Vuelta a los buenos tiempos

 


Echando la vista atrás, no demasiado, tan solo un reojo a lo que hemos vivido, el covid parece haberse arrinconado como una anécdota o un mal trago; un tiempo ominoso poblado de cadáveres y desventuras que la memoria selectiva prefiere omitir corriendo un tupido velo. 

Por una parte, fuimos espectadores -en el mejor de los casos sólo eso- de una maratón en la que se sucedían los colapsos hospitalarios, Fernando Simón dando el parte meteorológico de las desdichas, un semáforo de aperturas o cierres perimetrales. Los muertos no cabían en los cementerios. El bicho corría como la tiña y para mayor colmo podías estar infectado sin conocimiento. Eso que queda en los escritos y en la hemeroteca de televisión española que saldrá a la luz en cada efeméride, es una parte irrefutable de aquel tsunami que fueron los meses de marzo, abril y mayo de 2020. 

En cambio, y sin esquivar esa primera y dolorosa parte, la realidad fue bien doméstica. Reflexiono sobre esto cuando en un rato de paréntesis de la tarde veo cómo el sol avanza la pared del salón y crea siluetas entre el gotelé haciendo de lo escarpado un entramado estampado. Como una carreta lenta de bueyes parsimoniosos. ¿Acaso no hubo mayor regalo, en este tiempo de prisa y corriendo, que permitirnos observar la calma? ¡La silueta que la calma avienta en cada suspirar! Todo el mundo quebró su rutina. Volvimos a nacer. Éramos un nosotros nuevo, decidido a salir de la que estaba cayendo. Hacíamos por atender al prójimo, por llamar al ser querido, por descubrir algo nuevo. Los días estaban abiertos a la inspiración, a la creatividad. Las prioridades se habían deshecho. Abrir la ventana de aquel marzo tardío y oler la lluvia y la tierra mojada en pijama. El relampagueo de los aplausos a las ocho de la tarde y la posible posterior tertulia con el vecino contiguo. Hablando de nada, simplemente del tiempo, de que al cambio de hora ya aplaudiríamos de día, de las nuevas agendas para sobrellevar esto sin perder el juicio en demasía. Cuántos cumpleaños sin celebrar, cuántos abrazos y besos sin darse. Cuántas manos sin chocar. Un puñado de coches pasaban clandestinamente por la avenida. Decían haber grabado jabalíes saludar la Cibeles. Los ciervos pasando por la Castellana. El agujero de la capa de ozono, se cerró. Posiblemente nuestro mayor enemigo crónico, la contaminación, había vuelto a los niveles del siglo XVIII. Todos dieron su brazo a torcer. Se ofrecían clases de todo tipo, un festival de conciertos en abierto. Cada uno aportó en aquel momento lo mejor de sí mismo. Hice yoga con mi madre a través de webcam. 

El otro día volví a revisión médica. La última vez fue hace seis meses y aún seguíamos en aquel régimen pandémico. Ni que decir tiene que se podía acceder al hospital cinco minutos antes de la cita y en la sala de espera como mucho había dos personas. Con puntualidad castrense entrabas y salías atendido sin tropezar con más seres vivos de los necesarios. "Ya hemos vuelto a los buenos tiempos" me decía la secretaria de ventanilla tirando de malafollá. Había veinte personas entre pacientes y acompañantes y una hora de retraso. "Para eso prefiero que vuelva el covid" añadí, con humor negro -discúlpenme-. 

La guerra ha dejado muchas bajas, muchas secuelas y traumas que sólo el tiempo permitirá curar en una sociedad que se enfrentó a bocajarro a tener que aguantarse, y eso es lo que peor pudo llevar. Porque habíamos diseñado un mundo de escapatorias y procrastinaciones eludibles hasta que nos llegó la primera ola. Aprendimos a vivir a pesar de todo lo que sabíamos, de cara a los demás, de cara al vertiginoso ritmo impuesto. Brotó una cultura amable, un imaginario donde por supuesto había mascarillas, distancia social, desinfección de manos y un riguroso respeto a la vida. Cultivamos nuestros refugios para protegernos, y otra vez hemos deshecho la madeja del nido para seguir andorreando de aquí para allá sin ir a ningún sitio. Todo el esfuerzo se ha ido disolviendo por falta de afecto. Tuvimos la oportunidad de ser mejores. En cambio, todo lo que hemos podido reciclar de aquellos días sin primavera ha sido el vago recuerdo, desde la mezquindad, la arrogancia y la altanería, como si todos los confinamientos, toques de queda, y sobre todo, familiares y amigos fallecidos fuesen hilillos a la mar. 

