Arqueología doméstica

 



Cuando mi última y más querida abuela murió, experiencié un deseo de proteger todo lo que la rodeó en vida. Pasábamos a tomar consciencia de que su partida significaba un cambio de página en muchos sentidos. Era la primera vez en sus ochenta y ocho años que no iba a estar presente en nuestros cumpleaños, celebraciones y demás encuentros. El alzheimer le había nublado el pensamiento breve tiempo atrás, pero su sonrisa y el nombre de sus hijos seguían vigentes aun repitiendo pensamientos y siendo calmada por sus agitados temores. 

De ella quedaron muchas cosas. Enseres, ajuares, sus recetas de cocina, testimonios filmados y fotografiados. Eran una estirpe amante de la cámara y así lo demostró que tuvieran fotos de ella de pequeña, de familia numerosa, del colegio, de sus hermanos en la mili, de sus padres... y empiezas a introducirte en un rompecabezas en el que se fusionan "lo dicho" con "lo hecho". Es decir, todo aquello que de oídas se ha presenciado alguna vez como historieta, está físicamente, visualmente, reflejado en esa fotografía. Los viajes, las bodas, la suma de los hijos a través del carrete. Una novela sin letras, pero con la misma carga emocional y literaria. 

La casa de mis bisabuelos aún sigue en pie. Infinitamente deteriorada. Podría considerarse una ruina moderna que ha sido varias veces expoliada. De ella recuerdo pasar unos felices domingos de infancia corriendo en un prado verde y jugando con los primos. En algún momento la decadencia del lugar se consideró poco apta para travesuras de niños y por protección de riesgos dejamos de ir. Llevaba veinte años sin pisarlo. Siempre pasando de largo, porque la esencia de aquel lugar era el "estar de paso". Era un pueblo diminuto en el que había una estación de tren, un silo, unas escuelas y una manzana de casas. La más grande de ellas, la cual tenía una especie de tienda-bar para atender a los viajantes del ferrocarril, servía de lugar de encuentro para los vecinos. Esta concretamente es la de los padres de mi abuela. Cuando acudimos a ella hace unos meses, en primavera, el tiempo le había robado su esplendor mas en la memoria de cada uno de nosotros era un desfile de recuerdos y de personas que seguían allí mismo. 

Picoteo el teclado con palabras de parientes del árbol en buscadores de hemeroteca, para rescatar alguna noticia o seña que ofrezca perspectiva a las anécdotas familiares. Con suerte en este riguroso avance por digitalizarlo todo, siempre cabe alguna tibia reseña de un periódico local en alguna aportación. También pregunto a tíos y primos si cupiera la posibilidad de que en sus enmarañados baúles y trasteros hubiera alguna foto en blanco y negro con rostro de antepasados para que en un whatsapp puedan mandármela. De esta forma les pude poner cara por primera vez a unos tatarabuelos. Y te das cuenta que la historia se hizo ayer. Notas de prensa de algún evento social, participación en concurso, alguna multa en la guerra, nombramientos políticos o civiles y poco más. Lo suficiente para cimentar aquel rastro verbal heredado de quiénes eran y fijarlo en papel con estas puntillas. 

Algún juego de tazas, un abrigo, una colcha de croché hecha a mano o una radio antigua pueden ser trastos de rastrillo, pero el valor no lo dan las cosas, sino a quién pertenecieron, quiénes las cuidaron e incluso quiénes las vivieron. Nos acuartelamos sin renuncia a seguir guardándoles un lugar de honor en nuestro presente. Esa herencia al margen del papeleo es el sensible legado que nos transporta a un rincón de la memoria, en el que la muerte no tiene fundamento. El recorrido por el que te invita la arqueología doméstica, en el que conforme descubres de dónde vienes también aprendes el por qué vas. 


El Madrid que no es





La última vez que estuve en Madrid era la nochevieja de 2019. En julio de aquel año dejé la capital para embarcarme en otros proyectos profesionales. Allí quedaron amigos muy queridos, celebrados amantes y una vida sin descanso ni tregua. Había tenido la suerte de compartir mi vida en aquella ciudad bajo las órdenes de la capitana Manuela, quien fue capaz de extender la ternura y afecto de sus gestos a las calles madrileñas. No todo era color de rosa, lejos de eso, Madrid se enfrentaba a la polución por una parte, y a la gentrificación por otra. De tal manera que vivir allí era la crónica de una muerte anunciada. Eso sí, el entusiasmo y las ganas te dotaban de unas dosis de adrenalina anestésica que adormilaban o empequeñecían los duros males visibles. Aún así, recuerdo que había un interés colectivo en hacer todo más amable y cercano. Era una ciudad que extrañamente acogía y te permitía perderse entre sus faldas. 

