalí fue contratado por el gobierno de Franco para representar así el arte español del momento. El atleta cósmico, inspirado en el Discóbolo de Mirón, fue adquirido por Anselmo López Fuertes, a posteriori vicepresidente del COE. El ojo al mismo tiempo se lo echó el entonces príncipe de España, Don Juan Carlos, que pidió a su amigo Juan Samaranch y superior de López Fuertes, que negociara la obtención de la obra. Finalmente éste lo dejó en depósito de Patrimonio Nacional y el luego rey lo colgó orgulloso en su despacho del palacio de la Zarzuela. Litigio abierto cuando los herederos de López Fuertes reclaman el cuadro y Patrimonio acuerda pagarles 2,88 millones para concluir el asunto. Caso cerrado.

La última sonada noticia fue emitida por el Museo del Prado, receptor de una serie de donaciones por un magnate y coleccionista alemán agradecido con nuestro país. Hans Rudolf Gerstenmaier legó once obras sin mucho conocimiento de recepción. Y es que gran número de este depósito pertenecerían por ley (Real Decreto 410/1995 de 17 de marzo) al Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Con salvadas excepciones, todas las obras más allá del nacimiento de Picasso, 1881, pertenecen al Reina, quedándose el Prado con todos los anteriores a esa fecha. Sí tuvieron más cautela el resto de mecenas como Plácido Arango, Várez Fisa u Óscar Alzaga. Citando además al último Velázquez adquirido mediante donación de William B. Jordan o el Madrazo por Alicia Koplowitz que le valió ser nombrada académica honorífica de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Hay que saber regalar y más aún a quién se le regala.

Stendhal erradicado




Florencia puede ser abrumadora. El poder artístico que custodia la ciudad es abusivo. La genialidad al servicio de la divinidad y viceversa han donado a la historia tesoros de incalculable estima. Siendo así, el escritor francés Stendhal, durante su primer viaje a Italia, narró en su diario la impresión que la Santa Croce le despertó así como el consiguiente malestar por tal admiración. Dicho lugar no es sitio menor, pues es el templo franciscano más grande del mundo, habiendo sido construido en tiempos del propio San Francisco. En su seno encuentran el descanso eterno figuras como Galileo, Maquiavelo o Miguel Ángel, además de aglutinar obras de un sinfín de artistas de la altura de Giotto, Bruneleschi, Giorgio Vasari, Canova, Bronzino o Donatello. Teniendo una sensibilidad significativa, se entiende que un caso como el de Stendhal, etílico por arte, se pueda padecer. 

La venida de unos años en los que la globalización tiene holgados cimientos es muy complicado que este fenómeno pueda sufrirse. Habría que encontrar el momento exacto y remoto para que dicho síndrome aconteciese. El cine, la sobreexposición y fácil acceso a reconocer las obras, la masificación, la facilidad en las comunicaciones y la neura de las redes sociales son la terapia diaria que a muchos inmuniza de padecer stendhal. Amanecer en el Louvre o en los Uffizzi es enfrentarse a guardar una fila que puede durar plácidamente horas. De pie y al sol, pendiente del mínimo avance, se crece en envilecimiento y abrupta concordia. Languideciendo, se pasan los controles y una vez allí, como niños sueltos en el recreo, la operación es la misma que la de un burguer king, kfc o mcdonalds: saciarse viendo lo que se espera ver y fotografiar como fuego a discreción. En el transcurso frustrarse por no estar en primera fila viendo un cuadro y mil manos violentas con pantallas te impidan divisar la Gioconda. El ímpetu de agilidad es un hándicap que niega la conexión a adentrarse en el nacimiento de Venus o la Primavera de Botticelli. Dejar pasar desapercibida la cabeza de Medusa de Caravaggio o el elocuente retrato ecuestre que Van Dyck hizo para el emperador Carlos V. La peor de las negligencias la sufre las bodas de Canaán de Veronés. De pasada pastan las cabras correteando entre la Consagración de Napoleón o como el resto de Jacques-Louis David y Delacroix. La encajera de Vermeer y los Rembrandt son anécdota a cartelón.