El volcán que no cesa

 




Que la televisión guarde un lugar de honor y adoración en el salón no es cosa menor. Llegó un momento en el que los ladrones, cuando entraban a hacer lo propio en casas ajenas, dejaron de buscar joyas a sencillamente acarrear con los televisores que hubiera. Con qué desamparo se quedaba esa familia. Era como si se hubiera ido la luz ¿Qué iban a hacer a partir de ahora? ¿¡Acaso, leer!?¿¡Hablar entre ellos!? En el mejor de los casos jugar a las cartas un rato, no mucho. Eran otros tiempos, desde luego. Entonces la programación televisiva influía en las rutinas y en las horas del sueño. Llegabas del colegio, comías con los Simpsons. A las tres, las noticias. Y en la merienda igual en Canal Sur si había acabado Contra Portada o Juan y Medio salía Bandolero. Por ese motivo ganaron fama los vídeos, porque se podía grabar en cinta y así paliar a nuestro antojo el deseo de ver lo que queríamos cuando no pudimos. 

Existía entonces una ley no escrita en la que la televisión abastecería de contenido la vida y ofrecería temas de conversación y entretenimiento abundante con el compromiso de honrarla y creerla. El crédito lo heredamos de los primeros espectadores, que en aras de la paz, crearon un producto donde se compaginaba el No-Do, Miliki y compañía, las entrevistas de Íñigo y las expediciones de Rodríguez de la Fuente. Es decir, se ejercía una profesionalidad absoluta en el que cada cual cumplía con su público la responsabilidad de acercar a los hogares la máxima decencia y dignidad de su labor. Es así, entonces cómo los grandes artífices del periodismo han ido escaseando, mediatizando en sensacionalismo y falsedad la pantalla que hoy se consume. En cualquier caso, ésta sigue infligiendo la autoridad, por no mudar la costumbre, e imponiéndose en generar opiniones y sentimientos colectivos en los masivos parroquianos. 

La fábrica de la tele genera un problema. No necesariamente ha de serlo, ni tan siquiera de incumbencia pública. Simplemente lo propone y en cierto modo obliga a que sea compartido en tertulias y comentarios de cajero o puertas de escuela. Supongamos que un volcán entra en erupción en una isla remota -territorio nacional, eso sí- cuya lava se deja desprender por la cuenca y llega al mar. Con el infortunio de que se permitiera construir allí, a pesar del peligro posible, y la lava haya arrasado todas las viviendas que cruzara en su carrera. No ha habido ningún herido ni fallecido. Pero esto de la televisión hace que el que viva en Soria, Teruel, Cazalla de la Sierra, Vigo o Macael tengan que añadir a su realidad esta nueva preocupación. Es más, incluso se hagan expertos vulcanólogos, pues de alguna manera habrán de dar su opinión al transcurso de los hechos. Naturalmente acuden a la isla el rey, el presidente del gobierno por ser zona catastrófica y en el congreso se aprueban las ayudas pertinentes. Quizás no sea más relevante que una riada en Valencia, un terremoto en Granada o una copiosa nevada en Burgos. El caso es que hay que chuparse el volcán de cabo a rabo, durante los días que la naturaleza considere, es decir, no se sabe. Podrían mandarnos, como recordatorio de la efeméride, un trocito de magma a casa por buena y obediente conducta. Desde luego, la televisión es como un volcán. No para de lanzar piroclastos y sólo nos fijamos en el espectacular cono que salpica fugaces estrellas incandescentes, mientras medio cuerpo lo tenemos sepultado en la colada queriendo pensar que somos la casa de la Palma que se salvó. 

Y en este rebosar de información estéril Facebook se borra del mapa, y con él caen de la mano Whatsapp e Instagram durante seis horas (de pronto, los vulcanólogos convulsionaron en informáticos). Una suerte de ictus. Volvemos a los tiempos de los apagones sin televisión y al no saber qué hacer. Bendita tranquilidad. Sorpresivamente el mundo siguió su latir. ¿¡Pero cómo es posible!? Si nos falta el móvil y no sabemos respirar. Igual estamos enganchados a algo que no es tan vital como creíamos. Igual podemos dejarlo sobre la mesa y hacer otras actividades más enriquecedoras, como por ejemplo hablar sobre los gases que produce la lava de un volcán cuando llega al mar. 

