Museos franquicia





El atesoramiento de obras, su conservación y promoción son tareas fundamentales que acomete un museo. El mundo del arte está en continuo movimiento. La vertiginosa velocidad a la que avanza hace que todas las instituciones y galerías estén siempre al tanto de cambios y propuestas. Las casas de subastas y ferias asumen el papel hoy de lo que antaño realizaban las exposiciones universales. Todo está por hacer, todo está por descubrir. Estar a la altura de los tiempos es una máxima. 

El inmenso volumen de piezas que los museos conservan es inabarcable a sus limitaciones arquitectónicas. El espacio de exposición suele ser minúsculo comparado con el basto número de obras de arte custodiadas en sus almacenes. Dos de los museos españoles más importantes son conscientes de esta realidad. El Museo Nacional del Prado, de las 8.000 cuadros inventariados, sólo 1.150 están a la vista en sus salas. El proyecto aprobado para la ampliación de Norman Foster en el Salón de Reinos se espera que muchas más puedan ser expuestas. El Centro Nacional de Arte Reina Sofía cuenta con 30.000 obras, suma y sigue, teniendo el 5% expuesto. Los americanos, franceses y rusos no son menos. Y este hecho explica la motivación de difundir en otros lugares, inaugurando nuevas sedes y centros, el volumen archivado de sus colecciones.

El parisino Louvre tiene una franquicia en Lens y Abu Dhabi. De la mano, Pompidou se presenta en Metz y se cuela en Málaga. La Solomon Gunggenheim Foundation abrió en Nueva York y de allí conquistó Venecia, Bilbao, siendo doblete para Abu Dhabi. Hermitage anunció su idea de abrir una sede en Barcelona próximamente. El aplauso por esta iniciativa viene dado por la internacionalización de las ciudades donde se posan estas instituciones, bien conocidas en lo ancho y largo del mundo. Su presencia genera unas sinergias muy interesantes como dinamizadoras del turismo cultural. Incluso algunas de ellas, bien el Pompidou malagueño (De la Fuente & Malavé), bien el Guggenheim bilbaíno (Gehry) han visto experimentar en sus ciudades una imagen nueva más atractiva de renovación. Unas consecuencias más ásperas son la falta de idiosincrasia con el arte del lugar. Es un pastiche en el que la ciudadanía no se siente reflejada. No forma parte de su verdad cultural. Va al margen de sus artistas y de sus corrientes artísticas. El malacitano de toda la vida se encuentra en el Pimpi, no en el Burguer King. Ahí entra el debate de qué cara se quiere mostrar, una marca blanca de ciudad más adaptada a las previsiones del foráneo o el abanico de posibilidades con el que un lugar ajeno pueda ofrecer.

Otras muestras a caballo de museos franquicia podrían considerarse Caixa Forum, con sedes en Barcelona, Girona, Lleida, Tarragona, Zaragoza, Madrid, Valencia, Palma y Sevilla. Sus exposiciones temporales cuentan con un itinerario vertebrado por algunas de ellas. Todo ello es posible por los convenios firmados con otras grandes instituciones como el British Museum, el Louvre o el mismo Prado. El Thyssen-Bornemisza tiene su colección estatal en la capital, algunas obras en el MNAC, mientras la colección Carmen Thyssen tiene sede en Málaga, y obra hasta en Andorra. La Tate inglesa también podría incluirse en este apartado, atendiendo a que dos de los museos principales de la institución tienen sede en el propio Londres (Britain y Modern) y los otros dos en Cornwall (St Ives) y Liverpool. Todo ello es respuesta a una cuestión dada. La limitación espacial ha encontrado su solución con la expansión y nueva apertura de sedes en nuevos destinos, promoviendo valores culturales y haciendo el arte más accesible al público en cualquier parte del mundo.

Arte de mujer




El Museo Nacional del Prado, en aras de la excelencia que lo regenta, abre la puerta grande a las mujeres artistas. En esta ocasión, y en el marco de su bicentenario, las mujeres ganan el merecido protagonismo en una exposición capitaneada por dos pintoras excepcionales cuya relación con España y el Prado es estrecha: Sofonisba Anguissola y Lavinia Fontana.