Los que hemos tenido la fortuna de vivir los estragos de la pandemia en núcleos con población más reducida, en la amplitud de los hogares, en la vía breve hacia la naturaleza, no podemos ni suponer lo que devino para los habitantes sitiados en Madrid. Acuartelados en sus barracones de alta renta, esquilmados en luz y entendimiento. Las calles pudieran haber servido de trincheras. Cada cual un "no pasarán" a los propios vecinos. En un pueblo, las mañanas de domingo son tan blandas y esparcidas que cualquiera podría recrear el confinamiento abrileño en el que nos defendimos. Pero allí, en la villa, que no conocieron sus estrellas el descanso, fue joder vilmente la marrana. 

Y después de las olas y las vacunas vuelvo a Madrid, por mero reconocimiento, por amistad infinita. Por distinguir si queda algún poso del recuerdo. Llegué en tren. En otros tiempos me hubiera visto desde el balcón con la maleta cruzar el asfalto mientras se asomaban las cariátides y relinchaban bajo la Gloria los Pegasos. Hotel Mediodía, El Brillante, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. A la diestra el Prado, como siniestra un ala roja parecía Nubel haciendo barca con Atocha de un Madrid al que subirse para dejarse navegar. La persiana, de quien me hiciera el relevo en los años, estaba subida.  En aquel momento seguía sin creer que estaba en la ciudad maldita. Donde las noticias archivaban los cadáveres unos sobre otros, apilados en el desprecio de los números. Familiares atormentados en esta fragua que no paró de repicar y achantar, dedo de muerte frío, mientras algunos seguían negando la pandemia. Filomena terminó por meter las banderillas que quedaban. Todos los árboles capados de copas. Mutilados e impedidos. Fuencarral lisiada. El verdor del Retiro cansado. A Dios gracias aún sigue en pie el ahuehuete, majestad natural que a Felipe IV de las Indias le trajeron y que de sí sombraje de siglos emana. 

Por lo demás, Madrid parecía intacto. Al turista que posa sus pies en la ciudad para atracarse de sus bellezas parecieran haberse esmerado en conseguir que todo quede en su sitio. Se ha convertido en un parque de atracciones. El eje de los museos del Prado Patrimonio de la Humanidad, el alza de hoteles de lujo con la coronación del Four Seasons en Canalejas. Restaurantes al rescate de lo perdido cobrando el cubierto o esmerado servicio. Un hervidero Madrid a la hora de la comida. No tiene un sitio. Escalada de precios por un café. Y a pesar de la grave experiencia sufrida, la feria del libro o el rastro era una maraña de rebaños convulsionando a la fricción.  

En cambio, el que mira Madrid como un felino empedernido, eriza el lomo cuando atraviesa en un barrido tiendas que no han aguantado el cerrojazo, que probablemente y sin más remedio hayan muerto. La silueta pálida de una ciudad ahogada en contaminación. Existe un trote quebrado en el ambiente, un discurso de astillas que enrarece, acobarda y se engulle aquel Madrid que viví. El hastío general de sus viandantes. La antipatía aflorada.  Fuera de eso, la ciudad quiere latir. Está en su naturaleza. No puede hacer otra cosa que bombear creatividad y seguir adelante. Con sus pesares. Amigos confiesan sentirse desubicados, que preferirían salir de la almendra, del corazón, y mudarse a la Alameda de Osuna o a la sierra. Madrid no es lo que era. Y yo los miro desde mi paz de provincias. Y me despiertan sentimientos encontrados el deterioro de la esperanza, la sonrisa mustia, el verbo mermado. Madrid que tanto significó, que fue uno más entre nosotros, ahora es un escenario decaído por donde transitar. Espero algún día recupere esa luz que lo dotó de ser el faro salvador de muchas de nuestras tormentas. 

El yugo, las flechas y la memoria


 

El ayuntamiento de Cádiz retiró una placa que había en la calle Isabel la católica, indicando ser la casa natal del poeta José María Pemán. Se sugería que fuera quitada dentro de las actuaciones por la memoria democrática en cuanto a la vinculación -evidente- que el escritor tuvo con el régimen de Franco. Pemán, que lo único útil que hizo en su vida fue piropear a Lola Flores diciéndole aquello de "torbellino de colores" hoy está en entredicho. También recibió, junto a familiares y autoridades, los restos mortales que venían de Argentina de Manuel de Falla. A lo cual tampoco sé cómo el compositor le sabría aquel flaco favor. En un pronto en el que Pemán se propuso "franquificar" a Falla, manquepierda. El caso es que fueron a parar a la cripta de la catedral, en el día conocido como el que todo Cádiz salió a despedirlo. Por lo demás, nada que añadir. Dentro de las plumas que comulgaban con el régimen había otros más notables como Eduardo Marquina, Juan Ignacio Luca de Tena, López Rubio o el propio Enrique Jardiel Poncela. Es decir, hubo literatos afines a los que los nuevos tiempos no le fueron tempestuosos. 