La doble vida de un ropero

 





En este mundo de quita y pon, de trabajos breves y amores escuetos, la moda se lanza a retarnos con permanecer. La fast-fashion de camisetas a dos euros que tanto nos alegran son una trampa mortal para nuestro planeta. La producción de baja calidad en talleres de indochinos esclavizados, son parte del agotamiento de los recursos naturales. Las economías domésticas más modestas son las grandes usuarias de esta solución sensacional que tanto democratiza el vestir. A la larga, un espejismo más de nuestro vertiginoso ritmo por condenarnos. Ha sido algo repentino. Exceptuando a Maria Antonieta, nadie ha tenido un armario tan variado hasta bien entrado el siglo XX. Nadie prestó tanta importancia jamás a no llevar la misma blusa dos días seguidos. La cuestión es que este alto consumo está empobreciéndonos, convulsionando y solidificando un modelo agresivo en el que es el propio planeta el que sale peor parado. 

El movimiento se demuestra andando. Veamos. Cuando me invitaron a la presentación del perfume Bad Boy de Carolina Herrera no tenía margen de tiempo y un presupuesto reducidísimo de acción. Así, me presenté en una mercería de barrio y le pedí alguna idea. Se nos ocurrió reciclar un traje básico azul marino, añadiéndole al puño de la manga un borlado dorado que usan para cofradías ¿Haute Couture? Tan altísima como eficacísima. Un amigo, joven diseñador, me prestó una camisa de su atelier. Así estuve en una mansión en la Moraleja, comiendo canapés de Samanta Nájera, bailando junto a Miguel Ángel Silvestre y Carmen Lomana. Y sin desentonar, yo, a quien había vestido el pueblo, frente a todos aquellos Valentinos, Guccis y Versaces. 

A las dos semanas tenía el bautizo de mi sobrina. Otra vez con el asalto al perchero. Le pregunté a mi padre qué había hecho con su traje de boda. "Ahí en el armario está". Con las mismas me lo probé. Lo llevé a la costurera y después de la magia del hilo y el coserío me estaba como un guante. Otro rescate imprevisto. Unos meses después entré al trastero que había pertenecido a un piso familiar. Allí encontré, en una percha desierta, barnizada por polvo, el uniforme de Renfe de mi abuelo. Él había muerto muy joven, cuarenta años atrás. Nadie lo había tocado hasta entonces, ni había hurgado entre sus telas. Aún seguía allí un calendario de bolsillo de 1977. Además de tres chaquetas roídas y una camisa descolorida, se hallaba un gabán largo en mejores condiciones. Lo saqué por darle otra oportunidad a riesgo de que el de la tintorería me dijera que estaba loco. Para mi extrañeza me felicitó, pues ese tipo de lana ya no se hacía y era de la de toda la vida, la que abrigaba de verdad. Después lo llevé a la costurera a que volviera a brotar su magia. Lo rehizo por completo: lo desmontó, lo volvió a montar, le corrió la botonadura, le hizo los bolsillos nuevos, le alargó las mangas. Arquitectura textil en arqueología doméstica. 

Y en este recorrido por amar, por volver a darle un significado nuevo, una interpretación a aquello que marcó y estuvo presente en nuestra historia familiar, hoy he dado con una nueva prenda. Estaba en una colina de bolsas de ropa. Enmadejada entre trapos, buscando otras cosas, ha aparecido un jersey muy noventero, de vivos colores, un tanto oversize, típico en las tiendas de Malasaña. A priori, podría estarme bien. No tenía toda mi atención hasta que pregunté en casa de quién era. Mi madre ha dicho que era de ella, de cuando estaba embarazada de mí. Por ende, aquel suéter anónimo de pronto era protagonista. Había formado parte de mi vida sin que yo supiera aún que tenía una. Y es por cosas como estas por lo que vale la pena alargarles la durabilidad a las prendas que fueron nuestras, porque sin proponérselo fueron testigos de lo que hemos hecho de nosotros mismos. No se equivocarán. Es apuesta segura. Las modas siempre vuelven. 


Arqueología doméstica

 



Cuando mi última y más querida abuela murió, experiencié un deseo de proteger todo lo que la rodeó en vida. Pasábamos a tomar consciencia de que su partida significaba un cambio de página en muchos sentidos. Era la primera vez en sus ochenta y ocho años que no iba a estar presente en nuestros cumpleaños, celebraciones y demás encuentros. El alzheimer le había nublado el pensamiento breve tiempo atrás, pero su sonrisa y el nombre de sus hijos seguían vigentes aun repitiendo pensamientos y siendo calmada por sus agitados temores. 