Rompiendo las barreras que había sobre ellas, estas pintoras consiguieron ser reconocidas por su talento y dedicación al arte, llegando Anguissola a ser pintora de cámara en la corte española de Felipe II por mediación del duque de Alba. Pero esto no es más que la punta del iceberg: la mayor de siete hermanas fue discípula de Miguel Ángel, quien la admiró y apoyó, así como siendo mencionada por Giorgio Vasari como una excelente pintora por logros propios. En España fue dama de Isabel de Valois, apasionada del dibujo. A la muerte de la reina, se convierte en tutora de las infantas. Habiendo trabajado con Sánchez Coello, el paso del tiempo desdibujó su recuerdo, atribuyéndose obras de Anguissola a éste que pasados los siglos han vuelto a llevar el nombre por derecho de su creadora.

Lavinia Fontana destacó como pintora de un primer barroco. La influencia de los Carraci fue determinante en su trayectoria, la cual ganó gran notoriedad como pintora en la corte del Papa Clemente VIII y Paulo V. Elegida miembro de la Academia de Roma, Fontana llega a pintar desnudos en gran formato para el ámbito religioso, siendo esto extraordinario para una mujer en la época. Del propio barroco nace Artemisia Gentileschi, quien desarrolló su pintura de la admiración hacia Caravaggio.  La violación sufrida por uno de los discípulos de su padre marcaron el carácter tenebrista de su pintura, reflejando este vívido sentimiento en la decapitación de Holofernes por Judit (1614-1620, Galería Uffizi) La agresividad, sensibilidad y precisión reflejada en el lienzo la han convertido en su obra maestra. El Museo Nacional del Prado conserva su Nacimiento de San Juan Bautista (1635) encargado por el virrey de Nápoles para el Palacio del Buen Retiro de Felipe IV.

No será la primera vez que el Prado haga una exposición protagonizada por mujeres. Clara Peeters estrenó esta línea, siendo sus bodegones fascinación y deleite del público. La habilidad de Peeters la hacen maestra del detalle y notaria de su tiempo, constatando en las piezas cotidianas un discurso realista y cómplice. Sus reflejos la retratan, firmando su rostro contra el agravio con el que era vilipendiado el arte de las mujeres. Nuestro siglo, con firme determinación feminista, ha querido rescatar de la invisibilidad y de los almacenes la belleza que mujeres como Angelica Kauffman, Rosa Bonheur o Rosario Weiss (ahijada de Goya) demostraron en su tiempo y que el paso de éste la han barrido del lugar donde su grandeza las puso. Hoy, su pintura es analizada y reubicada, para que las futuras generaciones no duden de que un museo no es sólo sitio de hombres.

Esta iniciativa refuerza el compromiso que el Museo Nacional del Prado tiene con el arte, con su historia y con el presente. Una mirada nueva hacia el renacimiento o el barroco cuyos pinceles los toman artistas femeninas valientes que lucharon en su día por ser tan valerosas como los grandes maestros.


Guerrero / Vicente





El arte, sus hijos y hermanos, son todos discípulos del mismo motivo: la continua búsqueda de expresión que defina por sí solo ese algo que se halla más allá del lienzo. Que permita sumergirse a golpe de mirada en las intenciones y emociones del artista. Cada obra es un mar al que admirar y respetar, y en el que poder comprobar la bravura y calidez de sus aguas. Su fauna y su espuma. La profundidad que lo baña y la historia que lo regenta.