Atropellando, piaras de asiáticos y guiris profanan estos templos cuyas propias instituciones banalizan por rentabilidad. En el Museo del Prado está prohibida echar una foto. Descongestionamos así las salas y hay mayor fluidez. Las Meninas, la familia de Carlos IV y el jardín de las Delicias parecen ser las atracciones principales. Pero incluso en la concurrencia se produce el silencio. En ellas aún se respira cordialidad. Puede existir una comunión con la inmaculada de los venerables de Murillo. Con qué áurea siente el alivio la virgen siendo coronada por la santísima trinidad de Velázquez o la amistad del abrazo en las Lanzas. Con qué despreocupación juguetean las Gracias de Rubens en el corredor principal mientras el duque de Lerma cabalga y Cristo lleva a cabo el lavatorio por Tintoretto. No existe un sálvese quien pueda, porque lo primero es la dignidad de los lienzos, y el resto ya se verá. Si no se respeta el tránsito por un museo, templo del arte, de la patria y de su tiempo, si no se es consciente de que uno entra en un lugar de inspiración y pensamiento no habrá experiencia más allá a recorrer salas infinitas para después contarlo. Toda galería ha de conquistar a su público, ha de transmitirles las formas adecuadas y los modales que deben gastar como si de la visita a un lugar de divinidad se tratara.

La belleza sigue existiendo. Los museos gozan de una accesibilidad sin precedentes. Los centros de arte se preocupan de proteger las obras y de dar un servicio al público de calidad. Pero no se puede degustar como es debido un cinco jotas, cuando el paladar sólo conoce la mortadela. Si los visitantes salen acalorados y extasiados será por el largo fraude que ellos mismos han cometido de no dejarse llevar por la grandeza y majestad que los pintores ofrecen, sino por causar sensación en sus redes sociales, por gastar memoria de cámara.

La noche florentina parecía sosegar el largo día de mayo. Un paseo por las adoquinadas calles del centro nos condujo hasta la plaza de la Santa Croce. Recuerdo en mi oído a un amigo decir que él dejó una rosa en la tumba de Miguel Ángel. Nosotros descolchamos una botella de lambrusco a los pies de la basílica, y bajo la custodia del monumento a Dante celebramos la fascinación de lo que veíamos, que no era otra cosa que el arte hecho ciudad.

Miradas afines





Con motivo de la celebración del segundo centenario del Museo Nacional del Prado, la pinacoteca acoge una de las exposiciones más esperadas, Miradas afines. Velázquez, Rembrandt y Vermeer abanderan esta muestra que recoge algunas de las obras más valoradas en su tiempo. El arte holandés y español se amalgaman en un todo dando un resultado que sobresale por las similitudes estéticas y conceptuales de estos pintores.

Siendo Velázquez pintor de cámara de Felipe IV, no sobrepone su motivación a exaltaciones patrióticas, en plena campaña de los ochenta años, aunque la excepción recae en las Lanzas (la rendición de Breda) en una lucha de prestigio y rivalidades dentro de la misma corte. Rembrandt, en el otro lado de la contienda, tampoco se molesta en fomentar este espíritu bélico, siendo lo más llamativo su afamada Ronda de Noche. En el joven Vermeer no existe semejante insinuación, sino el apaciguamiento y la inocencia expresa en tan icónicas escenas como La Lechera, La Joven de la Perla o La Encajera. La narración que fluye por medio de las mujeres evoca un costumbrismo que margina los resquicios de una contienda que para él queda algo lejana.

Cuando Caravaggio despierta el barroco naturalista y los Carracci el clasicista, el eje Roma-Bolonia contagia al resto de Europa, enterrando el manierismo enmarcado en autores como el Greco o Tiziano en España y Miguel Ángel, Tintoretto o el Arcimboldo en Italia. Rubens, gran diplomático entre las cortes del continente era referencia tanto para Rembrandt como para Velázquez. La pomposidad de su estilo, acechado en el claroscuro y la ostentación de los motivos clásicos fueron un golpe de efecto que no importunó la sencillez y humildad que se respiran en las obras de los pintores señalados en la exposición Miradas afines. La moda es las más extendida de las coincidencias, destacando Frans Hals. Si los Borrachos sirven de anfitriones, junto con Judit en el banquete de Holofernes, dando la nota festiva, son los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam los escépticos invitados que atienden al encuentro entre un reguero de Riberas y Zurbaranes. Caprichos como el prestado por la National Gallery de La Mujer Bañándose en un Arroyo de Rembrandt o las Cuatro Figuras en Escalón de Murilo por el Kimbell Art Museum de Texas brillan tanto como el impasto de la plumbonacrita de las perlas holandesas.