Y por razones obvias no corrieron la misma suerte que otros más sublimes escritores a los que el franquismo asestó un golpe mortal: el fusilamiento de García Lorca, la muerte en el penal de Miguel Hernández, el acuartelamiento domiciliario de Unamuno o el exilio en la más vil miseria de Antonio Machado. En cualquier caso, y valor literario aparte, la placa estaba colocada porque allí nació. No porque fuera un cabroncete llamando a la aniquilación y exterminio de quien se opusiera al golpe de Estado. Al fin y al cabo ¿Qué palabras gruesas no iban a caber en aquel momento de la trifulca? Eso sí, ante aquella vocalía, Queipo de Llano era un petisuí. Pero la guerra era un sálvase quien pueda, y desangrar, arruinar, arrancar, humillar y atemorizar no se hacía con polvos de talco. Se envalentonó. Se puso malo de los nervios. Volvemos a que la placa se puso porque nació allí. Y por ser (un mal logrado) escritor. Escritorcillo.(*)

Uno de los más honrosos logros que puede marcarse la democracia es precisamente la ley de "Memoria democrática". Esto es, un pulimiento de todos aquellos elementos que hayan quedado como un poso residual en la vía pública y que lejos de engalanar o ennoblecer, vulnera la decencia y dignidad, enquistándose a ciertos pensamientos y sentimientos muy contrarios a los valores democráticos. Lo que las espinacas fueron a Popeye, la ley de Memoria democrática es a la propia democracia. Pues como herramienta, articula y legitima el poder barrer del confín todo aquel debate que se escuda en la libertad de expresión y no deja de perdurar como un fantasma angosto y maltrecho. Todo tiene su tiempo y este tiempo ya tiene bastante con lo suyo. 

Hay quien se pregunta por la utilidad de esta cruzada contra el pasado. Claro está, el franquismo no dejó los deberes hechos. Para el año de 1976, la mitad de las plazas de este país seguían llamándose Generalísimo Franco. Y las calles principales, Jose Antonio Primo de Rivera. Al igual que su nombre quedaba reflejado en las fachadas de las catedrales de España. También en la estación de metro de Gran Vía (antigua Jose Antonio) o en la de Príncipe de Vergara (ex General Mola). Los hospitales llevaban nombres de falangistas: sin ir más lejos, Ruiz de Alda (el actual hospital Virgen de las Nieves de Granada) no fue precisamente compañero de pupitre de Ramón y Cajal o Gregorio Marañón. Y así con una marabunta de placas plantadas durante cuarenta años para gloria del régimen franquista. 

La Plaza de los Corregidores de Guadix hacia 1911 - Plaza de Onésimo Redondo en la década de 1960

En Guadix, la Plaza de los Corregidores fue destrozada durante la guerra civil. No quedó piedra sobre piedra. El recinto sufrió una suerte de Guernika. Era llamada así por el famoso balcón de los Corregidores de la época de Felipe III. Cuatrocientos años en su haber. Cuando regiones devastadas mete mano, una década de escombros mediante, decide actualizarla a la arquitectura del régimen: acuartelarla en arcos chatos y trasladar una imitación de la archifamosa balconada al otro frente de su ubicación. Entonces llamaron a la Plaza de Onésimo Redondo, que era de Valladolid y naturalmente fundador de un brazo de las JONS. Por Guadix nunca pasó, que se recuerde. Como guinda incluyeron en el lugar donde debió ponerse la soberbia y majestuosa balconada, por seguir el volunto de la costumbre, un escudo de Franco. Llegamos a la democracia y con la Constitución firmada se le puso dicho nombre, salvo que siempre se le ha llamado de las Palomas. Porque donde hay bares hay palomas. Personalmente fui uno de los que se levantó por la causa, frente a la opinión popular de "ha estado toda la vida ahí, mejor dejarlo" o "eso es parte de la historia, no la podemos cambiar". Mi intención, humilde ante todo, era que se retirara el susodicho escudo y se pudiera exhibir en un museo municipal como señal intrínseca de esa historia inamovible, pero desplazable. Cuando fermentó la masa, pareció que se pusieron de acuerdo en quitarlo. El operario municipal pensando que lo bueno si breve dos veces bueno, asestó machetazo limpio contra el pollo e hizo piscos la heráldica pretérita. En el desvestido lugar pusieron un reloj, que a veces va bien. Ese fue el último elemento que nos quedaba por "descoleccionar". 

Ahora bien, recientemente estaba el consistorio accitano huroneando el cómo poder crear una bandera que le faltaba a la milenaria ciudad. Asesorados por técnicos e ilustrados, se acuerda que la bandera ha de dividirse en dos partes iguales: la derecha un paño blanco y la izquierda un paño burdeos con un escudo de las insignias de los reyes católicos, el yugo y las flechas, recogidos por una corona de laurel de "y tiro porque me toca". Evidentemente, cuando Ysabel y Fernando llegan a Guadix, en los avatares de la reconquista, le dan el título de fuero y ceden sus símbolos a la ciudad. Así sigue en sucesivos escudos de todos los siglos recolectados hasta el convulso XX. Nuestro paisano Juan Aparicio López, que como todos los provincianos quiere que su pueblo esté por encima de los demás, fue el que llevó la idea del yugo y las flechas (que estaba hasta la saciedad de ver en Guadix) a la Falange Española, que los adoptó enseguida, al igual que hizo Franco. 