De ella quedaron muchas cosas. Enseres, ajuares, sus recetas de cocina, testimonios filmados y fotografiados. Eran una estirpe amante de la cámara y así lo demostró que tuvieran fotos de ella de pequeña, de familia numerosa, del colegio, de sus hermanos en la mili, de sus padres... y empiezas a introducirte en un rompecabezas en el que se fusionan "lo dicho" con "lo hecho". Es decir, todo aquello que de oídas se ha presenciado alguna vez como historieta, está físicamente, visualmente, reflejado en esa fotografía. Los viajes, las bodas, la suma de los hijos a través del carrete. Una novela sin letras, pero con la misma carga emocional y literaria. 

La casa de mis bisabuelos aún sigue en pie. Infinitamente deteriorada. Podría considerarse una ruina moderna que ha sido varias veces expoliada. De ella recuerdo pasar unos felices domingos de infancia corriendo en un prado verde y jugando con los primos. En algún momento la decadencia del lugar se consideró poco apta para travesuras de niños y por protección de riesgos dejamos de ir. Llevaba veinte años sin pisarlo. Siempre pasando de largo, porque la esencia de aquel lugar era el "estar de paso". Era un pueblo diminuto en el que había una estación de tren, un silo, unas escuelas y una manzana de casas. La más grande de ellas, la cual tenía una especie de tienda-bar para atender a los viajantes del ferrocarril, servía de lugar de encuentro para los vecinos. Esta concretamente es la de los padres de mi abuela. Cuando acudimos a ella hace unos meses, en primavera, el tiempo le había robado su esplendor mas en la memoria de cada uno de nosotros era un desfile de recuerdos y de personas que seguían allí mismo. 

Picoteo el teclado con palabras de parientes del árbol en buscadores de hemeroteca, para rescatar alguna noticia o seña que ofrezca perspectiva a las anécdotas familiares. Con suerte en este riguroso avance por digitalizarlo todo, siempre cabe alguna tibia reseña de un periódico local en alguna aportación. También pregunto a tíos y primos si cupiera la posibilidad de que en sus enmarañados baúles y trasteros hubiera alguna foto en blanco y negro con rostro de antepasados para que en un whatsapp puedan mandármela. De esta forma les pude poner cara por primera vez a unos tatarabuelos. Y te das cuenta que la historia se hizo ayer. Notas de prensa de algún evento social, participación en concurso, alguna multa en la guerra, nombramientos políticos o civiles y poco más. Lo suficiente para cimentar aquel rastro verbal heredado de quiénes eran y fijarlo en papel con estas puntillas. 

Algún juego de tazas, un abrigo, una colcha de croché hecha a mano o una radio antigua pueden ser trastos de rastrillo, pero el valor no lo dan las cosas, sino a quién pertenecieron, quiénes las cuidaron e incluso quiénes las vivieron. Nos acuartelamos sin renuncia a seguir guardándoles un lugar de honor en nuestro presente. Esa herencia al margen del papeleo es el sensible legado que nos transporta a un rincón de la memoria, en el que la muerte no tiene fundamento. El recorrido por el que te invita la arqueología doméstica, en el que conforme descubres de dónde vienes también aprendes el por qué vas. 


El Madrid que no es





La última vez que estuve en Madrid era la nochevieja de 2019. En julio de aquel año dejé la capital para embarcarme en otros proyectos profesionales. Allí quedaron amigos muy queridos, celebrados amantes y una vida sin descanso ni tregua. Había tenido la suerte de compartir mi vida en aquella ciudad bajo las órdenes de la capitana Manuela, quien fue capaz de extender la ternura y afecto de sus gestos a las calles madrileñas. No todo era color de rosa, lejos de eso, Madrid se enfrentaba a la polución por una parte, y a la gentrificación por otra. De tal manera que vivir allí era la crónica de una muerte anunciada. Eso sí, el entusiasmo y las ganas te dotaban de unas dosis de adrenalina anestésica que adormilaban o empequeñecían los duros males visibles. Aún así, recuerdo que había un interés colectivo en hacer todo más amable y cercano. Era una ciudad que extrañamente acogía y te permitía perderse entre sus faldas. 

Los que hemos tenido la fortuna de vivir los estragos de la pandemia en núcleos con población más reducida, en la amplitud de los hogares, en la vía breve hacia la naturaleza, no podemos ni suponer lo que devino para los habitantes sitiados en Madrid. Acuartelados en sus barracones de alta renta, esquilmados en luz y entendimiento. Las calles pudieran haber servido de trincheras. Cada cual un "no pasarán" a los propios vecinos. En un pueblo, las mañanas de domingo son tan blandas y esparcidas que cualquiera podría recrear el confinamiento abrileño en el que nos defendimos. Pero allí, en la villa, que no conocieron sus estrellas el descanso, fue joder vilmente la marrana. 