El discurso es sencillo: el reencuentro de grandes figuras del barroco que un día convergieron ante el aspa de borgoña y encontraron la belleza en la noche oscura. Enfrentar la jovialidad de La Callejuela (1658) de Vermeer con la vista reposada y nostálgica de La Villa Medici (1630) de Velázquez, llena de serenidad, por el bosquejo, el encuadre y la solución que ambos pintores ofrecen a una narración tímida pero certera. Delf reposa en luz clara, fresca y contundente frente al ladrillo resquebrajado que no parece sincopar la calle. La villa romana encuentra el diálogo en dos visitantes, que contiguos a una bucólica insinuación del busto de Dante rememoran la grandeza de las hazañas pasadas. La naturaleza envuelve de abandono el palacio, presidiendo los cipreses la muerte de esplendor de la villa. Dos sosiegos encontrados en tiempos distintos con matices de quietud idénticos. El contrapunto del mecenazgo es también relevante: mientras el primero no llega a firmar cuarenta obras para la burguesía con temáticas orientadas; el segundo acomoda sus lienzos desde el Real Alcázar en la riqueza y amplitud de aquellas Españas. La observación, la perspectiva y la visión ofrecida son fundamentales para sumirse en esta exposición, siendo la mirada del autorretrato de Rembrandt como el apostol Pablo una de las claves más significativas en conversación con el soslayo del Menipo de Velázquez. Experiencia y sabiduría reflectada como don de vida.

Patrimonio en extinción





A tenor de lo acontecido, la fragilidad de nuestro patrimonio está expuesta a cualquier desastre. Nada es infranqueable a las inclemencias o desaciertos. La falta de rigor y medios puede ser detonante simulado de un mal presagio. Una nube de humo, polvo y ceniza anunciaba la destrucción de la catedral de Notre Dame sobre el cielo de París.

La vileza con la que parte, administrativa o civil, de nuestra sociedad responde ante la cultura, en un boicot al compromiso maquillado por la propia admiración de los monumentos, es uno de los peores males que nos gobiernan. La ignorancia vuelve a destellar con su miseria. Y ha sido, irónicamente, durante su restauración cuando las llamas tuvieron lugar. Existen los errores humanos. Un fallo lo tiene cualquiera. Pero ningún fallo es justificado en algunas y muy delicadas ocasiones. Protocolos de seguridad por simpatía con el afectado, debieron cumplirse con extrema cautela y así hoy yo no estaría escribiendo sobre esto, detonante suficiente como para hablar de la precaria atención que reciben los tesoros artísticos que la historia nos ha legado a lo ancho y largo del mundo. 

Notre Dame, brazo fuerte de Francia, vio desangrarse París en plena revolución a toque de guillotina; al Papa Pío VII consagrar como emperador a Napoleón; reyes coronados y enterrados; ser custodia de la corona de espinas de cristo y la túnica de San Luís; incluso ser hogar del jorobado más entrañable, a la sazón de Víctor Hugo (ahí, presagio de lo ocurrido, sí la salva de las llamas) Ni los nazis la doblegaron. Y hoy, en días de calma y serenidad salta la chispa en un inesperado incendio que devasta la catedral. Ante la conmoción, el mundo entero arropa y financia una íntegra reconstrucción, los millonarios abanderan la noble causa para que este mal día sea una anécdota que no atraviese el futuro. Si ese ánimo por amor al arte y a la patria no fuese a posteriori, el Sena no recogería las lágrimas de sus paisanos. Servirá de golpe de efecto para proteger con mayor ahínco las obras patrimoniales que en desuso o en desobediencia con la obligación, esta sociedad relega al olvido y confía en que lo que siempre ha estado siga estando, como si el tiempo osara en el capricho de bendecirlos.