La nueva bandera de Guadix 

El debate se siembra cuando el ayuntamiento ha hecho una bandera (ante una opaca participación ciudadana) con unos símbolos que pertenecían a los Reyes Católicos, que nos los regalaron -Santa Rita Rita, lo que se da no se quita, y no estaban para derrochar originalidad pudiendo reciclar la vetusta heráldica- y que a posteriori se adueñó Franco, que pasaba por allí e hizo el mejor marketing del yugo y las flechas en toda la historia, con pollito de sanjuanito incluido. Es buena señal de que las alarmas se activen a las más mínima cuando se generan este tipo de insinuaciones, que pocas veces están tan notariadas y justificadas. La Memoria Democrática debe ser altamente rigurosa, no pedalear entre partidos. Tajante y bien informada. Porque su única función es preservar y fomentar la igualdad, la fraternidad y la libertad. El respeto y la tolerancia, como pilares fundacionales de nuestra cultura, o por lo menos de esta sociedad que vivimos. 

Nada ha sido en vano. Se han cambiado nombres a las calles, retirado estatuas y galones, desinfectado la vía pública de fascismo, y sin embargo lo más importante y decisivo que ha podido apoyar esta ley ha sido el arduo trabajo por vaciar las cunetas de muertos y hacer que las fosas de los fusilados dejen de ser anónimas. Mientras haya fundaciones que enaltezcan la figura de dictadores, partidos que degraden a los españoles por su condición en diversidad o personas que idolatren públicamente a nazis y fascistas, queda todavía un camino tedioso por esclarecer. Porque la memoria se acompaña de la conciencia, y ser conscientes de quienes somos nos hará aprender quiénes fuimos. 




(*) José María Pemán fue un distinguido personaje de la derecha. Su producción literaria tenía mucho que ver con esta condición, ya que el régimen abalsamó y procuró sus publicaciones. En otro contexto difícilmente hubiera tenido la producción que hoy le consta. Mientras que a Jacinto Benavente (a pesar de ser premio nobel de literatura) la censura le borró el nombre en sus estrenos e incluso de García Lorca no se pudo publicar hasta una vez muerto los Sonetos del Amor Oscuro, a otros relamidos como Pemán la suerte sopló a su favor. Quizás Pemán haya sido quien fue por haber vivido bien el franquismo, sin embargo ya despuntaba tibiamente antes de que el golpe de Estado de 1936 se diera. 

Pongamos por caso: el certamen de cante jondo


 La reina Victoria puso en su testamento que el día de su funeral quería que hubiera más blanco que negro. Ese día nevó. Una bonita casualidad que podría quedarse ahí, sin pensar que las probabilidades de que pasara un 22 de enero en Londres eran abundantes. Cuando explico la guerra civil española, empiezo preguntando ¿Qué hacéis vosotros un 18 de julio?: "Pues en la playa; sin clase." Efectivamente, así fue. Acababan de ser los Sanfermines y la sociedad más pudiente se había asentado en el destino de veraneo. Esto no lo digo yo, lo dijo en una entrevista Aline Griffith, condesa viuda de Romanones y espía estadounidense. El inconveniente de tanta cercanía es que cuando les vuelvo a preguntar sobre cómo empezó la guerra civil me contestan: "Pues estaban de vacaciones..." naturalmente. Saber que la salida de Alfonso XIII tras la proclamación de la II República se negoció en el domicilio de Gregorio Marañón o que Evita Perón ridiculizó y ninguneó a Franco durante la agasajada visita pueden ser datos fuera de expediente, que sin embargo dan color y volumen, incluso olor y proximidad, esquivando las columnas de años que nos distancian. 

Cuanto más pasa el tiempo, más se codifica la historia, y como en un destilador maltrecho se condensan unas gotas turbias de un mar repleto de variopintas percepciones. Eso es lo que llega. El sigilo de algunos escuetos hechos, más leales que fiables, o no, enmarcados con alfileres entre anuarios. Continuamente cae el repique de la revisión. Maltratamos el pasado esbozándolo en un simplón renglón bajo la luz de la moral. Y es que para entender hay que aprender a mirar, como el que se sienta en la última grada de un anfiteatro, y pasar revista a la literatura, al arte y a las crónicas del día que queramos. Los detalles son cosa imprescindible. Los detalles son precisamente los grandes ocultos y olvidados. No entrar en detalles es como ponerse una camisa a ciegas sin saber la talla ni la botonadura: un despojo. 