De esta manera, José Guerrero y Esteban Vicente se reúnen por vez primera en casa del granadino, un encuentro pos-morten, a pesar de que sus vidas si en algún momento hicieron amago de cruzarse, sí anduvieron caminos paralelos. Las trayectorias fueron familiares. Del provincianismo y ruralismo que los vio crecer (Guerrero en los escolapios. Vicente en los jesuitas) marcharon a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, de allí a París a curiosear las vanguardias que ya se olfateaban en Madrid. Nueva York, sería el punto de inflexión. De allí venían sus esposas y allí conseguirían una nueva nacionalidad. En el caso de Esteban, mayor que Guerrero, la guerra civil le sorprendió en España, fiel a la república, contribuyó a la causa hasta que se exilió a Estados Unidos donde el embajador, en aquel entonces Fernando de los Ríos, le hizo vicecónsul de Filadelfia. Un año fundamental de su carrera es 1950 donde se presenta a la exposición New Talent (Talent 1950) en la que fue seleccionado. Guerrero llegaría una década después al país y tomó rápido contacto con la Escuela de Nueva York, en ebullición, que sirvió de catarsis para el artista. Para ambos, el dedo grácil de Betty Parsons los catapultó a las esferas artísticas americanas.

La circunferencia la cerraban pintores de la talla de Mark Rothko, Clifford Still y Barnett Newman. El expresionismo abstracto era uno de los movimientos imperantes más cotizados. Costó desprenderse de la figuración, desaprender las formas, sintentizarlas y abreviarlas. Suprimirlas. No se le pueden poner puertas al campo. Así esta corriente viste en una masa de color el lienzo, pariendo la experiencia personal que los habían llevado hasta allí.

Vicente, más académico, fue profesor en la universidad de Puerto Rico. Volvió a España gestada la transición y recibió, entre otras distinciones, la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes entregada en el Museo del Prado por el rey Juan Carlos I en 1990. Guerrero también decidió regresar a España. Exponer su última colección en Granada fue un golpe de realidad. En 1966 conoció a Zóbel y su cercanía con la generación de El Paso lo llevó a formar parte del Museo de Arte Abstracto español de la Fundación Juan March en Cuenca.

Federico García Lorca, su paisano, estuvo presente. Tanto en Nueva York como a su vuelta, donde fue a Víznar a ver con sus propios ojos la tumba anónima con la que la indeseable guerra había despedido al poeta universal. La Brecha III (1989) es un retrato al último Federico, al que quitaron la vida y se llevó la tierra. Un estallido, una voz quebrada. Un campo en verano. Bajo la tutela de esta exposición, aquellos compañeros desconocidos retoman contactos y se ponen al día de ese siglo turbulento en el que el pintar fue su única salvación. 





Exposición temporal
4 de octubre - 12 de enero

Centro José Guerrero
C/ Oficios 8 - Granada


Masaveu en el Paseo del Arte




Al paseo del arte español se le ha sumado un nuevo miembro. Desde Atocha a Colón, Madrid puede sentirse dueña del más absoluto de los orgullos al poder convivir con galerías de arte y museos de primer orden mundial. Coronada esta selecta lista por el Museo Nacional del Prado, la triada se completa con el escalafón del Reina Sofía y Thyssen-Bornemitsa. Caixa Forum, el museo Naval, el Museo Nacional de Artes Decorativas, el Museo Arqueológico Nacional, la Biblioteca Nacional y la Fundación Mapfre dan la bienvenida también a una distinguida colega que estrena sede en el número 6 de Alcalá Galiano. La fundación María Cristina Masaveu Peterson es una institución que ha aportado merecidos logros al arte de una forma sustancial y que por fin abre sus puertas para exponer su colección. La elegancia en el gusto de esta familia catalana, asentada en Asturias, e interés mostrado en este ámbito explican la riqueza plástica y la selección estilística. Su mecenazgo y compromiso se ha enraizado generación tras generación hasta nuestros días. 

Algunas de sus obras han podido ser vistas en préstamos a exposiciones temporales, y es una delicia poder contemplar este buque insignia que corre el telón con La pintura española del siglo XIX. De Goya al Modernismo, un desfile orquestado y comisariado por Javier Barón, conservador de la colección de pintura del XIX del Museo del Prado, y por tanto una apuesta segura para pulir el éxito en esta muestra. Sus instalaciones rehabilitadas y recién inauguradas ofrecen un paseo ameno y sintético por piezas clave de los últimos dos siglos. Una cascada de estilos que comulgan entre sí, amalgamados en sus corrientes y afluentes. Hilvanados con un discurso elocuente, por sus salas florece el recorrido que los pintores españoles diseñaron con gran genialidad hasta la veintena del siglo pasado. 