Si el gobierno de Nasser no hubiera cumplido con su deber de proteger Abu Simbel de la subida del Nilo, pidiendo ayuda internacional, otra gran obra de la humanidad habría desaparecido. Si Brasil hubiera sido competente con su Museo Nacional, las llamas no habrían calcinado la casi totalidad de su colección. Si la ignorancia más abrupta no fuera un peligro inmediato para los que  no pueden protegerse por sí mismos, hoy, la Palmira de Zenobia no habría sido arrasada por el Estado Islámico. La cara actual del Coliseo no es casualidad, ni tampoco el desbordado quehacer por proteger el vasto número de palacetes y reliquias italianas en orfandad. En la misma cuerda penden todos estos fracasos humanos para con su patrimonio.

En tierra propia, si las Cuevas de Altamira o la Alhambra de Granada no precisaran de la atención y cuidado exquisito para su conservación, nada de eso seguiría en pie. Si el gobierno de la república, en agosto del 36, en un evidente sálvese quien pueda, no hubiera hecho una Junta de protección para el patrimonio y no hubiera empaquetado el Museo del Prado y puesto en camino de refugios más seguros, hoy España tendría menos razones para sentirse orgullosa. No sería la primera vez que Las Meninas estarían en jaque. Cuando casualmente un incendio devoró el antiguo Alcázar Real de Madrid, ellas ya estaban desalojadas. 

Berlín, Dresde, Colonia, Budapest, Guernika, Varsovia, Manila, Rótterdam, Alepo, Beirut o Bagdad han conocido el desastre de la devastación y la entera destrucción. Sus rostros sintieron la herida que anoche desangró París. No podemos dejar al azar la vida de los monumentos, no debemos permitir su deterioro ni abandono. No hay que esperar a que se incendien ocho siglos para darnos cuenta de la riqueza que perdemos. La extinción es unilateralmente la consecuencia de nuestra negligencia. Que no quede un vacío asistencial, que exista un compromiso más fructífero y una atención gubernamental con la calidad suficiente a las exigencias requeridas. Que el público general se involucre, empatice y conozca este legado. Sólo de esta manera no volverá a haber otra Notre Dame en llamas. 

Entre el cielo y el destierro




El patrimonio cultural y artístico es un elemento fundamental para entender el pensamiento y sentimiento de cada generación que nos ha precedido. Es una muestra auténtica e incondicional de la manera de comprender en clave visual lo que nos sucede. La conservación de este legado es una obligación rigurosa con la que debemos cumplir y ante la que tenemos que responder, pues en la atemporalidad de este testamento somos piezas de tránsito cuya labor ha de esquivar los peligros que les acechan y entregarlas intactas a las siguientes manos encargadas.

Al poco de estallar la guerra, Azaña hizo un gabinete para salvaguarda del arte y del patrimonio. Así nació la Junta de Incautación y Protección del Patrimonio Artístico. Algunos de los elegidos para liderar este delicado proyecto fueron María Teresa León y Rafael Alberti; Rafael Zabaleta para la zona de Guadix y Baza. Las bombas habían estallado cerca  del Paseo del Prado y parte de la metralla había entrado dentro del edificio de Villanueva. Era una urgencia llevar los lienzos y esculturas a otro lugar. El gobierno de la República instó a que fueran trasladadas a Valencia. Comenzó así la evacuación. En palabras de León en 'La historia tiene la palabra', en aquel momento de máxima tensión por inventariar y recuperar, es de destacar el impacto que supuso el encontronazo con la negligencia de la institución eclesiástica, con un patrimonio aún incalculable a pesar de las desamortizaciones de Mendizábal -gracias a las cuales se integró la colección de las Trinitarias en el Prado- había piezas abandonadas o en un deterioro considerable. Llegados a aquel punto, al inicio de la contienda, no sólo había que salvar las obras de la artillería sino también las que sufrían del olvido al que estaban expuestas en conventos, monasterios e iglesias.