Para entrar en materia dispondremos de uno de los eventos sociales más importantes del siglo pasado en España. Pongamos por caso: Granada en 1922. Hace cien años, casi. Por estas fechas el Centro Literario, Artístico y Científico estaba confeccionando los remiendos para que fuera posible hacer en la ciudad un acopio de los más grandes flamencos. Un derroche sin precedente que viera la luz para las fiestas del Corpus Christi en el patio de los Aljibes de la Alhambra. Manuel de Falla capitaneó la empresa. Federico García Lorca, su mano derecha. Una carta fue mandada al ayuntamiento para cubrir gastos, firmada por lo más granado de la música, pintura y literatura. Cuando al nombre del Primer Concurso de Cante Jondo de Granada tomó cuerpo se echaron las amarras. Manuel Torre y D. Antonio Chacón, veteranos del ámbito, perfilaron la lista de invitados. No hubo quien quisiera perderse semejante nacimiento. 

Los días para el certamen estaban previstos para el 13 y 14 de junio. No cabía un alfiler. Los telones de Ignacio Zuloaga abrazaban los cantes y toques. Presentes Joaquín Turina, Edgar Neville, los duques de Alba, Ramón Pérez de Ayala, Santiago Rusiñol... se le ocurrió a Ramón Gómez de la Serna dar una conferencia interminable, por la guasa de los aplausos de los asistentes que no lo dejaban continuar (comentaría Isabel García Lorca). De allí salió encumbrado Manolito Caracol, con doce años. Se escuchó a Tomás Pavón, Pepe Cepero y a la espectacular Niña de los Peines. Esta es la versión oficial. 

El valenciano Federico García Sanchís que también estuvo allí, comentaba en un artículo en Nuevo Mundo de 23 junio: "la lluvia, descargando de pronto sobre la fiesta, obligó a la multitud a dispersarse, con que la inacabable fila de coches que aguardaban se desgranó, y de ahí  el resonar de las bocinas como trompas de caza. Y de este modo acababa el famosísimo Concurso". Apostillaba que para mayor inri, ese 13 era martes, seguramente para encanto de Lorca, donde además alumbraba la luna llena al son del embrujo prescrito, que a la estampida como autos-locos cuesta abajo de Gomérez, quedó el arrullo de las fuentes y brisa de junio que despierta el bosque de la Alhambra. Para impresión de Sanchís, añade que no quitó aquel espectáculo de ser algo así como una representación de faraones en teatrito cuando vienen turistas al Palace. "Semeja el cante jondo a un asilo de ancianos desvalidos y de huérfanos", por aquello de que titanes del arte y los volantes alternaban con caras frescas como la del propio Caracol o un jovencísimo Miguelito de Molina, que despuntaría años después con coplas a la altura de la Bien Pagá, Triniá u Ojos Verdes. 



"Enorme el éxito de taquilla. Ni una localidad desocupada. Y era un público disciplinado y culto, y en el que dominaban las mujeres, muchas vistiendo trajes de 1830, y otras con pañolones antiguos, y todas con esa gallardía que es el privilegio de las granadinas." Sentenciaba el corresponsal, quien tuvo el privilegio de poder contar en primera persona la apoteosis que sembró la flamencura más exquisita de España. Es de esta forma, incluyendo perspectivas, la forma fiel de imbuirnos en un episodio pasado. Descodificar, sin pretensión ni prejuicio. Abordar contextos y pensar que dos años antes a este hito, Manuel de Falla había estrenado en París Noches en los Jardines de España, tras ver la luz en Londres su Sombrero de Tres Picos; o un Lorca aún en la Residencia de Estudiantes (quedaba por fraguarse la generación del 27) que había compuesto en su haber por entonces El Maleficio de la Mariposa (1920) o los Poemas del Cante Jondo (1921). 

Creemos que la historia es una losa fría y abandonada. Una sepultura donde conversan los muertos y además, un extenso apartado donde yace todo aquello que nos hizo posible. 

Incalificable: una crónica contra pronóstico

 


Vale recordar la escena en la que Dalí se presentó a uno de sus últimos exámenes de carrera en la Real Academia -escuela- de Bellas Artes de San Fernando. El tema a exponer era Rafael. Dalí, que entonces ya hablaba en tercera persona de sí mismo, espetó al tribunal: "Dalí no se puede presentar puesto que en esta sala no hay nadie que sepa más de Rafael que Dalí". A los días lo echaron, naturalmente. 