Una tarde de toros (Suerte de Banderillas, 1793) con Goya o una alegoría de Vicente López estallan de complicidad la relación de estos dos amigos que tanto aportaron a una época oscura de nuestra historia. López Portaña, acogiendo las reminiscencias de Mengs o Tiepolo, encaja un retrato como mitología. Goya por su parte inyecta un discurso que barniza el costumbrismo. A la juerga se apuntan Eugenio Lucas Velázquez, Federico de Madrazo y Eduardo Rosales. Aparece Esquivel entre brochazos. En un segundo turno el color estalla con de Haes, Riancho, Martín Rico, Meifrén, Beruete y, aunque algo anecdótico, no pierde su silla, el maestro Fortuny. Los naturalistas catalanes empiezan a coger fuerza.

De un momento a otro de este paseo se llega al lugar sagrado de la colección. Romero de Torres y Zuloaga le hacen un ademán a Sorolla, el rey de esta exposición, la pasión y la fuerza. Un desplome de grandeza cuya presencia queda entronizada en la selección de las obras presentes en la fundación. La copia a Velázquez del retrato de Mariana de Austria es una declaración de intenciones. La familia de don Rafael Errázuriz Urmeneta o el Remero es una ventana abierta llena de frescura a su tiempo. Es muy probable que la casa Masaveu Peterson tenga en sus filas el mayor número de obras adquiridas del pintor valenciano en España.

La pintura catalana, cuyo esplendor lo brindan Casas y Rusiñol, destaca notablemente Anglada-Camarasa, Sunyer y Mir, a la par que el discreto pero fundamental Nonell, que sirve de sombra a este escaparate de luz, bordando realismo y peso a la trayectoria ofrecida en este discurso. El Silencio se cuela en uno de los patios de la fundación. Es la obra más contemporánea, perteneciendo al artista Plensa, quien tiene a ‘Julia’ como vecina en la cercana Plaza de Colón, y hasta hace poco también la trinidad de 'Invisibles' en el Palacio de Cristal del parque del Retiro. 

Es indudable el aprecio, respeto y contribución que la fundación María Cristina Masaveu Peterson hace al mundo del arte y el respaldo que supone la apertura al público de una colección sublime como es la suya, más aún en un enclave significativo del paseo del arte madrileño.

Granada



Granada es. 

Una mantilla de plata se engarza en la almenada Alhambra, sirviendo sobre su colina de corona a la ciudad de Granada. No es una belleza casual. Granada es especial. El aprecio árabe levanta un oasis de deseo y pasión, filtrando su esencia a la eternidad. Se percibe en el ambiente el reposo de los siglos, la virtud del agua que emana en arrullo por sus albercas y corretea por las acequias. El Darro acompasa al andariego en el paseo de los tristes. Mientras, la torre de los Arrayanes, sultana y señora, vigila muda entre golondrinas, y conversa cuando la luna asoma. 

Es un pecado no quererla. Granada es embrujo. Todas sus culturas. Toda su gente. El granaíno es sencillo y bravío. Tiene ímpetu y mesura. Es de raza antigua. En su sangre hay abencerrajes, judíos y linajes convexos. Un vergel donde estalla la primavera. Cármenes derraman sus tapias buganvillas, jazmines y galanes. El silencio es un piropo roto por un baleado flamenco. En San Nicolás se asoma el atardecer para despedirse, y baña en fuego por cuatro rayos el arrebol. Granada es poesía. Todas las bellas letras que la Alhambra inspira y en ella abarca, musa legítima que rejuvenece en cada artista. 

Granada es un confesionario donde encontrarse. Es un bosque que atravesar. Es la morería de un zoco. Teterías en hilera y turistas a porrones llenan sus calles de frenesí. La universidad hace brotar legiones de juventud que la defienden y la engalanan. Un bastión de gloria donde vivir es un placer. 