Y después de las olas y las vacunas vuelvo a Madrid, por mero reconocimiento, por amistad infinita. Por distinguir si queda algún poso del recuerdo. Llegué en tren. En otros tiempos me hubiera visto desde el balcón con la maleta cruzar el asfalto mientras se asomaban las cariátides y relinchaban bajo la Gloria los Pegasos. Hotel Mediodía, El Brillante, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. A la diestra el Prado, como siniestra un ala roja parecía Nubel haciendo barca con Atocha de un Madrid al que subirse para dejarse navegar. La persiana, de quien me hiciera el relevo en los años, estaba subida.  En aquel momento seguía sin creer que estaba en la ciudad maldita. Donde las noticias archivaban los cadáveres unos sobre otros, apilados en el desprecio de los números. Familiares atormentados en esta fragua que no paró de repicar y achantar, dedo de muerte frío, mientras algunos seguían negando la pandemia. Filomena terminó por meter las banderillas que quedaban. Todos los árboles capados de copas. Mutilados e impedidos. Fuencarral lisiada. El verdor del Retiro cansado. A Dios gracias aún sigue en pie el ahuehuete, majestad natural que a Felipe IV de las Indias le trajeron y que de sí sombraje de siglos emana. 

Por lo demás, Madrid parecía intacto. Al turista que posa sus pies en la ciudad para atracarse de sus bellezas parecieran haberse esmerado en conseguir que todo quede en su sitio. Se ha convertido en un parque de atracciones. El eje de los museos del Prado Patrimonio de la Humanidad, el alza de hoteles de lujo con la coronación del Four Seasons en Canalejas. Restaurantes al rescate de lo perdido cobrando el cubierto o esmerado servicio. Un hervidero Madrid a la hora de la comida. No tiene un sitio. Escalada de precios por un café. Y a pesar de la grave experiencia sufrida, la feria del libro o el rastro era una maraña de rebaños convulsionando a la fricción.  

En cambio, el que mira Madrid como un felino empedernido, eriza el lomo cuando atraviesa en un barrido tiendas que no han aguantado el cerrojazo, que probablemente y sin más remedio hayan muerto. La silueta pálida de una ciudad ahogada en contaminación. Existe un trote quebrado en el ambiente, un discurso de astillas que enrarece, acobarda y se engulle aquel Madrid que viví. El hastío general de sus viandantes. La antipatía aflorada.  Fuera de eso, la ciudad quiere latir. Está en su naturaleza. No puede hacer otra cosa que bombear creatividad y seguir adelante. Con sus pesares. Amigos confiesan sentirse desubicados, que preferirían salir de la almendra, del corazón, y mudarse a la Alameda de Osuna o a la sierra. Madrid no es lo que era. Y yo los miro desde mi paz de provincias. Y me despiertan sentimientos encontrados el deterioro de la esperanza, la sonrisa mustia, el verbo mermado. Madrid que tanto significó, que fue uno más entre nosotros, ahora es un escenario decaído por donde transitar. Espero algún día recupere esa luz que lo dotó de ser el faro salvador de muchas de nuestras tormentas. 

El yugo, las flechas y la memoria


 

El ayuntamiento de Cádiz retiró una placa que había en la calle Isabel la católica, indicando ser la casa natal del poeta José María Pemán. Se sugería que fuera quitada dentro de las actuaciones por la memoria democrática en cuanto a la vinculación -evidente- que el escritor tuvo con el régimen de Franco. Pemán, que lo único útil que hizo en su vida fue piropear a Lola Flores diciéndole aquello de "torbellino de colores" hoy está en entredicho. También recibió, junto a familiares y autoridades, los restos mortales que venían de Argentina de Manuel de Falla. A lo cual tampoco sé cómo el compositor le sabría aquel flaco favor. En un pronto en el que Pemán se propuso "franquificar" a Falla, manquepierda. El caso es que fueron a parar a la cripta de la catedral, en el día conocido como el que todo Cádiz salió a despedirlo. Por lo demás, nada que añadir. Dentro de las plumas que comulgaban con el régimen había otros más notables como Eduardo Marquina, Juan Ignacio Luca de Tena, López Rubio o el propio Enrique Jardiel Poncela. Es decir, hubo literatos afines a los que los nuevos tiempos no le fueron tempestuosos. 