Una de las labores mejor avenidas es la de la oposición. Formar parte de la función pública, con el respeto y dignidad de la no-explotación, es una de las elecciones vitales más exitosas y fértiles para a quien la estabilidad le es una prioridad. Legado el bagaje de la costumbre -en mi casa todos sus miembros conocen la experiencia- me emprendí a invertir la dedicación de mis días en opositar. Afortunadamente no de la manera rígida y esperpéntica de algunos compañeros encerrados mientras el sol está de guardia y clavando codos entre apuntes y tinta seca. Bien es cierto que durante estos meses atrás, la pandemia tuvo mucho de bueno para quien vivir era una casualidad y la exigencia corría sobre el escritorio. No había riesgo de huida: confinamiento perimetral, toque de queda, escrupulosa distancia social y sobre todo el apagón de emociones por reconciliarte con el fuera. Temas y más temas sobre la mesa que van engordando con otras versiones, resúmenes y esquemas. Tochos de libros de consulta, subrayadores en agonía. Al final, terminas por perfilar la propia filia y seleccionar los bloques que más te apasionan para defender -de cinco bolas a escoger, malo será, y el cielo lo dice, que no salga ninguna a tu favor-. Me acuartelo en literatura, historia y cultura. Repaso documentos y pies de página de la carrera. Engendro listas de autores y sus obras; listas de presidentes y sus partidos; hechos históricos y escritores afectados. Amarrar cualquier mínimo cabo imprevisto. 

Para más inri, durante este año he estado cursando un máster en investigación de Teatro Europeo, lo cual reforzaba más la sección de drama, innovaciones escénicas, crítica literaria, etc. Recuerdo haber entregado dos cosas de las cuales me siento satisfecho: la primera es la relación entre Bernini y Lope de Vega a través de Santa Teresa; la segunda, la necesidad del espacio independiente para autorrealizarse de la mujer en el caso de Ofelia (Hamlet) con reflejos de Virginia Woolf (A Room for One's Owner). Efectivamente, en mi haber no cabía la sola memorización, había que entender, aprehender, construir, exigir, crear perspectiva de lo que se veía. Todo ello es lo que ofrezco a mis alumnos cuando estamos ante un poema o un hecho histórico. Cuidar la sensibilidad de captar lo que emana el texto.  La función del docente no está en que los discípulos aprueben, sino en crearles expectativas, inquietudes y dotarlos de herramientas para que piensen por sí mismos. Darles la posibilidad de la duda. Nadie les responde. Todo es asumido. Preguntar parece de imbéciles, de aturdidos, de distraídos. NO, la pregunta es la llave para saber. Y en la práctica del arte de cuestionar es cuando el alumno lo consigue. 

El examen a oposición era un mal trago -con el añadido de levantarte a las cinco de la mañana, que te nombren a las siete y media de un domingo; que la prueba no empiece hasta las nueve y desde entonces disponer de cuatro horas para desarrollar un tema y realizar un caso práctico con la ayuda de tres caramelos, algunos escasos buchitos de agua y la imagen de Fray Leopoldo en la cartera-. La primera bolita que sale es el "tema 44: Shakespeare and his age. Most representative works." El éxito estaba asegurado. Mi temor se encontraba en que la mano se me gangrenase ante la falta paulatina de hábito de escritura, que subsané gracias a que desde semana santa hasta el examen -tres meses- escribí todos los días un par de folios. La adrenalina me dio la patente de corso para que de principio a fin la primorosa caligrafía fuera decente.  

La cosa iba bien. Ni un tachón. Todos los párrafos en su sitio. Los títulos de los subíndices coincidían con el comienzo del folio. Diecisiete caras. La información invitaba a la reflexión incluso. De tiempo, sobró una hora. La tensión de no dejar marcas que rompieran el anonimato -desde firmar, una marca de boli por torpeza fuera de lugar o subrayar un título inocentemente- avivaba la atención. Le incluí parte del soliloquio de Hamlet que lo aprendí en segundo de carrera: To be or not to be, that is the question. Wheter tis nobler in mind to suffer the slings and arrows of outrageous fortune, or to take arms against a sea of troubles and by the opposite take the end them? To die to sleep, no more... También incluí que el hecho de que Shakespeare tuviera una sección de drama histórico era debido a la autoreflexión de Inglaterra como país tras las crisis de fe y autoridad, así como la abundante inspiración que significaba tener un poder de referencia y la relación con el destino o las vicisitudes. Añadiendo que la referencia histórica sobresaliente para entonces era el precedente de la Ecclesiastic History of English People de Veda el Benerable. De invitar a la relación entre Romeo y Julieta con Calixto y Melibea, de explicar en qué momento del día se hacían las representaciones de teatro en The Globe, de obviamente incluir una respetable lista de las obras del bardo inglés y analizar sus ciento cincuenta y cuatro sonetos. Evidentemente ,no iba a añadir la patochada de que el día del libro celebra la efeméride de su muerte. Tampoco que su ciudad natal era Stratford-upon-Avon porque entonces lingüísticamente habría que entrar en el detalle de lo que supone upon-Avon, que ya Stratford es como decir nacer en la nada -o en un lugar de la mancha de cuyo nombre no quiero acordarme-. La grandeza no se puede acotar a un villorio a menos que seas Wordsworth y Coleridge. En cualquier caso cuando se cerró el sobre con mi examen yo salí en éxtasis. Menguado por el estrés acumulado por meses y con el estómago cerrado de la presión, pero con una sensación positiva de que todo esfuerzo había valido la pena. Prueba superada. La evidencia era esa. Aún así procuré un silencio sepulcral durante los diez días de corrección, apelando a la misericordia para que el tribunal fuese iluminado y a la altura de las circunstancias, con justicia y vehemencia. 