No fue ésta una tónica frecuente en la conducta de la Iglesia para con el patrimonio que custodia, pero sí desgraciadamente un hábito de desapego en aquellas comunidades de religiosos y religiosas que no prestaban la atención necesaria a las obras que en su poder y claustro quedaban.

Guadix, como muchas otras ciudades de España donde la Iglesia ha sido testigo y da testimonio del patrimonio cultural, tiene como catedral el lugar donde establecer su colección artística. Diego de Siloé y Torcuato Ruíz del Peral son dos piezas clave de esta maravilla arquitectónica. Fundada la ciudad como la Julia Gemella Acci por Julio César, pronto se convierte en un referente cristiano, ya que en ella se estableció la primera diócesis de la península, por uno de los siete varones apostólicos: San Torcuato. Desde el siglo I hasta nuestros días la grandeza y belleza patrimonial ha sido sustancial. La réplica de la Piedad de Miguel Ángel así como la sillería de Ruíz del Peral embargan en éxtasis de forma sobrecogedora. El silencio y el respeto al templo se hospicia en un reposo en el que las imágenes parecen converger. Los cielos esculpidos arropan la reverencia a la que invita su calidad artística. Sin el atropello que sufren otros monumentos abarrotados, la S.A.I. Catedral de Guadix conserva aún la calma que siempre la ha gobernado.

Buena parte de su patrimonio fue arrasado por la guerra y el sentimiento anticlerical, cortando cabezas y manos de esculturas. Una de las piezas que más sufrió este arrebato de la historia fue la patrona de la ciudad, la virgen de las Angustias, talla de Ruíz del Peral, la cual fue fusilada e incendiada demostrándose a qué puede llegarse si se participa en el odio y la incultura. La educación y la consciencia de la importancia que tiene este aspecto en nuestra sociedad no debe quedar marginal de forma reducida, elitista o hermética, sino ser apreciado por todos y todas, a los que abierta y formalmente se invita a resguardar.

La virgen de la Piedad, réplica de la original de Miguel Ángel y restaurada por Mari Ángeles Lázaro Guil, vio la luz por primera vez en Bolonia en los años treinta. El cónsul de España, la trajo a su ciudad natal siendo destruida en la contienda fratricida. Su recuperación integral y la protección de la que goza hoy es un triunfo sobre los desastres y el desprecio. Sobre el abismo que es capaz de crear el hombre. La Piedad de Miguel Ángel en Guadix es un símbolo de hermanamiento y de superación. La pureza del mármol de carrara, la inmaculada virtud de su blancura es capaz de sanar las heridas habidas. Una losa de serenidad que se asienta en la oscuridad. Es la misma paz sobre todas las cosas. 




Los lugares al culto, inspirados en la divinidad, siempre han evocado sentimientos en la grandeza humana. En su capacidad de crear, de imaginar, de expandirse. Haciéndose partícipe del medio, de su luz, pasando los límites corpóreos para abstraerse a un plano espiritual. Han hilvanado en la metáfora una belleza que alcanza la transverberación. En el museo catedralicio, una parada en la historia donde descansan las bulas papales y retratos de los obispos más influyentes de la diócesis, quedan a refugio alguna de las imágenes que aún se conservan del fundamental Torcuato Ruíz del Peral: San Antonio, San Buenaventura y San Francisco Solano. Sus caras, al igual que las expresiones en Velázquez, son tan actuales y vigentes como en el momento de su creación. El San Juanito de Pedro Atanasio Bocanegra o la Inmaculada Concepción de Mora son joyas engarzadas que dan esplendor a la corona que el arte conforma y con la que luce la cultura accitana. Sin lugar a dudas el museo es un paseo de miradas, donde desde el cardenal Mendoza, San Pedro, San Pablo, Santa Teresa o la Inmaculada expresan su inquietud, su potestad, su nobleza. Su admiración y su bondad, su fidelidad y su humillación. Todos ellos, atravesados por Dios, se redimen a la voluntad del cielo. 