Esta ciudad, que desde que Washington Irving la visitara ha sido lugar de peregrinación de tantísimas personas para conocerla, la han retratado, pintado y fotografiado mil veces mil. Cualquier representación o resumen es una anécdota a la fuerza que Granada despierta de forma individual. Sus tres ríos (Genil, Darro, Beiro) y siete colinas (Aceituno, Mauror, Asabica, Silla del Moro, Sol, Albaicín, Sacromonte) la hacen sagrada.Y cada rincón es un verso suelto que Federico García Lorca unió para después amarla eternamente. 


Cinco cosas hay, personalmente, que no debería pasar por alto ningún preciado visitante: 

La Alhambra: Es el foco de atención por excelencia. Masificada a chinos y guiris, las racionalizadas visitas rozan el aforo de lo que sería más cómodo. El recinto es una joya que no tiene una amplitud faraónica. Mayo es la mejor fecha para visitarla. Los jardines del Generalife y el Partal son propios de una fantasía escapada de Alicia en el País de las Maravillas. La rosaleda que acuartela la Alcazaba, con sus privilegiadas vistas está en su esplendor. El Palacio de Carlos V es gratuito y abierto todos los días. En él se alberga el museo de la Alhambra y el museo de Bellas Artes de Granada, el cual es muy recomendable por las obras de Alonso Cano, Diego de Siloé, Pedro de Mena, los Mora, Sánchez Cotán, López-Mezquita, Gómez Moreno y el inestimable Fortuny. 

Albayzín: Sin lugar a dudas es el mejor lugar. Si te acercas al tan transitado mirador de San Nicolás es mejor en el atardecer (aunque desde San Miguel Alto es mayor el deleite). Aunque el momento cumbre es la madrugada, todo desierto, sólo la Alhambra iluminada y la oscuridad del lugar. Otro de los muy recomendables sitios desde donde poder admirar el paisaje es el mirador de los Carvajales, sin tener que ascender tanto la colina, un rincón más rescatado del barullo y donde poder estar tranquilo. Y el tercer, pero no menos importante, es el mirador que ofrece el Carmen de la Victoria, propiedad de la Universidad de Granada, con unas vistas, cara a cara con la Alhambra que no deben pasar desapercibidas. El Albayzín, también patrimonio de la humanidad, ofrece un rescate al tiempo y lo sumerge en un retal de calles enmarañadas, estrechas y adoquinadas que olvida el ajetreo de la ciudad. 

Las Pasiegas: El entorno del centro. La plaza de la catedral (Pasiegas), la de Bib-rambla o entre la calle oficios y zacatín se puede pasar del mundo occidental, con la catedral renacentista más grande del mundo, al oriental, con un zoco musulmán, en un segundo. Una de las cuestiones históricas que más peso tienen es la Capilla Real donde descansan los restos de los reyes católicos, así como Felipe de Habsburgo (el hermoso) y la reina Juana (la loca). En este lugar, también se halla una obra de Botticelli, la Oración en el Huerto, siendo una de las pocas obras que vieron la luz fuera de Italia en tiempos del pintor, por encargo de la reina Isabel la católica. 

Los Monasterios: Son piezas fundamentales del esplendor del barroco granadino. Tanto el monasterio de los Jerónimos como el de la Cartuja son escondites del arte que justifican la grandeza que residió en esta ciudad en tiempos pasados. Pocas palabras pueden hacer honor a la belleza tallada y esculpida que adorna sus cúpulas y paredes. Especial atención merece la basílica de San Juan de Dios. 

La Ysla: La pastelería la Ysla, original de Santa Fe, es una de las más populares y cuyos dulces son exquisitos. Aquí nace el pionono, un pastel dedicado al Papa Pío IX del que tomó el nombre. La repostería y gastronomía granaína es un atractivo más para conocer esta ciudad, así como las tapas y bodegas de la zona. 