Llega la nota del examen. Un 4,16 -adelanté que eran dos partes, tema y práctico. Pues en ambas coincidía la misma nota numérica, hasta en las décimas-. Con urgencia telefoneo a la sede del tribunal para ver qué forma hay de no quemar Roma. Me dicen que la nota es inamovible y no hay posibilidad de reclamación. En mi cabeza las catilinarias en repique. Me presento físicamente en la sede, en Peligros -ni más ni menos-, a lo que me contesta el presidente del tribunal lo mismo: "no podemos darte información sobre correcciones o contenido. El examen no puedes verlo". La falta de transparencia reforzaba la injusticia, vaya por delante que mi tono de cortesía y pleitesía por saber dónde se encontraban los fallos para no repetirlos era de una admiración teatral exquisita. Y así me jubilaron, después de tres años preparándome. Era mi primera vez. En su aritmética administrativa por repartir las plazas y beneficiar a los interinos no entraba yo. Ni yo, ni Shakespeare, quien si hoy todavía viviera me haría alguna obrita al hilo de su "Mucho ruido y pocas nueces". No hay rencor. No habito en la edad de pensar que una mala calificación distorsione lo que sé, mi esfuerzo y mi trabajo. Ya sólamente queda esperar a que pase otro tren y que el billete, aunque esté en regla, no caiga en desgracia. O haya aforo para un pasajero más. 

Cuánto comprendo a Dalí. Un amigo me dijo que "si sucede, procede". Y yo ante el altar no he pedido aprobar, ni sacarme la plaza, sino el "hágase en mí según tu palabra". De momento estoy de vacaciones. Depurando la tensión acumulada y dedicándome finalmente a lo que me gusta: escribir, leer, pintar y tocar el violonchelo. Volver a los problemas del primer mundo de cuidar el jardín y colocar cuadros rectos. Que así sea. 

El hogar público

 


El mejor alcalde de Madrid, salvando las distancias con Carlos III, dijo un día algo así como que si la casa, la vivienda personal tenía la consideración de hogar privado, la ciudad debería tener la misma consideración como hogar público. Y esta sentencia de D. Enrique Tierno Galván va gestando una de las ideas fundamentales para la ciudad moderna.

Hemos evolucionado sin saberlo. En cuestión de cincuenta años una generación bisagra ha podido experimentar cómo nacen los teléfonos y las televisiones, el auge de los coches y de los ascensores, no tener excusado, alcantarillado o agua corriente, que en la misma vivienda coincida también la cuadra o la pocilga, incluso que la distribución de la casa haya surgido conforme urgía la necesidad de hacer espacios, con el consiguiente desdibujar las calles. No haber cubos de basura o papeleras, y por ende el surgir de carteles de no arrojar escombros bajo multa. El encendido público existía, por la custodia del sereno, por cuestiones de seguridad, mas lejos de ahí todo era prescindible. Quizás dos bancos de piedra en una plaza.

La ciudad de hoy tiene una naturaleza brusca. Las mierdas de perro desperdigadas, la ausencia de suficientes fuentes, la falta de accesibilidad en algunos tramos. El colesterol de tráfico oprime las arterias en exceso. Hay pérdida de oído en el paseante. Sirenas, tubos de escape, claxon y derrapes. La prisa la marca la rueda. Existe una baja consideración hacia el ser humano analógico que pretende lanzarse al camino con la idea sibarita de distraerse y redescubrir el lugar en el que vive, con la esperanza de que esa ruta por lo bonito sea lo más extensa posible.  

Cuidar la calle no debe ser un gesto compasivo de la administración. Ni tampoco ser desentendido por la población. Cada rincón es parte de este cuerpo que habitamos y que por tanto deberíamos esmerarnos en que sea saludable. Las fachadas ruinosas son uno de los grandes males presentes que compromete la seguridad en la vía y la pérdida de patrimonio. Muchas veces son naufragios sin dueño varados por el descuido y el haber normalizado que las ruinas y escombros son parte de nuestra identidad. Lejos de eso, a día de hoy debería haber herramientas suficientes para restablecer el estado de estas viviendas y hacerlas útiles. Para que los barrios históricos se llenen de vecinos que devuelvan la actividad a esas calles y esas plazas.

Guadix es una ciudad paseable. Peregrinar a la virgen de las Angustias, callejeando Santa Ana, de su iglesia a su solana, y avanzar por la Gloria, doblando las almenas, hasta el balcón de Peñaflor donde entre Santiago y San Francisco las huertas son un pazo de soneto en extinción. Cruzar el barrio latino por las Ibáñez o la Concepción, avistando como un faro el campanario. Y escuchar. Oír las golondrinas anidar y los cuartos de las campanas de la catedral. Reposar Santa María y su Buen Aire de balcones bajo palio y el renacimiento abriéndose como un trago de vino al sol. Cederle el paso a la plazuela de Villalegre y la Atahona como un cañón hacia Roma abriendo un abanico de teatro propios de una Pompeya de arcilla. Despistar el Ferro hacia San Miguel y saludar al Cascamorras en el compás de Santo Domingo, para finalmente subir hacia una corona de chimeneas blancas, con el permiso de la Magdalena, y ver Guadix. Guadix ante un mar de barrancos escarpados con su avanzadilla de Azucarera y su Estación, por donde llevan serpenteando los trenes un siglo, ya en tradición. 