Detalles. Una escalera que sigue los patrones de Leonardo, una ambientación en la casa del campanero, el mirador más privilegiado por excelencia que vigila cualquier punto de la ciudad. Eso es la catedral de Guadix, su torre y su museo, un conjunto arquitectónico que denota la importancia de la estética y la función en tiempos donde la brutalidad de los modales contrastaba con la delicadeza de los ornamentos. Entre el cielo y el destierro caben todas estas obras. Que si un día encontraron su principio en lo divino, podrían encontrar su fin en el olvido. 

Dios no lo quiera






Museo S.A.I. Catedral de Guadix

Florece entre la maleza




¿Qué tendrán en común un pintor como Caravaggio, un músico como Bach y un monumento como la Alhambra? Sin rozarse en la historia, sin mediar inspiración, las tres grandezas ad hoc para las artes y el pensamiento, maestros en pedestal de nuestra cultura, fueron un mal día olvidados y prestados a la custodia del silencio.

Indudablemente, el que los buscara los encontraba. La azarosa virtud de todo ello fue recordar que ahí seguían. La Alhambra llevaba coronando la Granada mora y cristiana desde hacía siglos. Sus torres y murallas engarzadas enjaulaban el oasis de derribos y escombros a los que se estaba reduciendo la ciudad nazarita. Nada quedaba de aquella fijación obsesiva puesta por los católicos en la reconquista. Con el tiempo, fraude de vilipendio, cárcel de delincuentes y orfanato de mendicidad, la que había sido una de las ciudades más esplendorosas cedió su brillo al polvo que le rondaba. Llega Washinton Irving y lo revoluciona todo. Sus cuentos y leyendas abren la puerta al interés de todos, benefactores y expoliadores. La luna árabe, de luz sultana, vuelve en plata las albercas y los carpines. El susurro de sus fuentes borbotea arrullo de quietud. Las rosas y buganvillas tapizan los muros de los jardines. La yesería, las columnas, los techos celestiales cincelados en la divinidad se reconstruyen. Los leones parecen despertar una segunda juventud en su mármol de macael. Hizo falta un milagro para destapar la grandeza oculta de una maravilla esplendorosa. Una marginación inmerecida y celosa con final feliz.

Una casualidad basta para admirar. Meldelssohn estaba en el mercado cuando se dio cuenta de que un comerciante envolvía la carne que vendía en hojas de pentagramas. Era la Pasión según san Mateo de Bach. Volvió y le preguntó al hombre por su procedencia. En una buhardilla recién alquilada había un lote de esos papeles, que Mendelssohn aprisa le compró. Queda decir que Bach no fue olvidado. Tras su muerte una camarilla interpretó permanentemente sus obras, como luto sempiterno le guardaran, y de allí saltó a Viena donde Mozart bebió. Las partitas y el clave bien temperado eran estudios de clase. No se confiaba en la habilidad del contrapuntista. Su relevancia era apuntalada estoicamente por un reducido número de fieles. Ochenta años después de la muerte del Kantor, La Pasion según san Mateo resucitó, siendo dirigida la orquesta por Medelssohn. Una justicia poética que abría las puertas a la admiración al gran maestro. Pau Casals, en una librería de Barcelona, casualmente da con un ejemplar de las seis suites para violonchelo solo, ocultas como estudios. Desde entonces Johann Sebastian Bach es uno de los más celebres músicos y muy recurrente entre las bandas sonoras del cine.

Caravaggio no gozó de la simpatía de sus contemporáneos, y la rivalidad con otros pintores promovió que una losa enterrara con él su grandeza. Influyó, como Miguel Ángel, en generaciones de pintores italianos. Su reducida obra pasó desapercibida, naufragó en desaciertos de la historia y fue camuflada por atribución a otros artistas. No se vio jamás tan brillante la noche oscura. En los albores del siglo XX su nombre despierta y la dignidad de sus lienzos consigue la gloria inherente.

La fusta flagelando el arte. El rencor que esparce la grandeza entre la maleza. Todo termina por florecer y las cosas son más allá del continente de su existencia. Una vez el tiempo haya desquebrajado los límites del cascarón, no hay marcha atrás: se es o no se es, esa es la cuestión. Esa es la razón de pervivir eternamente.