Cascamorras



Guadix y Baza se engalanan, quitándose los trajes de feria, para recibir con el color de la tierra, roja arcilla, el abrazo de la historia. Predilecto septiembre que saca a las calles a sus paisanos para ver y acompañar al Cascamorras, héroe siempre eterno.

Una rencilla centenaria floreció en una fiesta de calado internacional. Dos villorios, cada cual en aras de maquillar su pasado islámico tras la vuelta a la cruz y al vino, en unas obras en la localidad bastetana, un obrero accitano escucha un murmullo que sale de la tierra. Ante lo que fuere aclamando piedad, este hombre, de nombre Juan Pedernal, arañó y escarbó hasta encontrar a aquel ser que se pronunciaba en auxilio. Para su sorpresa, aquel hallazgo fue el de una pequeña talla de la virgen María. Creyendo que esta bendición era de su pertenencia, quiso llevarla a su Guadix natal, encontrando aquí el litigio: la imagen encontrada en Baza había de quedarse en ella. El asunto se solucionó de buena manera. Un intento anual de recuperar la virgen llegando inmaculado a su templo. Sin mancha alguna Juan Pedernal o sus sucesores podrán retirar la talla y llevársela. De lo contrario, esta gesta, improbable como han demostrado los años, habrá de reanudarse cada septiembre hasta que se consiga. Quinientos años van. Hasta Cervantes presenció este hecho en una de sus rondas recaudatorias por los corregimientos.

Son muchas las motivaciones religiosas que han dado lugar a fiestas populares a lo ancho y largo de nuestro país. España, de fervor acuñado, ha sabido transformar dichas celebraciones, contextualizándolas a la época que las rigen. Rica en patrimonio inmaterial, la marcada genética hispana ahonda su huella cuando de un festejo se trata. Y es así como, perdurando las tradiciones y adaptándolas, el Cascamorras, sin ir más lejos, fue considerado una fiesta de interés turístico internacional. Un compromiso férreo de ambos consistorios y de toda la ciudadanía que cuidan y se esmeran porque estos quinientos años vividos sean un ápice de todos los que quedan por correr, con la ilusión de que tras un camino de obstáculos, tintes y algún que otro golpe, será en la virgen de la Piedad en la que el Cascamorras encuentre su refugio y en ella confíe sus fuerzas para volver a Guadix, con las manos vacías y a sabiendas de que una carrera más le espera entre sus paisanos por el sonado, y augurado, fracaso.

Si algo distingue esta fiesta es por su fuerte estética, por la inmortalidad de su imagen, que recrea un paisaje sacado de todo contexto, tiempo y lugar. Convierte las ciudades en una riada de hombres y mujeres dispuestos a acompañar en el histórico desengaño al Juan Pedernal del momento. La vestimenta del protagonista, brillante y vibrante juglar, contrasta con la del resto, que no dudan en ennegrecerse, en colorearse de granate o azulete, para quebrar las intenciones. Todos se ponen de acuerdo en su contra. El día que ningún bastetano reciba al Cascamorras; el día que el convento de la Merced no le tenga las puertas abiertas; el día que ningún accitano recuerde acompañar a su antihéroe, se perderá uno de los grandes mitos que unió a dos ciudades hermanas y rivales. Mientras tanto, y eso no pase, aún quedan muchos Cascamorras por pasar y muchas Cascamorras en tomar el relevo. Un hito que rejuvenece y se vence a sí mismo en cada cita, una apuesta por continuar y seguir siendo. A quinientos años no se alcanza todos los días.



Fotografía: Nana Parra



Fotografía: Inma Ruíz Monedero, Makun





Oporto





Oporto es una ciudad que no se entiende sin su Duero y sin su océano. Una colina que derrama, como su buen vino, una belleza histórica digna de admirar y de ser nombrada patrimonio de la humanidad. Sus iglesias esparcidas se conjuran como perlas engarzadas que van sirviendo de via crucis de estética e ideosincrasia cuando se pasea.

