Manolo era caro, pero era el mejor
Recuerdo estas palabras de la condesa viuda de Romanones cuando aún no conocía bien la obra de Manuel Pertegaz. Su nombre era un redoble de campanas en la boda real cuando vistió a la Reina Letizia. El modisto veterano que sobrevivía a los tiempos que atrás quedaron de glamour y buen gusto. Don Manuel, sin lugar a dudas era de los mejores, porque la moda española siempre tuvo unos hijos que supieron bordar con hilos de oro.
En esta exposición que ofrece el Canal de Isabel II en Madrid, se recogen modelos que narran la historia viva de este país en cuerpos de mujer que fueron vestidos por Pertegaz. Un tiempo discreto donde las más afortunadas podían lucir su personalidad, su carácter, su firmeza tras haber pasado por el taller del modisto. La moda entonces tenía sentido. Francisco de Zurbarán en cada cuadro que pintaba usaba las telas con una delicadeza tan meticulosa y delicada a cada lienzo que fue fuente de inspiración para toda esta generación de 'grandes genios de la moda ibérica' como fueron Balenciaga, Raphael Couture, Ana de Pombo, Antonio Cánovas del Castillo, Julio Laffitte o el mismísimo Manuel Pertegaz Ibáñez.
La afinidad; la intimidad que se encuentra y vislumbra sensorialmente con la apreciación de cada vestido, parece resaltar el momento y el lugar en el que fueron llevados. La colección demuestra una evolución de la moda en cada pieza expuesta, una representación espectacular de la labor del modisto y un recorrido por un pasado artístico impresionante. Don Manuel sabía que llegar a la perfección era complicado, pero eso nunca evitó que cesara de perseguir rozarla continuamente.

MANUEL PERTEGAZ
Sala Canal de Isabel II
C/ Santa Engracia 125, Madrid
A mi paso por la capital de Europa, uno de los lugares señalados en los que hice más hincapié en la agenda de nuestros días en Bruselas fue en los Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica: un complejo museístico que alberga las colecciones reales de grandes pintores y artistas, la colección fin de siglo y la del maestro Magritte.
Acostumbrado a las Tres Gracias en la galería principal del Prado, aquí conocí una veintena de obras excepcionales de Rubens. La sobrecogedora Masacre de los Inocentes junto con la Coronación de la Virgen María por la Santísima Trinidad fueron dos de los óleos que más me impresionaron. Los volúmenes que ensalzan el cuerpo humano en las pinceladas de Rubens son una exquisitez. El diminutismo de Brueghel, detalle medido con toda exactitud es asombroso, y de la obra de Van Dyck creo que poco hay que decir que no sepamos, de la misma manera que El Bosco habla por sí solo. Ante tanto flamenco de caras pálidas y redondeadas como lunas menguantes, saltan a la vista José de Ribera y Dalí, que hacen con su arte sentirte como en casa.
También estaba deseando ver la obra de Alfons Mucha, que allí estaba presente aunque de una forma inesperada. En la colección de fin de siglo se combina mobiliario de la época con cuadros, tal es que se ambientan los espacios como habitados. Allí estaban enmarcadas las cuatro estaciones, con su elegancia y sensualidad que tanto caracteriza la obra de este artista. El maestro Magritte, por su parte, llena de originalidad su colección, aportando vanguardia y las nuevas perspectivas provenientes de las corrientes del veinte.
Qué necesario sería que todos supiéramos acerca del arte y maravillarnos con razón de las joyas que los museos custodian. Qué espléndido sería criar una civilización que se sienta reflejada en su pintura, en su literatura, en su música. Que encuentren en las distintas disciplinas una llave a la obligada evasión a la que el ser humano es llamado para escapar de tanta inmundicia y ruido que no nos deja pensar, que no nos deja sentir. Nuestra sociedad tiene un ritmo tan acelerado que sólo el que se permite parar a descansar en el camino puede tomar un poco de aire. El resto vive ahogado en su rutina, cuesta arriba y sin final.
'El arte nos permite encontrarnos y perdernos al mismo tiempo'
(Thomas Merton)

Museos Reales de Bellas Artes de Bélgica
Musées Royaux des Beaux-Arts de Belgique
Rue de la Règence 3
Bruxelles
La última vez que puse mis pies en Madrid fue para visitar su fiesta de la diversidad. Su fiesta de la fraternidad, de la igualdad, de la libertad: del Orgullo. La villa era la anfitriona de acoger este año el mundial del Orgullo: una llamada planetaria a la festividad, a la superación y a la expresión más plural. Un reconocimiento a esos luchadores que sobreviven y sufren por ser ellos mismos, que se ven obligados a esconderse por no ser humillados o asesinados.
Pocas cosas me pueden hacer sentir más feliz que vivir en un lugar donde se permita amar en libertad. Cada sociedad vale lo que piensa. Que ese pecado sea una cosa de viejos, pelillos a la mar.
El mundo avanza. La vida sigue.
Y sin embargo se mueve.
Como decía, en esta ocasión no podía faltar el obligado paseo por el Prado. La vez anterior se había recién estrenado la exposición de la Hispanic Society of America y las colas eran tremendas. Con toda mi ilusión lo intenté, pero aquella vez llevaba desde las 3.50am despierto habiendo cogido un avión en Bruselas y aterrizado en Barajas-Adolfo Suárez. Estaba muy cansado. Así que me fui al VIPs del Palace, mi lugar preferido donde tomar algo y repostar. Al final acabé en el Thyssen. Madrid es lo que tiene. Una cosa te lleva a otra, y todas las opciones son igual de válidas.
Durante estos días sí pude verlo. Claro está, era nuestra última jornada y no había descansado nada. La noche se dio entera en Chueca y en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero recuerdo. A las 8.00 estaba plantado en Fuencarral para recoger a las chicas y seguir la ruta. Si la ciudad no dormía, yo tampoco. Casi me echo una siesta ante la Rendición de Breda.
Mad is mad
Total look - SPHERA
Fotografía - Rebeca Gallego
Toledo es una urbe conservadora, una mantilla vetusta de piedra bañada por el Tajo que el Alcázar corona. Guarda en cada uno de sus estilos los tiempos en los que esta villa fue mezcla de culturas y religiones en convivencia, la grandeza de haber sido sede capital de un imperio.
Exquisitamente volcada al turismo se recorre fácil y cómodamente. Al llegar a la estación de autobuses nos dieron un mapa y nos indicaron con absoluta claridad y en confianza lo que era mejor ver, y así hicimos. Un casco histórico pintoresco vestido de oro y acero destella en sus escaparates. La regia presencia castrense está en sus monumentos al igual que el fuerte peso de la fe de judíos, cristianos y musulmanes. El tiempo no ha consumido su rostro.
Personalmente, dos de sus grandes joyas son la Catedral de Santa María de Toledo, primado de España, y una obra fascinante y embriagadora: el entierro del Conde Orgaz, por el Greco. Este cuadro representa la muerte del señor de Orgaz cuyo cuerpo es tomado por San Agustín y San Esteban, mientras su alma en forma de bebé es cogida en brazos por un ángel y subida a la corte celestial entre la Virgen y San Juan Bautista a la vez que Jesucristo avisa a San Pedro de que le abra las puertas de la vida eterna. Pintado en un único lienzo con unas dimensiones sobrecogedoras para la época, este cuadro es uno de los mayores tesoros que guarda la ciudad y que es visita obligada.