Y por razones obvias no corrieron la misma suerte que otros más sublimes escritores a los que el franquismo asestó un golpe mortal: el fusilamiento de García Lorca, la muerte en el penal de Miguel Hernández, el acuartelamiento domiciliario de Unamuno o el exilio en la más vil miseria de Antonio Machado. En cualquier caso, y valor literario aparte, la placa estaba colocada porque allí nació. No porque fuera un cabroncete llamando a la aniquilación y exterminio de quien se opusiera al golpe de Estado. Al fin y al cabo ¿Qué palabras gruesas no iban a caber en aquel momento de la trifulca? Eso sí, ante aquella vocalía, Queipo de Llano era un petisuí. Pero la guerra era un sálvase quien pueda, y desangrar, arruinar, arrancar, humillar y atemorizar no se hacía con polvos de talco. Se envalentonó. Se puso malo de los nervios. Volvemos a que la placa se puso porque nació allí. Y por ser (un mal logrado) escritor. Escritorcillo.(*)

Uno de los más honrosos logros que puede marcarse la democracia es precisamente la ley de "Memoria democrática". Esto es, un pulimiento de todos aquellos elementos que hayan quedado como un poso residual en la vía pública y que lejos de engalanar o ennoblecer, vulnera la decencia y dignidad, enquistándose a ciertos pensamientos y sentimientos muy contrarios a los valores democráticos. Lo que las espinacas fueron a Popeye, la ley de Memoria democrática es a la propia democracia. Pues como herramienta, articula y legitima el poder barrer del confín todo aquel debate que se escuda en la libertad de expresión y no deja de perdurar como un fantasma angosto y maltrecho. Todo tiene su tiempo y este tiempo ya tiene bastante con lo suyo. 

Hay quien se pregunta por la utilidad de esta cruzada contra el pasado. Claro está, el franquismo no dejó los deberes hechos. Para el año de 1976, la mitad de las plazas de este país seguían llamándose Generalísimo Franco. Y las calles principales, Jose Antonio Primo de Rivera. Al igual que su nombre quedaba reflejado en las fachadas de las catedrales de España. También en la estación de metro de Gran Vía (antigua Jose Antonio) o en la de Príncipe de Vergara (ex General Mola). Los hospitales llevaban nombres de falangistas: sin ir más lejos, Ruiz de Alda (el actual hospital Virgen de las Nieves de Granada) no fue precisamente compañero de pupitre de Ramón y Cajal o Gregorio Marañón. Y así con una marabunta de placas plantadas durante cuarenta años para gloria del régimen franquista. 

La Plaza de los Corregidores de Guadix hacia 1911 - Plaza de Onésimo Redondo en la década de 1960

En Guadix, la Plaza de los Corregidores fue destrozada durante la guerra civil. No quedó piedra sobre piedra. El recinto sufrió una suerte de Guernika. Era llamada así por el famoso balcón de los Corregidores de la época de Felipe III. Cuatrocientos años en su haber. Cuando regiones devastadas mete mano, una década de escombros mediante, decide actualizarla a la arquitectura del régimen: acuartelarla en arcos chatos y trasladar una imitación de la archifamosa balconada al otro frente de su ubicación. Entonces llamaron a la Plaza de Onésimo Redondo, que era de Valladolid y naturalmente fundador de un brazo de las JONS. Por Guadix nunca pasó, que se recuerde. Como guinda incluyeron en el lugar donde debió ponerse la soberbia y majestuosa balconada, por seguir el volunto de la costumbre, un escudo de Franco. Llegamos a la democracia y con la Constitución firmada se le puso dicho nombre, salvo que siempre se le ha llamado de las Palomas. Porque donde hay bares hay palomas. Personalmente fui uno de los que se levantó por la causa, frente a la opinión popular de "ha estado toda la vida ahí, mejor dejarlo" o "eso es parte de la historia, no la podemos cambiar". Mi intención, humilde ante todo, era que se retirara el susodicho escudo y se pudiera exhibir en un museo municipal como señal intrínseca de esa historia inamovible, pero desplazable. Cuando fermentó la masa, pareció que se pusieron de acuerdo en quitarlo. El operario municipal pensando que lo bueno si breve dos veces bueno, asestó machetazo limpio contra el pollo e hizo piscos la heráldica pretérita. En el desvestido lugar pusieron un reloj, que a veces va bien. Ese fue el último elemento que nos quedaba por "descoleccionar". 