Es, después de Lisboa, la segunda capital más grande de Portugal, convirtiéndola en un foco referente de turismo y de gran concentración. El aeropuerto internacional Francisco sá Carneiro, sus buenas comunicaciones con el metro y la espléndida profesionalidad de sus comerciantes (políglotas sin igual, mostrando todas las facilidades y recomendaciones para que el viaje sea de lo más agradable posible) la convierten en un destino ejemplar, proyectando una calidad que extraña en tiempos donde el turismo masificado es un enemigo potencial a la conservación de las ciudades históricas. 

Dos elementos están muy repartidos a lo ancho y largo de la región: los azulejos y las sardinas. Los azulejos que tanto embelesan el paisaje portugués se debe a una cuestión técnica. La humedad que arropa el Atlántico obliga a tener que revestir las fachadas con este tipo de material, habiendo un juego de belleza y buen gusto en cualquier parte donde te encuentres (su estación de tren central es buena muestra de ello). Por su parte, las sardinas, son una máxima de la fiesta lusa, ya que forma parte de la gastronomía de celebración como en la noche de San Juan. 

Tres lugares hay indispensables para entender el sentimiento que despierta Oporto en el andariego: 

La librería Lello. Es un lugar buscado internacionalmente desde que J.K. Rowling se inspirara para su sempiterno mundo de Harry Potter. El modernismo y neogótico que materializan esta fantasía han provocado que sea un foco de masas, y esto, muy atentos a los nuevos cambios, la librería ha sabido responder a la demanda: hay que comprar una entrada de 5€ (bien online, bien en un local próximo donde también podrás dejar la mochila/ equipaje de forma gratuita). Haces una cola eterna pero ágil (la gente suele ir a echarse una foto en la famosa escalera, y cuando ven que es imposible por el gentío que hay, se aburren y se van) y si compras algún libro (que los hay, y muy buenos. Existen unas ediciones espectaculares de su propia editorial sobre literatura clásica en todos los idiomas que merecen mucho la pena) se te descuentan los 5€ de la entrada. Los curiosos tendrán que obligarse a participar de la literatura llevándose un buen souvenir. 

Cualquier iglesia. Desde la Santa Trinidad hasta San Ildefonso, todas la iglesias y basílicas son tanto por fuera como por dentro una maravilla. Entendiendo la animadversión que pueda surgir contra el sentimiento religioso, invitaría a que se vieran como lugares llenos de arte y que se respetara si coincide la visita con la eucaristía. Se entenderá todo mucho mejor si se tiene cierto conocimiento de cultura religiosa ya que se identifican con más facilidad las imágenes. En el caso de San Ildefonso, mostrado bajo la Santa Custodia portada por dos ángeles en un retablo churrigueresco, podría compararse con la Aparición de la Virgen a San Ildefonso de Murillo (Museo Nacional del Prado) o incluso con la narración de Gonzalo de Berceo en Milagros de Nuestra Señora, en el capítulo de la Casulla de San Ildefonso. Todo ello enriquece las perspectivas dogmáticas y referenciales que cada comunidad ha tenido. 

La ribera del Duero. No temáis a bajar la ladera y llegar al río. Es el lugar más espectacular de la ciudad. Disfrutar de un vino de Oporto en las bodegas con vistas al río y a la ciudad, flanqueada por el puente de Don Luís I (del estilo de Eiffel) es un auténtico placer. Reminiscencias a las Orillas del Duero de Antonio Machado a su paso por Soria: 

Pasados los verdes pinos, 
casi azules, primavera 
se ve brotar en los finos 
chopos de la carretera 
y del río. El Duero corre, terso y mudo, mansamente. 
El campo parece, más que joven, adolescente. 

Su universidad y trasiego le aportan dinamismo. Su antigüedad es arquitectónica. Está en los huesos, pero su sangre es fresca, es nueva. Muchachos tirándose al río, barcas navegando hacia el mar y un sol dorando la piedra y brillando el azulejo hace resplandecer el entorno. Oporto es imperturbable, no abunda el ruido, se encuentra la tranquilidad. Se nota y se entiende que hay muchas cuestas.