No cabe duda. Son muchas las opciones que se tienen para dejar una ciudad a su suerte. Que siga creciendo o vaciándose como lo ha ido haciendo hasta ahora. En cambio, en tiempos confinados, hemos podido apreciar con mayor profundidad la importancia de nuestro entorno. La primera vez que el parque periurbano parecía Central Park. La cuestión está servida.

El revuelo de la lengua



La función lógica de la lengua es la de hacerse entender. Cuando esto no ocurre, aun habiendo muchas palabras de por medio, la lengua es inútil. Puedo decir "versos verdes vieron venir" y no expresar absolutamente nada, simplemente ejercer la aliteración para dotar de belleza y juego al lenguaje, sin más ambición que la estética. Bien es cierto que nuestro cerebro echa cartas posibles de decodificación e intenta descifrar el mensaje. También puedo decir "válidos balidos baleados van por vereda". Puede haber coherencia, puede haber cohesión, pero el mensaje no trasciende si quirúrgicamente carece de contexto. 

EsA es lah gUerRra habIerTaA k TeEneMoOs koOn laA LeNguUah. Nos preocupamos más por la corrección de las formas con precisión purista y olvidamos su utilidad. La frase previa, aun estando en código cani, tiene más validez funcional que las anteriores. Esa es la realidad a la que nos enfrentamos. Si bien es cierto que la gramática de Nebrija (sujeto-predicado) nace el mismo año de la toma de Granada y el descubrimiento de América, no es hasta el siglo xviii cuando la Real Academia de la Lengua recoge en consenso la ortografía. Todo lo escrito hasta entonces, a ojos de los jueces de hoy, estaría básicamente mal, incluyéndose en esta larga lista de analfabetos putativos a Cervantes, Calderón, Quevedo, Góngora o Santa Teresa de Jesús. Una vez dicho esto, continuamos. 

 La lengua es de todos. Y no sólamente de los presentes, también incluidos los venidos y venideros. Existe hoy un código paralelo a la hora de redactar el español. Sobre papel: bajo el rigor canónico castellano de tildes, puntos y comas; y sobre la pantalla: abreviado, ligeramente adulterado y con anglicismos. Y ambos españoles caminan en paralelo sin entorpecerse. Desde que el precio de los sms estaba ligado a los caracteres que pusieras, esto hizo despertar un reductismo audaz que siguió con el avance de los teclados en los móviles (hasta entonces el 1 era a b, c y á, el 2 d, e , f y é, etc) En nuestra experiencia hemos estado sujetos a moldes muy limitantes que desafiaban el florido español a costa de la inmediatez y economía. Un precio que se pagaba y se ceñía a un formato sin tinta. Aceptamos el reto, sin saber dos cosas: que los móviles se iban a convertir en algo tan inseparable del cuerpo como el alma; y que las redes iban a ser parte importante de nuestras vidas. Hoy arrastramos todo ese bagaje inconsciente al que hemos estado sometidos. Hemos relevado el vale por el ok. La videoconferencia por la call. El jajajaja por xdd. Útiles herramientas abreviadas que se adaptan a esta nueva era de impulsos y poca calma. 

No podemos culpar a las pantallas del uso todavía de "asinque" o "haiga" cuando un joven lo escribe en un examen, porque también hay adultos que comentan en facebook con ese léxico maridado siendo parte de una España sencilla y sin complejos. Una de las cosas que Antonio Machado amaba eran las faltas de ortografía de las cartas que Leonor le escribía. Las faltas son naturales, íntimas. Ningún crimen. ¿Un poco torpe? Pudiera ser. Son errores reveladores con mucha personalidad. Leer a alguien es saber cómo opina. En cambio, aspirar a escribir en esa codificación correcta ortográfica castellana es el compromiso social con la escritura que todos hemos firmado en alguna parte para ir de la mano y entendernos. La exigencia reside en la ambición del receptor. Comunicar es adaptarse. 

 Ya nos hemos dejado el "¿" y el "¡" por el camino. Sigamos dándole uso a tanta genialidad: "Albricias, la algarabía en la aldaba sonando y Adela como almenara en el alfeizar". Llegará el momento en el que nos enamoremos de nuestra lengua, entonces sin darnos cuenta trataremos con dulzura a las demás personas. La lengua es nuestro horizonte, en ella empieza y termina nuestro pensar. Lejos de las palabras sólo queda una fina bruma de sospecha.