Ahora bien, recientemente estaba el consistorio accitano huroneando el cómo poder crear una bandera que le faltaba a la milenaria ciudad. Asesorados por técnicos e ilustrados, se acuerda que la bandera ha de dividirse en dos partes iguales: la derecha un paño blanco y la izquierda un paño burdeos con un escudo de las insignias de los reyes católicos, el yugo y las flechas, recogidos por una corona de laurel de "y tiro porque me toca". Evidentemente, cuando Ysabel y Fernando llegan a Guadix, en los avatares de la reconquista, le dan el título de fuero y ceden sus símbolos a la ciudad. Así sigue en sucesivos escudos de todos los siglos recolectados hasta el convulso XX. Nuestro paisano Juan Aparicio López, que como todos los provincianos quiere que su pueblo esté por encima de los demás, fue el que llevó la idea del yugo y las flechas (que estaba hasta la saciedad de ver en Guadix) a la Falange Española, que los adoptó enseguida, al igual que hizo Franco. 

La nueva bandera de Guadix 

El debate se siembra cuando el ayuntamiento ha hecho una bandera (ante una opaca participación ciudadana) con unos símbolos que pertenecían a los Reyes Católicos, que nos los regalaron -Santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y no estaban para derrochar originalidad pudiendo reciclar la vetusta heráldica- y que a posteriori se adueñó Franco, que pasaba por allí e hizo el mejor marketing del yugo y las flechas en toda la historia, con pollito de sanjuanito incluido. Es buena señal de que las alarmas se activen a las más mínima cuando se generan este tipo de insinuaciones, que pocas veces están tan notariadas y justificadas. La Memoria Democrática debe ser altamente rigurosa, no pedalear entre partidos. Tajante y bien informada. Porque su única función es preservar y fomentar la igualdad, la fraternidad y la libertad. El respeto y la tolerancia, como pilares fundacionales de nuestra cultura, o por lo menos de esta sociedad que vivimos. 

Nada ha sido en vano. Se han cambiado nombres a las calles, retirado estatuas y galones, desinfectado la vía pública de fascismo, y sin embargo lo más importante y decisivo que ha podido apoyar esta ley ha sido el arduo trabajo por vaciar las cunetas de muertos y hacer que las fosas de los fusilados dejen de ser anónimas. Mientras haya fundaciones que enaltezcan la figura de dictadores, partidos que degraden a los españoles por su condición en diversidad o personas que idolatren públicamente a nazis y fascistas, queda todavía un camino tedioso por esclarecer. Porque la memoria se acompaña de la conciencia, y ser conscientes de quienes somos nos hará aprender quiénes fuimos. 




(*) José María Pemán fue un distinguido personaje de la derecha. Su producción literaria tenía mucho que ver con esta condición, ya que el régimen abalsamó y procuró sus publicaciones. En otro contexto difícilmente hubiera tenido la producción que hoy le consta. Mientras que a Jacinto Benavente (a pesar de ser premio nobel de literatura) la censura le borró el nombre en sus estrenos e incluso de García Lorca no se pudo publicar hasta una vez muerto los Sonetos del Amor Oscuro, a otros relamidos como Pemán la suerte sopló a su favor. Quizás Pemán haya sido quien fue por haber vivido bien el franquismo, sin embargo ya despuntaba tibiamente antes de que el golpe de Estado de 1936 se diera. 

Pongamos por caso: el certamen de cante jondo


 La reina Victoria puso en su testamento que el día de su funeral quería que hubiera más blanco que negro. Ese día nevó. Una bonita casualidad que podría quedarse ahí, sin pensar que las probabilidades de que pasara un 22 de enero en Londres eran abundantes. Cuando explico la guerra civil española, empiezo preguntando ¿Qué hacéis vosotros un 18 de julio?: "Pues en la playa; sin clase." Efectivamente, así fue. Acababan de ser los Sanfermines y la sociedad más pudiente se había asentado en el destino de veraneo. Esto no lo digo yo, lo dijo en una entrevista Aline Griffith, condesa viuda de Romanones y espía estadounidense. El inconveniente de tanta cercanía es que cuando les vuelvo a preguntar sobre cómo empezó la guerra civil me contestan: "Pues estaban de vacaciones..." naturalmente. Saber que la salida de Alfonso XIII tras la proclamación de la II República se negoció en el domicilio de Gregorio Marañón o que Evita Perón ridiculizó y ninguneó a Franco durante la agasajada visita pueden ser datos fuera de expediente, que sin embargo dan color y volumen, incluso olor y proximidad, esquivando las columnas de años que nos distancian. 

Cuanto más pasa el tiempo, más se codifica la historia, y como en un destilador maltrecho se condensan unas gotas turbias de un mar repleto de variopintas percepciones. Eso es lo que llega. El sigilo de algunos escuetos hechos, más leales que fiables, o no, enmarcados con alfileres entre anuarios. Continuamente cae el repique de la revisión. Maltratamos el pasado esbozándolo en un simplón renglón bajo la luz de la moral. Y es que para entender hay que aprender a mirar, como el que se sienta en la última grada de un anfiteatro, y pasar revista a la literatura, al arte y a las crónicas del día que queramos. Los detalles son cosa imprescindible. Los detalles son precisamente los grandes ocultos y olvidados. No entrar en detalles es como ponerse una camisa a ciegas sin saber la talla ni la botonadura: un despojo. 

Para entrar en materia dispondremos de uno de los eventos sociales más importantes del siglo pasado en España. Pongamos por caso: Granada en 1922. Hace cien años, casi. Por estas fechas el Centro Literario, Artístico y Científico estaba confeccionando los remiendos para que fuera posible hacer en la ciudad un acopio de los más grandes flamencos. Un derroche sin precedente que viera la luz para las fiestas del Corpus Christi en el patio de los Aljibes de la Alhambra. Manuel de Falla capitaneó la empresa. Federico García Lorca, su mano derecha. Una carta fue mandada al ayuntamiento para cubrir gastos, firmada por lo más granado de la música, pintura y literatura. Cuando al nombre del Primer Concurso de Cante Jondo de Granada tomó cuerpo se echaron las amarras. Manuel Torre y D. Antonio Chacón, veteranos del ámbito, perfilaron la lista de invitados. No hubo quien quisiera perderse semejante nacimiento. 

Los días para el certamen estaban previstos para el 13 y 14 de junio. No cabía un alfiler. Los telones de Ignacio Zuloaga abrazaban los cantes y toques. Presentes Joaquín Turina, Edgar Neville, los duques de Alba, Ramón Pérez de Ayala, Santiago Rusiñol... se le ocurrió a Ramón Gómez de la Serna dar una conferencia interminable, por la guasa de los aplausos de los asistentes que no lo dejaban continuar (comentaría Isabel García Lorca). De allí salió encumbrado Manolito Caracol, con doce años. Se escuchó a Tomás Pavón, Pepe Cepero y a la espectacular Niña de los Peines. Esta es la versión oficial. 

El valenciano Federico García Sanchís que también estuvo allí, comentaba en un artículo en Nuevo Mundo de 23 junio: "la lluvia, descargando de pronto sobre la fiesta, obligó a la multitud a dispersarse, con que la inacabable fila de coches que aguardaban se desgranó, y de ahí  el resonar de las bocinas como trompas de caza. Y de este modo acababa el famosísimo Concurso". Apostillaba que para mayor inri, ese 13 era martes, seguramente para encanto de Lorca, donde además alumbraba la luna llena al son del embrujo prescrito, que a la estampida como autos-locos cuesta abajo de Gomérez, quedó el arrullo de las fuentes y brisa de junio que despierta el bosque de la Alhambra. Para impresión de Sanchís, añade que no quitó aquel espectáculo de ser algo así como una representación de faraones en teatrito cuando vienen turistas al Palace. "Semeja el cante jondo a un asilo de ancianos desvalidos y de huérfanos", por aquello de que titanes del arte y los volantes alternaban con caras frescas como la del propio Caracol o un jovencísimo Miguelito de Molina, que despuntaría años después con coplas a la altura de la Bien Pagá, Triniá u Ojos Verdes. 



"Enorme el éxito de taquilla. Ni una localidad desocupada. Y era un público disciplinado y culto, y en el que dominaban las mujeres, muchas vistiendo trajes de 1830, y otras con pañolones antiguos, y todas con esa gallardía que es el privilegio de las granadinas." Sentenciaba el corresponsal, quien tuvo el privilegio de poder contar en primera persona la apoteosis que sembró la flamencura más exquisita de España. Es de esta forma, incluyendo perspectivas, la forma fiel de imbuirnos en un episodio pasado. Descodificar, sin pretensión ni prejuicio. Abordar contextos y pensar que dos años antes a este hito, Manuel de Falla había estrenado en París Noches en los Jardines de España, tras ver la luz en Londres su Sombrero de Tres Picos; o un Lorca aún en la Residencia de Estudiantes (quedaba por fraguarse la generación del 27) que había compuesto en su haber por entonces El Maleficio de la Mariposa (1920) o los Poemas del Cante Jondo (1921). 

Creemos que la historia es una losa fría y abandonada. Una sepultura donde conversan los muertos y además, un extenso apartado donde yace todo aquello que nos hizo posible.